Ya lo dijo Ibsen: Con la palabra humano, con la expresión es humano tapamos, disfrazamos y excusamos todas las cobardías y transacciones del corazón y el carácter.
Es humano que se dé a un hambriento falsas esperanzas de saciar su hambre, y que sobre el esqueleto del mísero lloremos luego nuestra hipocresía sin fin, pues sobre el hijo, el nieto y el tataranieto de la víctima, proseguiremos vertiendo, luego de haberla engañado hasta matarla, nuestras inacabables lágrimas humanas.
En 1842 Ricardo Wagner se hallaba en París. Este hombre de genio conocía ya en esa época lo que es la miseria; pero la que soportaba en esos instantes sobrepasaba la resistencia de un hombre robusto. Si no sufría hambre, en el sentido estricto de la palabra, ello se debía a un enorme trabajo hasta las más altas horas de la noche, transcribiendo y reduciendo músicas por un mendrugo de pan.
Esto mismo llegó a faltarle. Logró, tras infinitas penurias, obtener de un ilustre compositor francés unas líneas de recomendación para el director de un teatro de Burdeos, no sabemos para qué insignificante cargo.
Lleno de ilusiones, Wagner se dirigió a Burdeos con un bastón al hombro y su atado de ropa en la extremidad, a pie. No podía permitirse otro lujo.
Rotoso, extenuado, Wagner presentó su carta de recomendación; pero cuando el director del teatro comenzaba a leerla, fue llamado y salió bruscamente, dejando la carta sobre su mesa.
El forastero, a dos pasos, la contemplaba abierta. El diablo tentó a Wagner, e inclinándose, leyó lo que sigue: “Querido maestro: No sabiendo cómo deshacerme del pobre diablo que se presentará a usted, le he dado esta carta. Deshágase usted a su vez de él como pueda”, etc., etc.
Con su atado al hombro, Wagner reemprendió viaje a París.
Bien. Para un mortal cualquiera, abrumado y hambriento, el incidente era ya de una mordacidad sangrienta. Pero piénsese en el hombre que la había sufrido. Para quien había ya compuesto “Rienzi” y “El Buque Fantasma”, la lectura de la carta aquella era un cáliz tanto o más amargo que el que se apuró en otro momento en el Monte de los Olivos. Hemos sido redimidos del pecado original por medio de un sacrificio. Algo sin embargo pesa aún sobre la Humanidad, cuando proseguimos ignorando, befando, sacrificando y llorando luego, a los cristos de nuestra propia raza.
