Seis garzones febricientes intentaron una noche
galopar sobre un pegaso de modérnica escultura,
y a horcajadas en la elipse de su atlética postura
dibujaban a lo lejos un hamlético fantoche.
Con la brida entre los dientes —roto el nudo de su broche—
y cruzando a la carrera la fantástica espesura,
escalaron el olimpo de verlénica estructura,
galopando febricientes en el dorso de la noche.
Los fakires de la India los miraban con asombro.
En la docta Salpetriere los miraban sobre el hombro.
Y al pisar sobre el estrado del Olimpo, Melpomene,
que conoce los secretos de los signos caballísticos,
les señala la avenida de los triunfos eucarísticos.
Y supieron la doctrina de los labios de Verlaine.
