Poesía En El Cine

Horacio Quiroga


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Tal vez un concepto artístico en degeneración, a fuerza de cultivo, ha impedido a los europeos comprender la fuerza vital del cine. Hace ya muchos años se repetía, al exceso, que el teatro francés se debatía entre el adulterio realizado y el adulterio a celebrarse. Todas las demás contingencias de la vida, de las ideas y de la moral, habían quedado de lado. 

El arte en el teatro, como en la poesía y la novela, se restringía entre las cuatro paredes de una sala de conversación. Tornábase arte de cámara para gentes de mundo y criaturas de mentalidad corta, que sólo en cierta sociedad y su psicología hallaban arte y motivos de arte.

No es esto del todo cierto; pero si descartamos algunos dramaturgos de raza nórdica, y uno que otro de cepa latina, el resto de los hombres que en los últimos cuarenta años han escrito para la escena, no han llevado a ella caracteres —vale decir, la mayor realización posible de vida en un solo personaje—, sino conflictos. Sólo contrastes escénicos, más o menos interesantes, más o menos inocuos, puesto que casi todos ellos debían subordinarse a la estatura, la voz, los trajes y las actitudes artísticas de tal actor o actriz.

Este teatro fue el que las gentes de Europa llevaron al cine, tal cual es, con sus galanes insignificantes y suicidas, y sus grandes actrices fatales. Pues cumple observar otra característica del cine europeo, y que consiste en la exaltación de la actriz —hasta en la estatura—, en detrimento de los varones que la rodean.

Rara vez tienen estos un real valor moral. Representan, en torno de la gran actriz que asedian, el solo instinto masculino. Son, apenas, zánganos, podríamos decir. Su misión es exclusivamente sexual, y tiene por objeto poner con ello de relieve la grandeza de alma de la protagonista, que llega a la renuncia o al suicidio con heroísmo apenas igualado en sus cuatro o cinco cintas anteriores. La especialización de todo un arte, en honor y servicio de una actriz, pasó a la pantalla con el resultado de todos conocido. Ni Sarah, ni la Borelli, ni Zacconi, ni ninguno de los astros de la escena, cumplió en tal cambio lo que se esperaba de ellos. El motivo es sencillo: la expresión del semblante, base del nuevo arte, estaba supeditada en el otro a factores escénicos muy superiores a aquella, para la finalidad teatral.

"El rostro es el espejo del alma" —se había dicho a nuestros actores—. "Denos usted con su semblante, y, únicamente con él, la impresión de lo que siente, piensa o sueña."

El resultado —todos lo sabemos— fue lamentable, pues en el árido lienzo faltaban las actitudes, los trajes y el ambiente teatral, cuyo conjunto engendraba la apariencia de una gran interpretación.

Mientras los cinematografistas europeos trasladaban al filme este teatro con argumentos adocenados —lo que no sería nada— y su juego de expresión desvirtuado por conceptos artísticos —lo que era grave—, los norteamericanos desterraban de golpe una y otra falacia, e iban a buscar temas poéticos en el corazón mismo de la vida en lucha.

Esta poesía de la vida no es por cierto privativa de los norteamericanos. Cualquier país de Europa y del orbe entero está revuelto por la acción de los grandes esfuerzos. En cualquier rincón del mundo se tienden líneas férreas con infinitas penurias; se levantan diques gigantescos; se sondea febrilmente el suelo en busca de petróleo, o se trasladan de una región a otra grandes tropas de ganado esquilmadas por la sed. 

Pero sólo los norteamericanos vieron que en el canto de esos grandes esfuerzos del hombre, saturados de épica viviente, latía la fecunda savia del cinematógrafo. Sus privilegios de panorama real y de caracterización de personajes buscada, no entre las seis figuras principales de una compañía dramática, sino entre la masa de ciento veinte millones de hombres; el desprecio o la insignificancia del elemento sentimental, pues dichas epopeyas llevaban ya en sí su pasión y su finalidad, todo esto al servicio de un gran sentimiento nacional y de una técnica superior, dieron esa docena de cintas maestras que prueban el grado óptimo de vida y de arte a que puede llegar el cine.

Pero es indudable que estas reflexiones, por justas que sean, han de parecer a no pocas gentes fantasías blasfematorias. No todas las personas poseen el difícil don de percibir belleza en un episodio o una demostración del esfuerzo del hombre, y que ha hecho correr ríos de sudor. No para todos la vida en sí misma, sin que se la atisbe para desfigurarla con el nombre de arte, es fuente inagotable de poesía.

El realismo en arte, aunque parezca gratuito advertirlo, no es obra de escuela, sino de constitución.

El amor a la verdad no se adquiere.

Quien no sienta en arte este amor infiltrado en sí por sobre todas las cosas, no sentirá la poesía de las doce epopeyas a que nos hemos referido, ni gustará —esto va de sí— de cuántas reflexiones sobre el cine pueda hacer el que escribe estas líneas.


Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.
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