Este caso no tiene nada de raro, anormal o extraordinario en modo alguno. Antes bien, su aterradora sencillez es su extrema virtud, y él ha añadido una gota más al mar de angustia en que nos estamos ahogando los civilizados de hoy.
Tengo dos hijos, uno de ellos varón. Y este hombrecito de cuatro años, estrella del triángulo luminoso que un hombre de bien debe fijar en su paso por la tierra, según el precepto árabe: “plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo", esta criatura mía va, corriendo con la civilización actual, a buscar el destino de aquella otra criatura que se llamó Jack, y que es el protagonista del caso.
Llamábase, pues, Jack, y su padre era inglés.
Ante todo, debo advertir que conozco perfectamente a los padres, y conocí igualmente a Jack hasta que tuvo ocho años. Como él, su madre era uruguaya, aunque de origen y educación perfectamente británicos. Conforme a tal concepto, agradabilísimo para mi, la crianza y educación del pequeño Jack se desarrollaron armoniosamente, y recuerdo bien la sorpresa que causaba en el pueblo —Salto Oriental— ver a la criatura corriendo en pleno invierno, poco menos que desabrigada, con sus piernitas desnudas hasta medio muslo.
Jack, claro es, no hablaba sino inglés al principio; y cuando a los cuatro años comenzó fatalmente a mezclar palabras españolas, era un encanto oír su media lengua. Aún a los ocho años, cuando dejé de verlo, su español causaba infinita gracia, pues aunque lo hablaba bien, su acento era totalmente británico.
El padre, alto empleado de ferrocarriles, encarnaba al gentleman, en el real valor de la palabra. La madre, más suavizada para nosotros por el ambiente natal, era un modelo de honda sensatez, afabilidad y alegría. Y ambos, de profundo y común acuerdo, serenamente convencidos de nuestra falla sudamericana: falta de ideal, cobardía para el trabajo, e ironía criolla, habían criado y formado a su hijo único pensando siempre en la vieja y noble Inglaterra, adonde llevarían a Jack cuando tuviera ocho años, y que sería su verdadera patria, de alma y pabellón. Ellos, desde luego, seguirían a su hijo, pues gozaban de gran bienestar.
Jack, pues, no adquirió del medio ambiente nada, o casi nada. Era una criatura alegre, de candorosos ojos azules, que gozaban de la particularidad de empanarse de lágrimas cuando contaba algo divertido. Pero sus piernas siempre coloradas y desnudas, son el rastro que más ha dejado de su personita.
Nunca le pregunté, que yo recuerde, por su nacionalidad; pero es casi seguro que hubiera contestado: inglés. ¿Qué más podía haber dicho, sintiéndose infatigable? constantemente empujado al amor exclusivo de Inglaterra, sus hábitos, sus virtudes, seguramente sus conquistas y su oro? De América, de nuestras virtudes balbuceantes aunque los extranjeros jamás ven, y nosotros menos que ellos, ignoraba todo, menos las insuficiencias —o mejor, desviaciones— de alma ya apuntadas. De modo que cuando toda la familia se fue a Londres, al cumplir Jack los ocho años, es bien seguro que no sufrió el pequeño uruguayo el menor trastorno sentimental.
Llegaron después, y siempre, cartas de los padres a sus amigos de aquí: estaban muy contentos —¡en Inglaterra, por fin!— y a su Jack, internado en un colegio de campo para retocar, completar y pulir su educación británica, no le quedaba nada de América, pero ni el más leve saborcillo en los labios, de la leche natal, con lo que se sentían bien felices por el porvenir de su Jack, sueño y única esperanza de sus vidas consagradas exclusivamente a la felicidad de su hijo.
El tiempo pasó y al estallar la guerra de 1914, Jack tenía diez y siete años. Por comunicaciones de amigos comunes he sabido lo que pasó. La criatura —pues no era otra cosa a esa edad— sintió bullir la sangre original, cuidadosamente fortificada desde la cuna, y sentó plaza de voluntario. Era, pues, de alma y pabellón, un verdadero inglés; y los padres, viendo así cumplido en el tierno retoño su constante anhelo, sintiéndose bien dichosos de despedir a su hijo.
La criatura hizo bien que mal su aprendizaje en los campos de concentración, y pasó a Flandes. Esto era en noviembre. Tuvieron en seguida cartas de Jack: estaba muy contento, ejercitándose en hacer trincheras a retaguardia. Trabajo duro —decía— por lo cual él y su compañía creían poder obtener una licencia de tres días para ir a Londres.
Así pasó, y a fines de diciembre se recibió un telegrama de Jack: "Mañana llegamos por tren de 2 y 45". Los padres, no obstante lo anterior, lloraron de alegría al recibir el telegrama que les devolvía a su hijo, carne de su carne.
Llegaron a la estación muy temprano. Llegó un tren, luego otro, y a las 2 y 45 no había llegado aún el tren esperado. Muertos de inquietud se informaron, para tranquilizarse en seguida: el convoy, muy cargado, venía con retraso. Por fin, de la estación próxima, se recibió aviso de que el tren llegaba. Eran las 4. En ese momento, avisaron al padre que había un telegrama para él, y corrió a la oficina. La madre lo siguió, batiendo palmas de alegría. —¡Ahí viene! ¡ahí viene!— gritaba.
El telegrama decía que el día anterior Jack había caído en el desmoronamiento de una trinchera, en maniobras a retaguardia. Lo que venía en el mismo tren esperado, era el cadáver de la criatura en un cajón.
Cómo el padre comunicó la noticia a su mujer, no sé. Pero conozco algunas líneas enviadas por la madre a un amigo común, tres meses después: "¿Qué quiere que hagamos nosotros ahora sin nuestro hijo? No quiero pensar. Nuestra vida no tiene ya ningún objeto…”
Ahora, pienso yo: ¿qué sentirán los padres en el fondo de su alma? ¿Es posible que se pierda un hijo único, una criatura de 17 años, sano, alegre, feliz, sin que se escarbe en los más hondos rincones de la desesperación por no haber sabido conservar la vida de esa criatura? ¿Es posible que no haya una noche de insomnio y pesadilla en que veamos a nuestro hijo, nuestra finalidad y nuestro acusador posible, aplastado por una trinchera de simple maniobra, y haciendo esfuerzos para tender sus manos hacia nuestro corazón?
No sé. Sé que tengo dos hijos, uno de ellos varón. Y este otro Jack de cuatro años, a quien no educó ciertamente en el culto de la civilización actual, irá un día a aprender a hacer trincheras, y no volverá. Por más honda que pueda ser la infiltración de las ideas de un hombre libre, al tener 17 años correrá con sus compañeros, y no volverá.
¿Qué hacer, pues, qué magnitud de culpa cae sobre el pensamiento humano, si al cabo de diez mil años de tortura progresiva, al padre de Jack y a mí nos estrella contra un destino igual?
