EL CONDOR
Allá en lo alto, a través de la atmósfera pura y glacial, el cóndor va, con las alas abiertas. Reina en la altura insondable como un monarca.
Su imperio es la altura inaccesible, el abismo sin fin del espacio. Reina en el silencio. A veces, tal vez llega hasta éste el lejano fragor de un alud.
Fuera de eso, nada. No hay allí más vida que la del cóndor, ni otro sonido que la potente vibración del aire en las rígidas plumas de sus alas.
Tan poderosa es la organización del cóndor para el vuelo, que nunca se le ve batir las alas, si no es para levantarse de tierra o bajar hasta ella.
No recuerda en nada el rápido batir de alas de los pájaros. Más que vuelo, es una navegación silenciosa por el espacio. Con las alas abiertas e inmóviles, el cóndor, invisible desde tierra, va planeando a través de la atmósfera helada, como un aeroplano vital.
Cruza sobre los valles hondísimos, bordea las blancas cimas de los Andes, prosigue su exploración de rapiña, dejando tras él, como una estela, el vibrante gemido de su vuelo.
Súbitamente, vuelve a tierra con fijeza su calva cabeza, y comienza a descender planeando en una gran espiral descendente. De nuevo, vuelve a recordar el vuelo del aeroplano.
¿Ha visto el cóndor o ha olfateado algo allá abajo? Ciertamente, puesto que se dirige a un guanaco muerto. Pero… ¿cómo desde seis mil metros de altura ha distinguido al animal, guarecido bajo una peña? Y si no ha podido verlo, ¿qué emanación misteriosa del cadáver ha impresionado su olfato, puesto que el guanaco acaba de morir?
Es este uno de los misterios de la vida de los buitres, a cuya familia pertenece el cóndor. El gran naturalista Carlos Darwin estudió el problema durante su permanencia entre nosotros, sin lograr aclararlo.
Esta gran ave que puede levantar fácilmente el vuelo con una cabra entre sus garras, se alimenta indistintamente de presas vivas o cadáveres descompuestos.
Se harta tan vorazmente de carne que por largas horas después no puede volar. Los cazadores de cóndores se aprovechan entonces de esta circunstancia para matarlos a palos.
A pesar de sus costumbres de buitre, nada agradables, el cóndor es una magnífica ave de rapiña, que se agiganta con la majestad de su vuelo.
Por ser muy perseguido a causa del daño que ocasiona en los ganados, el Gobierno de la nación ha prohibido su caza. Pero así y todo, si no se crean reservas en la cordillera que aseguren su existencia, dentro de muy poco la especie del cóndor se habrá extinguido en el país, y con él una de las glorias de nuestra fauna.
VIAJE EN AEROPLANO
"Tucumán, 8 de mayo de 1930.
QUERIDO LUIS:
Acabo de descender del aeroplano en que hemos venido desde Buenos Aires, y me apresuro a contarte mis impresiones.
¡Qué encanto, Luis! ¡Qué maravilla de viaje! Figúrate que estás quieto en el aire, a ocho cuadras de altura, y que los montes, los campos y las ciudades van pasando allá abajo como figuritas pintadas.
No te exagero al decirte que todo: ríos, casas y personas mismas, parecen pequeños juguetes de color, vistos desde aquella gran altura. Viajabamos a 1000 metros de altura, y a una velocidad de 160 kilómetros por hora.
¡Qué velocidad! —dirás tú, Luis, recordando que el auto de papá, que corre a 100 kilómetros, nos parece que vuela sobre la carretera. Y sin embargo, desde el aeroplano mismo no se aprecia la gran velocidad a que éste marcha. Va tan alto, que la tierra y sus paisajes parecen deslizarse hacia atrás con lentitud.
¿Te acuerdas del rápido a Rosario, cuando lo veíamos cruzar a quince cuadras de nosotros, desde la estancia de tío Ricardo? Nos parecía que iba muy despacio, debido a la distancia a que se hallaba. Y sin embargo, corría a 80 kilómetros por hora. Lo mismo sucede con el aeroplano.
¿Quieres que te diga, Luis, lo que más me ha impresionado en mi viaje? Son dos cosas; Primero, lo inmenso que parece el aeroplano, sólo en el aire, roncando y vibrando a impulso del motor. Segundo, la pequeñez de todo lo que se ve en la tierra. Todo allá abajo parece diminuto, como de juguete, pintado con bonitos colores.
Y otra cosa más, para concluir con esta carta. Nosotros creíamos que en aeroplano debía notarse bien el acto de despegarse de tierra cuando corre al principio para tomar vuelo. Pues bien, no; no se nota absolutamente nada. Crees que vas corriendo todavía sobre el suelo, y te hallas de pronto en plena atmósfera, balanceándote suavemente.
Bueno, querido Luis. Junto con ésta les envió a mamá y papá una larga carta. Pero he querido reservar para ti algunas impresiones sobre mi viaje en aeroplano, del que tanto habíamos hablado.
Recibe un fuerte abrazo de tu hermano.
—Carlos".
HISTORIA DE LA TIERRA
Cómo fué La Tierra antes de que el hombre la poblara.
Cuando el hombre aprendió a escribir, dejando documentos escritos de su vida, terminaron los tiempos llamados prehistóricos y comenzaron los tiempos históricos.
De lo que ha pasado antes en la raza humana, nada se sabe. No hace de esto más que ocho a diez mil años.
¡Qué infinito tiempo nos parecen estos diez mil años! Sin embargo, representan apenas un segundo en la vida de La Tierra, si se considera, según algunas teorías, que nuestro planeta tiene dos mil millones de años de edad. Y hace por lo menos setecientos millones de años que sobre la Tierra aparecieron los primeros animales.
Eran éstos monstruos gigantescos, muy distintos por lo general de los animales que conocemos hoy. Los lagartos, sobre todo, adquirieron proporciones inmensas.
Mucho después que estos reptiles, poblaron el planeta los mamíferos. Sin ser tan enormes como los lagartos, espantan asimismo sus proporciones. Nuestro país era frecuentadísimo por esos monstruos, muchos de los cuales eran grandes armadillos o peludos, tan altos algunos como un elefante.
Había también elefantes con cuatro cuernos y tigres con colmillos tan largos como espadas.
El aspecto y el clima de La Tierra antes de aparecer la vida, eran muy distintos de los de ahora. Muchas montanas actuales yacían entonces en el fondo del océano. Y se alzaban en cambio continentes que se hundieron para siempre bajo el mar.
La temperatura del aire era elevadísima. Ciertamente, el hombre no hubiera podido vivir, con aquel calor. Copiosísimas lluvias barrían el planeta, y los bosques de helechos cubrían las tierras. En nuestro país, casi toda la Patagonia yacía todavía bajo el mar.
Más tarde, en la cenagosa llanura que constituía el sur de la república, pulularon infinidad de monstruos herbívoros.
La Argentina es riquísima en restos de estos seres desaparecidos. En las barrancas del Paraná y otros ríos, pueden verse esqueletos de aquellos seres gigantescos, a simple vista.
Los museos de Historia Natural de la Capital y de La Plata, poseen las más ricas colecciones del mundo de estas reliquias del suelo natal.
Nota.—Primero aparecieron las plantas, que precisaron del sol, luego los
animales, que necesitaron de las plantas, y por último el hombre.
Los primeros animales aparecieron en el agua.
EL VALOR DE UNA VIDA
Yo, ustedes, cualquiera de nosotros encuentra al caminar un animalito en el suelo: una langosta, una mariposa. Por poco que desviemos el pie, podemos evitar el pisarla. Nada nos cuesta hacerlo. Ni tenemos prisa ni nada nos urge.
Seguimos indiferentes el camino y aplastamos la mariposa.
¿Por qué? ¿No es esa mariposa un ser que siente y sufre como nosotros? Nada nos pasa porque aplastamos a la mariposita; pero muy distinto fué lo que aconteció a Vichnú, dios de una religión hindú, cuando aplastó un día a una inofensiva araña que cruzaba el camino.
Inmediatamente Vichnú compareció ante Brahma, dios supremo de esa religión, a dar cuenta de lo que había hecho.
Brahma colocó el diminuto cadáver de la araña en el platillo de una balanza, y esperó.
Vichnú sonrió, y cortándose el dedo meñique de la mano izquierda, lo colocó en el otro platillo, pensando con razón que el peso de su dedo bastaría y sobraría para compensar el de la pequeña araña.
Pero el platillo no bajó.
Vichnú sonrió de nuevo y colocó en el platillo su mano entera.
El platillo se mantuvo en alto.
Vichnú sonrió todavía, y tronchándose el brazo entero lo dejó caer en el platillo.
Pero ni aún así el platillo bajó.
Vichnú entonces dejó de sonreír, porque había comprendido el sacrificio que se le exigía. Y sólo cuando se puso él mismo en el platillo, cuando ofreció su vida y alma enteras para compensar su crimen, sólo entonces el platillo bajó y la balanza quedó equilibrada.
Porque ante la Madre Naturaleza, dice esa religión, todos somos iguales, y el precio de una vida sólo con otra vida se paga.
LOS ALUMNOS INGENIEROS
Todos sabemos que el Canal de Panamá tiene una importancia grandísima en el comercio del mundo. Pero no todos saben que ese canal es mucho más alto en el medio que en sus dos extremos. Tiene, como si dijéramos, una gran joroba en el centro.
¿Cómo las aguas no se precipitan entonces por las dos pendientes hacia el océano Atlántico, por un lado, y hacia el océano Pacífico, por el otro?
¿Cómo pueden los buques ascender cuesta arriba?
Esto lo ignoraban naturalmente los alumnos de segundo grado de una escuela de los territorios del sur.
Pero el maestro de esos niños, que en los días de fiesta solía pasear con sus alumnos por un arroyo cercano, les enseñaba muchas cosas jugando con ellos. Y así una tarde, mientras todos, grandes y chicos, jugaban descalzos en el arroyo, el maestro les enseñó a construir un canal al costado de una cascada del arroyo, para que los botecitos que colocaban en el agua antes de la cascada, pudieran entrar otra vez en el arroyo, sin naufragar en el salto.
Entre todos, pues, ayudándose mutuamente con ramitas y arena para levantar diques escalonados, y con tablitas para hacer las compuertas de esos diques, el maestro y sus tiernos alumnos construyeron un canal con diques sucesivos que iban subiendo y bajando de nivel, y por los cuales los botecitos subían y bajaban también, gracias a las puertas de esos diques que los ingenieros improvisados abrían y cerraban a tiempo.
Así, jugando y cantando como se hace todo trabajo que llena el alma, los alumnos de segundo grado de una escuela de territorio, aprendieron a construir esa obra maestra de ingeniería humana, que se llama un canal de alto nivel.
S.O.S.
¡Yo soy el naufragio! Vivo oculto en el misterio de los océanos. Son mi cuna la tempestad, las densas nieblas que descienden del Polo, los arrecifes erguidos como la muerte ante los navíos.
El horror y la desesperación me acompañan. ¡Yo soy el naufragio! Y ante mi presencia, los más poderosos buques se hunden en el insondable mar.
Nada se opone a mi lúgubre paso. El hombre ha dispuesto botes en los navíos para librarse de mis garras.
Yo hundo sus botes. Ha inventado balsas especiales sobre el puente de los transatlánticos para salvar a los náufragos.
Yo deshago sus balsas. El hombre estudia en vano las corrientes marinas y la marcha de los huracanes.
Yo malogró sus cálculos. Surjo de improviso donde menos lo espera, y absorbo en mis
fauces los vapores con todo su pasaje.
¡Soy invencible !... ¡Oh, no! ¡Ya no lo soy más! Algo ha inventado el hombre que quiebra mis embates y aplasta mi furor. Este algo no es una construcción gigantesca opuesta a mi furia. ¡Ojalá fuera así! ¡Yo la abatiría! ¡Oh, no! Son sólo tres letras, tres mayúsculas, que únicamente tienen significado en inglés.
Estas tres letras son:
S. O. S.
Nada más. ¡Pero qué inmenso y soberano es su poder! ¡Y cuán mezquino es mi aullido siniestro, al lado de su noble clamor!
Lanzadas desde el buque que yo sacudo entre mis garras, las tres letras van a lo lejos sobre la tempestad. Se alzan sobre los arrecifes. Traspasan la negra soledad del mar, y caen sobre los navíos, clamando angustiosamente:
Salvad nuestras almas.
Esto es lo que significan las tres iniciales. Los buques oyen este clamor; y de todos los vientos del horizonte se precipitan a auxiliar al navío náufrago: Salvan a los pasajeros, salvan las tripulaciones... Y... Apenas queda en mi poder un casco sacudido por mi furia.
¡Soy el Naufragio! Hasta hace pocos años, mi poder era indomable. Hoy, un hombre de genio llamado Guillermo Marconi, me ha vencido con su maravilloso invento:
La telegrafía sin hilos.
NUESTRAS MADERAS NOBLES
Se llaman nobles aquellas maderas que resisten casi perennemente a la acción del tiempo. Sin maderas de esa resistencia, no podríamos ejecutar obras que, como los puentes y muelles, requieren maderas casi indestructibles.
Y cuán numerosas son las enfermedades y peligros que acechan a la madera para destruirla! Los insectos la taladran en todo sentido; el sol la abre en grietas profundas; el aire y el agua, obrando simultáneamente, la reblandece y pudre en breve tiempo.
Tres árboles de nuestra flora, principalmente, nos proveen de la madera noble que necesitamos. Estos son: el lapacho, el quebracho y el algarrobo.
Puede decirse que el lapacho dura eternamente. En las ruinas jesuíticas de Misiones, existen todavía marcos de puerta tan frescos como si recién se hubieran puesto allí. Fueron colocados, sin embargo, hace trescientos años, por lo menos. Todo lo que era de hierro o madera blanda en esas ruinas, se ha reducido a polvo bajo el azote del tiempo. Sólo el lapacho resiste tal cual, y resistirá sin duda eternamente.
Crece en el norte de nuestro territorio. Con él se construyen los puentes y muelles.
El quebracho, como madera de obra, se usa principalmente en los durmientes de las vías férreas. Los países —y son muchos— que no poseen maderas tan imputrecibles como el quebracho, se ven obligados a pintar los durmientes con bleck u otras sustancias para que puedan resistir diez o quince años bajo tierra. Nuestro quebracho no se pudre jamás.
Del quebracho se extrae el tanino, del que exportamos grandes cantidades a Europa, para curtir cueros. Abunda muchísimo en el Territorio del Chaco.
El algarrobo no es tan duro como las dos maderas apuntadas, pero posee en cambio mayor elasticidad. Con él se fabrican los prismas para pavimentar nuestras calles. Produce un tinte magnífico que se aprovecha en el teñido de las sedas. Se cultiva en la parte céntrica de la República.
A pesar de la riqueza que para un país representan los tres árboles que nos ocupan, no se vigila bastante su extracción de nuestros bosques. Incesantemente los grandes troncos caen uno tras otro bajo el hacha. Si el gobierno nacional no toma medidas para evitar el destrozo, día llegará en que del lapacho, del quebracho y del algarrobo, no nos quedará sino su recuerdo.
LOS TRES OROS: EL ORO RUBIO
De las entrañas del suelo surge en negros chorros el petróleo transformado —digámoslo así— en nafta, kerosene y aceite. Alimenta él solo gran parte de la industria moderna. Es el combustible del porvenir. El país, que como el nuestro, cuenta con grandes yacimientos de petróleo, es rico entre los ricos.
Es el oro negro del mundo.
En las selvas del nordeste de nuestra república se cría un árbol cuya bebida encarna la más vieja tradición argentina. Es la yerba mate, la bebida del hogar de nuestros abuelos.
Constituye nuestro oro verde.
En la región central de la República, sobre la tierra de incomparable riqueza que forma su suelo, se agita en el ardor de los días de verano una inmensa ola rubia que no parece tener principio ni fin. Son las espigas de trigo.
