Sin haber llegado nunca a la convicción de que
mi martirio fuera necesario, paseé aquella noche de lu-
na, con el alfanje en la mano derecha y debajo del
brazo un haz de leña. Abraham llenaba mi sombra
y el holocausto estaba próximo.
Caminábamos por una llanura acribillada de sol-
fataras; y en el humo de los acres sulfatos éramos dos
aventureros. El suelo se hundía a cada paso. Una
profunda astricción anudaba nuestras gargantas, y las
pocas palabras que podíamos articular estaban llenas
de rencor.
La senda era larga. Atravesamos una llanura y
después un bosque de limoneros. Después un bosque
de cien leguas. Y de nuevo una llanura. Estábamos
rendidos.
—Decídete— murmuró Abraham.
—No, —le respondí apenas;— más lejos.
Al comenzar de nuevo la marcha, dimos vuelta la
cabeza: el bosque estaba ardiendo como una zarza,
y la palabra de Dios no salía de entre la zarza. Segui-
mos. El paisaje se accidentaba. Huellas de fantásti-
cos animales cruzaban el suelo. La pisada era pro-
funda, el terreno cuaternario bramaba de nuevo, y so-
bre la cabeza blanca de Abraham llovía aún el diluvio
aterrador.
Le miré: el alfanje, suspendido sobre mi pecho,
cayó. Y de la honda herida, los ojos aún cerrados, sur-
gió lentamente la cabeza del cordero.