Religiosa
Concluye la tarde de un día de agosto. El crepúsculo ha caído como una pulverización cenicienta, llena de tedio y de meditaciones ocultas. El día galopa hacia el Occidente, dejando en las nubes las manchas sangrientas de su agonía, como el rastro hemorrágico y ardiente de un Pegaso herido, huyendo de la derrota.
Las líneas se esfuman como una pincelada inconsciente; y los cantos del alma, profanados por un nocturno aroma de pecado, suben acre y misteriosamente, como las confesiones purpúreas de una noche nupcial.
Queda en el aire un rumor sombrío, cargado de presagios y de acusaciones; un estéril perfume de celda monacal, un protestante clamor de novicias erróneamente profesadas. Y el luto de las noches australes, opacamente cóncavo, emboza el foco de los contornos
vencidos.
Las tinieblas habían detenido a un monje rendido de cansancio y de ascetismo. En el desfallecimiento de la luz, su figura, mezquinamente humana, tomaba el aspecto de los que han vivido inútil perfume de incienso, resolviendo su razón de ser, su ideal de vida prolífica, en una pálida ictericia.
Alto y escuálido ante los dislocados torreones de una mansión señorial cuyas ruinas quebraban el azul inmenso con perfiles dentellados, levantaba su asombrada expresión de pobre crucificado, y su imaginación evocaba torneos y cruzadas, escudos y doncellas de amores. Se oían claros gritos de clarines, melodías de trovador extranjero que la sugestión cantaba en el recuerdo, y el recuerdo imprimía en la visión.
Por el aire pasaban furiosas cabalgatas, carcajadas de orgia, tensiones y vergüenzas de amor que arqueaban la pureza del monje como un reblandecimiento de Fe insostenible…
Y ante la sombra de aquellas gloriosas genésicas, subían a su memoria, exasperados por una delación tardía pero incesante, sus soñadas faltas de célibe, sus rencores de macho condenado a perpetua esterilidad.
Claridades de vida desarrollada a cielo abierto, intuiciones de una existencia. gastada gota a gota entre caricias de harén y secretos de gineceo ateniense, pugnaban en su misticismo con el estremecimiento de una revuelta pretoriana.
Clamaba su juventud —mártir de un paralelo ecuatorial— esterilizada por un rictus de Renuncia; clamaba su fecundidad aherrojada y tendida como una ofrenda (útil y provechosa?) ante la noche de un altar. Clamaba todo su destino extravasado, todo su gran ser humano y pecador.
Y de su pecho, pobre y hundido por la curva impuesta, subían protestas acerbas; un descorazonamiento de martirio sin objeto, como la exudación de un ideal que ha regido violentamente el organismo, cuya reacción bosqueja en el cerebro trágicos desquites y precipita en los nervios seniles histerias del Vaticano…
Venía la aurora. Una palidez enfermiza anemizaba el Oriente con manchas lívidas. A lo lejos, las campanas de una Iglesia sonaban en el silencio como una plegaria de noviembre. El monje se encaminó hacia el templo, llevando consigo sus rebeliones, doblado por la fatalidad de un error querido, impotente para un esfuerzo cuyos tendones anudaban su existencia, sin fuerza para torcer el camino, arrastrando la amargura de su martirio infecundo, lívidamente iluminado por la madrugada de agosto.
