Priscilla Dean…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Priscilla Dean. Miel silvestre y Diques rotos. —Esta muchacha de rostro y temperamento singulares, bella y suavísima, fea y de incisiva maldad a la par, merece un sitio de distinción entre las estrellas congéneres. Dueña de una personalidad aguda, desde sus primeros filmes se ha mostrado a sí misma, sin imitar a nadie ni a nada, confiándolo todo a sus nervios, su vivacidad, su brío —y su ternura, porque esta mujercita de cejas diabólicas es capaz de hacernos gustar, si quiere, la más espesa miel que empape mohín alguno de labios de mujer. 

Es Priscilla Dean asimismo una de las más afortunadas actrices en punto a argumentos. No se recuerda, en verdad, cinta suya francamente mala. Adicta desde tiempo atrás a la Universal, la suerte le depara buenos dramas y excelentes directores y fotógrafos —elementos, estos dos últimos, que han caracterizado a la Universal en sus buenos momentos. 

Ya hemos visto otra vez la predilección actual por los efectos naturales. Los encauces de agua, en particular diques y esclusas, prestan su épico contingente a filmes que son otras epopeyas de la lucha del hombre con la naturaleza. En un momento dado de la cinta, las enormes esclusas se abren o los diques saltan hechos pedazos; y el efecto obtenido con estas terribles avenidas de agua es sorprendente. 

Ningún efecto de este género, que recordemos, iguala sin embargo al de Miel silvestre, recientemente estrenada. La obra desde luego es buena, y de ella merecen especial mención sus leyendas, que por ciertas bizarrías de construcción parecen traducidas directamente de la lengua original. Bienhadada ocurrencia, que nos evita los retoques de gruesa sensiblería o adaptación criolla de bandoneón, que nos sirven por lo común aquí. 

Pero lo hermoso de Miel silvestre es la ruptura final del dique, con un efecto similar al que produciría el de San Roque en Córdoba, terror de sus habitantes. Solo en Los lobos del norte, otro magnífico poema de la naturaleza, y también de la Universal, se nos ha concedido asistir a un espectáculo semejante. 

Ignoramos cómo se consiguen estos dinamitajes de diques para solaz ulterior de pacíficos espectadores. O perspicacia de las empresas filmadoras para aprovecharse y dramatizar un cataclismo dispuesto con fines hidráulicos, o sea lo que fuere, no es menos cierto que esa vivacidad demuestra una dirección de empresa muy grande. 

Los Papeles Antipáticos. —Esta misma robusta y nerviosa Priscilla, protagonista de Miel silvestre, ha tenido que luchar bastante contra la opinión muy general al principio en el cine de que las caras lindas son muy preferibles a los rostros feos de marcadísima expresión. El cine estaba entonces muy ligado al teatro, y de aquí aquel error. Ahora como entonces, no obstante, la sonrisa de Mary Pickford, de Constancia Talmadge o de Marion Davies constituye por sí sola un espectáculo. El mortal que se halla bajo su sugestión, no pide al filme belleza ni verdad algunas. Pueden tales mujeres actuar solas en la pantalla —y no media hora sino mes y medio—, que ningún honrado varón meditará problemas artísticos de cine. 

Tal es; pero estos espectáculos no son los que podríamos llamar serios. La seriedad, pues, nos vuelve a la expresión real de la vida, que en el cine halla sus más vigorosos intérpretes en los tipos antipáticos. Sin excepción alguna, toda la serie de traidores del cine vale como expresión muchísimo más que la otra larga serie de sosos galanes. Son por esta misma razón más artistas, y por esta razón misma nos dan mayor sensación de vida. 

Pero no es necesario que el traidor sea de rostro naturalmente repulsivo —aunque los haya, y magníficos. La antipatiquería proviene en los buenos traidores de la intensidad fisonómica para expresar sentimientos muy enérgicos, como el odio, la soberbia, el deseo. Mac Kim y Hobart Bosworth pueden ser sus más típicos representantes. Ni uno ni otro son de aspecto desagradable —todo lo contrario. El segundo de estos actores actuó mucho tiempo de antipático antes de su noble papel en la obra maestra del cine, Detrás de la puerta. En sus papeles de traidor estuvo, sin embargo, a mayor altura. 

