Todo periódico al salir a luz, se traza un programa, rojo o blanco.
Es combatiente o es expositivo. Levanta la bandera punzó o rehúye toda idea que no sea tranquila, todo concepto que no equilibre.
Nuestro programa es simplemente de exposición. Abrimos estas columnas a los que en el Salto meditan, analizan, imaginan, y escriben esas meditaciones, esos análisis, esas imágenes.
A los que resuelven un sentimiento en un pensamiento, y un pensamiento en una verdad.
Nada es pensar si no se procura grabar hondamente lo que se piensa. El esfuerzo más impulsivo es impotente, si la palanca quiebra sus brazos, y el concepto iluminado se desvanece en la sombra.
Escribir, siempre que se haya concebido y se crea la gestación completa. Si el pensamiento nace ahogado o degenerado, no importa.
El aborto es siempre menos bochornoso que la esterilidad.
El que se siente precipitado está por encima del que no puede volar.
Entre nosotros, el pensamiento trabaja, pero teme la claridad. Deslumbra, como una gloria entrevista, y huye huraño, como el que tira una flor y esconde la mano.
Extiende sobre una frente silenciosa sus alas predestinadas, y se pierde en la memoria, sin que un libro recoja su forma.
Porque una columna de sanas reflexiones es más provechosa que cien páginas inéditas.
Lo que se nos dice pasa fácilmente: lo que se lee no se olvida.
Aquello impresiona como una belleza pasajera: esto se graba con relieves de agua fuerte.
El abandono —aún para los que están eternamente condenados a solo admirar— es acusable. Pero es criminal cuando el genio vive en la sangre como una neurosis, cuando acaso con un golpe de alas se puede salvar una bruma tenaz.
La actividad tiene un broche que es el estímulo, y para romperlo, hay que dar el asalto, aun, cuando se escale torpemente la brecha.
Si no hay un terreno para la lucha, la cabeza mejor organizada, los que fatalmente llevan en sí la victoria como se lleva una herencia quintaesenciada, se consumirán, como el Gran Rebelado, en una lenta visión de laureles.
Una tierra estéril sugiere reflexiones menos dolorosas que un campo abandonado.
Extendemos, pues, las columnas de esta Revista, para los que inicien el ataque, ya como veteranos de una vieja Guardia, ya como tímidos iluminados.