Desde el sur de la Pampa a la zona central de la provincia de Córdoba, esa ola se mece y ondea en un vasto susurro de prosperidad. Cuatro de nuestras más ricas provincias se hallan cubiertas en estío por el mar de doradas espigas.
Es nuestro oro rubio.
El trigo viene sosteniendo al mundo desde su más remoto origen. Constituye la base de toda alimentación. El país que no posee pan propio, es decir, campos de trigo, tiene que vivir con grandes sacrificios del trigo ajeno.
La Argentina provee abundantemente de pan a sus hijos. El excedente de su trigo va a auxiliar a otros países que carecen de él. Esa ola fecunda que brilla al sol del verano y transforma el centro de la República en un agitado mar de oro, constituye la más grande fuente de riqueza de nuestro país.
Nota.—En la República Argentina se plantó trigo, por primera vez, en el fuerte de Sancti Spíritus en 1527.
EL ESFUERZO INDIVIDUAL
Quién no sueña con una de esas islas maravillosas de la zona tropical, rodeadas de una gran playa de arena donde los cocoteros yerguen su airoso penacho?
¿Quién no desea recorrer sus bosques, poblados de aves de espléndido plumaje, y navegar suavemente. en canoa por uno de sus ríos?
¿Quién no aspira a tener una choza bajo su bosquecillo de cocoteros, frente al mar azul, que al atardecer refresca el ambiente con su brisa nocturna?
¿Quién no sueña con habitar una de esas islas, construirse él mismo su cabaña, sus armas, sus anzuelos y vivir libre en medio de la naturaleza, gracias a su propio esfuerzo?
¡Oh! Temprano o tarde, todos llegamos a amar la libertad de una vida así; todos aspiramos a triunfar de la naturaleza con nuestros medios propios, como han triunfado los náufragos que arribaron más de una vez nadando a una de esas islas.
Nada poseían esos náufragos: ni ropas, ni alimentos, ni herramientas. Sin embargo, con su sola firmeza de carácter y su trabajo, llegaron a construirse su choza y su canoa. Fabricaban sus armas, domesticaron los animales salvajes, se vistieron de sus pieles. Y concluyeron por crear un rincón de civilización, allí donde no había sino naturaleza salvaje.
Uno de estos náufragos fue el marino sueco Selkirk, que vivió cuatro años en una isla desierta del Pacífico. Más tarde, un escritor inglés contó sus aventuras en una novela titulada Robinson Crusoe, que se hizo famosa en el mundo.
Despertó esa novela el amor por las aventuras, y en nuestros días algunos escritores como Mayne Reid y Julio Verne, han escrito hermosos libros sobre ellas.
Pero lo que se aprecia en esos libros de aventuras, es sobre todo, el amor al esfuerzo individual que despiertan: Es el canto a la energía del hombre, que le hace triunfar de la soledad con su carácter, con su trabajo y su constancia.
¡Feliz del país, podemos decir, que cuenta con criaturas que sueñan con triunfar solos en una isla desierta, porque esos sueños infantiles demuestran el carácter decidido que tendrán mañana cuando sean hombres!
Nota.—La isla en la que habito Selkirk, se llama Isla de Más Afuera. Es de Chile y pertenece al grupo de islas de Juan Fernandez.
Estas islas producen la mayor parte de las langostas que se consumen en la Capital Federal.
PELIGROS DE LA MALA ORTOGRAFÍA
Hace varios años un comerciante español escribió una carta a un amigo suyo que residía en el Brasil, en la cual le pedía que a su regreso, le llevará tres o cuatro monos que quería regalar a un conocido. El comerciante escribió la cantidad en números, de la siguiente manera: 304.
El amigo del Brasil, a su regreso, cumplió fielmente el pedido, y descendió del vapor en Barcelona, con... ¡trescientos cuatro monos! El comerciante casi cae de espalda al hallarse ante esa gran monada.
Pero ¿acaso no era suya la culpa? Por ignorancia o descuido, había omitido acentuar la conjunción disyuntiva o, como se usaba entonces. Privada así del acento, la letra se transformaba en un cero. Y por lo tanto, los tres o cuatro monos en trescientos cuatro micos.
De lo que hizo el comerciante con la aulladora monería, nada nos dice la historia. Tal vez los vendió, o... los comió. Dicen que la carne de mono es apetitosa.
Hoy la Academia de la Lengua Española recomienda no acentuar las vocales. ¡Ojo, pues, niños, con el uso de la disyuntiva o en medio de cifras! ¡Cuidado de que por solicitar de un amiguito uno o dos gorriones, no reciban 102!
Cuidemos con gran atención de los signos ortográficos. Tienen mucha importancia en la escritura. Nos exponemos a que nos comprendan mal, o a que no nos comprendan del todo.
PERROS DEL MONTE
Para la vida de un cazador de monte, nada es indispensable en su rancho. Puede no tener gallinas, ni vacas, ni siquiera qué comer. Lo único que necesita son perros.
Sentados a la vista del fuego, en verano o arrollados alrededor del fogón, en invierno, se ven siempre cuatro o cinco perros en el rancho de una cazador de monte.
Están flacos como esqueletos, y al levantarse se tambalean, como si sufrieran de las caderas. Nada anuncia en esos perros su gloriosa calidad de cazadores de tigres. Siempre están reumáticos, siempre se hallan tristes y huraños. Parece imposible al verlos, que puedan cazar siquiera un miserable ratón.
El destino de estos perros, sin embargo, es perseguir a los tigres hasta el fondo mismo de las malezas. Casi todos mueren en tierra, entre las garras del tigre, o en el aire, adonde son lanzados de una manotada de la fiera, con las entrañas abiertas.
Al menor apronte de cacería en el rancho, ya los perros reumáticos están de pie, ladrando y con los ojos brillantes. Súbitamente se transforman en lo que son de verdad: animales de inmenso valor, de resistencia incalculable para correr un día entero tras el rastro de un animal.
A veces en plena corrida tras un ciervo o un tapir, los perros de monte se detienen bruscamente: erizan los pelos del lomo, hunden el rabo entre las patas, y lanzando un lúgubre aullido, anuncian de este modo la pista fresca de un tigre. Los cazadores acuden y desde ese instante la cacería prosigue con infinitas precauciones.
De pronto, un ronco y largo bramido responde al aullido de los perros. Es el tigre, que se ha detenido por fin en su fuga.
Hay tigres valientes y tigres cobardes. Los valientes esperan a los cazadores y sus perros, agazapados en lo más profundo de la maleza. Los cobardes trepan a los árboles, donde esperan el ataque.
Ya están los perros próximos al tigre que persiguen. ¿Qué destino es el suyo? ¿Les espera una fiera dispuesta a vender muy cara su vida, o un tigre cobarde agazapado en la primera horqueta de un árbol?
LA MÁQUINA DE COSER
Ustedes conocen ya —dice la maestra a sus alumnas— a muchos bienhechores de la humanidad. Pero antes de continuar es menester que comprendamos bien qué quiere decir bienhechor de la humanidad y en qué consiste su misión.
Son bienhechores o benefactores aquellos hombres que, con una invención o un descubrimiento feliz han hecho bien a la humanidad, mejorando su salud, su trabajo, sus condiciones de vida; aumentando, en una palabra, su resistencia en esta gran lucha diaria que se llama la vida.
Se observa que los hombres fueron siempre o casi siempre los organizadores de los homenajes del género humano a sus benefactores, y la mujer muy pocas veces ha intervenido. ¿No ha habido acaso un hombre cuyo invento favorezca casi exclusivamente a la mujer?
Sí, por cierto, lo hay, y este hombre es Elías Howe, que en 1845 inventó la máquina de coser. Howe había pasado en la miseria su primera juventud. No poseía tampoco grandes conocimientos en mecánica. Pero tenía genio, que es la fuerza creadora de todos los grandes progresos de la humanidad.
Increíbles son las penalidades y tormentos de toda especie que sufrió Howe mientras construía su primera máquina. ¿Y saben ustedes en qué consistió sobre todo el rasgo decisivo de su invención? Sencillamente en colocar el ojo de la aguja de coser en su punta.
Parece poca cosa, ¿verdad? Sin embargo, gracias a esa poca cosa, desde hace 85 años la mujer se ha librado de la esclavitud de la costura a mano. Gracias a la máquina de coser, las mujeres hemos recuperado la mitad de las horas de nuestra vida, que antes nos absorbía la interminable costura. No me explico, por lo tanto, cómo las dueñas,de casa, las mujeres de nuestro hogar, no hemos ya erigido un monumento a la memoria de Elías Howe.
Estoy segura de que por medio de una módica suscripción en el mundo entero, en muy poco tiempo se recolectarían los fondos necesarios para perpetuar en bronce nuestro agradecimiento.
Niñas: ustedes son pequeñas aún para apreciar nuestra gratitud. Pero cuando sean mayorcitas, muy pronto; madres de familia, más tarde, y las tareas del hogar necesiten del esfuerzo de ustedes, comprenderán entonces que si hay un hombre a quien las mujeres debemos eterna gratitud, ese hombre es Howe, inventor de la máquina de coser.
EL JARDÍN DE LA REPÚBLICA
Misiones es el jardín de nuestra patria. Desde pequeños lo oímos repetir; pero rara vez nos dicen por qué.
No es solamente por su agradable temperatura, pues varias provincias y territorios de la República poseen un clima semejante.
No es por sus bosques frondosos, pues Salta y Tucumán los cuentan también.
No es por su naturaleza quebrada, pues allí tenemos los Andes.
¿De qué proviene, pues, esta hermosura singular del Territorio de Misiones?
Proviene de una feliz conjunción de los elementos mencionados. En un sólo magnífico paisaje —pues todo el territorio no es más que esto—, Misiones ofrece simultáneamente los bosques de Salta, las quebradas de Jujuy, los ríos de nuestra Mesopotamia, y la fauna y flora incomparables del trópico.
Pero estas riquezas naturales no bastan aún para hacer de Misiones el jardín de la República. Se necesita una armonía especial que una estos elementos, y esta armonía se la da su clima, que es también sin disputa el más sano y sereno de nuestro país.
Durante las horas de gran sol, en verano, el calor se siente vivamente, fenómeno indispensable para que maduren los frutos. Como por lo demás, la alta presión atmosférica que reina casi siempre en Misiones favorece la transpiración, esto regula la temperatura de la sangre, y el calor se soporta muy bien.
Las noches y las mañanas son muy frescas, al punto de que es necesario abrigarse bien en la cama.
Pero tampoco es el clima la sola gloria de Misiones. Lo son también sus selvas de helechos arborescentes, sus bosques que al final del invierno se visten de rosas con la flor de los lapachos.
Son su gloria sus ríos perfumados al atardecer por el azahar de los naranjos silvestres. Glorifican a Misiones sus tucanes y sus guacamayos. Cantan la riqueza de Misiones las grandes plantaciones de yerba mate, nuestra bebida nacional.
Y por encima de todo, cantan con voz profunda la gloria de nuestro jardín tropical, las
cataratas del Iguazú.
EL LAGO ARDIENTE
La tarde del día 30 de diciembre de 1907, una inmensa, rara y negra columna de humo ascendía al cielo de la zona sur de Buenos Aires. Se trataba de un incendio, sin duda alguna.
Pero ¿de qué? ¿Qué vasto edificio, qué grandísima fábrica en llamas eran capaces de proyectar, como un volcán, tales torbellinos de humo densísimo?
Medio Buenos Aires se precipitó como una sola persona a la Boca, donde rugía el incendio.
¡Y qué incendio! Millones de latas de nafta y aceite que ocupaban un depósito de una manzana de extensión, habían explotado.
Todo el interior de la manzana, rodeada de altos muros, se había convertido en un mar de líquido ardiendo. La llamarada producida —una sola llamarada, pero inmensa—, ascendía rugiendo hasta setenta metros de altura. El calor que desprendía era tan fuerte, que los millares de curiosos acudidos de todos lados, no podían aproximarse a menos de dos cuadras. Y aun a esa distancia, debían resguardarse los ojos con la mano, del calor.
La tarea de los bomberos fué enorme. Líneas enteras de mangueras inundaban de arriba a bajo las casas de madera que rodeaban la manzana del siniestro, convertida en volcán.
A pesar del heroico esfuerzo de los bomberos, algunas casas vecinas ardieron, por más que el fuego no las hubiera alcanzado.
Pero lo más curioso de aquel incendio fué que no se dirigió una sola manga a su foco, pues toda el agua de las mangueras no hubiera hecho sino avivar más el fuego de aquel lago ardiente de una manzana de extensión.
Nota.—El calor irradia, y de aquí que no sea indispensable el contacto con el fuego para que una cosa arda. Al descomponerse el agua por un gran calor, los gases que la componen avivan más el fuego.
LA GLORIA DEL TRABAJO
El trabajo no es una maldición, como creen algunos, ni una virtud extraordinaria, como piensan otros. Es sencillamente una necesidad de la vida que se cumple con el corazón alegre, cuando se posee un ánimo valiente y un cuerpo sano.
El trabajo requiere siempre un esfuerzo; pero no siempre al esfuerzo se le puede llamar trabajo. Los deportes, por ejemplo, que exigen todos mayor o menor gasto de fuerzas, no pueden ser considerados verdaderamente un trabajo.
Lo que caracteriza al trabajo es la utilidad social que reporta: El esfuerzo que debemos hacer para educarnos y actuar con dignidad en la vida; el trabajo de los artesanos manuales que viven de su oficio, como los carpinteros, herreros, panaderos; la tarea silenciosa y profunda del químico ante su laboratorio, del pintor ante su cuadro, del escritor ante sus páginas, son útiles a la ciencia, al arte, y por lo tanto al bienestar y la dignidad de la existencia.
La libertad para trabajar, es decir, la elección voluntaria de nuestro trabajo, es la más grande dicha que podamos conseguir en la lucha por la vida.
Por eso el trabajo forzoso impuesto a los condenados a presidio no proporciona a lo que lo ejecutan, satisfacción alguna. Pero aun sus tareas en las cárceles, pueden llamarse felices porque son útiles. No importa que el presidiario no disfrute de su trabajo, por duro que éste sea. El sabe que alguien, amigo o enemigo, aprovechará de su trabajo para mejorar su vida. El ingrato esfuerzo de sus brazos es útil a un ser humano, y esto le consuela.
¡Cuán distinto, en cambio, el trabajo duro, extenuante, sin objeto ni fin alguno, al que en tiempos recién pasados se sometía a ciertos presidiarios en las cárceles de Siberia!
A estos hombres, que un día habían sido libres, se los condenaba a transportar grandes piedras de un montón a otro, distantes cien metros. Cuando habían concluído con las piedras de un montón, recomenzaban su tarea desde el montón opuesto. Así todas las horas, todos los días, todos los años, hasta el final de sus vidas.
No se utilizaban para nada esas piedras, no se pensaba darles nunca destino alguno. La tortura moral a que se sometía a aquellos condenados, consistía precisamente en eso: en convertir el trabajo en una tarea sin descanso, sin objeto, sin fin, totalmente estéril.
Jóvenes alumnos, que un día serán hombres: Consideren el trabajo libre, cualquiera que él sea, como una augusta necesidad de la vida, que se puede convertir en gloria, por poco que se pongan en ella todas las fuerzas.
Nadie sabe de qué seremos un día capaces; pero luchemos para ello desde el primer día de clase.
Nota.—Nuestra Constitución establece que: "las cárceles serán para corrección y no para castigo".
EL CUENDÚ
Existe en el nordeste de la República un animal curiosísimo con aspecto de puerco espín y erizo a la vez, cubierto con larguísimas púas, y de sombría fama.
Dícese de él que al ser atacado lanza sus flechas contra su enemigo con la velocidad de una bala, y esto desde ocho a diez metros. Dichas púas, según la misma popular creencia, son venenosísimas y no se pueden arrancar más de la carne. A tal monstruo se le llama cuendú.
Es animal bastante raro, que a penas se encuentra una que otra vez en lo más sombrío del bosque.
