En el último rincón del pueblo, recodeada por la sombra del tamarindo; en las noches más frías del otoño, entreabre sus hojas agrisadas, la flor del último ensueño.
La tapias del cementerio, en su descarnada vestidura, han mordido el polen amarillento, y el último beso, rígido, impenetrable, surge sobre su tumba.
Caen los cielos, y por su extensa cabellera rubia, las cuerdas de mi lira han prendido en su cintura una nota silbante y fina, como el espasmo del delirio.
En el albor de mis primeras caricias, su busto palpitante se esconde entre mis brazos. Una lágrima que ha caído en el hueco de mis hombros, se ha asimilado con mi sangre.
La sombra de sus pestañas se extiende como un círculo negruzco. Las gardenias de sus sienes y las violetas de su frente beben mis suspiros y ruedan hasta su pecho: ¡en él han florecido!
Abrazada á su cintura, corre la carcajada histérica, enseñando su vientre de fauces abiertas, su vientre que no se llena. Tiembla la carcajada histérica y la virgen rasga su blanca veste, sus temblorosos miembros, presa de furor extraño.
Iluminaste un día mi corazón, ¡oh virgen de mis ensueños!. Tus palabras despertaron en mi pecho un himno de notas fugitivas; pero se apagaron sus acordes y te perdí. Como las golondrinas huiste, púdica esperanza. En tus alas quedó prendida la última caricia de mis besos— Soñaba siempre con tu ternura. Siempre á tus plantas soñé vivir. Siempre en mi pecho te acariciaba ¡siempre te amaba… más te perdí!
"Spirto gentil dei sogni miei"
Salta la bofetada, y hasta el último límite del poder humano, llega el grito del orgullo herido.
La vergüenza se esconde en un puñal y hiere.
¿Qué es la ley humana? —Un premio al poder del más fuerte.
¡Cuánto material inútil en la creación del hombre!
Las azucenas arrobadas besan la siempre-viva —Una mariposa negra que, durante el crepúsculo, ha revoloteado sobre las dos cabezas unidas, bebe la amargura de tu belleza, surgida de dos flores, en el silencio de la noche austral.
Cruza el jardín sombrío, temblando en su palidez amarilla de rosa-té. Su cuerpo, desmesuradamente flaco, proyecta su sombra aguda sobre la arena del camino, y se extiende infinitamente, como los sueños de la noche febril que mueven un mundo de fantasmas y de escombros y giran en revuelto orden, hasta el despertar angustiado.
Las nubes de incienso se elevan en un rincón del jardín, en espirales concentradas, tímidas. La luna es la luna de otoño… Tal la sueño.
