Textos Fronterizos

Horacio Quiroga


Cuento, Compilación



El Regreso A La Selva


Después de quince años de vida urbana, bien o mal soportada, el hombre regresa a la selva. Su modo de ser, de pensar y obrar, lo ligan indisolublemente a ella. Un día dejó el monte con la misma violencia que lo reintegra hoy a él. Ha cumplido su deuda con sus sentimientos de padre y su arte: nada debe. Vuelve, pues, a buscar en la vida sin trabas de la naturaleza el libre juego de su libertad constitucional. 

Regresa a la selva. Pero ese hombre no lleva consigo el ánimo que debiera. ¡Ha pasado tanto tiempo desde que colgó tras una puerta su machete de monte! Sus pasajeros retornos al bosque apenas cuentan en la pesada carga de ficciones que no ha podido eludir. Quince años de civilización forzada concluyen por desgastar las aristas más cortantes de un temperamento. 

¿Sobrevive, agudo como en otro tiempo, su amor a la soledad, al trabajo sin tregua, a las dificultades extenuantes, a todo aquello que impone como necesidad y triunfo la vida integral? 

Cree que sí. Pero no está seguro. 

Tras largos, muy largos días de viaje estival, surgen por fin a su vista tras el perfil del acantilado que resguarda el gran golfo, surgen a su vista, allá a la distancia y en lo alto, los eucaliptos y palmeras de su casa. ¡Su casa de piedra, su meseta, sus bambúes! 

En cuanto a sus inquietudes de otro orden, el tiempo dirá. 

* * * * * * *

Al ser cogidos de improviso por el ambiente, la soledad y la luz de un país nuevo, los sentimientos del viajero sufren un profundo desconcierto. Las ideas y emociones del sujeto se hallan sometidas a breves y constantes sacudidas que cohíben su arraigo. Pasa aquél los primeros días atontado, como si viviera haciendo apenas pie sobre un existir falaz: ni lo que ve es lo que parece ser, ni sus impresiones son ciertas, ni él mismo es ya más lo que ha sido. Flotan él y cuanto le rodea en una atmósfera de vaga alucinación que por fin se disipa, dejando de nuevo al viajero en tierra firme con su equilibrio recobrado. 

Esta crisis de adaptación dura apenas breves días, salvo en aquellos casos graves en que el viajero, el novato, cae desde los primeros instantes en un asiento, donde permanece las horas volviendo pesadamente los ojos a uno y otro lado, como si el banco que oprime fuera la única realidad en la irrealidad mareante del crudo paisaje que no quiere dejarse asir. 

* * * * * * *

Nosotros —o casi todos nosotros— estábamos desde largo tiempo atrás iniciados en el ambiente tropical. Ninguna novedad podíamos esperar del cambio de vida, harto conocida nuestra. Más mi joven mujer y su tiernísima hija abrían por primera vez los ojos al sol de Misiones. Todo podía esperarse en tan pobres condiciones para la lucha menos el perfecto equilibrio demostrado por una y otra ante las constantes del nuevo país. Madre e hija parecían gozar de una larga y prolija inmunización, que acaso los lazos de la sangre y del afecto expliquen en gran parte. 

Todo podía esperarse, en efecto, menos la niebla de alucinación en que me hallé envuelto las primeras semanas. Viví y obré sin lograr hacer pie en un suelo casi natal. Como el novato, me hallé en Misiones sin conciencia de la flamante realidad. Sentí como aquél la fuga de todas las cosas ante mi mirar extraño, y vi interpuesto entre mi percepción y el paisaje ese velo infranqueable con que la naturaleza virgen resguarda su lastimante desnudez. 

¿Qué explicación podía tener este fenómeno, de no hallarla en la obra lenta y corrosiva de tres lustros de vida urbana, infiltrada a pesar de mí mismo hasta las más hondas raíces de la individualidad? ¿Podía ese lapso haber transmutado mi albedrío selvático en el malestar y la inconformidad de un recién venido? 