Quiso la suerte un día que un poblador me trajera un cuendú recién cazado, y que estaba furiosísimo, según él.
El animal venía dentro de una bolsa, y la bolsa dentro de un cajón de kerosene.
Con gran dificultad sacamos al monstruo de su caja, pues erizado como estaba a más no poder, resistíase, apoyando sus mil púas contra la tela, como otras tantas palancas.
Logramos al fin arrancarlo por su cola prensil y lo colocamos en una jaula, donde pude por fin observarlo a mi sabor.
Lo más admirable de aquel monstruo era la dulzura de sus grandes ojos saltones; dulzura de pobre ser inofensivo y tímido, como lo es en efecto el cuendú.
Cuando no se le asusta, mantiene adheridas al cuerpo sus larguísimas púas, y parece entonces que llevará a la rastra una gran capa verdosa de hilos longitudinales.
Pero a la menor alarma, levanta sobre el cuello sus cerdas rígidas, dejando al descubierto sobre el lomo una fina pelusa blanca. Pasada la inquietud, la capa cae lentamente y el cuendú reanuda su pasito un tanto cojo.
Yo no estaba seguro de mantener vivo a mi cuendú, pues estos seres huraños resístense a alimentarse en domesticidad.
No pasó así, por suerte; y al día siguiente de cazado le vi comer cáscaras de naranja y roer maíz, sentado sobre las patas traseras, sosteniendo delicadamente con sus dos manos el grano de maíz, como un objeto precioso.
Llegó a conocerme en poco tiempo, y se apoderaba de mi mano, dedo tras dedo, con temerosa lentitud, para concluir siempre por llevarse un dedo a la boca, por ver a qué sabía.
Como es un animal nocturno y la luz le ofende mucho, mi cuendú pasaba las horas de gran sol de espalda a la luz, frente a la pared del fondo de la jaula, con la cara entre las manos.
Permanecía en esa actitud de penitencia horas enteras sin moverse. Si nos acercábamos al tejido de alambre, él se aproximaba a su vez, por ver qué le llevábamos; pero por poco que no tuviera apetito, tornaba silenciosamente a su rincón, a hacer penitencia.
Muchas veces lo vi asimismo de madrugada dormir sentado sobre las patas traseras en igual actitud, con las manos sobre los ojos. Para hacerle más llevadera su cautividad, lo instalé en una gran glorieta cubierta, en compañía de dos halcones y una urraca. Pero no pudo acostumbrarse ni a los saltos de la urraca, ni a los chillidos de los halcones.
Cuando tuve que venirme, pensé que mi cuendú no dejaría de ser interesante en nuestro Jardín Zoológico, por su doble carácter de animal indígena y de monstruo de leyenda. Trájelo conmigo y lo puse en manos de Onelli, entonces su director.
LA SENCILLEZ PARA ESCRIBIR
Dos de los errores más difundidos en el vulgo, consisten en creer que las obras intelectuales son tanto más importantes cuanto más largas son, y que el lenguaje difícil y ampuloso da prueba de profundidad en el pensamiento.
Pueden contarse con los dedos de una mano, los grandes intelectuales que han precisado más de un tomo para escribir una obra maravillosa. El libro ideal es aquel en que el escritor, ya se trate de un hombre de ciencia, ya de un literato, condensa en pocas páginas gran cantidad de ideas.
Ejemplo de esta eximia brevedad nos ha dado últimamente el sabio Einstein, exponiendo su atrevida teoría sobre la relatividad, en... ocho páginas! No necesitó más el gran matemático para asombrar al mundo con sus pensamientos.
Correlativamente a la obra intelectual, un solo retrato de Rembrandt vale por una galería entera de cuadros. Y en música, una sola sonata de Beethoven despierta más emociones de arte que muchas largas óperas.
Del mismo modo, en la vida diaria debemos huir de las frases ampulosas para hablar y escribir. Las gentes muy jóvenes —los niños en particular—, corren el riesgo de preferir las palabras rebuscadas, los giros enfáticos del lenguaje. Creen, los pobres, que la sencillez de pensamiento y de palabra demuestra corto ingenio y espíritu vulgar.
¡Oh, no, jóvenes amigos! Por el contrario, la sencillez es el mayor de los refinamientos. Vaga y ampulosamente, se expresa cualquiera; con sobriedad convincente, muy pocos. Para hablar y escribir sencillamente se requiere tener ideas muy claras primero, y segundo saber con exactitud qué se quiere decir. Por esto el estilo de los grandes escritores tiene siempre la transparencia del agua.
Seamos sencillos para pensar, escribir y obrar. Los caminos difíciles y tortuosos no llevan a buen fin, sino con fatiga. Para el pensamiento, que es un medio de comunicación, la línea recta es siempre la más corta.
EL GLOBO DE FUEGO
El rayo es una descarga eléctrica, inmensa de tamaño y fuerza, que salta entre dos nubes de tormenta y se precipita por lo común a tierra. Pero no siempre ofrece la forma rectilínea en zig—zag que le es habitual.
Una tarde, mientras tomábamos el té se desencadenó una fuerte tormenta. Los truenos retumbaban sin cesar, y llovía torrencialmente. El comedor estaba casi a oscuras.
De pronto los vidrios se iluminaron vivamente y mudos de sorpresa vimos una luz pálida como pastosa y alargada, que penetraba por el ojo de la cerradura. La luz adquirió forma de globo, y quedó flotando, oscilando frente a la cerradura.
Tenía el tamaño aparente del sol, y le rodeaba una aureola lívida.
Comprendimos que teníamos dentro del cuarto una bomba eléctrica, un rayo globular que, como todos ellos, podía reventar al menor contacto, fulminándonos a todos.
El rayo ascendió con lentitud, giró perezosamente sobre sí mismo, y comenzó a vagar por el ambiente oscurecido del comedor.
De un momento a otro podía chocar con uno de nosotros.
Lo que volvía más tremendo aquello, era la marcha perezosa, irresoluta del rayo, deteniéndose sin razón aparente, cambiando de rumbo sin motivo alguno.
De pronto se detuvo, cesó de girar y se dirigió en línea recta a mi cabeza.
Yo sabía que el gran peligro ante esos rayos globulares es correr, agitar el aire con movimientos bruscos. Bajé la cabeza con lentitud casi imperceptible, y la bomba eléctrica pasó rozándome los cabellos.
Cuando volví a abrir los ojos —porque en aquellos segundos los había cerrado,— el rayo globular había ascendido por la chimenea de la estufa.
Y un instante después, una terrible detonación sacudía la casa y rompía los cristales sobre la mesa.
El rayo había reventado afuera.
25 DE MAYO
Es el día de la patria. Recordamos a nuestros héroes que ofrecieron generosamente sus vidas y sus bienes para legarnos un territorio propio, un pueblo libre.
Evocamos las sencillas y austeras figuras de estos próceres. De corazones grandes y generosos, de sentimientos nobles, de pensamientos sencillos, de ideas firmes, inquebrantables en su fe.
Los vemos tocados por el mismo ardiente deseo: "Libertad, libertad, libertad".
En sus casas, en las calles, en las plazas, en las reuniones, siempre afables, siempre discretos y probos, teniendo muy cerca del cerebro el corazón.
Sus sombras se corporizan en este día y se yerguen ante nosotros, como figuras patriarcales. Desfilan modestos ante nuestros ojos atónitos e inflaman nuestros corazones de viva gratitud y admiración.
¡Y lo que los hace más grandes aún, es que todos ellos son imitables!
Por eso en el día de la patria, además de rendir justiciero tributo a nuestros héroes, debemos revistar lo que nosotros hemos hecho para conservar y acrecentar el patrimonio que nos dejaron.
Acordaos siempre, niños: La patria se forja con hechos y no con palabras.
LA SERPIENTE DE CASCABEL
La serpiente de cascabel es la más venenosa de todas nuestras víboras.
Niños que corretean descalzos por el Chaco y Misiones: ¡cuidado con ella! Su mordedura no es fatalmente mortal; pero cuando no se muere de ella, se suele quedar paralítico o ciego por el envenenamiento nervioso.
Ofrece con las demás víboras del país dos diferencias bien marcadas: una reside en la forma de los colmillos venenosos. La otra diferencia consiste en el cascabel de su cola.
Este cascabel está formado por varios anillos de hueso muy liviano que la serpiente hace sonar, o mejor dicho vibrar, cuando está enojada o espera un ataque.
El ruido que produce el cascabel es muy semejante al de un despertador que se aprieta entre las manos. También unas langostitas verdes de verano emiten de noche una vibración o chirrido que recuercan al de la serpiente de cascabel.
¡Mucho cuidado, pues, cuando de paseo en vacaciones por el norte boscoso de la República, oigamos en el suelo ese campanilleo seco y rápido!
Y no nos movamos del lugar que ocupamos, sin mirar antes con gran atención a nuestros pies, pues muy cerca de nosotros está la serpiente de cascabel arrollada, esperando que hagamos un solo movimiento para lanzarse sobre nosotros.
Si permanecemos quietos, la víbora se alejará.
PONER PIES EN POLVOROSA.
NUESTRO ORO VERDE: LA YERBA MATE
La yerba mate es nuestro cultivo nacional por excelencia. Cuando desconocíamos totalmente la siembra del trigo, del maíz, del lino, del algodón, ya hacía cuatrocientos años que recogíamos las hojas y los gajos tiernos de la planta de yerba para tomar mate.
El mate, es pues, nuestra bebida autóctona, y que no por ser primitiva dejamos de tomar, ya en el mate tradicional, ya en tazas, donde la servimos como té.
Parecería extraño que hoy, en el gran estado de civilización a que hemos alcanzado, continuemos usando de una bebida indígena, cuya preparación descubrieron y nos legaron los indios guaraníes. A pesar del gran uso que hacemos del té y del café, la yerba no cede su lugar en nuestros hogares. El mate, en mano de nuestras abuelas, es el emblema de nuestra tradición de familia.
¿Pero basta ese sólo carácter tradicional de la yerba mate, para que continuemos usándola? ¿Es únicamente por razones de herencia y de costumbre que seguimos tomando su infusión?
No. La yerba mate posee virtudes excelentes para la salud. Sólo su abuso —como el de todas las cosas— es perjudicial. Estimula el sistema nervioso, como el té y el café; pero tiene sobre todo, propiedades utilísimas para algunos trastornos digestivos, ocasionados por la pereza del intestino y del hígado. Tomado en ayunas y sin azúcar, el mate es altamente recomendable.
¡Lástima grande que a pesar de esas virtudes y de la tradición, los grandes yerbales que poblaron el Territorio de Misiones hayan desaparecido bajo la tala inicua de los yerbateros! Hasta hace cincuenta años, existían aún plantas de yerba tan gruesas que no podían rodearse con los brazos. Muchos negociantes de yerba, en su prisa por obtener enormes ganancias, echaban las plantas abajo a hachazos, en vez de trepar a podarlas convenientemente. Así no queda ya casi nada de los bosques de yerba mate que eran la gloria de Misiones.
Por suerte, desde hace algunos años se han iniciado allá grandes plantaciones de yerba mate, y que hoy producen ya veinte millones de kilogramos de yerba por año.
Para concluir con la yerba, apuntamos un dato curioso: Durante mucho tiempo no fué posible hacer germinar las semillas de yerba, que tienen una cáscara durísima. Habiéndose observado por casualidad que las semillas comidas y devueltas por los pájaros germinaban rápidamente, se dedujo de allí que los ácidos del estómago de las aves disolvían en parte la dura cáscara, lo que favorecía su germinación. Así es, en efecto.
Felizmente, y sin ayuda de pájaro alguno, hoy los jóvenes yerbales de Misiones se alzan cargados de promesas para el porvenir. No podrá decirse que las riquezas que representan son producto de una planta extranjera. Diremos en cambio que hemos cultivado y engrandecido un árbol genuinamente nuestro, hijo de nuestra tierra y nuestra tradición.
NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE.
EL POROROCA
Durante largos días un barco que ha descendido por las aguas de un gran río, llega con felicidad a su desembocadura.
Va a alcanzar ya el término de su viaje. Nada: ni en el agua tranquila, ni en el aire calmo, ni en el cielo límpido, anuncia la terrible catástrofe que se cierne sobre él.
He aquí que de pronto, a larga distancia aún, se yergue sobre el agua muerta una enorme ola que abarca todo el ancho del río. Más que ola, es una barrera, una pared de agua más alta que una casa de un piso, y que avanza atronando hacia el buque.
Imposible le es a la tripulación ejecutar maniobra alguna para evitar aquella ola que avanza vertiginosamente, barriendo el río de costa a costa. Volcando su rugiente cresta en espuma, la ola llega ya, más alta que el buque mismo, y se precipita sobre él.
¡Desgraciada de la embarcación que por su tamaño o debilidad de construcción no puede resistir el tremendo golpe!
Estas olas monstruosas se forman en la desembocadura de ciertos ríos, y son debidas al encuentro de dos corrientes: la corriente del río, y la que producen las grandes mareas.
En la desembocadura del río Amazonas, este fenómeno adquiere proporciones gigantescas, y se llama allí "pororoca". Nosotros llamamos a ese fenómeno macareo y en Francia se le conoce con el nombre de "mascaret".
EL CINEMATÓGRAFO
Durante la guerra europea miles de combatientes desaparecieron sin dejar rastros. No se ha vuelto a saber una palabra de ellos. Ni figuraron en las nóminas oficiales de los soldados caídos, ni se los mencionó en las listas de prisioneros que las naciones en lucha intercambiaban.
¿Qué se hizo de esos soldados? Perdieron tal vez en vida sus documentos personales, por lo que fué luego imposible identificarlos. Acaso murieron solitarios en algún oscuro rincón del bosque, o cayeron prisioneros. Tal vez fueron literalmente deshechos por los obuses.
Estas desapariciones han dado lugar a más de un drama. Recordamos dos: dolorosísimo el uno, y pleno de dicha, el otro.
Una anciana no había vuelto a tener noticias de su hijo, desde que partiera para la línea de fuego. La guerra concluyó, sin lograr la anciana saber una palabra de él.
La pobre madre confiaba, sin embargo, en volverlo a ver.
Una tarde, mientras la anciana asistía en una sala de cinematógrafo (o de cine, como decimos abreviando), a la exhibición de algunas cintas de la guerra, lanzó de pronto un grito y cayó desmayada: acababa de reconocer el cadáver de su hijo entre un grupo de soldados muertos sin identificar.
Un caso semejante, pero inverso por dicha, acaeció con otra anciana, que en lo más crudo de la contienda recibió un comunicado del Ministerio de la Guerra, anunciándole la muerte de su único hijo, caído en el sitio de honor.
Un año más tarde, esta madre asistía también a la exhibición de films de la guerra. Y como la otra, lanzó bruscamente un grito y cayó sin sentido. Pero esta vez era un grito de felicidad, pues entre una fila de prisioneros lejanos que se encaminaban por tierra a un puerto de la China, la anciana había reconocido a su hijo, resplandeciente de salud y alegría.
¿De qué otro modo, si no interviene el cinematógrafo, hubieran podido tener lugar estas prodigiosas revelaciones de muerte y de vida, a través del tiempo y la distancia? ¿Qué invento como éste permite llevar el movimiento de la vida, a miles de kilómetros?
La vieja fotografía también guarda una imagen imborrable de las cosas; pero ella sólo reproduce un instante; en tanto que el cinematógrafo nos enseña una serie viva de ellos, con su movimiento, su perspectiva, los dolores y las alegrías de los personajes.
El cinematógrafo reproduce la vida en acción: Por ello se llama cinematógrafo o biógrafo, que quiere decir en griego retrato del movimiento o retrato de la vida, respectivamente.
La invención de esta maravilla se debe a muchos sabios que unos tras otros han ido perfeccionando un curioso aparatito de física llamado zoótropo, y que se usa como juguete. Pero al gran Edison (inventor a la vez del fonógrafo) y a los hermanos Lumière (fabricantes de útiles de fotografía), se deben sus principales progresos.
