La clasificación de animales y plantas es una tarea difícil y perturbadora aún para los mismos hombres de ciencia, Qué diremos para los profanos. Algunas especies de víboras, por ejemplo, se diferencian entre sí, entre otros caracteres fundamentales, por el número de vértebras. Los individuos de esta especie poseen 230 vértebras; los de esta otra, 245. Ello estaría perfectamente bien, si dicho número de vértebras fuera constante para cada especie; pero no lo es. De aquí las inquietudes del aficionado ante estos anchos márgenes en los caracteres específicos, que van de uno a quince.
La víbora llamada yararacusú se distingue de un modo pasmoso de las demás yararás, al punto de que hasta un turista podría diferenciarla de una ojeada de sus primas hermanas, sólo con haberla visto una vez. Aspecto, tamaño, forma de la cabeza, líneas constantes de ésta, particularísima coloración de la piel: todo tiende a apartar a las yararacusú de las especies afines.
Esta hermosa bestia, sin embargo, inconfundible como ninguna otra, no ha merecido —o no merecía— de los especialistas del Museo Británico de Londres, el honor de formar una especie aparte, y sí apenas una variedad. El por qué, lo ignoramos. Pero con toda certeza puede presumirse que no hallaron en el Museo caracteres diferenciales constantes en una bestiezuela que ha sido siempre —Dios nos perdone—, la más típica, la más grande, la más venenosa, la más bella y firme de color y dibujo de todas las yararás.
El aficionado, naturalmente, se confunde y desorienta ante estas particularidades de la clasificación, dudando para el resto de sus días de la necesidad de tales determinaciones.
Yo recibí al respecto, no obstante, una lección dura, pues fuí cogido infraganti, allí donde yo me había encogido de hombros ante la sistemática en botánica.
Hacia 1911, cuando Misiones sufría el delirio de la plantación de yerba mate, y de diez personas llegadas a la región de su cultivo, nueve y media, por lo menos, iban a visitar los yerbales, tuve la visita de un turista, futuro plantador de yerba, a ojos vista, que por un error del destino se había dirigido a mí para que lo informara al respecto.
Yo no he sido poseedor ni poseo planta alguna de yerba, a no ser un arbolito que por varios años sirvió de ornamento frente a nuestro bungalow, y al que yo podaba y repodaba cada tres meses del modo más peregrino. Yo era, pues, en toda la zona, el hombre menos indicado para llenar con mano sudorosa un papel de cálculos, ante la gula de un turista.
El visitante, en efecto, me habló de plantas. Pero como me apresurase a responderle que en el vecino pueblo lo informarían a satisfacción de todo lo que quisiera saber sobre yerbales, el turista sonrió.
—Yo no deseo ver yerbales —me dijo—, sino simplemente árboles.
Yo lo miré entonces por primera vez, puede decirse, y cogiendo el machete nos encaminamos ambos al monte. Yo entendía bastante de árboles improductivos, y muy poco de arbustos proficuos. El, por su parte, no venía a relamerse con tantos por ciento, sino a ver plantas, pues era naturalista.
Durante los tres días que Lucien Hauman permaneció allá, hicimos cuanto monte él quiso, charlamos de cosas que no había oído hasta entonces la tierra roja, se rió él de los cuadros de mis colmenas, y yo me reí de su manía de creer en la necesidad de la clasificación.
Antes de partir me advirtió que yo podría aligerar un poco mi precaria situación, vendiendo colecciones de plantas a los museos, para lo cual él me daría algunas instrucciones. Yo aplaudí su idea, y en diez minutos estuve al corriente de todo, menos de la necesidad de determinar las especies de mis plantas.
—No hace falta —me dijo el botánico.— Esa tarea es incumbencia de los pobres diablos de clasificadores, como nosotros... Usted, trate de no repetir las muestras, y nada más.
Se fue. Yo correteé muchas madrugadas por los bañados distantes de casa, empapado de fango y de rocío hasta el pelo, tras de las tiernas flores de agua, a las que ya el sol de las seis marchitaba.
Día tras día, llegué a coleccionar seiscientas y tantas especies —o que me parecían tales—, cuyo hábitat yo detallaba en un cuaderno. Pero cuando pasé de aquella cantidad, comprendí que a pesar de mi viva memoria, yo debía poner un poco de orden en mi herbario testigo, so pena de perderme entre los ejemplares. De este modo, distribuí las gramíneas —tenía más de ochenta especies— en tribus con una leyenda diferencial, una de las cuales decía: Pluma alta. Ello quería decir que todas las gramíneas de esa tribu, florecían en alto penacho.
Un año más tarde, Hauman alcanzaba otra vez hasta Misiones, y al ver las anotaciones de mi herbario, sonrió de nuevo.
— Muy bien —me dijo,— Veo que usted comienza ya a comprender la necesidad de la clasificación. A lo que usted llama pluma alta, para no perderse y metodizar su investigación, nosotros llamamos cualquier otra cosa, en latín. La necesidad y el resultado son los mismos. Vamos ahora a ver un poco de árboles, sin papel de astraza ni leyendas literarias...
