Teatro

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


En el terreno dramático, las pasiones sociales, con su red de esfuerzos, intrigas y heroísmos ocupan un lugar prominente en la escena. Se ha tratado de imbuir en la mente del espectador la verdad de una ficción. Se transporta al teatro, concisamente detallada, una ilíada cualquiera, nacida y cantada en la sociedad, una odisea de contrastes, de ternura y de voluntades El drama que anoche ha representado la Compañía del Sr. Cordero va directamente dirigido a la pasión religiosa. El tema es el primer acto del Cristianismo, y desfilan por él las alocuciones, la sentencia y la crucifixión de Jesucristo.

Apenas levantado el telón, una sentida y bíblica nostalgia comienza a apoderarse del espíritu. La visión de una vestidura patriarcal, arrancada a veinte siglos; los muros de Jerusalén, bosquejada a lo lejos despiertan un vago aroma de paraíso perdido, de gloria desterrada, sobre la que se cierne el recuerdo de la ciudad predestinada y fatal, llena de martirios y de aventuras religiosas.

Sobre el conjunto de apóstoles, soldados e ilusionistas, sobresale la figura de Jesús, abstracta y misteriosa como un ideal.

La serenidad del semblante y el puro misticismo de la mirada dan al profundo moralista la precisión de los que encarnan rígidamente una idea trascendental y que han sentido, como un soplo divino, en la austeridad de sus concepciones.

El Sr. Cordero ha interpretado con mucho acierto el carácter del Nazareno. Ha logrado mantener durante toda la obra el gesto, las actitudes y la tranquilidad de Jesús. Sus ademanes de iluminado han sido claros y nobles; y, a no ser por una declamación pobre y falta de sentimiento, hubiera ahondado firmemente la visión.

En la agonía ha sentido con verdad. La última sacudida y el último acceso de disnea han sido vigorosos, y su mirada ha expresado el asombro, el desgarramiento y la clarividencia de los que van a morir.

Una lejana audición de música religiosa precisaba la agonía, y un grupo de personas arrodilladas, clamando en sollozos de protesta, afirmaban el martirio

El descendimiento ha sido llevado a cabo con sencillez. En este cuadro se nota un estudio más profundo de las actitudes y de los movimientos La tradición vive en esa muda y llorada escena, y el cuerpo abandonado de Jesús cae entre los brazos de María, en tanto que la música prosigue su melancólica despedida.

La figura severa y erróneamente juzgada de Poncio Pilato, ha hallado un pobre intérprete en Salvany, que gesticula con violencia, venga o no el caso; declama con una exageración condenable y halla de muy buen gusto enronquecer la voz y darnos la idea de una pena y de una rebelión que seguramente estuvo muy lejos de sentir el delegado romano.

El señor Aparicio pudo estar mejor. Se recuerda a Anás como un personaje sombrío, exaltado y rencoroso, jefe del movimiento hostil que hizo condenar al Galileo.

Martínez estuvo bastante bien. Veguer hizo un Judas aceptable.

Una de las figuras más culminantes de la Pasión es Magdalena, pecadora e iluminada. En la crucifixión halla notas de profundo sentimiento que la Sra. Pestalardo comprendió a medias, se relegó a un segundo término, sin hacernos recordar el inmenso cariño que abrigaba hacia el joven Fundador. Abrazada con Juan desapareció lentamente tras el entierro de Jesús.

La Sra. Huertas ha faltado a la verdad del martirio, permaneciendo en éxtasis durante el trabajoso descendimiento, robándonos la ilusión de su maternidad sentida. La escena ha perdido gran parte de su efecto con ese mutismo incomprendido, con esa inmovilidad de que no nos hablan los Evangelios.

Las decoraciones son hermosas.

Los sicomoros y las palmas despiertan el ensueño de una larga caravana de fugitivos, huyendo por los tostados arenales bajo el cielo cargado de presagios de la Palestina. Parece que se ha vivido una existencia anterior, en la que el alma ha sido confidente de las dramáticas escenas del primer siglo, embargada por un extenuado perfume de rosas de Jericó, tendidas como una caricia hierosolimitana bajo las plantas de Jesús.

Hay una sugestión inmensa en esa entrada de triunfo y de caída, gloriosa y sentenciada. Tras del hossanna de la muchedumbre convertida, las sombrías siluetas del Sanedrín ponen en ese grito de gloria una nota de esterilidad y de condena. Los sentidos se alucinan y sienten en sí mismos las torturas de una vía sacra querida, las angustias de una tragedia deseada.


Publicado el 27 de julio de 2026 por Brian.
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