No era posible. Algo, fuera también de mi percepción, debía dar razón de este vaho maléfico. 

Hallela por fin cuando la sequía, que comenzara cuando llegáramos allá, cobró —¡como tantas otras veces!— caracteres de desastre. Decíase que desde la gran sequía de 1905 no había visto la región tan profundamente agotadas y resecas sus fuentes de agua. La tierra, roja y calcinada, en efecto, no guardaba hasta donde se la sondara rastro alguno de humedad. No se veía en el suelo más que una red de filamentos lacios y resecos, y en el aire un constante y lento vagar de briznas quemadas. Sentíase la sequía en el humo en suspensión de los rozados, en la ansiedad general, en el ambiente de desolación de que parecían infiltrarse hasta el confín los mismos postes del alambrado. Y esto acentuándose día tras día con una perseverancia y una severidad que arrebataba toda esperanza de resurrección. Ella me salvó, sin embargo, al exigirme todas las fuerzas para una lucha que ya más de una vez había librado. 

Tuvimos que corretear en busca de agua para el consumo de la casa —nuestros pozos estaban agotados— y librar esa agua de las avispas que la asaltaban. Tuvimos que acudir a bañarnos en la casa de un vecino. Bebíamos agua caliente que traíamos en coche en un tamborcito de nafta, y que escatimábamos hasta la sordidez. Perdimos la mitad de los postes por el fuego, vimos enfermarse uno tras otro los cedros, vaciarse en goma los naranjos y samuhús. Y cuando esta lucha y esta sequedad que persistían a través de la noche asfixiante habían ya obrado sobre mí como un tónico, llegó un acontecimiento nimio y trascendente a la vez a afianzar con su nota peculiarísima mi creciente bienestar. 

Un mediodía de fuego llegó el muchachito de casa a decirnos que a la linde del monte, a 80 metros de casa, había una enorme víbora dormida. Tan grande, según él, que no se había atrevido a matarla. 

Debo advertir que mi mujer no había visto aún una víbora. Para ella, como para todas las gentes urbanizadas, aquel animalito era el símbolo del peligro tropical. Interesábame, pues, asistir a la reacción que dicha víbora, pequeña o monstruosa, iba a despertar en mi mujer. 

Fuimos todos allá. Mi hijo levantó en el camino un trozo de bambú, considerando con justicia que mi reciente lesión en la mano cohibiríame la libertad de movimientos. No quise, sin embargo, privarme del singular gusto de ultimar a la yarará, y enorme, como pudimos comprobar enseguida al hallarla en la penumbra muy densa del monte donde en efecto parecía dormir. 

El golpe que le di tras la cabeza fue suficiente para dejarla fuera de combate, a pesar del ligero aspecto de mi bambú. Pero, como observamos juiciosamente, una cosa es el leve peso de una caña cuando se juguetea con ella distraído, y otra cuando se toma por puntería el cuello de una sólida yarará. 

Como desde el primer instante nos hubiera llamado la atención el grueso del animal y las ondulaciones que corrían a lo largo de su vientre, procedimos a su disección. 

Allí, envueltas aún en una tenue tela que era cuanto quedaba del huevo original, revolvíanse en el seno materno 23 yararás ya a punto de nacer. Algunas de ellas abrían la boca al ser solicitadas, prontas a morder, y a matar. Eran veintitrés, todas iguales, pues las medidas tomadas acordaron de 29 a 30 centímetros para cada una. Todas tenían en la cabeza el dibujo característico de la especie a que pertenecía la familia. Sólo en dos o tres de aquéllos pudimos observar algo parecido a una cruz. 

Hoy la extensa prole descansa en un gran frasco de alcohol, a cuya concavidad sus lacios cuerpos se han ajustado dócilmente. 

* * * * * * *

Regresamos satisfechos a casa, pues un retardo de breves horas en sorprender a la yarará madre nos hubiera infestado con veinticuatro víboras esa ala de monte que nos sirve de parque. 

