Este es el último número de la Revista. Fueron nuestras intenciones hacer una publicación duradera, algo así como una hoja constantemente abierta. A lo que de bueno o regular se escribiese en el Salto. No se llenaban más que dos requisitos: que lo enviado a la Redacción no fuera disparate y que llevara las firmas que responsabilizasen los escritos. El precio de suscripción no es asombroso; sin embargo, la Revista desaparece. ¿Por culpa nuestra? Tal vez tengamos en ello alguna parte; pero si se considera en general, la Revista muere porque no se supo adaptar al medio en que vivía. Era una publicación seria, más o menos bien escrita, con buenos artículos de cuando en cuando, y social, en el alto sentido de la palabra.
Cayó. ¿Por qué? Por eso; por estar completamente eliminada de atractivos, de esas curiosidades que encierran o despiertan una malicia, un canto a cualquier bella una intriga local eficazmente comentada por un círculo de lectores. Los periódicos, en este caso, son buenos, entretenidos, aptos para que se les sostenga.
Hay, en el gran motivo de muerte, causas parciales que trataremos de analizar: los que leen, los que escriben, los que juzgan.
¿Son abundantes los primeros? Supongámoslo. Aparece un artículo cualquiera ¿Se busca la firma? No señor: el título; y según que éste sea comprensible, poético o encantador; según que los primeros renglones leídos sugieran la ilusión de un entretenimiento, de una vanidad halagada el escrito será leído hasta el final. No importa que el artículo sea sensato o sea brillante, que lleve una firma impuesta por anteriores sugestiones: se busca la diversión, ese es el caso. Y ya emane ésta de una composición infantil, ya de una revista o las cualidades de tal o cual hermosa, el triunfo se consigue.
Cuesta mucho menos distraer que hacer pensar. La curiosidad no requiere ningún esfuerzo del intelecto que lleva aquel principio. Subir, en cambio, fatiga; y el trabajo que se requiere para llegar a las concepciones y formas del escritor, no merecen la más corta detención del pensamiento.
La masa común rechaza toda efervescencia que pueda hacer desbordar su medida de lo acostumbrado. No quiere anchos horizontes, ni reflexiones ni verdades desconocidas: quiere distraerse, entretenerse, preocuparse por la silueta enigmática, descifrar un jeroglífico. No juzga. La literatura, para ella, no debe buscar la excitación del pensamiento o sentimiento; debe no aburrir, sencillamente. Y conforme a ese modo de ser, las revistas languidecen y mueren ¿Por qué están mal escritas? No: porque no se leen.
¡Cuántas veces he oído decir haciendo referencia a un periódico cualquiera: "¡Qué aburrido está hoy!" No quiere esto decir que la publicación carezca de material literario; se entiende por ello la falta de atractivo: noticias, crónicas prolijas, retratos, superficialidades, todo lo que compone la facultad excitativa de un término medio que recorre el periódico de una ojeada.
Una publicación que no se adapta al ambiente en que vive, que intenta el más insignificante esfuerzo de amplitud y penetración, cae. No se la discute, no se la exalta, no se la elogia, no se la critica, no se la ataca: se la deja desaparecer como una cosa innecesaria. Muere por asfixia, lentamente. Es el eterno mar extendido ante las revistas, sin escollos y sin tempestades. No naufragan ni se estrellan; van extenuándose poco a poco, en un impasible horizonte de indiferencia
Los que escriben —¿Es abandono? ¿es desprecio? ¿es impotencia? No lo sé. Todo tiene su cultura en un pueblo. La música llega a un grado de generalización asombroso; los capiteles se esfuerzan sobre las columnas para sostener los grandes frisos; el color día a día va tiñendo los lienzos en un afán creciente de ser artista.— Todo impulsa y fomenta el desarrollo de las Bellas Artes. Solo la Literatura es olvidada, como una ocupación de ociosos incapaz de ser grande y de demostrar el genio.
Parece que hay una especie de vergüenza de escribir: ¿Qué más da para el adelanto y perfeccionamiento de una ciudad, una Revista?
Dejan la pluma. La toman los pequeños. Si estos se estrellan, se lavan las manos tranquilamente. Cuando los que miran desde arriba no disculpan esas caídas, se llama injusticia; cuando los que retiran conscientemente sus fuerzas del combate pronostican la derrota, se llama crimen; y cuando los incapaces para el triunfo juzgan toda esta gran obra, se llama imbecilidad.
Mucha cooperación para los conciertos y todo lo que se relaciona con la música; es imperdonable que no se oiga un piano en cada casa y una melodía en cada alma.
La música gradúa el arte de un pueblo; las letras no. Sumo interés en que se ejecute y mortal indiferencia en que se cree. Miran el esfuerzo de soslayo y se encogen de hombros. Los iniciados escriben, escriben, escriben. Si alguna vez el Ideal protesta, alzan el dedo y condenan. ¡Pobre literatura! exclaman.
Cobardía e infamia.
