La actitud de Scott ante el deber de concluir triunfalmente una expedición en la que su patria tenía puesta su alma, y el pequeñísimo de no abandonar en el camino a un compañero ya moribundo, no ha sido superada hasta hoy por héroe alguno.
Decimos mal: El heroísmo es uno solo, absoluto y cumplido totalmente en sí mismo, sea cual fuera la causa que lo encendió. No caracterizan al acto heroico sus consecuencias, sino la entrega incondicional de la fe a un sentimiento puro. Scott pudo haberse salvado por poco que hubiera creído que la gloria de la patria, el orgullo de su hazaña, el amor de su familia, pesaban más en su corazón que la vida de un hermano en el infortunio. Nada costaba a Scott cerrar los ojos ante el destino de un nuevo compañero de expedición que caía a su vez. A un kilómetro escaso estaban la vida, la salud, el triunfo, la gloria. Él conservaba fuerzas para alcanzar el puesto de abastecimiento; su compañero, no. Scott permaneció a su lado, y la muerte sobrecogió a ambos.
Todo, en la expedición de Scott al Polo Sur, fue una serie de infortunios desde el principio al fin. Nunca la fatalidad ha conducido una empresa al desastre con tal mano de hierro.
Desde luego, la ruta polar, trabajosamente estudiada por Scott, propiedad suya, podría decirse, y de la que un explorador con mayor fortuna debía en esos días aprovecharse para su triunfo, con no muchos escrúpulos, a lo que se dice. Luego, el fracaso de los ponneys de tiro. Más adelante, la hostilidad sin tregua del tiempo, las casualidades convertidas en brújula de muerte; lo inesperado y sin remedio, a cada instante de una noche barrida constantemente por vientos con una velocidad media de ciento veinte kilómetros por hora.
La llegada al Polo Sur, por fin, para hallar izada ante la expedición, y apenas desde días atrás, el pabellón de Amundsen.
El regreso no fue menos hostil. Pudo haberse esperado que la fatalidad no se ensañara más con una expedición batida y en derrota: pero no fue así. Las fatigas y miserias llegan a ser tales, que los escasos sobrevivientes, con excepción de Scott, enferman. El jefe de la expedición, a pesar de las protestas, se detiene. Uno de aquéllos, no pudiendo convencer a Scott de que debe continuar el regreso, sale por un instante tambaleándose, y no vuelve más: Se ha pegado un tiro, para liberar de sí mismo a la expedición.
Sin recurrir a ese extremo, los demás enfermos van cayendo. Llega un instante en que Seott queda solo con un compañero, ambos en estado de extrema miseria. Llegan arrastrándose hasta un kilómetro del puesto de abastecimiento. Allí están los alimentos, el fuego, la inenarrable felicidad de recuperar la vida. Scott conserva aún fuerzas para alcanzar solo hasta allá. El moríbundo lo sabe, e insta llorando a su jefe a que lo haga. Scott siente a su vez que no puede abandonar a un compañero de infortunio y salvarse solo. Queda a su lado, debilitándose de hambre y frío, y cuando la expedición salvadora llega por fin, halla acostado y muerto a Scott, con la pluma aún en la mano. En la carta que deja inconclusa recomienda al gobierno de su país que vele por su mujer e hijas, pues él no deja bienes ningunos de fortuna.
¡Gran Scott! Tu actitud nos resarce de unas cuántas iniquidades cometidas con el nombre de gloria.