El cinematógrafo es el archivo de la vida. En todos los países adelantados se guardan como reliquia los acontecimientos del pueblo, registrados en la película. De modo semejante, se guardan las voces ilustres en los discos de fonógrafo.
De aquí a cien, mil años, bastará pasar una cinta de actualidades de hoy para revivir grandes emociones, al ver moverse, reír y hablar a seres reducidos ya a polvo por el infinito del tiempo.
Nota.—El cinematógrafo ha alcanzado ahora un mayor perfeccionamiento técnico con las películas sonoras y las películas habladas.
EL SENTIMIENTO DE LA PATRIA
Era el 25 de mayo. Un anciano, con una criatura de 10 años a su lado, contemplaba las manifestaciones de regocijo en celebración del gran día patrio.
—Abuelito: —dijo la criatura después de observar una procesión cívica.— Hoy es el Día de la Patria, ¿no es cierto, abuelito?
—Así es, hijo mío —respondió el anciano.
—Es el día nuestro, ¿verdad? —prosiguió el chico.— ¿De los que somos argentinos?
—En efecto, hijo mío.
—¿ Y por qué, entonces —concluyó la criatura pensativa, veo en el desfile muchas personas que no tienen aspecto de argentinos? Y parecen tan felices como nosotros. El anciano entonces, cogiendo a su nieto de la mano, le habló así:
—Tienes razón, hijo mío. Son tan felices como nosotros, festejando nuestro día patrio. Y esto pasa así, mi criatura, porque el verdadero sentimiento de patria no es egoísta.
El sentimiento de la patria despierta en el hogar. Pequeños aún, sentimos surgir espontáneo el amor a nuestros padres, a la casa donde iniciamos los primeros pasos, a los juguetes que alegraron nuestras horas. Ese mundo, pequeño todavía, pero lleno de un calor y una ternura que alimentarán en la edad madura nuestros más dulces recuerdos, constituye la patria de nuestra primera infancia.
Años después el pequeño mundo se ensancha. No basta ya el hogar para contener nuestros amores. Sírvenle de nido las amistades incipientes, la escuela que prolonga el hogar, las calles que frecuentamos, la ciudad, por fin, llena de encantos y cariños para nosotros.
Más tarde la ciudad misma no alcanza ya a contener el sentimiento de patria que ensancha nuestro corazón. La enseñanza y la cultura crecientes dilatan nuestro amor, y él comprende entonces todo el país en que hemos nacido, y en cuya historia, virtudes y costumbres se ha ido formando nuestro carácter.
Pero todavía este sentimiento de la patria no alcanza su expansión suprema. Esto se realiza cuando sentimos que en nuestra patria caben también los hombres que nos llegan de afuera, siempre que ellos tengan por norma la lealtad, la honradez y el trabajo.
La patria, vuelvo a repetirlo, hijo mío, no es una expresión egoísta. Es un sentimiento de amor al suelo en que hemos nacido, a los hermanos de nuestra tierra, y a los extranjeros de corazón, que han llegado a unirse con nosotros para hacer la grandeza de la patria.
Pero este sentimiento, tan noble y tan amplio, hijo mío, —concluyó el anciano— es patrimonio de la edad madura.
Cuando seas grande lo comprenderás así.
POETAS DEL ALMA INFANTIL
Un chico de diez años se halla ensimismado en el arreglo de una máquina de radio. Su abuelita entra a recordarle que ya es hora de ir al circo. La criatura responde sin levantar los ojos de la máquina:
—Vé tú, abuelita, si eso te divierte… En este cuadro urbano se halla pintado fielmente el carácter de muchos de los chicos de diez a doce años que se crían en la ciudad.
Apena ver una criatura de esa edad con el semblante pálido y la frente arrugada, que prefiere quedar en su cuarto estrecho a ir a ver los payasos en un circo.
Las criaturas deben, ante todo, ser alegres. Y son alegres las que están sanas por llevar una vida adecuada a su edad.
¿Pero qué alegrías existen para los chicos en la grande y oscura cárcel que constituye la ciudad?
No oyen hablar de otros entretenimientos que el que proporcionan los aparatos mecánicos: autos, radios, fonógrafos. Pierden desde muy pequeños el amor innato a la naturaleza.
No sueñan con viajes llenos de aventuras, ni con hazañas extraordinarias, porque oyen sólo hablar de marcas de autos, o de carreras de caballos. Son ya hombres en muchos de sus deseos, sin haber tenido nunca el alma poética del niño.
Por esto debemos poner siempre en manos de los niños los libros de aventuras que expresan esta poesía indispensable a su tierna alma.
No es cierto, como piensan algunos, que el mundo maravilloso creado por la imaginación dañe el alma del niño. Todo lo contrario: esas ficciones excitan su propia imaginación creadora, alientan su entusiasmo por la vida al aire libre y por los países lejanos.
Los cuentos infantiles con relatos de viajes, despiertan el amor a la iniciativa, al esfuerzo personal, que tanta falta hará más tarde al hombre ya formado. Los cuentos y novelas de Julio Verne, de Rudyard Kipling, de Mayne Reid, y otros más proporcionan al niño de la ciudad la poesía y el aliento para trabajar que no precisarían si vivieran en plena naturaleza.
LA SEQUÍA
La agricultura es la mayor fuente de riqueza del mundo. Si aquélla no tuviera plagas, esta riqueza alcanzaría a límites increíbles.
Ningún trabajo rinde tanto como la agricultura. Se sabe que una hectárea de tierra cultivada con hortalizas, produce hasta siete mil pesos anuales. Cultivada con árboles frutales, rinde dos o tres mil. Sembrada con trigo, avena, lino, maíz, produce muchísimo menos.
El gran enemigo de la agricultura en nuestro país es la sequía. Por esto los cultivos a flor de tierra, llamados anuales, son los que más sufren por la falta de agua. Los plantíos con frutales sufren mucho menos, por alcanzar sus raíces a las capas profundas y húmedas del subsuelo.
Si la agricultura no contará con el azote periódico de las sequías, la prosperidad de la Argentina sería fantástica. Así y todo, nuestra producción de trigo nos coloca entre las primeras naciones agrícolas.
¡Pero el tormento de las sequías! Es preciso vivir en el campo, y no en la ciudad, para apreciar el desastre que para un país significa esta persistencia en no llover, que reseca la tierra y transforma los espléndidos trigales en un colchón de pajas amarillas y ardidas.
El sol quemante sin una nube que mitigue sus rayos, cae a plomo durante semanas y semanas, caldeando la atmósfera con un vaho de horno. A la falta de agua, se une el calor insoportable.
Los frutales pierden sus hojas, los escasos cultivos que aún resisten se aplastan sobre la tierra árida. En los campos, ya sin una hoja de pasto, se producen sin cesar quemazones que dejan el suelo negro.
Las ovejas mueren donde están, sin dar un paso. Las vacas, extenuadas por la sed y el hambre, caen aquí y allá para no levantarse más. Y si el hombre no acude a trasladar sus reses a otra región, o no llueve pronto, el país azotado se convierte en un vasto cementerio sembrado de osamentas, sobre las cuales se alzan restos de humo de las quemazones.
Esto es la sequía. Cada tres o cuatro años grandes zonas de la República se ven sometidas a esta tortura. Por esto debemos fomentar por todos los medios posibles la construcción de diques, represas y canales de riego, con lo que libraremos por fin a nuestra agricultura de su atroz pesadilla.
Nota.—Para combatir la sequía y en general los terrenos áridos, los norteamericanos idearon un procedimiento llamado cultivo de secano. Consiste en arar la tierra a 60 cm de profundidad, a fin de que la tierra absorba gran cantidad de agua.
Se ha ensayado con éxito, en Santiago del Estero este cultivo.
EL DIA DEL ANIMAL
Para apreciar la influencia que el animal ha tenido en el destino de la humanidad, debemos transportarnos a las remotas épocas del hombre primitivo, cuando tras largos esfuerzos logró arrancar del estado salvaje al cordero, que lo proveyó de abrigo, a la vaca, que aseguró con su leche la alimentación de sus tiernos hijos, y sobre todo al perro, compañero de todos los instantes, cuidador de sus ganados, defensor de su casa y su familia.
¿Qué fin hubiera esperado al hombre sobre la tierra, sin la cooperación de estos tres animales, desde entonces unidos fielmente a su destino?
Aterra pensarlo. Hoy, el hombre ha extendido la domesticidad a un sin fin de animales. Tan grandes son los recursos que obtiene de ellos, que no se concibe a la humanidad marchando sola hacia el progreso sin el concurso de los animales.
Por esto, nada demuestra mayor pobreza de alma que la ingratitud para con nuestros aliados en la vida, ni nada puede haber más ruín que la crueldad con ellos.
El temple que tendrá el corazón de un hombre se manifiesta ya desde niño en sus sentimientos para con los animales.
Chico que se aprovecha de la inconsciencia de un pobre ser para golpearlo; que desea tener perros y gatos para torturarlos de mil modos; que martiriza a los pájaros y a cuanto ser indefenso cae entre sus manos, ese chico no será un buen hombre pues ha nacido con los estigmas de las almas ruines: la cobardía y la crueldad.
Sin embargo, no abandonemos a este niño a su pobre naturaleza. Demostrémosle a diario por qué procede mal; enseñémosle que el valor y la compasión van siempre unidos. Y tal vez un día como este, consagrado al animal, sienta correr por su corazón dulces lágrimas de arrepentimiento.
QUIEN A BUEN ÁRBOL SE ARRIMA, BUENA SOMBRA
LE COBIJA.
DOS VIDAS TRONCHADAS
Un eucalipto en plena vida, a punto de morir bajo la sierra de un leñador, se expresaba de este modo:
—"¡Pobre de mí que he confiado en vivir hasta que la vejez concluyera tranquilamente con mis días!
He sido la esperanza de quien me plantó con todo cariño. He dado sombra a esta casa, que sin mí se abrasaba a los ardores del sol. He sido la alegría de los niños que se hamacaban en mis ramas. He constituído la paz y el sosiego de los pájaros. He purificado el aire con mis emanaciones balsámicas, y cuando me aprestaba a extender más la profunda red de mis raíces para desecar el subsuelo húmedo y enfermizo de este lugar, he aquí que tronchan mis felices días!
¿Para qué haber vivido, si de mí no quedará nada, ni el recuerdo siquiera en los pájaros que hallaron en mí tranquilidad para su existencia y refugio para sus nidos?"
Así se quejaba de su suerte el eucalipto. Pero un hombre que lo oía de cerca, le contestó en estos términos:
—Árbol que planté yo mismo cuando era niño, y que cuidé con amor: ¡No te quejes del destino! La tierra en que naciste ya no me pertenece. Otro hombre que es hoy dueño de ella, y por lo tanto de ti, te troncha y concluye con tus jóvenes días. Crees por esto que ni el recuerdo quedará de ti, y lloras tu desconsuelo.
Mira a tus pies, eucalipto querido que planté con mis manos: ¿Ves esta infinidad de cápsulas, llenas todas de granos finísimos como arena?
Son tus semillas. De una, una sola, surgirá un eucalipto de tu misma fuerza y tamaño. Y hay millones de semillas. Un día se alzarán del suelo, aquí o no importa dónde, centenares de árboles descendientes tuyos, que proseguirán felices la vida que hoy te arrancan, dando sombra, alegría, protección y salud, a la casa, los niños, los pájaros, la madre tierra.
Como tú, muchos hombres jóvenes y fuertes ven sus fecundos días tronchados, y como tú se quejan al destino. ¿Qué queda de ellos?
—Sus hijos —dirás tú.
Es cierto; pero a veces queda algo más: queda un libro, un cuadro, una obra que no han tenido tiempo de terminar en vida de su creador. Muere el creador, pasa el tiempo, y las ideas del libro, la belleza del cuadro, la profundidad de la obra florecen entonces en todo su esplendor.
Tu muerte prematura, ¡oh árbol mío! y la de ese hombre de valer se equivalen: De ti quedan las semillas triunfales, propagadoras de tu especie. Del autor queda la obra, que constituye la más pura esencia de un hombre.
LOS CATACLISMOS VOLCÁNICOS
No se sabe todavía a ciencia cierta qué origen tienen las erupciones volcánicas. Durante mucho tiempo se creyó que obedecían a los flujos del fuego central que se supone guarda nuestro planeta en sus entrañas.
Teorías más recientes radican la actividad de los volcanes en reacciones químicas que se producen bajo tierra, con gran desprendimiento de calor.
Sea cual fuere su causa, no nos son desconocidos sus tremendos efectos: ciudades enteras sepultadas; islas sumergidas de pronto en medio del océano, y sumergidas con igual brusquedad; penínsulas partidas; montañas cambiadas de sitio: Tal es la deuda que las erupciones volcánicas tienen con nuestro planeta.
Tres de ellas, violentísimas, sobre todo, han quedado impresas en la memoria de los hombres. La más célebre de todas, tuvo lugar en el volcán Vesubio el año 79. Una ciudad populosa, y dos más pequeñas se asentaban en sus inmediaciones.
Una mañana el viejo cráter del volcán saltó en pedazos, y al cabo de tres días de erupción, Pompeya, Herculano y Estabia, que es el nombre de aquellas tres ciudades, habían desaparecido del mapa. Yacían bajo tierra, sepultadas totalmente por un mar de lava y cenizas.
El 26 de agosto de 1883, el volcán Krakatoa, sito en una isla de la Oceanía, entró en erupción con una violencia tal, que desde la isla de Ceilán, distante 2500 km., se oían claramente las explosiones. Casi toda la isla en que está asentado el volcán se hundió, y la inmensa ola producida, dió literalmente la vuelta al globo.
Las cenizas vomitadas por el cráter se extendieron por toda la atmósfera de la tierra, y durante seis meses quedaron suspendidas en el aire. Efecto de ese fino polvo fueron los crepúsculos sangrientos notados en todas partes en esa época. En Córdoba se los percibió con gran claridad.
Por último, minutos después de las 8 del 8 de marzo de 1902, un volcán de la isla Martinica, llamado Monte Pelado, entró en brusca erupción. El cataclismo que produjo no tuvo un aspecto tan variado como la explosión del Krakatoa. Consistió en una sola llamarada, un torrente de gases inflamados que se precipitó volcán abajo hasta el mar. Pero desgraciadamente el río de fuego halló en su camino a la ciudad de San Pedro, y pasó sobre ella como una exhalación. De los treinta mil habitantes que poseía San Pedro, no quedaron sino cuatro o cinco vivos. Tres de ellos se salvaron por encontrarse presos en los subterráneos de la cárcel. Los demás fueron todos abrasados a fuego vivo.
En estos últimos tiempos se ha logrado domar en parte la ciega furia de los volcanes. Algunas industrias de Italia y Estados Unidos abastecen sus máquinas con el calor que roban a los volcanes en constante actividad. Según parece, el porvenir mecánico de un país está en consonancia con sus actividades plutónicas. Se trata, pues, de hacer trabajar a los volcanes en provecho del hombre.
EL AGUTÍ Y EL CIERVO
El amor a la caza es tal vez la pasión que más liga al hombre moderno con su remoto pasado. En la infancia es, sobre todo, cuando se manifiesta más ciego este anhelo de acechar, perseguir y matar a los pájaros, crueldad que sorprende en criaturas de corazón de oro. Con los años, esta pasión se aduerme; pero basta a veces una ligera circunstancia para que ella resurja con violencia extraordinaria.
Yo sufrí una de estas crisis hace tres años, cuando hacía ya diez años que no cazaba.
Una madrugada de verano fui arrancado del estudio de mis plantas por el aullido de una jauría de perros de caza que atronaban el monte, muy cerca de casa. Mi tentación fue grande, pues yo sabía que los perros de monte no aúllan sino cuando han visto ya a la bestia que persiguen al rastro.
Durante largo rato, logré contenerme. Al fin no pude más y, machete en mano, me lancé tras el latir de la jauría.
En un instante estuve al lado de los perros, que trataban en vano de trepar a un árbol. Dicho árbol tenía un hueco que ascendía hasta las primeras ramas y, aquí dentro, se había refugiado un animal.
