Tangos Redentores

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Durante mucho tiempo constituyó una de nuestras preocupaciones, el triste estado social, espiritual y moral de lo que, por un criollo eufemismo, hemos convenido en llamar milonguita.

En nuestra juventud las jóvenes de ese carácter no se llamaban milonguitas. Pero estas de hoy, de sus mil compañeros de bohemia sólo amaron furiosamente a uno solo: y aquel privilegiado ser, como los de ahora, devolvió a su amiga en golpes, religiosamente, el homenaje recibido a sus otros 999 admiradores. No cambian las circunstancias, como se ve, aunque los hombres varíen.

Algunas jóvenes habíamos conocido entonces, ingenuas como la alborada y puras como la luz, que a los seis meses de bohemia habían perdido, hasta donde es posible perder sin remisión ni memoria, aquellos dos celestes atributos. En balde hubiera sido buscar en los ojos de aquellas locuelas un resto de candor, una vislumbre de cansancio, una esperanza, por manchada que hubiere nacido, de otra espiritualidad. Todas, sin excepción, parecían no haber caído a un doloroso abismo, sino, antes bien, haber ascendido a un estado de beata perfección. Y ante este fenómeno de apariencia ilógica, si se considera lo que se ha escrito sobre la fatalidad de la caída, casi siempre extraña a la voluntad de la paciente, meditábamos, como hemos tenido el honor de decirlo, sobre el muy triste estado del alma de la milonguita profesional.

Una prolongada ausencia nos tuvo luego por diez años alejados de este problema y su ambiente, en un país donde no había milonguitas sino víboras. Pero la vieja preocupación sólo dormía, según pudimos apreciarlo a nuestra vuelta a la civilización, cuando con asombro sin igual nos enteramos por medio de la novela, del teatro, del cinematógrafo y de las revistas, de que el ambiente moral de la bohemia había cambiado milagrosamente. No se sabe de dónde un soplo de conciencia, de virtud, de redención fogosa había pasado sobre el alma de las milonguitas, despertando su moral, y no es ello sólo: El hombre, el culpable, había abierto también los ojos, y en aquella vieja magdalena criolla, canturreadora y tanguista, había visto, por fin, como el otro, en Damasco, un pobre ser atormentado que le preguntaba con triste voz:

—¿Por qué me persigues?

¡Albricias! —exclamamos entonces—. ¡Alabados sean el hombre difícil y la mujer fácil, el cabaret, la milonga y los mismos antros del vicio, si sus tinieblas reservaban este gran fulgor moral!

Y con el alma alegre, como una pascua, nos encaminamos a un cabaret, donde entramos dirigiendo una fresca, fraternal y orgullosa mirada a las locuelas de ayer.

De nuestras profundas lecturas sobre el tema habíamos deducido el hecho siguiente: que la muchacha de ese momento, la extraordinaria milonguita redimida, podía clasificarse en tres grupos. El primero, y el más noble y numeroso de todos, lo formaban las chicas de los barrios pobres, casi siempre obreritas que fatalmente habían dado un mal paso. Constituían el segundo las europeítas ingenuas y engañadas, que al despertar de su pesadilla habían callado su dolor disimulándolo tras un constante canturrear de tangos mal pronunciados. El tercer grupo tenía por característica perdonar, perdonar y perdonar al infiel, al buen mozo, de mano derecha dura e izquierda blanda. Insultos, golpes, abandono, todo le perdonaba noche y día, como a un hermano. Esta expresión hermano se interpretaba como una dolorosa comunión: él también —tanguista, entretenido o malevo— sufría atrozmente como ella y ambos, sin saber por qué.

Alrededor de estos tres grupos giraban —como antes las milonguitas— grandes dolores aislados que lloraban en las mismas revistas y en las mismas guitarras y bandoneones, a la percanta maleada a golpes de antaño, que era ahora la noviecita; y a la vieja mama perpetuamente esquilmada, que se pronunciaba ahora madrecita.

¡Cuán distinto todo esto de lo que habíamos conocido en los recién pasados tiempos! ¿Cuándo y cómo podíamos haber sospechado este profundo manantial de ternura y honor en nuestras secas y tempestuosas compañeras de bohemia! La guerra, sin duda, había operado el mismo milagro.

Dulces y dichosos, pues, nos dirigimos a una mesa del cabaret, donde una joven sentada, y sin copa alguna por delante, miraba uno tras otro a los que entraban.

He aquí la ocasión —pensamos— de ponernos en comunión con el alma de esta gran solitaria.

—Comprendo perfectamente —comenzamos de un modo más bien extraño—; comprendo perfectamente tu abandono y tu silencio. Nada, nada me digas. Lo que leo en tus ojos, tus palabras, ¡pobre caída!, no podrían jamás expresarlo. ¡Sola, sola!, asistiendo como en un sueño a esta danza loca que no comprendes y que amas, pero que no sientes ni te satisface. Y danzas sobre tu pobre pasado que era entonces todo tu porvenir, y entrecierras los ojos al crédulo amante, para velar así la dolorosa y eterna contemplación de una mesa puesta, donde el pobre viejo cena en silencio con tus hermanas, sin querer mirar el puesto vacío de la mesa, donde faltas tú... ¿Te he comprendido, Estercita?.

