Teatro Y Cine I

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Cuando surgió el cine, no se vio en él más que una simple modificación o sucedáneo de la escena teatral. Y se tuvo la certeza de que jamás se apartaría de las normas artísticas creadas y estilizadas por el teatro.

Las primeras proyecciones fueron, en efecto, un simple remedio de las representaciones teatrales: breves situaciones de conflicto, historietas dramáticas con personajes de otras épocas, todo ello sobre un fondo fuertemente sentimental. Por rápido que fuera el acto que nos ofrecía la pantalla, había ya en él, aunque informes, los elementos totales de un drama. Faltaban entonces las leyendas. Aquellos episodios participaban de la pantomima, cuya identidad con el cine, mudo por esencia, fue para los hombres de la época un dogma del que jamás podría apartarse la pantalla; y en mínima escala del teatro, cuya palabra y expresión enfática no se atrevía aún a adoptar.

Algunos años más, y el cine daba un gran paso en la composición de sus historietas. Aumentaban los incidentes de éstas; se había creado la leyenda, lo que permitía no poco morigerar los gestos y ademanes a que recurre la mímica para decir que aquí, allí, arriba, abajo, dentro de nuestro corazón, pasa algo.

Si en la técnica el progreso había sido evidente, como arte, en cambio, el cine había dado un paso atrás. Se había convertido en vehículo de historias tontamente literarias, relatadas a trozos por las leyendas, y comentadas, párrafo tras párrafo, por maniquíes de expresión exagerada y terrible que hacían esfuerzos muy grandes para hacer ver que estaban dominados por la ira, el terror, los celos o la pasión convulsiva. Era el tiempo, y que no ha pasado todavía para algunas cintas de procedencia latina, en que los galanes, para hacer comprensible una leyenda que decía claramente: "Y sintió encenderse en su pecho una pasión volcánica por aquella mujer", abrían mucho los grandes ojos revueltos, cerraban fuertemente los labios, y se llevaban ambas manos al pecho, que subía y bajaba con inaudita violencia.

Del teatro, como se ve, ya había el cine asimilado algo. Algunos años después debía del mismo asimilarlo todo, y dar un nuevo paso atrás. Tal insistencia en observarlo merece dos líneas.

El teatro es la simulación de la vida —real o irreal— que se lleva a cabo entre lienzos movibles de papel, y que se realiza por medio de personas y aún de animales. Está constreñido, por su carácter mismo de ficción, a fingirlo todo: desde los personajes, que casi nunca son del aspecto, estatura y edad exigidos, al ambiente en que se mueven, que no es ni por asomo tal ambiente, sino otro de papel pintado. Pero la ficción, aún dentro de los mínimos que se pida de ella, tiene también un límite; y este límite, muy lejano para los seres primitivos o incultos, toca casi los ojos del individuo que ya es un hombre para comprender, y no es más que un niño para dejarse engañar.

Nadie ignora que del mismo modo que la pintura ha precedido a la palabra en la exteriorización de los sentimientos, la representación ha precedido al relato escrito. En los primeros días de la escena —quién sabe qué remedos de castigos de dioses y fetiches— la muchedumbre creyó llena de pavor en la realidad de los monstruos representados. Fue ésta la época de oro del teatro.

Con mayor cultura —y mayor desconfianza, desde luego— la misma muchedumbre perdió su ingenuidad aborigen: tal hombre pintarrajeado siempre del mismo modo no podía ser alternativamente un dios alegre y una vaca furiosa; un esclavo molido a palos y una nube de oro.

Visto esto, los cómicos se sirvieron de máscaras que catalogaron en prolijo orden de expresión, tal como se cataloga aún hoy día en algunas escuelas de cine: máscaras para el dolor, para la pesadumbre, para la nostalgia aguda, para la nostalgia leve, para la distracción pensativa.

La máscara, colocada sobre el rostro del actor y sobre la sensibilidad artística del espectador, persiste todavía. Necesítase de la gruesa presencia de un cómico para lograr evocar por su intermedio a un héroe literario, como se va a oír a una gárrula recitadora, por incapacidad de apreciar la belleza de un verso leído mentalmente.

Recitación y representación escénica son excitantes del mismo género, e indispensables al hombre de pesada digestión artística. Esta enfermedad estética excusa y sostiene la difusión de aquéllas. Un drama y un poema llevan ya en sí poder de evocación suficiente para que no necesitemos recurrir a intérprete alguno, distante las más de las veces un millón de leguas del personaje creado. No a todas las personas, sin embargo, les es dado continuar viendo las estrellas cuando se han cerrado los ojos.

Como realización de caracteres por medio del diálogo, el drama posee una fuerza superior a la de cualquier otro género literario. Pero su finalidad queda cumplida en la página impresa. Allí nace y esplende su poder evocador. El resto: pantomima y simulación infantil de la realidad, desempeña funciones de un orden muy distinto.

No es creación nuestra —por desgracia y por suerte— el aforismo por el cual toda pieza de teatro que no resiste a la lectura, es mala como obra de arte. Pero puede ser un espectáculo halagüeño para nuestros cinco sentidos.

Concedido lo anterior, es fácil ahora explicarse el influjo creciente, irresistible y resistente a las más duras injurias que el teatro ha lanzado sobre él, de ese democrático cine, donde la realidad de expresión y de ambiente ha alcanzado límites insospechados, y que coincide justamente con la senectud de su teatral nodriza.


Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.
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