Durante una hora busqué en vano cómo alcanzar a la bestia, que gruñía con violencia. Al fin distinguí una grieta en el tronco, por donde vi una piel áspera y cerdosa. Enloquecido por el ansia de la caza y el ladrar sostenido de los perros, que parecían animarme, hundí por dos veces el machete dentro del árbol.
Volví a casa profundamente disgustado de mí mismo. En el instante de matar a la bestia roncante, yo sabía que no se trataba de un jabalí ni cosa parecida. Era un agutí, el animal más inofensivo de toda la creación. Pero, como hemos dicho, yo estaba enloquecido por el ansia de la caza, como los cazadores.
Pasaron dos meses. En esa época nos regalaron un ciervito que apenas contaría siete días de edad. Mi hija, aún niña, lo criaba con mamadera. En breve tiempo, el ciervito aprendió a conocer las horas de su comida y surgía entonces del fondo de los bambúes a lamer el borde del delantal de mi chica, mientras gemía con honda y penetrante dulzura. Era el mimado de casa y de todos nosotros. Nadie, en verdad, lo ha merecido como él.
Tiempo después regresamos a Buenos Aires y trajimos al ciervito con nosotros. Lo llamábamos Dick. Al llegar al chalet que tomamos en Vicente López, resbaló en el piso de mosaico, con tan poca suerte que horas después rengueaba aún.
Muy abatido, fue a echarse entre el macizo de cañas de la quinta, que debían recordarle vivamente sus selvosos bambúes de Misiones. Lo dejamos allí tranquilo, pues el tejido de alambre alrededor de la quinta garantía su permanencia en casa.
Ese atardecer llovió, como había llovido persistentemente los días anteriores y, cuando de noche regresé del centro, me dijeron en casa que el ciervito no estaba más.
La sirvienta contó que, al caer la noche, creyeron sentir chillidos afuera. Inquietos, mis chicos habían recorrido la quinta con la linterna eléctrica, sin hallar a Dick.
Nadie durmió en casa tranquilo esa noche. A la mañana siguiente, muy temprano, seguía en la quinta el rastro de las pisadas del ciervito, que me llevaron hasta el portón. Allí comprendí por dónde había escapado Dick, pues las puertas de hierro ajustaban mal en su parte inferior. Afuera, en la vereda de tierra, las huellas de sus uñas persistían durante un trecho, para perderse luego en el barro de la calle, trilladísimo por el paso de las vacas.
La mañana era muy fría y lloviznaba. Hallé al lechero de casa, quien no había visto a Dick. Fui hasta el almacén, con igual resultado. Miré, entonces, a todos lados en la mañana desierta: nadie a quien pedir informes de nuestro ciervito.
Buscando a la ventura, lo hallé, por fin, tendido contra el alambrado de un terreno baldío. Pero estaba muerto de dos balazos en la cabeza.
Es menester haber criado con extrema solicitud —hijo, animal o planta— para apreciar el dolor de ver concluir en el barro de un callejón de pueblo a una dulce criatura de monte, toda vida y esperanza. Había sido muerta de dos tiros en la cabeza. Y para hacer esto se necesita…
Bruscamente me acordé de la interminable serie de dulces seres a quienes yo había quitado la vida. Y recordé al agutí de tres meses atrás, tan inocente como nuestro ciervito. Recordé mis cacerías de muchacho; me vi retratado en el chico de la vecindad, que la noche anterior, a pesar de sus balidos, y ebrio de caza, le había apoyado por dos veces en la frente su pistola matagatos.
Ese chico, como yo a su edad, también tenía el corazón de oro…
¡Ah! ¡Es cosa fácil quitar cachorros a sus madres! ¡Nada cuesta cortar bruscamente su paz sin desconfianza, su tranquilo latir! Y cuando un chico animoso mata en la noche a un ciervito, duele el corazón horriblemente, porque el ciervito es nuestro…
Mientras lo retornaba en brazos a casa, aprecié por primera vez en toda su hondura lo que es apropiarse de una existencia. Y comprendí el valor de una vida ajena cuando lloré su pérdida en el corazón.
INTERMEDIO POÉTICO
EL HORNERO (Fragmento)
La casita del hornero
Tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala
Justamente el nido entero.
En la sala, muy orondo,
El padre guarda la puerta,
Con su camisa entreabierta
Sobre su buche redondo.
Lleva siempre un poco viejo
Su traje aseado y sencillo,
Que, con tanto hacer ladrillo,
Se le habrá puesto bermejo.
Elije como un artista
El gajo de un sauce añoso,
O en el poste rumoroso
Se vuelve telegrafista.
Allá, si el barro está blando
Canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
Y hacer mi choza cantando.
Así le sale bien todo,
Y así en su honrado desvelo,
Trabaja mirando el cielo
En el agua de su lodo.
Por fuera, la construcción,
Como una cabeza crece,
Mientras, por dentro, parece
Un tosco y buen corazón.
Pues como su casa es centro
De todo amor y destreza:
La saca de su cabeza
Y el corazón pone adentro.
La trabaja en paja y barro,
Lindamente la trabaja,
Que en el barro y en la paja
Es arquitecto bizarro.
La casita del hornero
Tiene sala y tiene alcoba,
Y aunque en ella no hay escoba
Limpia está con todo esmero.
LEOPOLDO LUGONES.
A LA LUZ DE LA LÁMPARA
La lámpara tiene una luz tan serena y bella
Que casi no parece que la luz sale de ella.
Tan silenciosa la hora, que uno cree que en la sombra
oye los ratoncitos correr sobre la alfombra.
Suena un trino. Es la Hermana que trae la tisana
y vuelve la cuchara dentro la porcelana.
Ella furtivamente me mira por momentos
como para quitarme los malos pensamientos
que quieren empañarme la quietud de mi vida,
que ahora empiezo a querer porque está dolorida,
lo mismo que una madre que acaricia a su hijo
sólo cuando está enfermo. De un propósito fijo,
de un propósito humilde tengo el corazón lleno:
—Muchacho, si te sanas tendrás que ser más bueno ...
Suena otra vez un ruído. Y es del jardín vecino,
donde, hecho quejumbre, sube agua el molino.
La lámpara tiene una luz tan serena y bella,
que uno no cree que es lámpara: más bien es una estrella.
ENRIQUE BANCHS.
ROMANCE DEL MAR AZUL (Fragmento)
Mi capitán, cómo se sueña!
Aquí me he puesto a divagar,
Mirando el mar desde la borda ...
Azul está; picado está.
Mi capitán, cómo se sueña!
Ni a Francia voy ni a Portugal.
Yo voy por las Mil y una noches
a las comarcas de Simbad.
Otros dirán que van de viaje
y cada puerto nombrarán.
Yo voy de sueño por los sueños,
soñando siempre más allá...
No sé español, no sé italiano,
no sé francés, no sé alemán.
Yo sueño un sueño azul marino
que me traduce en verso el mar.
El mar alegra, el mar embriaga,
hace reír, hace olvidar!
Mi capitán, nunca lleguemos ...!
Viva la vida! Viva el mar!
ARTURO CAPDEVILA.
PAMPA CENTRAL
Veintidós leguas en sulky, al trote, .
chorreando arena galvanizada.
El sol nos vuelca por el cogote
potes hirvientes de mermelada.
A la distancia vasta laguna,
de cerca seca. Médanos, ranchos;
muchos caldenes y pasto puna.
Los alambrados con sus caranchos.
Las ruedas entran hasta la maza
y los caballos en que el sol brilla,
meten las patas en la melaza
como en los sueños de pesadilla.
Nos mece el sulky y a los vaivenes
vamos haciéndonos algo más anchos.
Siguen los pastos y los caldenes.
Siguen los palos con sus caranchos.
EZEQUIEL MARTINEZ ESTRADA.
VOCES DEL JARDÍN
LA GUADAÑA
Caigo sobre las hierbas sin blandura:
las siego todas a la misma altura.
LA PALA
En la tierra salvaje, endurecida,
penetró vertical y decidida.
LA AZADA
Pero en seguida entro yo en funciones:
deshago y pulverizo los terrones.
EL RASTRILLO
Como una cabellera bien peinada,
queda la tierra de una rastrillada.
LA REGADERA
Aplaco el polvo gris que se levanta...
El que trabaja se sonríe y canta.
FERNANDEZ MORENO.
MIJAI, EL GUARDAHILOS
Recorre a pie tres leguas y resiste
todo el sol. Habla poco y es temido.
¡Y nadie sabe que se pone triste
cuando le toca destruir un nido!
JOSE PEDRONI.
HILANDERA (Fragmento).
Con palabras de mimo que ponderan su maña,
Colgado de sus manos, baila el huso, sonoro.
Mientras, casi invisible, de sus deditos de oro
El hilo nace fino como un hilo de araña.
Oveja, hilo de plata. Vicuña, hilo de oro.
LUIS FRANCO.
EL VENENO DE LA CIUDAD
El maestro observa, una vez más, la falta en clase de uno de sus alumnos preferidos. Es éste un chico de nueve años, pálido y de aspecto enfermizo. Tiene la inteligencia muy despierta para su edad, pero sus frecuentes enfermedades le privan de asistir como es debido a la escuela.
—Otra víctima de la ciudad... —observa el maestro en voz alta.
—No es por la ciudad, señor, sino por un resfrío —se atreve a comentar un tierno alumno de los primeros bancos.
El maestro sonríe, y dirigiéndose al minúsculo comentarista, le dice así:
—Tú quieres decir, pequeño, que el alumno Domínguez no ha sufrido ningún accidente en la calle, sino que está simplemente resfriado; ¿no es eso?
—Así es, señor.
—Pues bien, yo insisto todavía en lo que dije al principio. El niño Rogelio Domínguez, alumno de cuarto grado de esta escuela, se halla enfermo de la ciudad.
Alentados por el tono familiar del maestro los chicos ríen.
—Bien —prosigue el maestro.— Veamos ahora, después de reírnos, quien de ustedes es capaz de descifrar el enigma en que me he expresado. ¿Qué he querido decir con él? ¿Por qué enferma la ciudad?
Los alumnos se miran entre ellos. Al fin, uno se atreve.
—¡Por las diversiones, señor!
—No está del todo mal —sonríe de nuevo el maestro.— Pero eso sólo no basta. ¿Quién expone otra razón más?
Los chicos cobran ánimo.
—¡La ciudad enferma por sus edificios muy altos! —prorrumpe uno.
—¡Por el polvo que levantan las barrenderas! —agrega otro. (Risas en la clase).
—¡Por los peligros del tráfico! —observa uno más.
—¡Porque no sabe uno dónde jugar —clama un chiquilín. (Fuertes risas de los grandes).
Y de este modo la clase entera se expide al respecto.
El maestro entonces habla así:
—Todos ustedes tienen razón, amigos míos. Es la vida de la ciudad, más que los microbios causantes del resfrío, lo que ha enfermado al alumno Domínguez. Son las malas diversiones de los centros urbanos, sus edificios demasiado altos, el polvo de sus calles, la inquietud del tráfico, la falta de juegos adecuados, los que enferman a nuestro compañero, y con él a todos nosotros.
Agreguemos algo más, como ser la habitación estrecha y sin aire, los alimentos escasos y malos, la atmósfera viciada y sin oxígeno, y habremos expuesto en forma bastante completa las razones que hacen malsana a la ciudad.
Pero hay, sobre todas estas razones, una capital, que engloba a todas. Esta razón constituye el mal de los países actuales, y más aún, de la civilización actual. La civilización de ahora ha concentrado todo lo que ella llama goces, en la vida de la ciudad.
El amor a la naturaleza, al aire libre, se va perdiendo día a día. El hombre huye de la sana vida en el campo para refugiarse en la ciudad. Allí pena lo indecible para conseguir labor, disputándola con dientes y uñas a cientos de millares de semejantes que han ido a la ciudad a hacer lo mismo.
Con esta vida se envenenan ellos y envenenan a sus esposas y tiernos hijos.
¿Cómo las criaturas criadas en un ambiente así, no van a enfermar a cada paso, no van a resfriarse cada mes, como el alumno Domínguez? ¿Comprenden ustedes ahora lo que he querido decir cuando culpé a la ciudad de la enfermedad de nuestro compañerito?
¡Ojalá recuerden ustedes, cuando sean más grandes, lo que acabo de decirles! ¡Ojalá que dentro de quince o veinte años, si vivo todavía, pueda tener la dicha de saber que muchos de ustedes se han ido al campo a trabajar y crearse una fortuna honesta, una familia sana y un hogar próspero. Entonces, pequeños míos, comprenderé que ustedes oyeron un día la palabra de su maestro.
EL DIA DEL ARBOL
Un adolescente vió un día a un anciano casi centenario que con muchos cuidados sembraba nueces en una maceta.
El joven, asombrado al principio de lo que veía, se echó luego a reír. El anciano, al oírlo, levantó la cabeza y miró al adolescente, como preguntándole el motivo de su risa.
—Me río, abuelo —dijo aquél,— de ver cómo pierdes el tiempo a tu edad. Tú debes saber, cómo lo sé yo, que los nogales que broten de tus nueces tardarán muchísimos años en dar fruto. No alcanzarás a comer las nueces que den tus árboles, abuelo. ¿Para qué los plantas, entonces?
El anciano contempló otra vez al adolescente frívolo e impaciente, como muchos de ellos, y repuso con pausa:
—Sé muy bien que no alcanzaré a comer los frutos que den estos árboles. Pero alguien los comerá.
—¿Tus hijos? ¿Tienes hijos, abuelo?
—No tengo hijos.
—¿Tus nietos, entonces?
—Tampoco tengo nietos.
—¿Tu familia, por fin? ¿Tendrás familia, por lo menos?
—No tengo familia alguna.
—¿Quién comerá tus nueces, entonces?
—Un hombre, hijo mío.
El adolescente bajó los ojos; y sin añadir palabra prosiguió su camino.
No había comprendido sino a medias la respuesta del anciano. Y lo que no comprendió de ella lo diremos nosotros.
El anciano plantaba por amor a los hombres, a la humanidad, que un día aprovecharía de su trabajo. Poco le importaba que él mismo, ya casi al borde de la tumba, no llegara a probar de sus frutas.
A alguien le serían útiles, y para ese desconocido plantaba. Sabía únicamente que sería un hermano suyo, esto es, un hombre.
Acaso el mismo adolescente que se había reído de su trabajo, fuera el que, ya hombre y azotado por la miseria, saciaría un día su hambre con las nueces del nogal.
No hay trabajo estéril si se piensa "al trabajar", no en uno mismo, sino también en los otros.
Jóvenes argentinos, porvenir creciente de la patria: plantemos árboles, sea cual fuere el destino que les aguarda.
Nuestra nación, ya próspera, debe prosperar aún más. Aseguremos frutas al que no las tiene, sombra a nuestros ganados, belleza a nuestros campos, salubridad a nuestras mieses.
Y entonces, cuando hayamos plantado con la noble seguridad de ser útiles a la patria, comprenderemos por qué hemos consagrado este día al árbol.
EL TIGRE
Nunca vimos en los animales de casa orgullo mayor que el que sintió nuestra gata cuando le dimos a amamantar una tigrecita recién nacida.
La olfateó largos minutos por todas partes, hasta volverla de vientre; y por más largo rato aún la lamió, la alisó y la peinó sin parar mientes en el ronquido de la fierecilla, que comparado con la queja maullante de los otros gatitos semejaba un trueno.
Desde ese instante, y durante los nueve días en que la gata amamantó a la fiera, no tuvo ojos más que para aquella espléndida y robusta hija llovida del cielo.
Todo el campo mamario pertenecía de hecho y derecho a la roncante princesa. A uno y otro lado de sus tensas patas, opuestas como vallas infranqueables, los gatitos legítimos maullaban de hambre.
