Ricardo Lander

Explorador Del Río Níger

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


El caudal de aguas del río Níger, muy superior al del Nilo, concede a aquél el segundo lugar entre los grandes ríos de África. La línea singularísima de su curso ha engañado hasta hace apenas cien años a los exploradores, al punto de que en 1830 se creía que el bajo Níger y el bajo Congo constituían una sola corriente de agua. 

El gran Clapperton emprendió en 1823 una expedición que iniciándose con la muerte de sus dos compañeros a los 18 días de exploración; vióse interrumpida por la suya propia dos años después, en el seno de la selva africana. El sirviente de Clapperton, Ricardo Lander, se encontró así al frente de una expedición sumida en el desastre.

Este Lander era un modesto tipógrafo de vida tranquila y sedentaria. Impulsado no se sabe por qué, ofrece sus servicios como criado a Clapperton, quien lo lleva consigo en su segunda exploración. Ya conocemos su fin. Tras infinitas penurias, Lander logra arrastrar hasta la costa los restos de la expedición, pudiéndose esperar, por los tormentos sufridos, que el ex tipógrafo y criado pasaría inmóvil y entre recuerdos de horror, el resto de sus días.

No hay tal. Vuelve al África, se interna, y se lanza en una piragua sobre las aguas del Níger a explorarlo hasta su desembocadura.

No tienen fin las demoras y quebrantos de este viaje, por el país más insalubre que conozcan los europeos. Todos los reyes y reyezuelos de las comarcas por que corre el Níger parecían haberse pasado la voz para detener, interrogar, robar, aherrojar y torturar a Lander y sus compañeros de expedición.

En el transcurso de su descenso por el Níger, caían en mano tras mano de los reyezuelos, quienes después de haberles entregado por fin una piragua, se la roban durante la noche, o les cedían la piragua, pero les ocultaban los remos. Como objeto de tráfico, más indispensable que el pan mismo en esa región, no quedaba a la expedición sino una colección de “agujas extrafinas y garantidas para no cortar el hilo”, Lander vióse obligado a bailar en compañía de un rey de cien años de edad, que rengo y con muleta, danzaba con el furor de la juventud. Perdió sucesivamente todos los tesoros de observación adquiridos, hasta llegar por fin al ansiado delta de Níger, —pero convertidos él y todos sus compañeros en esclavos, para ser vendidos en el mercado negrero de la costa.

Las pruebas físicas y morales de un hombre tienen un término: en ese instante se hallaba fondeado ante la boca del Níger un navío inglés, El propietario de la traílla de esclavos consintió en permutar a Lander por las baratijas de tráfico que representaban 40 negros, más un barril de ron.

Llorando de miseria y de felicidad, Lander fue transportado al bergantín inglés. Lo que quedaba a Lander de europeo y de aspecto humano, salvo el esqueleto, fácil es imaginarlo. El capitán se niega rotundamente a rescatar esa piltrafa humana. Ante los papeles del Almirantazgo que exhibe Lander, el otro explota:

—¡Robados! ¡Si usted cree que está hablando con un loco o un imbécil, se equivoca! No daré ni un penique, ¿me oye?, por usted.

Lander insiste, ruega, besa la mano del compatriota. Este responde con insultos, y se dispone a zarpar. Lander es llevado de nuevo a tierra de África; y la intensidad de sus sentimientos, no es esta vez fácil de medir.

Concluyamos. Ante el cálculo de que los compañeros de Lander podrían reemplazar en parte a su tripulación extenuada por las fiebres, el marino se decide al fin a trocar su barril de ron por la gloria del gran explorador del río Níger.


Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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