El jueves se ha estrenado en Larrañaga la compañía que dirige el Sr. Martini, prestidigitador e ilusionista de notabilidad verdadera.
Posee, sobre todo, una cualidad que los demás profesores de ciencias ocultas no hallan en sus espíritus: es original.
Habla con desenvoltura, naturalmente, casi olvidándose de sí mismo, y no excita los nervios de los espectadores con las rituales frases de charlatanismo e insuficiencia. Habla y dice algo. Sus discursos pueden extractarse.
Por otro lado, trabaja con suma limpieza, y encuentra —si no nuevos experimentos— nuevas combinaciones, al menos.
Son notables la agilidad y estudio que ha hecho de los movimientos de sus dedos, cuyas sombras trazan en el lienzo iluminado, dibujos exactísimos, escenas de verdadera observación.
Miss Follet es una encantadora criatura, pálida y rubia. Su tipo exótico recuerda una melancólica y enamorada colegiala inglesa.
Tiene una admirable corrección de formas, llenas de curvas impecables.
Es serpentina, esto es: por medio de una ondulante profusión de tela; herida por el golpe luminoso de una coloreada linterna; desarrollando sus líneas en una pecadora danza de Jonia, deslumbra, fascina, aturde.
Es una instantánea irrupción de Oriente, un ensueño de califas y mandarines, diluido en colores vivos o desangrados que empapan los cendales de su traje con una disolución de piedras codiciadas.
Hay una fantasía tan pura en esos movimientos de luces y de carnes, que la imaginación vuela a un misterioso cielo de Arabia, a un baile de gentiles bayaderas, frescas y sonrosadas entre la decrepitud de existencias vencidas por el opio, pero vigorosas aún para el ensueño…
Las proyecciones cinematográficas dejan bastante que desear.
El pasaje de la película zigzagua mucho; el foco de las líneas es pobre, tal vez debido a una abertura exagerada del diafragma, y la luz de los clichés, notable en algunos desarrollos, en otros no tiene vida.
No obstante, la verdad de las escenas prevalece sobre toda impresión, aún cuando se nota en algunas de ellas el efecto buscado para despertar más vivamente la emoción de un hecho o de un suceso muertos que han caracterizado de algún modo una época que pasó.
