Semmelweis

Médico Austriaco

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


La incomprensión de las ideas nuevas se convierte con el andar del tiempo, si no en comprensión, por lo menos en palabras y actos de gratitud con que la humanidad entona su mea culpa en honor del desgraciado que despreció.

Tarde, ferozmente tarde, esas lágrimas y esa vasta protección humanitaria, llegan por lo común. Pueden pasar varios siglos; la satisfacción llega por fin. Si no escarmentamos —pues algunos esqueletos corroídos de la miseria de sus amos esperan aún las fatales lágrimas de arrepentimiento— puede asegurarse que con cada ciclo de mil años, nuestra deuda a la flor de la humanidad queda pagada. Esperemos, pues, confiados, sin oír todavía los alaridos de locura que aún después de ochenta años, debe de proseguir lanzando Semmelweis desde su tumba-manicomio.

Semmelweis, médico austriaco, había sido sorprendido por algo anormal que pasaba en la perenne infección puerperal de todas las maternidades de la época. Las cifras de mortandad eran aterradoras; en ciertas épocas alcanzaban al noventa y cinco de los casos.

En la Maternidad de Viena, donde actuaba Semmelweis, se observaba que de las dos salas obstétricas del establecimiento, la reservada a la práctica de los estudiantes acusaba una mortalidad mucho mayor que en la sala destinada a las parteras. A tal punto, que las mujeres estaban convencidas de que ir a aquellas primeras salas, era ir a la muerte. No insistimos sobre las crisis de desesperación de algunas enfermas que, creyendo estar en la sala de las parteras, se hallaban en la de los estudiantes.

Si bien con anterioridad a Semmelweis se había asegurado la contagiosidad de la fiebre puerperal, nadie había observado aún de dónde provenía y cómo se operaba dicho contagio.

"Debe de haber una secreción, un veneno, un organismo —decíase Semmelweis— que se transmite de un cuerpo a otro por medio del hombre."

En esos momentos moría el doctor Kolltschka, víctima de una infección en un dedo adquirida en la sala de disecciones. Y al comprobar en el enfermo los mismos síntomas y el mismo cuadro clínico que en las puérperas de la Maternidad, la luz se hizo bruscamente en la visión genil de Semmelweis: Una sola y única era la enfermedad del varón infectado y la de las parturientas: un agente, pues, proveniente de los cadáveres de las salas de disección y transportado por los estudiantes a la Maternidad era la causa específica de la fiebre puerperal. Desinfectando campo operatorio, manos y herramientas, la fiebre no debía presentarse.

Como se ve, Semmelweis había llegado de golpe en 1847, al canon actual, adelantándose en veinte años a la antisepsia de Lister, y en otro tanto a las conclusiones de Pasteur.

Preconizó, habló, escribió: no halló clínico en el mundo entero, que le prestara atención. Cansado y extenuado por las risas y los sarcasmos, perdió el juicio, a lo que entendemos.


Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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