Sinfonía Heroica

Horacio Quiroga


Cuento


De modo pues que el soldado desconocido, una vez comprobada su identidad, subió directamente al cielo.

El cielo no es, como pudiera creerse, un ámbito sin límites donde deambulan confundidas las almas de los justos. El cielo posee categorías muy precisas, originadas por la diversidad de méritos y causas que llevan hasta él. Existe así el cielo particular de los sentimentales, de los hombres de genio, de los hombres juiciosos, y de los mentecatos.

Hay muchos cielos más, tantos como son variadas las bondades del alma. Pero adonde fue el soldado desconocido, es al cielo de los héroes.

No es el cielo de los héroes el más poblado de todos los cielos, como bien se comprenderá; pero por razones obvias, los llamados a su seno representan en el cielo mismo una verdadera aristocracia, tal como la que sus cuerpos mortales representaron en la tierra un día. Y a ese cielo selecto entre todos, donde el más disimulado de sus habitantes encarna esa cosa formidable que se llama un héroe, allá fue, con la velocidad de un rayo de luz, el soldado desconocido.

Dios mismo tiene debilidad por ese su cielo de élite, y sus miradas se detienen en él con más ternura, y menos justicia de las suponibles. Pero el recién llegado no era un héroe transitorio, ocasional o discutible. Nada de esto: era, como ya lo hemos dicho, el soldado desconocido. Y el Señor, después de poner en conmoción el cielo entero con el hosanna de cánticos que anunciaban un grande y dichoso acontecimiento, hizo abrir las puertas celestiales cuan grandes eran, ante la persona del soldado desconocido.

El soldado desconocido ─debemos advertirlo ahora─ no parecía darse cuenta de lo que significaba aquel recibimiento triunfal. Tenía el aspecto modesto de un héroe, y la frente muy estrecha como los luchadores. Tal vez ni la inteligencia ni la claridad de espíritu adquirieron en él el enorme desarrollo de su heroísmo. Por esto acaso lanzaba miradas recelosas a todos lados, dando así la impresión de una humildad tan grande, como pequeña era su cabeza.

El soldado desconocido franqueó pues las puertas del cielo y vio al Señor teniendo a sus costados, como una guardia de honor, a los héroes muertos. Y tras ellos vio hasta el infinito del cielo y sus blancas nubes, las almas de los justos nimbadas por el arcoíris.

Esto es lo que vio el recién llegado. Pero es indudable que el cielo y sus arcángeles miraban a su vez con asombro a aquel misterioso y poco aparente desconocido, que no cesaba de ojearlo todo con desconfianza. Comprendiéndolo así, el Señor serenó los ánimos.

─Hijo mío ─exclamó tendiendo la diestra hacia el soldado oscuro─. Bendito seas, porque el Señor es contigo.

Y volviéndose a las almas:

─He aquí a vuestro hermano. Mucho ha sufrido, porque mucho amó. Acordaos siempre de su nombre: es el Soldado Desconocido.

Poco diríamos, observando que nadie comprendió en toda su extensión lo que Dios había querido decir. Pero quien acaso lo comprendió menos fue el propio héroe alabado, a juzgar por sus crecientes ojeadas de desconfianza.

Mas ya el Señor, rodeado de su selecta guardia, se dirigía al cielo particular de los héroes. E induciéndole con la mano a que entrara:

─Hijo mío ─repitió al recién llegado─, he aquí tu morada. Y he aquí a tus hermanos de corazón, que ya te aman y te veneran.

Y a los héroes:

─Recibidle con vosotros y amadle como él os ama ya, porque os repito que es digno de vuestra gloria. Y no olvidéis su sagrado nombre: es el Soldado Desconocido.

─Y dale con el soldado desconocido... ─murmuró para sí el soldado, que no alcanzaba a comprender esa obstinación en no mencionar, como ex profeso, su verdadero nombre.

El Señor se había retirado. Solitarios o en grupo, los héroes vagaban sin prestar la menor atención al nuevo habitante, afectando con una naturalidad verdaderamente heroica no mirar, ni ver, ni siquiera darse cuenta de la presencia entre ellos del soldado desconocido.

Nosotros, desde este bajo mundo y cargados de prejuicios, apenas nos atreveríamos a disculpar aquella glacial indiferencia de héroes. Pero si meditamos que el menos conocido de aquellos paseantes se llamaba Napoleón, y el más disimulado, Alejandro, comprenderemos el helado orgullo de aquellos héroes ante la torpeza y actitud soslayada del intruso.

El soldado desconocido iba despacio de aquí para allá sin buscar contacto con sus hermanos, y apartándose con presteza del paso de los héroes. Volvíase a veces y los seguía con los ojos, concluyendo siempre con el mismo sacudimiento de cabeza y la misma pregunta:

─Daría mi encendedor por saber qué tipos son éstos...

Del otro lado de la avenida, los héroes se volvían a su vez para mirarle, y su expresión inicial de asombro concluía siempre con una sonrisa sarcástica y convulsiva.

Pasaron así unos días, hasta que la altivez herida desbordó por fin de boca de los héroes.

─¡Señor! ─expuso uno de ellos ante Dios, cuando todos los héroes y el soldado desconocido estuvieron en su presencia─. ¡Señor! No estamos contentos. Nuestro mutuo amor ha fenecido. Nos reconocemos culpables ante ti, Señor. ¡Castíganos!

Y el héroe dejó caer la cabeza sobre el pecho. Dios lo contempló un instante.

