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Horacio Quiroga


Cuento


Juan era un buen muchacho y amaba entrañablemente a María. Pedro sentía por ella el mismo afecto. Uno y otro, hace tiempo, la habían galanteado mucho, la habían querido mucho, y de esto hacía varios años. Ambos se presentaban de nuevo, llenos de amor, con una carrera formada, y con una larga historia de recuerdos que suscitarían en su presencia...

Se querían como amigos que se comprenden íntimamente, francamente, estrechamente, sin egoísmo, sin secretos, fatalmente predestinados a las más dolorosas pruebas del corazón.

María no era hermosa, tenía los ojos negros, densamente iluminados. Su impasible expresión, retocada por el corte sensual de los labios, daba a aquel cuerpo delgado y silencioso una mezclada forma de ocultismo e indiferencia, correctamente social.

Hablaba pausadamente o ligero, sin calor, sin convicción apta para despertar toda duda. Amaba sin saber por qué,. sin darse cuenta de ello, como una cosa que nos ha sido impuesta y ejecutamos, sin ser comprendida, no obstante. Pensaba en los dos amigos que le hablarían de su pasado amor, con una impasibilidad que recordaba la fría y bostezante actitud de un César ante una lucha de gladiadores. Esperaba que ambos se le acercaran con indiferencia: atendería al que la hiciera sentir más. Y todo esto sin preocupación, sin fuego, con la tranquila curiosidad de una criatura que observa los movimientos de un ave a quien ha roto un ala.

No deseaba ni emociones, ni cariño, ni generosidad: quería saber simplemente cuál de los dos tenía más ingenio.

Había perdido a su madre siendo muy niña.

Juan la había amado mucho y por eso la había respetado mucho. No tuvo nunca otra dicha que la de estar a su lado mirándola en silencio, como se mira a una cosa que es nuestra y que no comprendemos sin embargo cómo puede ser de nosotros. Jamás retuvo su mano entre las suyas un minuto. Cuando le hablaba, la voz se contraía en su garganta; y aunque hacía esfuerzos por dominar ese temblor abochornante, no podía conseguirlo. Hablaba con ella; y su pobre corazón no sabía más que un estribillo constantemente repetido: le parecía tan dulce que no sabía otro. Siempre la misma insistencia, la única afirmación, la sola disculpa:

—¡La quiero!

Y se pasaba largo rato mirándola, contento, incapaz de pensar en nada, risueño y enamorado...

Todos sus balbuceos, su confusa tranquilidad, hicieron comprender a María que era religiosamente amada.

Le olvidó.

Pedro la quiso. ¿Cómo, por qué? Una noche paseaba, la vio en la puerta, una galantería, una sonrisa, un impulso de audacia, una retirada de oferta, mucha curiosidad y muchas noches.

Se amaron. Él apasionadamente; ella, con su distensión característica. Le hablaba, a menudo, sobre un fondo de incitación, bajo el centelleo de una elocuencia incisiva, pecadora, mientras ella le escuchaba sonriendo, curiosa, tal vez excitada, tal vez fingiendo con un suave temblor de labios prestos a tenderse.

Cuando él le pidió un beso, ella hacía tiempo que había pensado en concedérselo.

Pedro dejó de amarla. Pedro la abandonó, como se deja un excitante que ya no causa en nosotros ningún efecto. Fue un episodio de su existencia, unas horas de su vida cogidas al azar, que no le produjeron ni malestar ni melancolía. Fue un simple detalle.

María sintió su olvido, como se siente la pérdida de una canción caprichosa a la cual estamos acostumbrados. Y eso fue todo.


Pero pongamos las cosas en su lugar: María los había amado. Hay en el corazón esas extrañas anomalías. La inconstancia, la frialdad del erotismo intelectual pueden ser extrañas cristalizaciones de un fondo verdadero e incontestable. La forma del vaso sugiere una engañosa reflexión sobre el contenido. La criatura que martiriza a un pájaro, siente amor por él, el niño que desordena la complicación de un juguete y lo deshace, siente amor por él. Esas desviaciones sensitivas no dicen nada ni prueban nada. María, pues, les amó.

