Tema de Actualidad. El Amor y la Sombra. —Una señorita norteamericana acaba de resolver el dificilísimo problema del cine en pleno día, según nos lo informa un telegrama de Estados Unidos. De acuerdo con esta información, la aplicación del sistema a las salas sería ya un hecho, desde que los ensayos preliminares han dado un satisfactorio resultado.
¿Satisfactorio para quién? He aquí lo que no nos dicen los tendenciosos informes de aquel país. La solución de un problema científico puede entusiasmar, y es justo que lo haga, a sus investigadores, sus deductores, sus usufructuantes y sus procuradores. Nada hay más bello y tónico que las soluciones, incluidas las del ajedrez y del matrimonio.
Pero un goce que aspira a la universalidad —como el problema resuelto por la miss— solo es tal cuando alcanza a irradiar sus destellos de dicha en todas direcciones, al punto que la gente sometida a su radio de acción se diga:
—Efectivamente, gozamos con la solución de este problema; por lo cual reconocemos que en este problema se encerraba un verdadero gozo.
Tal, la sensación del mirón de ajedrez y la del mirón de matrimonios, ante el final de la partida. Son estos, pues, problemas legítimos y puros, capaces de hacer gozar a los que solo miran el juego, sin mover una sola pieza.
La misteriosa y excelentísima investigadora de Estados Unidos, ¿qué nueva emoción proporciona a los espectadores de cine? ¿Está segura de que su místico gozo al resolver el problema hallará eco en el —digamos profano— goce de los espectadores del viejo cine?
Posiblemente no. La intimidad del cine no estriba tan solo en la finura de los gestos y visajes de sus actores. Radica asimismo en su esencia, en la clásica oscuridad de su ambiente, en esa sombra sin ruidos, sin voces, sin movimientos, en que los sentimientos y pasiones de la pantalla pasan como a través del vacío al alma de los espectadores —la sombra cómplice, en fin, que nos enseñan los poetas.
El amor, sobre todo. Nadie ignora hasta qué punto la oscuridad, la quietud y el mutismo favorecen la propagación de las tibias y púdicas grandes ondas amorosas. La más pobre sala de cine se halla así convertida en un como misterioso santuario sin una voz, sin un ruido, pero que en realidad se halla todo él recorrido en cadena por la misma ola de amor.
¿Qué sería, preguntamos, de este templo de la simpatía inmaterial, de estas salas de cine actuales, donde las almas aprenden a comunicarse en la religiosa inmovilidad de las tinieblas?
Porque es este, en verdad, el punto flaco del invento, que no previo su ilustre investigadora: el de no constituir un gozo perfecto para aquellos a quienes se destina. El heroísmo, los sacrificios, los grandes problemas psicológicos de la pantalla serán ciertamente mejor saboreados cuando las salas ardan de luz. Y los espectadores de alma apasionada y espíritu batallador gozarán de su enseñanza.
Pero las historias de amor, las dulces intimidades del corazón no hallarán un solo espectador en tales salas, porque la media luz, en el peor de los casos, y las tinieblas absolutas, en el mejor de todos, son desde tiempo inmemorial el grande y púdico vaso donde las ternuras del alma se vierten hasta el cáliz. Y como nadie tampoco lo ignora, en las salas de cine la ola de simpatía que hemos mencionado comienza en la pantalla y concluye en la última silla.
Tan es de equívoco este influjo de la sombra, que un amigo nuestro —alma apasionada y espíritu batallador, seguramente—, nos ha confiado esta amarga verdad:
"Si usted alguna vez gusta de una chica, no la lleve jamás al cine. No prestará la menor atención a sus palabras, embargada por el melodrama de la pantalla. Si usted le dice ‘¡Te amo!’, ella le responderá agitada: ‘¡Ya viene! ¡La va a matar!’. Y si usted espera pacientemente a que la cinta concluya para repetirle lo mismo en pleno día, entonces tal vez ella tome más de lo que usted hubiera querido. Así son".