Mi mujer mostrábase también satisfecha por la tranquilidad con que había resistido el primer embate de la selva, no obstante ser aquel reptil, según creo, el primero que veía en su vida. 

Por mi parte, regresaba con el alma en plena paz. La sequía y la víbora habían puesto por fin su sello definitivo a mi recobrada salud.

Confusa Historia De Una Mordedura De Víbora


Desde hace ya tiempo nuestras serpientes venenosas se hallan perfectamente determinadas. La tarea no ha sido difícil, pues si bien es cierto que una especie se halla difundida en gran parte de la república, las demás tienen un hábitat bastante restringido. Constituye aquella especie la yarará típica del norte y centro del país: la víbora de la cruz. Otra yarará, pequeña de tamaño y de nariz levantada, puebla el sur de nuestro territorio. Todas las demás serpientes venenosas —y son cinco o seis— se hallan limitadas en el extremo norte del país. 

Resumiendo: Contamos en todo con cinco yararás (lachesis alternatus, neuwiedi, atroz, lanceolatus y ammodytoides); dos pequeñas serpientes de coral (coralinus y frontalis), y una serpiente de cascabel (crotalus terrificus). Ocho especies ponzoñosas en total, entre la innumerable legión de culebras y serpientes inofensivas y útiles que pueblan nuestro suelo. 

Estos tres grupos venenosos, constituidos por las yararás, las de coral y la de cascabel, son tan diferentes entre sí a simple vista, cuál distinto es el efecto de sus respectivas ponzoñas. Del aspecto de una víbora de la cruz (lachesis alternatus) a una serpiente de cascabel va el mismo mundo de diferencia que de ésta a una radiante víbora de coral. Del mismo modo, la acción del veneno es característica para cada uno de estos grupos, sin que pueda ser confundido con el de ningún otro. Así, mientras el veneno de las yararás (honor a ellas por su fama) obra casi exclusivamente sobre la sangre, el de la serpiente de cascabel actúa con marcadísima preferencia sobre el sistema nervioso. Apenas merecen ser tenidas en cuenta a este respecto las víboras de coral, en razón de la exigua cantidad de veneno de que disponen, y al hecho de ser rarísimas las víctimas que ocasionan. Cumple decir, sin embargo, que su veneno actúa también preferentemente sobre el sistema nervioso, al igual que el de su prima hermana, la cobra capelo de la India.

He aquí las características de la manifestación de estos dos venenos: Tumefacción enorme, dolor en proporción a ella, gangrena, coagulación en masa de la sangre, en los casos muy graves, para la mordedura de las yararás. 

Falta de dolor y tumefacción, estado de angustia, convulsiones, asfixia progresiva, parálisis progresiva de los centros nerviosos, para la mordedura de una serpiente de cascabel. 

Esta nítida línea diferencial entre los síntomas de una y otra especie de veneno es tan acusada por lo general, que el solo examen de un paciente basta para que él denuncie sin temor de yerro la especie de ponzoña de que éste es víctima. 

Así es por lo común. A veces, sin embargo, la influencia de la estación, del tiempo, de la idiosincrasia de agente y paciente, enturbia hasta límites increíbles esta agua clara del límite diferencial. 

* * * * * * *

Una tarde, a la caída del crepúsculo, entraba yo a galope de mi caballo en una picada de la selva de Misiones. Delante de nosotros galopaba también mi perra setter, cachorra aún, que por la dulzura de su carácter y por haber sido criada en los brazos de mis chicos, absorbía el cariño de toda la casa. 

Habíamonos internado cien metros en la picada, cuando alcancé a ver en el suelo, justamente en la misma línea que llevaba mi caballo, y ya casi debajo de éste, una gran víbora arrollada. Por la disposición de las curvas de la bestia y la situación de su cuello noté con la brevedad de un relámpago que era una yarará y que iba a atacar. Quise levantar el caballo, pero era tarde ya, y pasamos. Lleno de inquietud eché pie a tierra y examiné las patas del animal, el cual, vuelto hacia el lugar que acabábamos de dejar, dirigía hacia el suelo sus orejas durísimas. Nada hallé felizmente, y me encaminé hacia la víbora. 

