Hay una teoría filosófica, cuya tendencia positiva y humana nos muestra en la denominación de cada estado psicológico, el móvil de una idea, de una evolución, de un sentimiento.
En el orden pasional o simplemente afectivo, la conciencia del yo origina el egoísmo, y éste á su vez engendra el interés.
Lo que a los poetas se escapa en una nube de cadencias rimadas en el corazón, los adeptos á aquella doctrina lo han incrustado en una palabra amplia de trascendencia severa.
El desinterés desaparece del diccionario sentimental. Se quiere a un amigo, porque su conversación nos interesa, produciéndonos placer. Se ama á una mujer, porque nos proporciona buenos ratos, y su hermosura provoca en nosotros un satisfactorio bienestar.
Se quiere al que nos quiere, como el pago de un agradecimiento; y le buscamos con frecuencia, porque nuestro espíritu se recrea. Tratamos de verlos a menudo, no por ellos, sino por nosotros que gozamos, por la beatitud que nos proporcionan. De esa manera los afectos se gradúan en los nervios, según que éstos se exciten acre o voluptuosamente. Nuestro espíritu es una lira extendida hacia los corazones, y calificamos los sonidos, según la habilidad ó la torpeza del que pulsa sus cuerdas.
En una palabra: el cariño como agradecimiento, la amistad como permuta de satisfacciones, el amor como generosidad. Una gradación de denominaciones poéticas que se tasan y se clasifican según el goce personal.
A los muertos que han vivido con nosotros una larga época de contrariedades y caricias, que acaso han sido compañeros en las revueltas y epopeyas de nuestras almas, les dedicamos una compasión infinita, toda hecha de recuerdos. ¡Pobre de ellos! exclamamos dolorosamente. Y en la estancia mortuoria, la voz se repite muchas veces: ¡pobre de él!...
Pero el alma, nuestra íntima esencia, cambia el eco de las palabras, y la individualidad responde en un sollozo que es una rebelión de angustia: ¡ay de mí!
Queja sencilla y divinamente egoísta; protesta inconciente y profunda del goce enlutado.
No lloramos á los muertos; lloramos á nuestros afectos sacudidos y en adelante huérfanos; lloramos por nosotros mismos.
Sentimos la pérdida en nosotros; y mientras les abrazamos con delirio, los labios murmuran despacito un reproche conmovedor, ingenuamente confesado: ¡Por qué me abandonaste!...
Es decir: ¡por qué me has privado de un placer!
Y en tanto que de pié al lado de la caja mortuoria, miramos al vencido de la vida, tal vez pensando en las dianas y en las banderas caídas de su batalla finalizada, un pensamiento revelador y estéril surge á nuestras espaldas, y acercándose a nuestro oído, nos dice lentamente: ¡no sientes por él, sino por ti!...