─¡Tú, culpable, hijo mío!... ─murmuró─. Bien por ti. ¿Pero tus hermanos?

La alta mirada de Dios paseó en vano por el grupo de héroes: todos habían bajado también la cabeza.

─Habla, hijo mío ─reanudó el Señor─. ¿De qué te acusas?

─De orgullo.

─¿Y tus hermanos?

─De lo mismo.

─¿Dónde ves la culpa?

─En ése... ─señaló el héroe con el mentón hacia el soldado desconocido─. No podemos amarlo...

El Señor sonrió levemente observando al soldado, que se mantenía inmóvil, los pies juntos, sin otra vida que el campesino recelo de sus ojos ante aquel segundo tribunal.

─No tiene ciertamente aspecto heroico... ─murmuró Dios para consigo mismo. Pero a pesar de ello el héroe oyó la voz del Señor. E irguiéndose:

─¡Señor, no es por eso! ¡Ni yo ni mis hermanos hemos supuesto nunca afrentar a... ése, por su vestimenta! ¡Es por nosotros mismos, Señor! ¡El nombre del más oscuro de entre nosotros hace vibrar todavía el alma de los hombres! ¡Y ése que nos diste a amar como un hermano predilecto, ése... es un desconocido!

El soldado aludido no comprendió tampoco esta vez de qué se trataba, bien que el altivo gesto del héroe hacia su persona, no le presagiaba nada bueno de todo aquello. Y se consoló con remover las mandíbulas, mascando entre dientes un ilusorio tabaco.

Pero Dios acababa de extender la diestra hacia el ámbito celestial, y en un segundo se hicieron visibles las almas de los elegidos. Y dirigiéndose al héroe que proseguía pálido de orgullo; ante la omnipresencia de sí mismo y del cielo entero, la voz del Señor habló así:

─¡Hijo mío, tampoco yo estoy contento! Hace breve tiempo os ofrecí un nuevo hermano que os recomendé calurosamente. Ha sufrido mucho ─os dije─ porque mucho amó. Éstas fueron mis palabras. Y os recomendé finalmente: no olvidéis nunca su nombre, es el Soldado Desconocido.

»A ti te pregunto ahora, y lo mismo a todos vosotros: ¿qué habéis hecho de vuestro hermano? Os lo di herido de dolor, y me lo devolvéis herido; os lo di parco de palabra, y me lo devolvéis mudo. Os pregunto de nuevo: ¿qué habéis hecho de él? ¿Qué habéis hecho de vosotros mismos?

»Ni uno solo de vosotros adivinó lo que se ocultaba bajo su humilde envoltura. Amadle mucho, os dije; y le habéis despreciado. Aprended de memoria su nombre, os repetí, y le habéis negado ante vuestro Señor. Pues bien, oídme ahora, porque el clamor de vuestro orgullo ha llegado hasta mí.

»Todos vosotros, sin excepción, habéis conocido el significado supremo de la palabra heroísmo, y el arrullo que en el alma producía vuestra propia voz, al cantaros al oído: ¡héroe! Todos fuisteis héroes ante vuestros soldados, antes vuestros ejércitos y vuestras patrias. Pero ante todo, fuisteis héroes ante vosotros mismos. Ved al Soldado Desconocido ─os anuncié─. Es héroe a la par de vosotros. Voy a deciros ahora en qué ha consistido su heroísmo.

»Este soldado sin nombre no tuvo vuestra ardiente noción de la patria, y sus goces supremos. No supo tal vez leer ni escribir, y con seguridad su frente no se alzó del azadón a meditar un solo segundo de las horas de su vida. ¿Qué ganabais vosotros llevando vuestras huestes al asalto? La libertad de la patria... y el susurro de gloria al oído. ¿Sabéis lo que en cambio ganaba ese soldado? La muerte. Esto solo y nada más. Dio su vida por la patria de un modo tan anónimo, rápido y oscuro, como la brusca mancha de su casaca, y la bala que lo mató. Por eso su nombre es desconocido.

El soldado entretanto había cesado de remover la mandíbula y miraba fijamente al Señor. Comenzaba a comprender.

─Pero vosotros ─continuó el Señor─ queríais a toda costa saber su nombre. Os lo diré, pues. Es el profundo y oscuro amor a la patria, a la libertad del suelo besado, a sus leyes, a su tradición; el sentimiento salvaje e irrazonado del sacrificio ante el inmenso altar de la sangre nativa; el impulso sordo y ciego hacia la frontera; la fuerza fúnebre, e inconfundible con ninguna otra, que rompe al abrazo de la madre enferma, de la esposa enloquecida, de los débiles hijos destinados a morir de desamparo. Grito que acompañó al soldado desconocido. Fue contento...

El Señor se detuvo: los ojos del soldado, que se habían ido abriendo conforme la elocuencia divina ascendía, reían ahora. Sus hombros, su cuerpo entero reían; la risa pesada y continua de campesino que acaba de comprender.

─No es cierto... no es cierto.

Dios contempló un largo rato a sus héroes contritos, y miró luego con triste ternura al soldado desconocido.

─Pero tú salvaste a tu patria, hijo mío... ─agregó Dios dulcemente.

El soldado, sin dejar de reír, hizo al Señor una guiñada.

─¡Y tenías mujer e hijos!

Nueva guiñada.

─¡Y los abandonaste a la miseria y al hambre, por la patria!

Por primera vez el soldado desconocido abrió la boca:

─¡Ya lo creo! Si me quedaba con ellos me fusilaban.


Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.
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