Hacía tiempo que el baile había empezado. Juan fue el primero en acercarse a ella; y en el salón, entre las parejas aglomeradas, bajo la poderosa sugestión de una música que trae en sus cadencias muertas felicidades de otra época, su corazón volvió ingenuamente al pasado, amó naturalmente, como si los siete años transcurridos hubieran alimentado en su alma la tranquila percepción de una mujer que nos está destinada.

No hubo en su conversación ni transiciones ni sacudidas.

—¡Había pasado tanto tiempo!... No lo había olvidado, ¿verdad?

Y su pobre ternura de enamorado evocaba a su oído, sin dolor ni amargura, las puras condescendencias de unas noches lejanas, dulces y queridas, en que habían vivido sin una pena, siempre juntos, las primeras palabras que se dijeron: la tranquila esfera de un porvenir todavía brumoso en que él volvería a la capital, siempre recordándola, para ofrecerse su título en la lenta seguridad de que no le había olvidado, para ser felices...

Sus ojos, dulcemente fijos, pedían la iluminación de su mirada, una suave emoción de bondad, de agradecimiento, que le hiciera mirarle con felicidad, como un instante de inefable placer, exento de toda pena y toda distracción. Buscaba una sonrisa, una cariñosa elevación de cabeza que le llenara de alegría en aquella esperada conversación que él había deseado tanto, porque todas sus luchas de estudiante estaban consagradas a ella que le recibiría enamorada y agradecida por sus desvelos que no le habían hecho sufrir mucho, en la seguridad de que ella le esperaría firmemente, sin una duda respecto a la posible falta de cariño...

Y con una asombrada expresión de pena llena de dolorosa percepción la miraba pasear su vista por el salón, examinando lentamente los diferentes cortes de vestido, examinándose en los espejos, cortando las palabras con una banal observación de baile, sin prestar atención a sus recuerdos, ni distraída ni contenta ni curiosa ni desdeñosa, indiferente por completo a cuanto le murmuraba sin retornar por un momento a la que él evocaba, fría y elegante, completamente olvidada de que se había amado y aun de quién era él...


El baile continuaba aturdidor, embriagante, repleto de sonoridades. Desde la terraza, la orquesta lanzaba al salón los compases triunfales de un vals pecador, instrumentado en una crisis de ternura explotante.

Pedro, a su vez, bailó con ella. Fue un crescendo de notas arrobadoras, una subrayada evocación de hechos —no de ensueños— que ponían en su mirada azul un pronunciado reflejo de conmoción interna sabiamente despertada y contagiosa, en la que temblaba el recuerdo de un abrazo fuertemente prolongado, de un bucle caído, de un beso, muchos besos que ella había sentido en sus labios y había devuelto con los ojos cerrados, pálida, la cabeza echada para atrás... y las palabras de él, lentamente incisivas —sin dejar de mirarla y sonreír— recorrían su carne como si sobre ella se deslizase una caricia de terciopelo; acudía al pasado, inclinando el busto sobre ella, deteniéndose escrupulosamente en los abrazos que más flojedad habían puesto en su cuerpo, en los besos que más escalofríos habían puesto en su carne. Sonreía sin dejar de mirarla.

Y bajo la poderosa pulsación de su brazo, su delgada forma se estremecía perdiendo los compases. No habían pasado siete años. Era él, el que la había hecho sentir cosas no sentidas; era él con la extraña seducción de sus ojos azules, acercando sus labios, sin dejar de mirarla, sonriente y contraído, seguro de que la cuerda daría, en su vibración, el tono esperado.

Y en tanto que en la sala, los dos amantes conocidos hablaban ardorosamente de su pasado inmortal sin más amor que el temblor de sus carnes, sin más porvenir que los besos a escondidas, sin más convicción que la que les daba la florescencia de sus deseos, Juan en el vestíbulo miraba dolorosamente cómo toda su existencia se perdía para siempre, sin objeto, sin gloria, sin fin. No lloró: su rostro lívidamente sereno no reflejó ni por un momento la espantosa desaparición de su motivo de vida.


Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.
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