Estercita, continúa mirándonos con no fingido asombro, se levanta sin prisa alguna, y midiéndonos de pies a cabeza, nos dice esta sola palabra:

—Piantá…

No nos desalentamos, sin embargo. Noches después, en otro cabaret, solicita nuestra atención una joven que de codos en la balaustrada hace ya largo rato que vuelve la espalda al salón de baile. Desde que ha llegado allí no se ha movido. En silencio nos acercamos a ella.

—Y, sin embargo —comenzamos como la vez anterior—, esas lágrimas que no puedes ocultar han sido necesarias. Mucho antes, pobre amiga, crímenes más grandes que el tuyo se han rescatado con menos lágrimas. Estás cansada, harta de todo y de ti misma. Y si no fuera por la viejita, que allá en Europa necesita siempre de ti, ha tiempo que hubieras sorbido tus tres pastillas de bicloruro. No llores, amiga. Ante una justicia y una moral superior a nosotros mismos, los pesos remitidos mes a mes a tu madre, los centavos ahorrados sobre el mismo tremendo déficit de tu vida, pesarán más que la honestidad lívida y sin precio, por lo estéril. No llores más…

La joven, que ha vuelto sólo a medias la cabeza para oírnos, nos lanza por fin con acento terriblemente extranjero:

—Andá bañate…

No es nada —nos repetimos graves y siempre confiados—. Vayamos al alma humilde de las profundamente caídas.

Y en los mismos abismos del vicio, nos sentamos al lado de una lamentable criatura, cuya mirada ansiosa parece buscar a través de los muros no a alguien, sino algo.

—No, no lo encontrarás aquí —le decimos con el procedimiento ya usado dos veces—. ¡Buscas en balde, hermana! Los grandes, inmensos dolores no admiten consuelo extraño. Quien pudiera comprenderte, sufre como tú la condenación del aislamiento. Si salieras de aquí gritando —supón lo aventurado del caso— gritando con las manos en la cabeza: "¿Quién comprende mi angustia?", el único hombre entre 100.000 que pudiera responder a tu reclamo, haría tiempo ya que se habría pegado un tiro. Oye, hermana…

—De los chanchos se saca el tocino... —nos ha cortado la lamentable criatura, agregando luego para mi sola cuenta: —¡Vengan a ver a este gil!...

Y bien: ¿qué es esto? ¿Hemos o no instituido en nuestro decálogo la redención sentimental, espiritual y moral de la milonguita? ¿Nos han engañado los centenares de piezas, novelas, versos y films anunciadores de la buena nueva?

Porque la muchacha, ex obrera a todas luces, que hallamos en el cabaret del centro, no parecía aguardar precisamente un cuadro gratuito del viejo padre y las dulces hermanitas del arrabal. La joven extranjera, que contemplaba el jardín en un cabaret de Palermo, tampoco había acogido con entusiasmo la evocación de su filial sacrificio; no parecía sentimental, y ni siquiera coqueta. En cuanto a la tercera joven, su ultranocturna ansiedad no provenía precisamente de esperar ALGO con religiosas mayúsculas. Y decenas como éstas, en distintas ocasiones.

Bien. Tarde ya para nuevas ilusiones, puesto que para creer en una virgen caída es indispensable que se realicen todas las esperanzas cifradas sobre ella, consideremos fríamente el caso.

La milonguita nacional es actualmente lo que siempre ha sido; como nosotros, en punto a la galantería y moral, somos lo que fuimos siempre. Tan creíble es que ellas simulen divertirse en criollo corrido para ahogar el grito de su conciencia, como que nosotros lloriqueemos a su lado, recordando a nuestra primera inmaculada novia, o que escudriñemos ansiosamente los antros, en busca de una hermana de nuestro dolor.

La literatura fácil y su ambiente tienen la culpa de esta desmesurada inflación de valores. Dicho ambiente se reconoce en su sentimentalismo infantil, en su deleite por las situaciones extremas, en el desenfado con que maneja los más hondos conflictos morales; en una suma, en fin, de heroísmos inocentes que asombran a los jóvenes de gusto aún no formado, o los mayores de edad pasablemente incultos.

No prueba esta manía redentora de los últimos tiempos nobleza de alma, ni el alma del pueblo tiene nada que ver con esto. El pueblo, como entidad, es algo superior a estas ingenuas manifestaciones de incultura artística, peculiares de cualquier ambiente o casta. En arte, como en amor, la ingenuidad no conquista a menos que tras ella exista una fina inteligencia o una real seducción. Privada de una y otra, la ingenuidad sólo es capaz de expresarse en el tono que se ha definido perfectamente con la palabra cursi. Los balbuceos retóricos del pueblo tendrán siempre este carácter. Pero cuando un hombre de pueblo nazca artista, estemos bien seguros que no realizará una obra cursi.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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