—¿Te acuerdas? —me preguntaste estrechándome—
fuertemente las manos. Y yo te contesté: —¿Te
acuerdas? —¿Te acuerdas? —insististe con las ma-
nos ya heladas. Y yo te respondí fatalmente: —¿ Te
acuerdas?
Tenías los ojos tan abiertos, que mis ojos se abrie-
ron, mirándote, sin poder hablar, con la pregunta im-
posible, tan juntos que la pregunta había pasado a
nuestras carnes, donde la pregunta forzada seguía hin-
chándonos, juntos, cada vez más juntos, con la pre-
gunta que estaba ahora en los dientes, cárdenos y tan
apretados que la pregunta se retorcía por poder ha-
cerse, como una garganta que llena las mandíbulas, ba-
jo la luz verde de la lámpara inmóvil.
Y cuando vueltos en nosotros, nos vimos en la
sala de baile galantemente reclinados, tú en el piano,
yo a tu lado, me sonreíste con cariño —mirando a tu
alrededor— pensando en la pregunta que forzosamen-
te tenía que hacerte.
