Tenía la palidez elegante y mórbida de las seño-
ras desmayadas. Parecía una rosa enferma que una
mano insensata hubiera abandonado sobre las teclas
del piano. Era blanca y lejanamente rubia. Adorable
en sí misma, pasó envuelta en la ola de miradas in-
quietas de los caballeros de frac.
Tenía la palidez de las caricias que, ya muy tar-
de, son apenas posibles...
Había una vez la hija de un rey y una reina, que
se moría de pena...
Vestía un traje lila, a grandes vuelos. que la abra-
zaba en una intensa caricia de seda, como una silencio-
sa caricia de mano. Era santa. Recordaba esas ex-
quisitas que enferman por una vaguedad, por una nada.
Tenía la palidez suspensa de lo que se anhela y
va a pasar…
Sentada al piano, su mirada fue tras los cortinados
de Amberes, más allá de los jarrones japonistas que
se reían silenciosamente y de soslayo. Fue más allá de
todo esto, más allá todavía de la sombra que daban
un bouquet y un par de guantes... Sollozó.
Tenía la palidez de lo que no ha sido, y vive, co-
mo le es dado vivir, en el nimbo de las cabecitas con-
valecientes y pensativas…
Había en el aire una fría canción —en los crista-
les; una persistente fijeza de ojos— en las camelias;
un prolongado ay! de dulzura —en los violines. Un
ruego.
—¡Sea buena! —murmuraban.
Ella inclinó la cabeza: —Mi amor!...
Tenía la palidez de lo que hubo de ser, y espera,
en unos ojos transparentes, la hora de ser soñado…