La tigre abrió por fin los ojos y desde ese momento entró a nuestro cuidado. ¡Pero qué cuidados! Mamaderas entibiadas, dosificadas y vigiladas con atención extrema; imposibilidad para incorporarnos libremente, pues la tigrecilla estaba siempre entre nuestros pies. Noches en vela, más tarde, para atender los dolores de vientre de nuestra pupila, que se revolcaba con atroces calambres, y sacudía las patas con una violencia que parecía iba a romperlas. Y, al final, sus largos quejidos de extenuación, absolutamente humanos. Y los paños calientes; y aquellos minutos de mirada atónita y velada por el aplastamiento, durante los cuales no nos reconocía.
No es de extrañar, así, que la salvaje criatura sintiera por nosotros toda la predilección que un animal siente por lo único que "desde nacer" se movió a su lado.
Nos seguía por los caminos, entre los perros y un coatí, ocupando siempre el centro de la calle.
Caminaba con la cabeza baja, sin parecer ver a nadie, y menos todavía a los peones estupefactos ante su presencia bien insólita en una carretera pública.
Y mientras los perros y el coatí se revolvían por las profundas cunetas del camino, ella la real fiera de dos meses, seguía gravemente a tres metros detrás de nosotros, con su gran lazo celeste al cuello, y sus ojos del mismo color.
Con los animales de presa se suscita, tarde o temprano, el problema de la alimentación con carne viva. Nuestro problema, retardado por una constante vigilancia, estalló un día, llevándose la vida de nuestra predilecta con él.
La joven tigre no comía sino carne cocida. Jamás había probado otra cosa. Aún más: desdeñaba la carne cruda, según lo verificamos una y otra vez. Nunca le notamos interés alguno por las ratas de campo que de noche cruzaban el patio, y menos aún por las gallinas, rodeadas entonces de pollos.
Una gallina nuestra, gran preferida de la casa, criada al lado de las tazas de café con leche, sacó en esos días pollitos. Como madre, era aquella gallina única: no perdía jamás un pollo. La casa, pues, estaba de parabienes.
Un mediodía de esos oímos en el patio los estertores de agonía de nuestra gallina, exactamente como si la estrangularan. Salté afuera, y vi a nuestra tigre, erizada y espumando sangre por la boca, prendida con garras y dientes del cuello de la gallina.
Más nervioso de lo que yo hubiera querido estar, cogí a la fierecilla por el cuello y la arrojé rodando por el piso de arena del patio, y sin intención de hacerle daño.
Pero no tuve suerte. En un costado del mismo patio, entre dos palmeras, había ese día una piedra. Jamás había estado allí. Era en casa un rígido dogma el que no hubiera nunca piedras en el patio. Girando sobre sí misma, nuestra tigre alcanzó hasta la piedra y golpeó contra ella la cabeza. La fatalidad procede a veces así.
Dos horas después, nuestra pupila moría. No fué esa tarde un día feliz para nosotros.
Cuatro años más tarde hallé entre los bambúes de casa, pero no en el suelo, sino a varios metros de altura, mi cuchillo de monte con el que mis chicos habían cavado la fosa para la tigrecita, y que ellos habían olvidado de recoger después del entierro.
Había quedado sin duda sujeto entre los gajos nacientes de algún pequeño bambú. Y con su crecimiento de cuatro años, la caña había arrastrado mi cuchillo hasta allá.
LA EXPRESIÓN DEL SENTIMIENTO
Antes que el hombre hubiera creado la palabra para anunciar sus deseos, ya la música servíale para expresar sus sentimientos.
En el niño pasa lo mismo. Lo mismo también pasó con este gran niño de la humanidad, que es el hombre primitivo. Más tarde el hombre creó el lenguaje articulado, con el que ha alcanzado el grado de civilización actual.
Pero como el niño y el salvaje, el hombre ha conservado su amor a la música, y a ella recurre siempre para expresar sus más altos y puros sentimientos.
Entre las cinco bellas artes, que sabemos son la literatura, la música, la pintura, la escultura y la arquitectura, ninguna de ellas posee, como la música, una fuente más honda de emociones. La criatura, el hombre tosco, el sabio, todos perciben la pura emoción de la música; si no con igual intensidad, pues la cultura artística modifica y refina el gusto, por lo menos con igual deleite.
Muda de palabras, como los grandes sentimientos, la música constituye el lazo fraternal más firme que une a los corazones. En el alma de la mujer particularmente, la música ejerce gran influencia. Por ella, sin duda, los nombres de Mozart, Beethoven y tantos otros grandes músicos, significan algo más para la mujer que para el hombre. Este es más razonador que emotivo.
Divina, se ha llamado siempre a la música. Nunca mejor aplicado un epíteto al arte que expresa en su universal lenguaje lo más puro que guarda el corazón.
Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.
LA ABEJA HARAGANA
Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.
Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos al rozar contra la puerta de la colmena.
Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:
—Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.
La abejita contestó:
—Yo ando todo el día volando, y me canso mucho.
—No es cuestión de que te canses mucho —respondieron—, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.
Y diciendo así la dejaron pasar.
Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron:
—Hay que trabajar, hermana.
Y ella respondió en seguida:
—¡Uno de estos días lo voy a hacer!
—No es cuestión de que lo hagas uno de estos días —le respondieron—, sino mañana mismo. Acuérdate de esto. Y la dejaron pasar.
Al anochecer siguiente se repitió la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó:
—¡Si, sí, hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido!
—No es cuestión de que te acuerdes de lo prometido —le respondieron—, sino de que trabajes. Hoy es diecinueve de abril. Pues bien: trata de que mañana veinte, hayas traído una gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.
Y diciendo esto, se apartaron para dejarla entrar.
Pero el veinte de abril pasó en vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se descompuso y comenzó a soplar un viento frío.
La abejita haragana voló apresurada hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría allá adentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron.
—¡No se entra! —le dijeron fríamente.
—¡Yo quiero entrar! —clamó la abejita—. Esta es mi colmena.
—Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras—le contestaron las otras—. No hay entrada para las haraganas.
—¡Mañana sin falta voy a trabajar! —insistió la abejita.
—No hay mañana para las que no trabajan —respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.
Y diciendo esto la empujaron afuera.
La abejita, sin saber qué hacer, voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía volar más.
Arrastrándose entonces por el suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas, llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de lluvia.
—¡Ay, mi Dios! —clamó la desamparada—. Va a llover, y me voy a morir de frío. Y tentó entrar en la colmena.
Pero de nuevo le cerraron el paso.
—¡Perdón! —gimió la abeja—. ¡Déjenme entrar!
—Ya es tarde —le respondieron.
—¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!
—Es más tarde aún.
—¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!
—Imposible.
—¡Por última vez! ¡Me voy a morir! Entonces le dijeron:
—No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.
Y la echaron.
Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna.
Creyó que no iba a concluir nunca de bajar. Al fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella.
En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían trasplantado hacia tiempo, y que la culebra había elegido de guarida.
Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por eso la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos:
—¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz.
Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró sino que le dijo: —¿qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.
—Es cierto —murmuró la abeja—. No trabajo, y yo tengo la culpa.
—Siendo así —agregó la culebra, burlona—, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.
La abeja, temblando, exclamó entonces: —¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.
—¡Ah, ah! —exclamó la culebra, enroscándose ligero—. ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes son más justos, grandísima tonta?
—No, no es por eso que nos quitan la miel —respondió la abeja.
—¿Y por qué, entonces?
—Porque son más inteligentes.
Así dijo la abejita. Pero la culebra se echó a reír, exclamando:
—¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer, apróntate.
Y se echó atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó:
—Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.
—¿Yo menos inteligente que tú, mocosa? —se rió la culebra.
—Así es —afirmó la abeja.
—Pues bien —dijo la culebra—, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.
—¿Y si gano yo? —preguntó la abejita.
—Si ganas tú —repuso su enemiga—, tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?
—Aceptado —contestó la abeja.
La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo:
Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra.
Los muchachos hacen bailar como trompos esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto.
—Esto es lo que voy a hacer —dijo la culebra—. ¡Fíjate bien, atención!
Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco.
La culebra se reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:
—Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.
—Entonces, te como —exclamó la culebra.
—¡Un momento! Yo no puedo hacer eso: pero hago una cosa que nadie hace.
—¿Qué es eso?
—Desaparecer.
—¿Cómo? —exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa—. ¿Desaparecer sin salir de aquí?
—Sin salir de aquí.
—¿Y sin esconderte en la tierra?
—Sin esconderme en la tierra.
—Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida —dijo la culebra.
El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.
La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así:
—Ahora me toca a mi, señora culebra. Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga "tres", búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más!
Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente:"uno..., dos..., tres", y se volvió y abrió la boca cuan grande era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido.
La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho?, ¿dónde estaba?
No había modo de hallarla.
—¡Bueno! —exclamó por fin—. Me doy por vencida. ¿Dónde estás?
Una voz que apenas se oía —la voz de la abejita— salió del medio de la cueva.
—¿No me vas a hacer nada? —dijo la voz—. ¿Puedo contar con tu juramento?
—Sí —respondió la culebra—. Te lo juro. ¿Dónde estás?
—Aquí —respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.
¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también aquí en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraran, ocultando completamente al insecto.
La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida.
La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.
Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un río adentro.
Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida.
Nunca, jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calentita, y lloraba entonces en silencio.
Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.
Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:
—No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, sí hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos —la felicidad de todos— es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.
LOS BOSQUES
Los árboles constituyen una de las fuentes de riqueza más grandes del globo.
¿Piensa alguien en lo que sería del hombre sin la madera de los bosques? Las tres cuartas partes, por lo menos, del material empleado por el hombre para sus habitaciones, sus vehículos y sus industrias, provienen de los bosques.
Sin madera para calentarse, el hombre de las cavernas hubiera muerto miserablemente de frío en la época glacial. Si la raza humana ha resistido en su lucha titánica de los primeros tiempos, y si persiste todavía, ello se debe a los bosques.
Falto de huesos, arcillas y metales, el hombre hubiera prosperado siempre. Privado de madera, habría perecido hace cientos de miles de años.
De la selva provinieron los primeros utensilios que le aseguraron la vida. De la selva proviene todavía la gran parte del material de los aeroplanos que conquistan hoy el espacio.
En su gratitud, el hombre da el título de nobles a los materiales que más han ayudado a su raza. Así decimos la noble arcilla, el noble hierro, la noble madera.
Pero la nobleza de los árboles alcanza a más aún. Ellos son los grandes reguladores de las lluvias. Gracias a la humedad que retienen y distribuyen en la atmósfera, y a la especie de filtro que oponen a las lluvias copiosas, los bosques salvaguardan la uniformidad de los climas, y con ellos la fertilidad del suelo.
Regiones enteras del orbe, antes feracísimas, se han convertido en páramos por la tala de los árboles que las poblaban.
Hoy, nosotros cuidamos de nuestra agricultura; pero cuidemos mucho más de nuestros bosques, porque ellos nos dan la riqueza de la tierra y el caudal de nuestros ríos, sin los cuales no hay vida posible.
HIMNO AL PETRÓLEO
Mar subterráneo de aceite que a metros quinientos de profundidad esperas que el hombre taladre las entrañas de la tierra para sacarte a luz;
río de ondas pesadas que irrumpes con violencia a la superficie del planeta, llevando la prosperidad al país cuyo suelo salpicas con tus grandes manchas oscuras;
torrente de óleo animal, fecundo en riquezas; chorro de oro negro, como te llaman, tras el cual las naciones corren con más entusiasmo que en pos de El Dorado;
alimento mágico de las máquinas modernas, que las edades prehistóricas elaboraron en su seno, para entregarlas hoy en negras ondas a la civilización contemporánea que sin ti no sabría qué hacer;
oro negro, más rico que el oro mismo; eterna fuente de juventud; más certera que la otra para los países que te poseen; resorte de las luchas económicas; germen de las grandezas futuras;
canta tu riqueza la nafta sutil, que inflama en velocidad los aeroplanos y automóviles del mundo;
el kerosene radioso, cuya quieta llama es en el campo el faro del hogar;
el aceite pesado, poderoso en rotunda energía, que desplaza los transatlánticos;
la brea edilicia, untada en negra firmeza a lo largo de las avenidas;
ola subterránea, fuente de luz, llamarada de fuerza, alma de las industrias: no sé si mereces bendición; pero bendito sea el país que en las entrañas de su territorio posee la paz y la guerra de las generaciones futuras.
Pueblo argentino: ¡Cuida de tu suelo! ¡Vigila tus riquezas. Defiende tu oro negro!
UN HÉROE NACIONAL
La guerra es siempre una cosa extremadamente cruel. Y la de nuestra independencia registra casos muy sangrientos.
Durante la guerra de montoneras, un joven patriota salteño que regresaba de educarse en Buenos Aires, corrió una noche veinte leguas a caballo para avisar a los patriotas que las tropas realistas habían entrado en el pueblo. Dos días después la montonera sorprendía a los realistas en el pueblo y los exterminaba.
El joven fué nombrado secretario general de las tropas patriotas. Y cuando tiempo después, éstas debieron a su vez evacuar el pueblo ante el avance de los realistas, el joven secretario no quiso abandonar su puesto, aunque no ignoraba el peligro de su acción.
Y ocurrió entonces lo que pasamos a relatar, perfectamente verídico.
El secretario había sido denunciado, en seguida, ante las tropas reales.
—¿ Eres tú —le preguntó un oficial con tono irónico— el joven héroe que la vez pasada fué a avisar a los insurrectos que nosotros estábamos acá?
—Yo fuí —respondió tranquilo el patriota.
—¿Y Sabes tú lo que te ganas con tan bonita acción? —prosiguió el oficial.— Que te peguen cuatro tiros, ¿verdad?
—En efecto.
Los realistas perdían la cabeza ante esa calma.
—¡Miserable! —le gritaban.— ¡Ni siquiera te defiendes! ¡Así sois todos los cobardes! ¡Con un par de onzas a tiempo, hubieras jurado por nuestra bandera!
Por toda respuesta, el joven sonrió. El oficial, al notarlo, saltó sobre él:
—¡Grita: ¡Viva el Rey!, ¡bandido!
—No gritó —respondió el joven.
El oficial le descargó un terrible puñetazo en la boca.
—¡Grita: ¡Viva el Rey!, ¡miserable!
—No gritó —tornó a responder el patriota.
Catorce bayonetas se alzaron entonces sobre su pecho.
—Grita: ¡Viva el Rey!
—¡Viva la Patria! —gritó él.
Y cayó, atravesado el cuerpo de heridas,
Los realistas bramaban ante tamaña entereza.
—¡Viva el Rey!, ¡bandido!
—¡No! ¡Viva la Patria!
Un oficial le descargó entonces un pistoletazo en la boca, para acallar aquella voz heroica.
—¡Viva el Rey!
—¡Viva la Patria!
—¡A la calle! ¡A la calle! ¡A acabar con él! —rugían los realistas.
En medio de la calle plantaron la bandera real, y sostuvieron contra ella al patriota, que había enmudecido.
—¡Ah! ¡Te has callado por fin! —gritaron los realistas triunfantes.
—Sí... —respondió todavía moribundo.— Me callo ya para siempre... Pero antes... ¡Viva la Patria!
Con la cabeza perdida por la ira, los realistas clavaron entonces a aquel héroe con catorce balas al suelo nacional.
Nota.—Igual temple de alma han demostrado el negro Falucho (Antonio Ruiz), el sargento Cabral y el general Pringles.
LA INUNDACIÓN
Cada período de once años, más o menos, las lluvias tropicales, abundantísimas siempre en la inmensa selva donde nace el río Paraná, se precipitan con inaudita violencia.
Descargan semanas y meses enteros; inundan la tierra, azotan la selva, de la que arrancan de cuajo árboles enteros que las aguas desbordadas arrastran consigo.
Tan súbitas y copiosas son estas lluvias, que el Paraná, engrosado en todo su curso, desborda en los terrenos bajos e inunda bosques, campos y ciudades enteras.
Cuando los diluvios tropicales que alimentan la crecida del Paraná se vierten también sobre las nacientes del río Paraguay, cambia el aspecto de la inundación.