Pero hacia allá, con aire más curioso que intranquilo, iba también mi perra al encuentro de la víbora. Seguramente ella a su vez había advertido algo anormal al pasar corriendo y aprovechaba nuestra detención para cerciorarse de ello. La contuve con un grito, en el instante en que tendía el hocico hacia la muerte. Acababa de salvar a mi perra, como se había salvado por casualidad mi caballo. No me quedaba por hacer sino concluir con la víbora, y un instante después comprobaba su inequívoca especie. Era una lachesis neuwiedi, de piel recién cambiada y en pleno vigor de lucha, por lo tanto. 

Cuando volví hasta mi caballo tuve que palmearlo para que se recobrara, pues sus orejas continuaban con la misma inmovilidad y dureza dirigidas a tierra. No había perdido detalle del drama, seguramente. Reemprendimos la marcha, siguiendo al galope por la picada ya casi sumergida en las tinieblas. 

De pronto —no recuerdo por qué ni en qué momento— me di cuenta de que la perra no estaba con nosotros. Y con la misma instantaneidad tuve la iluminación certera y fatal de lo que había pasado en realidad a comienzos de la picada. 

Volví riendas llamando a mi perra y un momento después la hallaba sentada y jadeando con extrema velocidad. Estaba loca de alegría por verme. Su mirada azorada dejaba traslucir claramente su sentimiento de incomprensión por lo que le pasaba. Hacía todos los esfuerzos de que es capaz un noble animal por seguir a su dueño. Pero tenía paralizadas las piernas traseras, y un momento después caía de costado, sacudida por convulsiones tetánicas. 

De acuerdo con todas las reglas del arte, había sido cazada a la entrada de la picada por la yarará. Con la caída de la noche, la víbora había ido a arrollarse en un costado del sendero, a la espera de una liebre o un agutí. Nuestro galope resonante no la había cogido pues de improviso; y al ver pasar velozmente ante ella una presa —mi perra—, había lanzado adelante sus colmillos. Mi perra lo había sentido sin duda —sensación de golpe, de hincadura de espina—, y aprovechando mi detención para examinar las patas del caballo, había ella retornado sobre sus pasos a investigar la causa del pinchazo. Ello explica la salvación milagrosa de mi caballo, ya que la víbora, casi exhausta de veneno por su primera mordedura, había reservado prudentemente sus últimas gotas de ponzoña. 

Omito recordar la impresión de toda nuestra casa cuando ya muy entrada la noche llegamos yo y mi caballo, con el cadáver de la pobre Tuké dentro de una bolsa, y anoto lo siguiente: 

Comuniqué por carta el caso al Instituto de Seroterapia Ofídica de San Pablo, Brasil, con el que yo mantenía entonces relación epistolar. Informé detalladamente sobre los síntomas a todas luces anormales que había observado, tratándose, como era el caso, de una mordedura de lachesis, y no de crótalo. 

El Dr. Gómez, distinguidísimo herpetólogo del Instituto, me respondió que la sintomatología en cuestión correspondía en efecto al veneno de una serpiente de cascabel. Yo era así quien debía estar equivocado en mi observación, al acusar a una yarará del daño que había causado un crótalo. 

Contesté al sabio asegurándole que en el terreno de lucha no había habido serpiente de cascabel alguna, y que la mordedura, los síntomas y la muerte incluso, de mi setter debían ser imputadas a la lachesis neuwiedi cuya descripción detalladísima le remitía también. 

Acusó recibo el Dr. Gómez, diciéndome que la descripción que le enviaba era bien y efectivamente la de una neuwiedi. Pero como los efectos del veneno observados no correspondían a los que produce aquella especie, era obvio que la muerte de la perra no podía ser atribuida a una lachesis. Un crótalo, que con seguridad yo no había visto, había huido después de morder al animal, dejando ante mi vista y en reemplazo, a una yarará inocente. Que si yo hubiera buscado bien, etc. 