Tal vez. Pero no por ello mi amigo ha dejado de cometer el lamentable error de exigir palabras allí donde basta el menor susurro para romper la ola de que hablamos. Si el amigo de la confidencia, en vez de un corazón apremiante llega a poseer un paciente espíritu, y halla que al lado de la compañera que lo ama, toda palabra, todo ruego, todo movimiento son tan vanos e invisibles como la sombra que los protege, al encenderse de nuevo las luces mi absorto amigo hubiera comprendido entonces de una ojeada la gravedad, la inmóvil compostura y el éxtasis particular de los enamorados del cine.
No creemos, pues, que la sombría miss del invento sea alabada como podría merecerlo, de haber puesto sus ansias científicas en algo menos absurdo que llevar la luz... allí donde se está perfectamente bien sin ella.
El Director de Hoot Gibson. —Ignoramos quién sea; pero de los actuales directores de cine es el único, exceptuando a Griffith, capaz de utilizar toda la capacidad de sus actores.
Gibson fue llamado a la pantalla como uno de los tantos muchachos hábiles en los deportes, y en particular en las proezas de campo. Por iguales méritos cayeron ante el objetivo Walsh y Jones, con éxito estruendoso en sus primeros tiempos el primero, y muy discreto en toda su carrera, el segundo. Pero en la búsqueda y lanzamiento de uno y otro, influyó el factor de fuerza considerable en cierto mundo del cine: la hermosura más o menos viril de esos jóvenes galanes.
No puede Gibson vanagloriarse de aquella. Su habilidad en el caballo y la fuerza de sus puños tampoco hubieran alcanzado a imponerlo, como no se impusieron otros tantos jóvenes de músculos desarrollados y cerebrillo en embrión. No se le ha lanzado siquiera con ofuscante propaganda, ni su nombre ocupa lugar de preferencia en las ilustraciones con grandes retratos.
Pero en este muchachote de cara tosca y riente hay un actor de tal fuerza que no se le podría oponer otro en su género con seguridades de triunfo. Paso a paso, estudiando y soltándose conforme al dominio que de sí adquiría, ha dejado de lado las proezas y piruetas ecuestres que caracterizan a los héroes de su laya, para encauzarse en los estudios de expresión, que son el resorte del cine mismo.
No es Gibson extremadamente feliz en la selección de los filmes que protagoniza. La tremenda crisis de escritores por que atraviesa el cine mundial alcanza naturalmente a este actor, bien que en sus cintas haya siempre un algo de frescura, una feliz novedad de ambiente —y aquí entramos ya en los dominios del director.
Otro día hemos de volver sobre esta sutil delimitación entre los méritos y facultades de autores y directores de cine, no siempre fácil ni justa, como es el caso con Detrás de la puerta, cuyo triunfo exclusivo monopolizó Tomás Ince.
La virtud capital del hombre que dirige las cintas de Gibson radica en la libertad que deja a este para expandir su temperamento. Podríase jurar que muchas de las actitudes desgarbadas y entontecimientos fugaces del muchacho en trance de cowboy, no figuran en el protocolo del "perfecto vaquero cinematográfico". El cowboy, comenzando en Mix y deslizándose por el pobre chico Jones, debe ser en la pantalla un fino sportman neoyorquino disfrazado de pajuerano. Suele hacer bastante bien su juego, mientras permanece serio; pero apenas sonríe, salta como de una caja de resorte el hombre de frac.
La Universal —ya lo dijimos otra vez— tuvo durante una larga época los mejores directores de la pantalla. Con bastante más frecuencia que otras casas, nos ofrece todavía algunos filmes perfectamente dirigidos, bastando recordar la última serie de Priscilla Dean para darnos cuenta de lo que puede un director de largo sentido artístico, encuadrando un drama de los tantos sosos que vemos día a día, pero que fulgen en aquellas manos por el vigor de sus escenas.