Las aguas arrastran entonces camalotes en enorme cantidad, que se unen para formar vastas islas flotantes que siguen el curso del río.
En ellas se guarecen infinidad de animales arrancados por el desborde al suelo natal, y sobre todo insectos y víboras que llegan a veces hasta el mismo puerto de la Capital.
Estas grandes inundaciones ocasionan perjuicios sin cuenta en las estancias y plantíos ribereños. Pero como los grandes males suelen a veces llevar en sí mismos su compensación, la fertilidad de la tierra inundada aumenta extraordinariamente, por la capa de limo que las aguas turbias depositan en ella.
ARTE Y RIQUEZA
La madre de humilde fortuna que habita en provincias, escribe la siguiente carta a su hija, alumna de cuarto grado en la Capital Federal:
"Hija mía:
Me ha apenado mucho tu última carta, no por lo que me dices, sino por el estado de ánimo que ella deja traslucir. ¿Crees a conciencia, querida hija, que los pobres como nos—
otros no pueden llegar a gozar nunca de las bellezas del arte? Tú no lo dices; pero lo deduzco de tu velada tristeza al hablarme de una condiscípula tuya, cuya familia, pudiente, la lleva a menudo al Colón.
Ante todo, Lolita mía, debemos ponernos de acuerdo sobre la palabra arte. El arte es una expresión de belleza, y nada más. Es una emoción íntima, pura, desinteresada, que nada tiene que ver con otras emociones provocadas por la riqueza o la envidia. Muchas gentes creen de buena fe que sólo en los grandes teatros se puede oír buena música. Creen que únicamente es posible admirar las exposiciones de arte en los elegantes días de su inauguración. Suponen, últimamente, que los libros buenos se reconocen por sus ricas encuadernaciones.
¡Qué error más grande, hija mía! Las personas que creen eso confunden el lujo con el arte. No admiran sino lo que cuesta mucho dinero, ver, oír o leer. El arte y sus nobles emociones, mi criatura, se hallan al alcance de todos, y en todas partes podemos gozar de ellas por poco dinero. Se celebran en Buenos Aires, donde te educas y formarás tu carácter, conciertos magníficos que están al alcance de todas las fortunas. Las personas que van a oírlos no lucirán tal vez los trajes lujosos de los que asisten a las funciones del Colón; pero puedes estar segura de que aman la música tanto como los otros, sino más.
En cuanto a la pintura, esos mismos salones y exposiciones, a las que tantas personas van sólo los días de inauguración, permanecen abiertos una semana, por lo menos. Su entrada es libre. Nadie notará si tu aspecto es modesto, o si tu tapado cuesta diez o trescientos pesos. Gracias a Dios, mi querida Lola, las gentes que aman verdaderamente el arte, no se fijan en estos detalles.
En cuanto a los libros, a los buenos versos y novelas que tanto te gustan, hay hoy en la capital ediciones muy económicas. Si no es posible comprarlos... se piden prestados. Porque el libro, supremo medio para la difusión de la cultura, tiene esto de encantador: que se puede prestar o tomar prestado. Luego, si quieres leer más a fondo, ve a la Biblioteca Nacional, a la Biblioteca del Consejo Nacional de Educación, a las populares y a tantas otras. Las chicas las frecuentan con asiduidad.
Consuélate, pues, hija mía querida. Tienes ya doce años, aunque curses aún cuarto grado, y a tu edad se sueña ya con el arte. Nada te impedirá adquirir gran cultura en tu modesto vivir, si aspiras a henchir tu alma de nobles emociones. La pobreza no te lo vederá jamás. No confundas ostentación de fortuna con arte. Escucha, ve y lee bellas obras.
Sé que lo harás así, hija mía querida, y con ello la felicidad de tu madre que te adora".
LA CIENCIA DE LOS INSECTOS
Las muestras de habilidad, de ciencia y hasta de sabiduría que observamos en los animales, ¿son obra de una mente razonadora, esto es, de la inteligencia, o son el producto de una simple facultad ciega a la que llamamos instinto?
Largamente se ha discutido esto a través de los siglos. Hoy, muchos admiten que el instinto no es otra cosa que inteligencia acumulada durante la formación de las especies animales, y que ya no puede variar. Se ha cristalizado, como se dice.
Pocas cosas tan dignas de admiración como las obras de este instinto. La abeja, por ejemplo, construye sus celdas hexagonales de acuerdo con una altísima geometría, a la que pocos hombres alcanzan. Muchas avispas almacenan arañas en los nidos donde han depositado sus huevos, a fin de que las larvas o gusanos que salgan de ellos se alimenten de dichas arañas.
Si las arañas estuvieran vivas, devorarían luego a las débiles larvas. Si estuvieran muertas, las larvas no podrían comer la carne descompuesta de las arañas.
¿Qué hace entonces la avispa? Clava su aguijón a la araña en un sitio matemáticamente determinado, para paralizarla solamente. De este modo, las larvas provenientes de sus huevos se alimentan sin peligro de carne fresca.
Cuántos experimentos han hecho los sabios para producir esta parálisis en la araña, han fracasado. Sus ensayos con agujas finísimas y con el mismo veneno de la avispa, han matado siempre a las arañas. Sólo la avispa, con su instinto maravilloso, conoce el sitio o la cantidad precisa de veneno para asegurar con su inyección alimento seguro a su descendencia.
No hay chico que no haya deshecho alguna vez los nidos de barro que fabrican algunas avispas, y se ha sorprendido sin duda al encontrar dentro arañas muertas de diversos tamaños.
Si el chico ha observado bien, habrá notado también uno o dos granitos como arroz, adheridos al vientre de otras tantas arañas. Esos granitos son los huevos de la avispa, de los cuales saldrá la larva o gusano. Y dichas arañas, con todo el aspecto de estar muertas, se hallan solamente paralizadas, a objeto de lo que hemos explicado.
Este notable descubrimiento, el más grande tal vez de los últimos tiempos en los misterios de la entomología, se debe a Fabre, sabio francés que dedicó los ochenta años de su vida al estudio de los insectos.
LA VIDA FÁCIL
Del mismo modo que las riquezas no incitan por lo general al trabajo, de igual suerte los países de clima cálido y rica naturaleza no estimulan al hombre a trabajar. La tierra, en efecto, se lo da todo sin que él se esfuerce en conquistarlo.
En todos los países de la zona tórrida, y en el extremo norte de nuestra república, igual fenómeno se observa: cuanto más rica en riquezas naturales es la región, tanto menos trabajan sus habitantes.
Los motivos son muy claros. Veamos, por ejemplo, lo que pasa en esos lugares. El clima, siempre benigno, no fuerza al hombre a construir edificios sólidos que lo perserven del frío y la nieve. Una choza techada con hojas de palmera, basta para resguardarlo
de las lluvias.
No necesita ropas, porque la cálida temperatura no las exige. No necesita abrir hondos pozos, porque se ha instalado al borde de un fresquísimo arroyuelo.
No ha menester de abonar la tierra para sus cultivos, como es forzoso hacerlo en todos los países de Europa, porque la tierra virgen posee inacabable fertilidad.
Tampoco necesita trabajar duramente esa tierra feraz, porque con mínimo esfuerzo obtiene espléndidas cosechas de mandioca y porotos, que constituyen su alimento habitual.
No necesita plantar árboles frutales, puesto que el monte le surte de frutas silvestres abundantemente.
Ese hombre feliz no necesita ni casa, ni ropa, ni alimentos. No siente ningún estímulo al trabajo, viviendo, como vive, en una naturaleza pródiga.
Mucho se ha hablado de la inferioridad de las razas que pueblan la zona tórrida. Se les reprocha su pereza, su escaso amor al confort de la vida.
Se ha visto después que los hombres de la zona tórrida no son indolentes por naturaleza sino que se adaptan sencillamente al medio en que viven: el sol, las lluvias, la tierra feraz, trabajan para ellos.
Transportados a un país donde el trabajo es indispensable para vivir, esos hombres reaccionan vivamente, conforme lo veremos en la siguiente lección.
LA VIDA DIFÍCIL
El mismo hombre del que hemos hablado en la lección anterior, deja un día la pródiga naturaleza en que ha vivido hasta entonces sin esfuerzo alguno de su parte. Va a instalarse en una zona fría del globo. Supongamos que ha elegido para ello el Territorio de Santa Cruz.
Ahora bien, la naturaleza ha cambiado totalmente. En vez del dulce calor, el hombre halla crudo frío. En vez de bosque envuelto en tibia humedad, sus ojos perciben infinitas llanuras de hielo. Y a la calma de la atmósfera tropical sucede ahora un viento huracanado. La desolación parece ser el alma de aquel país. El termómetro marca 20 grados bajo cero.
Ahora bien: ¿Construirá ese hombre una choza de paja sin puertas ni ventanas para habitar en ella? ¿Vivirá semi desnudo? ¿La tierra le suministrará gratuitamente los alimentos que necesita, como en su país tropical?
¡Qué esperanza! En un abrir y cerrar de ojos, el hombre comprende que allí deberá trabajar con todas sus fuerzas para no morir de hambre, de frío y desesperación.
ANACONDA
En una noche oscura y tempestuosa, Cruzada, una grande y hermosa víbora de la cruz, avanzaba por un sendero del monte. La yarará iba de caza. Cuatro horas habían pasado ya sin encontrar un animal de qué hacer presa, cuando oyó fuertes pisadas. Un instante después un hombre pasaba a su lado y se alejaba, sin que la víbora hubiera vuelto en sí de su sorpresa.
¡Un hombre! Preciso es concebir por un momento las ideas de un animal salvaje, y particularmente, las de una víbora, para apreciar lo que esta palabra: "Hombre", significaba para los habitantes de la selva.
Hasta ese instante, la región de bosque que habitaban Cruzada y sus compañeras había sido virgen: es decir, que el hombre no había ido todavía a vivir en ella. Desde el momento en que él se instalaba allí, un terrible peligro se cernía sobre los animales salvajes. Las serpientes eran sin embargo las que más deberían sufrir, en razón de la eterna y sangrienta enemistad que reina entre hombres y víboras.
El peligro era gravísimo. A la noche siguiente las víboras, avisadas con toda urgencia por Cruzada, se reunían en una caverna a deliberar.
Cambiáronse cien opiniones y se trazaron diez planes de campaña distintos. Pero triunfó el parecer de Cruzada, quien dijo que nada podía hacerse sin averiguar antes cuántos eran los hombres, dónde vivían y qué hacían.
Cruzada se ofreció a ir esa misma tarde a explorar el terreno para trazar después, de acuerdo con lo que viera, un plan de guerra contra sus enemigos. Fué otra vez aceptada la proposición de Cruzada, cosa no extraña si se consideran la inteligencia y el valor de esta gran yarará.
Cruzada acababa de resolver el sacrificio de su vida, ofreciéndose a ir en pleno día al encuentro de los hombres, y a ser muerta, como era lo más probable.
Pero no fué muerta sino cazada con un lazo corredizo, por un hombre que, acompañado por tres perros negros, la había descubierto en el umbral mismo del chalet. El hombre, llevóla colgando, y la arrojó dentro de una gran jaula cerrada con tejido de alambre. En una jaula más pequeña, Cruzada vió una enorme víbora con el cuello monstruosamente hinchado, que le habló así:
—¡Oyeme, pequeña yarará!— Tú no me conoces. Mi patria está muy lejos de aquí, en el continente asiático, en la India. Mi nombre es Cobra Capelo Real. Soy la más grande, la más fuerte y la más venenosa de todas las víboras, y donde pongo mis colmillos pongo el sello de la muerte. ¿Sabes lo que hacemos nosotros aquí, y por qué te han hecho prisionera en vez de matarte? Te lo voy a decir: estamos aquí para que los hombres del chalet, sabios naturalistas, nos extraigan el veneno cada quince o veinte días, para preparar luego con él un suero contra nuestras mordeduras. ¿Concibes algo más horrible? Oye ahora cuál es mi plan para fugarnos.
Cruzada se acercó hasta rozar con la cabeza el tejido de alambre, y la gran víbora asiática comenzó a hablarle en voz baja.
El plan de fuga era de muy difícil ejecución, y se confiaba para llevarlo a cabo en la gran resistencia que tienen las víboras a envenenarse con su propio veneno o el de sus semejantes.
Debían proceder así: Cruzada se dejaría morder por la cobra capelo real. Si el veneno poderosísimo de la cobra alcanzaba a matarla, el plan había fracasado. Si la yarará resistía a la mordedura, quedaría como muerta. Los peones del chalet, al hallarla así, la tirarían fuera de la jaula grande, por inútil ya. Acto continuo los mismos peones llevarían a la cobra real al chalet para extraerle el veneno, pues era ese el día indicado para ello. Si mientras los hombres apretaban las mandíbulas de la gran cobra para que vertiera su veneno, en un vidrio de reloj, Cruzada había tenido tiempo de volver en sí y entraba en el laboratorio del chalet, la cobra y Cruzada se habían salvado, porque la yarará clavaría los colmillos en el pie del hombre que sujetaba a la asiática. El hombre, entonces, al abrir las manos por el dolor de la mordedura, dejaría escapar a la gran cobra. En seguida las dos víboras, aprovechándose de la confusión producida, huirían a toda carrera.
Punto por punto, y tal como lo hemos detallado, el plan se realizó: la mordedura de la cobra a la yarará, el desmayo de ésta, la recolección de veneno, el ataque de Cruzada al hombre, y la fuga final de las dos víboras.
Esa misma noche Cruzada se presentaba en la caverna acompañada de una gran serpiente que nadie conocía. En un momento Cruzada enteró a sus hermanas de la milagrosa huída, que se debía en gran parte a la inteligencia de la serpiente extranjera.
Pero desde el primer momento el orgullo y la mirada oblicua de la cobra real habían impresionado mal a las víboras. Evidentemente, la cobra despreciaba a las víboras del país, pues ninguna de ellas podía medirse en tamaño, fuerza e inteligencia con la gran cobra. Este desprecio lo notaron tanto Cruzada como sus compañeras, y la situación amenazaba tornarse tirante, cuando una joven serpiente de cerca de tres metros de largo, entró en la caverna, cambiando al pasar una guiñada de inteligencia con Cruzada.
¿Quién era esta intrusa y qué hacía allí, pues la Asamblea reunía exclusivamente a las serpientes venenosas?
Era Anaconda, la más grande y fuerte de todas las serpientes conocidas. La recién llegada era todavía muy joven a pesar de su tamaño, pues al llegar a todo su desarrollo las anacondas pueden alcanzar hasta diez metros de largo. Pero cachorro y todo, su fuerza era tan grande que podía atreverse a sostener una lucha cuerpo a cuerpo con la venenosísima cobra capelo real, que medía cuatro metros.
Ya sabemos quién era la intrusa. ¿Pero por qué estaba allí, entre sus primas hermanas, las víboras?
Porque esa misma tarde, horas después de la fuga, Cruzada había contado el incidente a su gran amiga Anaconda, exponiéndole al mismo tiempo las dudas que abrigaba sobre el pérfido carácter de la serpiente asiática. Dudas de las que, como acabamos de verlo, habían participado sus hermanas.
—¿Qué me aconsejas, Anaconda? —le había preguntado ansiosamente Cruzada.
—Deja por mi cuenta, prima, a la señora asiática —concluyó alegremente Anaconda.— Esta noche iré a hacerles una visita.
Y como acabamos de ver, Anaconda había cumplido su palabra.
Aquella sesión del congreso de las víboras fué muy tormentosa. La cobra real, que tenía también sumo interés en luchar contra los naturalistas del chalet, había propuesto un plan de campaña que consistía en ir esa misma noche a matar a los hombres.
—Tal vez no alcancemos a matar a todos —dijo— pero los que queden huirán al día siguiente.
