Sombras

Horacio Quiroga


Poema, Lírica


¡Qué triste es el pesimismo! Yo me enternezco cuando oigo a mi amigo hablar de su porvenir, de la gloria, de las aspiraciones de una alma juvenil y creo que palidezco, porque pienso que también podría ser como él, lleno de fé y alegre, ¡sobretodo alegre! ¡Qué hermoso sería…!. Pero no puedo. La tendencia fatal de nuestro siglo me arrastra sin procurar apartarme de la corriente. Siento una especie de placer en mis sufrimientos, en mis tristezas, y aún desearía padecer más, para encontrar en el fondo de mi escepticismo una realidad que se destaque poderosa, con el tinte del dolor que nos sofoca, del gran dolor eterno. En cambio, mi amigo, optimista de corazón, se envuelve deliciosamente en las ilusiones de su espíritu creyente, y a través de una brillante etapa, de coronas y de lauros, él cree vislumbrar su porvenir lleno de gloria.

Piensa que el mundo es bueno, que el amor es dulce, que la vida es agradable y porción de cosas más que siente con firmeza y trata de hacérmelas ver con persuasiva palabra. A veces contestó que lo creo, que la humanidad me tratará con dulzura, que gozaré en el regazo de un amor sin límites, si lo creo, pero falta el corazón que lo sienta y que lo espere como una aurora delicada en el recinto entristecido de mi pobre alma que no comprende y que... que se muere sin querer luchar.

Estoy leyendo "El Mal del Siglo" y me hace mucho mal. ¡Pobre Guillermo! Aquel espíritu superior cayó doblegado por el peso de su temperamento pesimista que tronchó las aspiraciones y las creencias que en una alma como la suya debían florecer. Y además, ¡hay tantas Loulou en este mundo!. Recuerdo que yo un día tuve las mismas reflexiones que Eynhardt analizando algunas mujeres que había conocido. ¡Qué frívolas eran! ¡Qué mundanalidad la suya que sacrificaban un amor sencillo y delicado á un aplauso por su gorgorea voz, por su elegancia en el vestir!. Y he penetrado muchos corazones y todos me han desilusionado. Mi duda es grande y acerba como la de Guillermo; ¿Ama en mí la ternura que le prodigo, mi semblante, mi propia esencia, ó a los hombres en general, al conjunto que me subleva?

He adorado a una mujer rubia que era hermosa. Cuando recordaba sus miradas, la alegría que le producía mi persona, su mano ardiente y temblorosa que se recostaba en mi brazo, creo que me quería fuera de la generalidad; pero el orgullo que se apoderaba de ella cuando era agasajada; sus risas y sus entusiasmos en el baile; su ligereza en las conversaciones que me hacían temblar, su desenfado en la despedida, ¡ay! me hacen levantar los ojos con desesperación, como si allá, en el inmenso zafiro, columbrara la fugaz silueta de un amor que no llega nunca y que sin embargo lo siento palpitar dentro mi pecho, y se escapa y se extiende y se prolonga hasta el infinito.


Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.
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