Para concluir: corre en arte un principio estético por el cual lo bonito —o sea lo trivialmente agradable— es enemigo de lo bello —o sea lo que posee carácter de fuerte expresión, prescindiendo de su aspecto. Los papeles antipáticos en el cine, añadiendo algunas figuras de segundo plano, a veces magistrales, realizarían este principio de estética, tan caro a los pintores. 

Las Novelas que no Pueden ir al Cine. Resurrección. —Días atrás se nos ha ofrecido Resurrección, de Tolstoi. Para que no sea este escritor el único de gran talla que pasa al cine en esta temporada, se nos anuncia la filmación de una obra de Kipling, ignoramos cuál. 

En otra ocasión, Hugo y Zola aportaron sus fuerzas a la pantalla. Hace muy poco aún, de una buena obra de Schnitzler se hizo Los amores de Anatolio, ya sabemos con qué poca felicidad. No es pues feliz el sistema, y Resurrección marca el límite de la inadaptabilidad a la pantalla de ciertas novelas, como veremos. 

Cuando un hombre conserva una viva y dolorosa memoria de un bello rostro que amó, puede detenerse en la calle a seguir con los ojos a una mujer fea, pero que recuerda en algún rasgo del semblante a la otra divina mujer. 

Tal es la situación de los que vemos aparecer en la pantalla a cuatro o cinco cómicos que en el reparto del filme se llaman Maslova, Levin, Karenin. 

Pueden los actores ser excelentes, como es el caso de Paulina Frederick en Resurrección; pero el alma, el temperamento de una persona no se trastruecan por obra y gracia de la aptitud escénica. Tolstoi sudó su agonía para delinear los personajes de sus novelas, con todas sus cualidades, particularidades, y hasta sus tics. No es posible, entonces, que el primer recién llegado encarne esos personajes complicados con la fidelidad y fuerza que adquieren al ser evocados por el supremo maestro. 

Tal vez fuera esto posible en el caso peregrino de que un actor poseyera por extraña providencia el alma y el físico de tal personaje novelesco. ¿Pero dónde hallarlo? 

"No hay que exigir tanto —se dirá—. Con un poco de imaginación y buena voluntad, puede muy bien verse a Maslova en Paulina Frederick, o hay que perder de vista que el cine y el teatro son simples espectáculos de ficción, y como tales exigen el concurso de la imaginación. El que no se sienta capaz de abandonarse un poco a la ficción escénica, se queda en su casa". 

Perfectamente cierto. Ninguna necesidad tiene el lector de una obra de genio —poema, novela y aun drama—, de ir a ver un espectáculo en que Juan Pérez, José Fernández y Diego Rodríguez hacen todos los esfuerzos imaginables para que nos hagamos la ilusión de que en realidad son tales y tales héroes intelectuales. 

Pues en este carácter intelectual de ciertos personajes reside el escollo de la interpretación. Un Robinson Crusoe, un D’Artagnan mismo, puédense trucar con éxito, desde que ambos héroes son puramente decorativos. Pero otra cosa pasa cuando el personaje siente preocupaciones del honor, del suicidio, de la razón de vivir, amar y morir, preocupaciones que no están por lo común al alcance de un cómico cualquiera, ni cabe por lo tanto que puedan estos expresar lo que no sienten. 

Abundan las novelas con personajes fácilmente interpretables, gentes más exteriores que interiores, de psicología clara y fácil comprensión. Dejemos en paz a Tolstoi, Dostoievsky y demás astros de la novela. Están perfectamente en las páginas de sus libros. El que desea conocerlos, sabe el camino que lleva hasta ellos. El amigo de espectáculos nada va a ganar con el movimiento en la pantalla de unos cuantos turbios personajes que no apreciará. Y, si los aprecia, se echará a reír de la caracterización.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
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