—Ni alcanzaremos a matar a ninguno, ni los hombres huirán —repuso Anaconda.— Ese plan es insensato: Los hombres son demasiado inteligentes para que podamos vencerlos en seguida. Busquemos unos días más el modo de luchar contra ellos. Si nos apresuramos y los atacamos esta misma noche, estamos perdidas. Mañana mismo no quedará una de nosotras, víboras y serpientes.
—¡Esta culebreja habla así porque tiene miedo! —exclamó con desprecio la cobra real.
—¡Miedo yo! —repuso Anaconda irguiéndose, mientras sus ojos brillaban como ascuas.
—¡Paz, paz! —clamaron todas las víboras, interviniendo.— Sigamos el consejo de nuestra huésped, la cobra real. Si su plan fracasa, seguiremos el de Anaconda.
—Lo que prueba —respondió Anaconda— que todas ustedes se dejan imponer por el gran cuello hinchado de esta señorita de la India. Oigan bien lo que les digo: Si van ustedes esta misma noche a matar a los hombres, mañana a medio día no queda una de ustedes viva!
—¡Y bien, iremos aunque muramos todas! —clamaron las víboras.— Si tú tienes miedo de ir, te quedas.
—En otra ocasión —contestó Anaconda con desprecio— hubiera hecho tragar esas palabras a la que acaba de hablar. ¡Pero ustedes están enloquecidas por esta señora, y no ven su traición! Con ella me he de entender yo después. Ahora, ¡a matar a los hombres, encantadoras primas! ¡Y la que quede que cuente el cuento!
Una hora más tarde todas las víboras de la región, convocadas apresuradamente, luchaban en la oscuridad contra los perros negros que habían visto Anaconda y Cruzada y que, por estar inmunizados contra el veneno de las
víboras, podían resistir el ataque de decenas de víboras.
Al cabo de un rato de lucha en la oscuridad, cuatro focos de luz deslumbradora surgieron entre los combatientes: eran las linternas eléctricas de los hombres del chalet que despertados por los ladridos de los perros, hacían irrupción entre las víboras, quebrando espinazos a diestra y siniestra con sus varas duras y flexibles.
En un instante la situación cambió. Las víboras se lanzaban contra los hombres, pero eran deshechas por los dientes de los perros, y partidas por el medio, de un golpe de vara. Además, la luz viva de los focos eléctricos enceguecía a las yararás. De modo que la voz: ¡Huyamos! ¡Huyamos! ¡Sálvese quién pueda!, cundió entre las filas de las víboras.
Por el sendero que llevaba al bosque huían las víboras derrotadas, manchadas de sangre, con las escamas rotas y llenas de tierra. A lo lejos se oía ladrar roncamente a los perros que les seguían el rastro.
Los hombres las perseguían.
Anaconda y Cruzada, una al lado de la otra cambiaban algunas palabras mientras huían a escape entre la banda de víboras.
—¡Tenías razón, Anaconda! —decía amargamente Cruzada.— Podría jurar ahora que la cobra maldita nos ha traído exprofeso al exterminio.
—¡Déjala por mi cuenta! —repuso Anaconda.— Tú puedes escaparte si quieres, Cruzada.
—¿Y tú qué haces, Anaconda?
—¿Yo? —repuso Anaconda.— Por estúpidas que se hayan mostrado en esta ocasión tus hermanas, van ahora a hacerse matar valientemente frente a su caverna. Me sacrifico con ellas por la raza. Pero antes voy a arreglar una pequeña cuenta con la cobra capelo.
—¡Bien, Anaconda! —sonrió con orgullo Cruzada.— Te reconozco en este rasgo. ¡Moriré contigo!
Ya había llegado a la caverna la tropa de víboras derrotadas. Pero ninguna quiso buscar en sus lóbregos refugios una salvación problemática.
—Compañeras! —se alzó en el trágico silencio la voz vibrante de Anaconda.— Dentro de cinco minutos, como tuve el honor de advertirlo esta noche misma, ninguna de nosotras existirá! Yo entré por amistad con una de ustedes en un asunto que no era mío, y él me cuesta la vida. No me quejo ni me arrepiento. Pero me arrepentiría, en cambio, hasta tornar execrable el nombre de Anaconda hasta el final de los siglos, si no pidiera cuentas estrechas a esa intrusa asiática, de la tremenda hecatombe a que las ha arrastrado a ustedes. ¡Sí, a ti me refiero mal bicho asiático, que tratas ahora de esconderte! —concluyó Anaconda volviéndose a la cobra real.
Y lanzándose al encuentro de la cobra, los 92 dientes de Anaconda hicieron presa en el lomo de la gran cobra capelo real. La cobra devolvió el ataque, y sus mandíbulas se cerraron sobre el cuello de Anaconda.
Durante un rato la lucha estuvo casi entera de parte de la cobra. Anaconda sentía crujir los huesos del cuello. Si no lograba envolver a la cobra en los potentes anillos de su cuerpo, estaba perdida. Poco a poco, sin embargo, logró hacerlo; y aunque ya envenenada y con horribles dolores, comenzó a ceñir a la gran cobra en su mortal abrazo.
Ya hemos dicho que la fuerza muscular de la anaconda es inmensa. Como estrujada en un torno infernal, la cobra abrió la boca, asfixiada, mientras su enemiga se acercaba cada vez más con los dientes a la cabeza de la serpiente del Asia. Sus dientes alcanzaron el capuchón, ascendieron más todavía, y se cerraron por fin sobre la cabeza de la cobra, triturándole lentamente los huesos.
Anaconda desciñó los anillos de su cuerpo, y la gran cobra cayó al suelo como una masa inerte: estaba muerta. Un instante después, Anaconda caía también y quedaba inmóvil.
El duelo acababa de terminar cuando los hombres y sus perros caían sobre las víboras. En vano, todas las que quedaban, indemnes o heridas, se lanzaron sobre los hombres. Entre los dientes de los perros, que retorcían en un segundo el cuello de las víboras, y las varas de los hombres que partían por el medio a las yararás, las víboras, orgullo y terror de la selva virgen, fueron cayendo frente a la caverna. Cayeron valientemente una por una, sin pedir tregua ni perdón, y una de las últimas en caer fué la valiente Cruzada.
Cuando los hombres recogieron a todas las víboras muertas para quemarlas en un solo montón, el jefe de ellos notó que Anaconda vivía todavía.
—¿Qué haría aquí esta serpiente, —se preguntó— entre estas malas bestias venenosas? Llevemosla al chalet, para que se acostumbre a vivir entre nosotros.
Llevaron en efecto con ellos a Anaconda que, a pesar de estar muy envenenada, pudo salvarse. Vivió domesticada algo más de un año con los hombres, hasta que un día remontó nadando el río Paraná hacia la selva de donde había venido.
EL TRABAJO MANUAL
Cada es más útil a la inteligencia que la salud del cuerpo. Queremos decir con esto que cuanto más sano y robusto es el cuerpo, tanto más equilibrado y enérgico es el entendimiento.
El hombre puede ser considerado una máquina —ciertamente la más maravillosa de cuantas existen— cuya función es producir las fuerzas mentales que en su conjunto constituyen el entendimiento, la mente o el alma del individuo.
Que son fuerzas, nadie lo duda. ¿Dónde hallaremos atracción más poderosa que el amor? ¿Dónde magnetismo más fuerte que el de un corazón generoso? ¿Qué energía en el mundo equivale a la del trabajo mental? ¿Dónde encontramos repulsión más fuerte que la que ejercen las almas perversas?
Pero para que estas nobles fuerzas adquieran todo su armónico desarrollo, es necesario que la máquina productora, el cuerpo humano, funcione bien. Precisa que sus sistemas: digestivo, circulatorio y nervioso trabajen perfectamente, a modo de la caldera, los tubos de circulación de agua y las llaves de comando de un motor.
Fortifiquemos nuestros músculos para que accionen con energía. Hagamos en fin todo lo posible para que la máquina humana desempeñe activamente su cometido material, a fin de que su función espiritual no se resienta.
Tal debe ser nuestro organismo. Un cuerpo sin fuerzas, empobrecido por la falta de ejercicio, engendra también una mente perezosa y pobre de ideas. Por lo contrario, un cuerpo robusto y ágil, mantenido en actividad por los juegos, en la infancia y por el trabajo, en la juventud, proporcionan poder y originalidad al entendimiento.
Los hombres intelectuales, llamados así porque trabajan con el intelecto o la inteligencia, conocen bien esta necesidad orgánica. Dedican sus horas libres de tarea mental a un sano ejercicio material, para restablecer el equilibrio indispensable.
No hay mejor descanso para el hombre que gasta sus energías en el trabajo cerebral, que una tarea manual, que distrae la mente y proporciona nuevas fuerzas al cuerpo.
El niño que estudia debe reservar largas horas del día para sus juegos fortificantes.
LOS PARQUES NACIONALES
La insaciable sed de cazar del hombre amenaza la existencia de todos los animales.
Esta sed de caza fué en las edades del hombre primitivo una necesidad de su vida, pues aquél se alimentaba exclusivamente de carne.
Hoy cazamos por placer, por deporte. Este goce cruel y sin excusa es tan propio de los chicos que buscan y espían a los pájaros para abatirlos a hondazos, como del hombre que se traslada con una escopeta al campo a sacrificar centenares de perdices.
Y no son sólo las aves: los mismos animales salvajes de la selva caen día a día fulminados por el acero de los grandes fusiles de caza. A tal punto llega esta hecatombe, que los países más adelantados reservan grandes extensiones de su territorio para que los animales puedan vivir y reproducirse en paz.
Nadie puede cazar en estas reservas. Así se ha logrado conservar infinidad de especies que estaban a punto de desaparecer de la Tierra.
Entre las más conocidas, figuran el castor del Canadá, el bisonte de Estados Unidos y la chinchilla de nuestro país.
Los castores, perseguidísimos por su hermosa piel, han desaparecido casi del norte de América, y apenas se los halla hoy día en los parques nacionales.
Hace cincuenta años, los bisontes recorrían los llanos de Estados Unidos en manadas tan grandes que demoraban horas y horas en pasar. A veces han detenido a los mismos trenes por su cantidad. Hoy apenas quedan algunos ejemplares en las reservas.
En nuestro país, la chinchilla real está a punto de extinguirse, y difícilmente se balla algún ejemplar en las más desoladas cumbres del Territorio de Los Andes.
Y sin embargo, tanto el castor, como el bisonte, como la chinchilla, representan gran fuente de riqueza para el país que los posee.
Pero no es solamente con fines utilitarios que se crean las reservas: es sobre todo para conservar íntegra la fauna de un país. No solamente debemos legar a las generaciones futuras la gloria de nuestros hombres y nuestras instituciones. Debemos también legar toda la espléndida riqueza animal, vegetal y mineral del suelo patrio, que forma también parte de su gloria nacional.
LAS HORMIGAS CARNÍVORAS
En un crudo día de invierno, tras diez horas de crueles fatigas, nos acostamos casi sin cenar, rendidos por el cansancio.
Las horas transcurren pesadamente, como de plomo. Afuera, a la intemperie glacial, el campo comienza a cubrirse de helada.
Creíamos que nada podría arrancarnos de nuestro profundo sueño. Nos equivocábamos. Como si nos sintiéramos punzados en todo el cuerpo por crueles agujas, damos un salto en el lecho y encendemos la luz.
La cama, las sábanas, nuestra misma ropa por dentro y por fuera, están oscurecidas de puntos negros que se mueven velozmente. Por las paredes de la pieza, por las patas de la cama, ascienden ríos vertiginosos de puntos negros.
Esos puntos son las hormigas carnívoras del trópico, y a las que en el nordeste del país llaman "Corrección". Estas hormigas devoran todo lo que tiene origen animal: grillos, arañas, carne, grasa, víboras y aún tigres.
Invaden en batallones que avanzan paralelos. La anchura de estos batallones, que más bien parecen ríos serpeantes, alcanza a veces a varios metros.
La corrección es una hormiga pequeña y muy brillante, que cuando marcha se caracteriza por su rapidez. Sea cual fuere el camino por donde corre, la corrección no disminuye la velocidad de su marcha. Siempre tiene apuro, siempre está hambrienta.
Explora a escape las grietas y agujeros, devora vivo lo que halla, y prosigue su marcha.
Su proximidad es siempre denunciada por la ola de insectos y bichos de toda especie que la corrección barre ante ella.
Cuando estas hormigas invaden un rancho, hay que salir afuera, así fuere a media noche. Pero si se tiene la suerte de distinguir a las avanzadas, basta entonces regar con agua la entrada de las puertas y ventanas, para que el ejército entero se detenga arremolinado y emprenda la fuga.
Felizmente, sólo en los ranchos desaseados la corrección se detiene a devorar insectos y desperdicios. Por esto se dice en aquellos lugares, que la corrección es útil porque limpia la casa.
EN ARAS DE LA HUMANIDAD
El bienestar creciente de la humanidad debido a los progresos de la ciencia médica, no se obtiene sin dolorosos sacrificios.
Ayer apenas, un cirujano, en su pasión por estudiar las causas de una terrible enfermedad, se inyecta él mismo el virus que la produce.
No uno, sino muchos sabios son roídos en vida por las llagas incurables que causan las emanaciones del radio y otros cuerpos peligrosísimos de manejar.
Hoy día, habiéndose descubierto que gran parte de los rayos misteriosos que se usan en medicina (rayos X, rayos N) no atraviesan el plomo, los médicos usan delantales de este metal, para preservar el cuerpo de las emanaciones mortíferas.
Un gran sabio francés, Becquerel, perdió la vida por llevar distraídamente en el bolsillo del chaleco un tubito de radio. Este metal extraordinario y sumamente escaso, emite constantemente luz y calor sin desgaste alguno. Es decir, este desgaste comienza recién a notarse después de noventa mil años. Así lo han demostrado los físicos.
De este modo, día tras día, los grandes sabios van cayendo en aras del bienestar de la humanidad. Puede asegurarse que no hay progreso en el mundo que no haya costado muchas vidas preciosas.
Cuesta infinitamente arrancar sus secretos a lo desconocido. Y el bienestar presente, nuestros conocimientos para prevenir y curar muchas enfermedades, hemos debido pagarlos dolorosamente con la existencia de los que se sacrifican por la ciencia.
Nota.—El radio por su extremada escasez y sus grandes aplicaciones en medicina, es tres mil veces más caro que el platino.
LA NACION ARGENTINA
Hemos concluído nuestro libro. Una por una, las riquezas de nuestro suelo han pasado ante nuestra vista. Hemos dedicado varias páginas a algunas que, como el petróleo y el trigo, constituyen las grandes fuentes de riqueza del porvenir. Hemos recordado la tradición de la tierra, sus héroes, sus virtudes, dentro de grandes cuadros generales en los que ha tenido cabida la Humanidad entera.
Comenzamos con la prehistoria del suelo nativo, para solidarizarnos en seguida con nuestra tierra en el sentimiento de la patria. Este sentimiento, aquellas riquezas y los ideales de ayer y de hoy, forman en la actualidad la Nación Argentina.
La nación, pues, es la patria organizada. Tiende día tras día a cimentar el amor patrio, a consolidar sus virtudes, a purificar sus leyes, a aumentar sus riquezas, a engrandecer, en fin, su espíritu nacional.
La nación condensa y abarca el esfuerzo individual de sus hijos en esta lucha por la prosperidad de todos. Ella concurre a las exposiciones internacionales donde exhibe sus productos, no como vana ostentación de riqueza, sino como demostración de fecunda vitalidad.
Organiza con igual fin certámenes y concursos, donde con noble estímulo sus hijos corren a exponer el producto de su trabajo. Mantiene en fin el culto de la patria, une a sus hijos, aumenta sus riquezas.
Tal es la finalidad de la nación.
Un país, por poderoso que sea, no puede aislarse en el mundo. Si así lo hiciera, concluiría por morir asfixiado, fuera de la atmósfera vivificante de la humanidad.
La Nación Argentina no pretende ser la más rica ni la más fuerte de todas; pero lucha sin tacha y triunfante en el concierto de la civilización. Esta es la noble gloria de nuestra patria.