Los que juzgan las Revistas en general, demuestran en sus columnas las tendencias literarias del medio en que viven. Las poesías, los artículos, las fantasías, los cuentos no despiertan más vibraciones que las necesarias para impresionar dulcemente el ánimo del lector. No sacuden ni irritan. Operan eficazmente, diseñando en el horizonte literario las perspectivas adecuadas que todos admiran sin asombro, que todos comprenden sin esfuerzo. Toda tentativa de mostrar nuevas lontananzas, toda idea audaz que, presintiendo una nueva aurora, trata de hacer desviar la vista de aquellos paisajes impuestos ya por la obcecación de una constante dirección de ojos, será rechazada por extravagante, absurda e individual.
La belleza, no obstante, existe, escondida y pudorosa, sutil y aristocrática; pero existe.
No ver es negar. Si nadie hubiera levantado la frente, el cielo no sería.
Oigámosles. «Los decadentes son personas desequilibradas que bajo una aparente pomposidad nos muestran la pobreza de su intelecto. Amontonan palabras sobre palabras, adjetivos sobre adjetivos, y nos dejan en ayunas sobre lo que han querido decir. Su secreto es poner palabras raras, dislocar la lógica y convertir el idioma en una especie de tienda de juglar. Aplican cualidades imposibles a cosas que nada dicen, hacen considerable ostentación de expresiones que pretenden ser fuertes y resultan fangosas, usan y abusan de los medios de aturdir e irritar los nervios y sueltan a trapo tendido las ridículas concepciones de su imaginación, que si bien es permitido usar de ésta debe no obstante ser razonable, justa, equilibrada, de modo que todos entiendan lo que se quiere decir, sin llegar nunca a rebuscar las palabras y las imágenes. Debe eliminarse de la Literatura la que no encierre una idea honesta, clara y precisa. No hay necesidad ninguna de enseñar las llagas de ciertos corazones ni el cieno de ciertas fantasías. Nada nos importa que sientan de tal o cual manera, que vean las cosas de tal o cual modo. Hay un solo Ideal de belleza, único, absoluto, al que debemos ajustarnos, abandonando lo que se aparte de él, como un molde imprescindible fuera del cual todo es inmoral, disparate, absurdo».
Así habla el criterio, no el Genio ni el incapaz, sino cualquiera de ellos, el primero que llega, el primero que lo cree cierto y dice: «Fuera de aquí pues no hay nada».
Recordemos con Maupassant:
...Todos los escritores, Victor Hugo como Zola, han reclamado constantemente el derecho absoluto, el derecho ineludible de componer, es decir, de imaginar y de observar, según su concepto personal del arte. El talento procede de la originalidad, que es una manera especial de pensar, de ver, de comprender y de juzgar. Luego el crítico que pretende definir la novela según la idea que él tiene de las novelas que prefiere, y fijar ciertas reglas invariables de composición, lo hará siempre contra todo temperamento de artista que produce una idea nueva... Negar el derecho de un escritor a hacer una obra poética y una obra realista es pues obligarle a modificar su temperamento, recusar su originalidad y no permitirle servirse de los ojos y de la inteligencia que le ha dado la naturaleza. Culparle de ver las cosas bonitas o feas, pequeñas o épicas, graciosas o siniestras, es culparle de estar organizado de tal o cual manera, y de que no vea las cosas como las vemos nosotros…
El público está compuesto de grupos numerosos que nos dicen:
Consoladme.
Entristecedme.
Enternecedme.
Hacedme soñar.
Hacedme reír.
Hacedme estremecer.
Hacedme llorar.
Hacedme pensar.
Solamente algunas inteligencias privilegiadas piden al artista: Mostradme algo nuevo y bello, en la forma que mejor os convenga, según vuestro temperamento…
El crítico sólo debe apreciar el resultado según la naturaleza del esfuerzo, y no tiene por qué preocuparse de las tendencias…
Cada uno de nosotros se hace, pues, sencillamente, una ilusión del mundo, ilusión poética, sentimental, regocijada, melancólica, fea o lúgubre, según su naturaleza, y el escritor no tiene otra misión que reproducir fielmente esta ilusión con todos los procedimientos de arte que ha aprendido y de que puede disponer.
¡Ilusión de lo bello, que es una convención humana! ¡Ilusión de lo feo, que es una opinión mudable! ¡Ilusión de lo verdadero, siempre inmutable! ¡Ilusión de lo innoble, que atrae a tantos seres! Los grandes artistas son aquellos que imponen a la humanidad su ilusión particular.
No nos enojemos, pues, contra ninguna teoría, puesto que cada una de ellas es sencillamente la expresión generalizada de un temperamento que se analiza».
Simbolismo, estetas coloristas, modernismo, delicuescentes, decadentismo son palabras que nada dicen. Se trata de expresar lo más fielmente posible los diversos estados del alma, que, para ser representados con exactitud, necesitan frases claras, oscuras, complejas, sencillas, extrañas, según el grado de nitidez que aquellos tengan en nuestro espíritu.
Todo se revela: la ganga contra el pálido, la bruma contra el horizonte, el caballo contra el freno, y la imbecilidad contra la aurora rasgada sobre el viejo paisaje.
Damos gracias a los que nos han acompañado en la tarea que finaliza con el número de hoy.
