Podría afirmarse que la violencia de una vocación está casi siempre en razón directa de los sufrimientos que el destino depara a quienes la sienten con tal exaltación. Los grandes tormentos no acechan por lo general a un ser débil que destruirían del primer mordisco. Parecen elegir cautelosamente su presa, estudiando el vigor de la víctima, desechando centenares y millares de débiles presas, para fijar por fin su elección en tal cual ser humano, cuyo temple de alma, fuera de concurso, les asegura una heroica capacidad para resistirlos.
Renato Caillé no había sido hasta los quince años más que un niño de los tantos, con la vulgar perspectiva de éstos. A esa edad, cae en sus manos ociosas un libro que todos han leído, sin perder el sueño por él: Robinson Crusoe.
Pero en el niño Caillé pasa cosa distinta. Véase sucintamente la influencia que la simple lectura de un libro de viajes puede ejercer sobre una criatura marcada desde el nacer con la fulgente y cruel estrella del explorador.
Siendo pobrísimo, roba a sus vestidos y sus alimentos el dinero necesario para comprar todos los libros y mapas que puede obtener sobre las regiones tropicales. No le satisface esto. Al año siguiente, teniendo dieciséis de edad, se embarca en calidad de grumete en un buque que parte para el Senegal. Una vez allí se une a tres o cuatro negros que se internan en el desierto a ofrecerse de peones transportadores a Gray, que organiza entonces una expedición. Caillé no es aceptado, y poco después se traslada a las Antillas. Sólo permanece allí seis meses. Regresa a Francia, para reembarcarse en seguida hacia el Senegal. Esta región es, como se ve, su punto de mira. Ofrece de nuevo sus servicios, sin compromiso alguno ni sueldo, a un teniente de Gray que ha llegado hasta la costa, y esta vez sus servicios son aceptados. La expedición de Gray concluye en el desastre. Caillé, aniquilado por la fiebre, logra ganar la costa y regresa a Francia. Apenas repuesto, vuelve al Senegal. Se interna solo a estudiar las lenguas y costumbres del país. De vuelta de nuevo, pierde un año, enfermo. Ya casi sin esperanzas, acepta la dirección de una fábrica de añil, economiza cuanto puede, y dueño por fin de sus medios se lanza al frente de una expedición a la conquista de Tombuctú, la vieja y misteriosa ciudad del centro de África, y desde siglos atrás objetivo mágico de los exploradores del Sahara.
La expedición organizada por Caillé, de que hemos hablado, se componía exclusivamente de dos negros; ni un solo hombre más. Esta miserable cohorte, sin embargo, llegó a Tombuctú, a través de las miserias más atroces. Por la parte de Caillé, la interminable travesía de los bañados del Níger abre en sus pies llagas espantosas. Marcha, sin embargo, no se sabe cómo. A continuidad, se ve atacado por el escorbuto.
—Mi paladar —cuenta él mismo— estaba en carne viva. Parte de sus huesos se desprendieron y cayeron. Mis dientes apenas se sostenían en sus alvéolos. Mis padecimientos eran tan espantosos que temía perder la razón por la fuerza de los dolores que sentía en el cráneo. Durante quince días no pude conciliar un instante el sueño.
Este hombre prosigue no obstante su avance, y llega por fin a Tombuctú. Una caravana parte en esos días para el norte de África. Caillé, haciéndose pasar por europeo renegado (ardid al que ha recurrido por lo demás en todo su viaje), logra ser aceptado en la caravana. Pero los tormentos de su enfermedad, del simún y de la sed, son menos crueles que las torturas físicas y morales a que le someten los moros y sus esclavos. Le insultan sin tregua, y cuando al caer desmayado de su camello intenta volver a subir, le voltean de nuevo a pedradas, entre grandes risas.
Llega por fin la caravana a la costa del Mediterráneo. El cónsul de su patria, ante el cual se presenta Caillé, desconfía de él y se niega a reexpatriarle. Caillé queda abandonado y sin recursos de ninguna clase en una ciudad musulmana. Vive de la caridad de los moros, que no siempre le arrojan alimentos a la cara.
Todo tiene su término, sin embargo, y llega un día en que Caillé pisa el suelo de su patria, a donde ha llegado disfrazado de marinero, —para poder llegar.
Lo admirable de esta epopeya es que el hombre que había realizado el más admirable viaje que registre la geografía de África, lo había llevado a cabo a los 28 años, solo, puede decirse, sin ayuda de ninguna especie, y antes bien desairado, rechazado y negado sin tregua; sin apoyo de ninguna empresa, ni la protección de ningún gobierno.
