Post-Amor

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


Hay una teoría filosófica, cuya tendencia positiva y humana nos muestra en la denominación de cada estado psicológico, el móvil de una idea, de una evolución, de un sentimiento.

En el orden pasional o simplemente afectivo, la conciencia del yo origina el egoísmo, y éste á su vez engendra el interés.

Lo que a los poetas se escapa en una nube de cadencias rimadas en el corazón, los adeptos á aquella doctrina lo han incrustado en una palabra amplia de trascendencia severa.

El desinterés desaparece del diccionario sentimental. Se quiere a un amigo, porque su conversación nos interesa, produciéndonos placer. Se ama á una mujer, porque nos proporciona buenos ratos, y su hermosura provoca en nosotros un satisfactorio bienestar.

Se quiere al que nos quiere, como el pago de un agradecimiento; y le buscamos con frecuencia, porque nuestro espíritu se recrea. Tratamos de verlos a menudo, no por ellos, sino por nosotros que gozamos, por la beatitud que nos proporcionan. De esa manera los afectos se gradúan en los nervios, según que éstos se exciten acre o voluptuosamente. Nuestro espíritu es una lira extendida hacia los corazones, y calificamos los sonidos, según la habilidad ó la torpeza del que pulsa sus cuerdas.

En una palabra: el cariño como agradecimiento, la amistad como permuta de satisfacciones, el amor como generosidad. Una gradación de denominaciones poéticas que se tasan y se clasifican según el goce personal.

A los muertos que han vivido con nosotros una larga época de contrariedades y caricias, que acaso han sido compañeros en las revueltas y epopeyas de nuestras almas, les dedicamos una compasión infinita, toda hecha de recuerdos. ¡Pobre de ellos! exclamamos dolorosamente. Y en la estancia mortuoria, la voz se repite muchas veces: ¡pobre de él!...

Pero el alma, nuestra íntima esencia, cambia el eco de las palabras, y la individualidad responde en un sollozo que es una rebelión de angustia: ¡ay de mí!

Queja sencilla y divinamente egoísta; protesta inconciente y profunda del goce enlutado.

No lloramos á los muertos; lloramos á nuestros afectos sacudidos y en adelante huérfanos; lloramos por nosotros mismos.

Sentimos la pérdida en nosotros; y mientras les abrazamos con delirio, los labios murmuran despacito un reproche conmovedor, ingenuamente confesado: ¡Por qué me abandonaste!...

Es decir: ¡por qué me has privado de un placer!

Y en tanto que de pié al lado de la caja mortuoria, miramos al vencido de la vida, tal vez pensando en las dianas y en las banderas caídas de su batalla finalizada, un pensamiento revelador y estéril surge á nuestras espaldas, y acercándose a nuestro oído, nos dice lentamente: ¡no sientes por él, sino por ti!...


Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.
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