Y así estamos. En cuanto me concierne de este problema, considero hasta hoy absurda la hipótesis del Dr. Gómez. Él por su parte, considera (consideraba: ha muerto hace algunos años) más absurdo todavía el atribuir la acción neurotóxica del veneno del caso, al veneno de una lachesis que, como nadie lo ignora, tiene una acción hemolítica de las más marcadas.

La Guardia Nocturna


Se me había dicho que Angelici había logrado resolver el arduo problema de la defensa nocturna del jardín, y yo me puse en campaña para averiguarlo. 

Nadie ignora que mucho más que el vergel de frutales, el jardín floral constituye la nocturna pesadilla de sus dueños. Como no existen valla ni cerco capaces de contener al ratero —no siempre ratero— de rosas de calidad (souvenir de Mme. une telle), los modestos propietarios deben confiar la guardia nocturna de su jardín a los animales domésticos cuya voz de alerta pone en jaque a los ladrones.

Pero esto acarrea consigo un segundo problema: ¿cómo, en efecto, dormir en paz, cuando explota a cada instante en la sombra el ladrido de un perro? Descartado éste, puédese fijar la atención en el ganso o el teruteru, ambos excelentes centinelas, pero tan ruidosos como incapaces de imponer respeto. No queda así otra solución que buscar hasta hallarlo, un ser poderoso y mudo, un animal sombrío y disimulado, sin ruido ni voz a quien confiar con toda garantía la defensa del jardín. 

Y esto fue lo que encontró Angelici tras interminable búsqueda: halló el yacaré. 

No se requiere mucha imaginación para entrever en la noche un huso vivo de tres metros de largo, aplastado y moviente, negro como carbón en la penumbra de los macizos, gris pizarra a la luz de la luna, arrastrándose con lenta y dislocada ondulación por los senderos de granza. 

Si no puede jurarse que tal guardián troncha en vilo las piernas del ratero, como sería su deber, puede tenerse la certeza de que su diluviana presencia —y ¿quién sabe? alguna dentellada a ojo distraído— basta para asegurarnos dulce ensueño.  

* * * * * * *

Yo no tengo jardín todavía. Comienzo a formarlo con las penurias inherentes a una tierra volcánica que cría con más injuria meláfidos y hierro que azucenas. El hallazgo del yacaré, sin embargo, con el fin primero excitó mi viejo deseo de poseer uno al cual poder confiar la defensa de mi futuro rosedal. De éste, por el momento, sólo poseo un gajito de «Estrella de Holanda» y otro de «Maréchal Niel». Pero siento ya que el yacaré me es necesario. 

Tiempo atrás yo había sido propietario de un cachorro —regalo de un mensú— que nunca llegué a tener conmigo por ser imposible hallarlo en su ciénaga natal cada vez que yo iba en su procura. Teyucuaré en compañía de un chancho, hocico contra hocico sobre la misma raíz. Si Cleopatra —era su nombre— vive todavía, debe alcanzar holgadamente a un metro de largo. Y digo si vive, pues su hermano de leche y el mismo peón desaparecieron, junto con su rancho, arrastrados por una de las avalanchas de piedra y bosque que se desprendieron de los cerros a raíz de la gran lluvia de 1926. 

Hace un par de años tuve informes de que un colono había hallado una nidada de huevos de yacaré en los pajonales del Yabebirí, próximos al puente nuevo, y que puestos a incubar en la ceniza del fogón, habían dado origen a tres yacarés, uno de los cuales había muerto al nacer. 

Fui enseguida a cerciorarme de la hazaña, pues no es común que un indígena demuestre el menor interés por observaciones de la especie. Hálleme en efecto con dos yacarés recién nacidos, flotando laciamente en el agua de una olla. No eran mayores que una lagartija. Poseían una gran cabeza, fuertemente prognata, donde lucían dos ojillos saltones de azul muy claro que miraban con asombrada inmovilidad. Flotaban como cosa muerta, inertes, muy abiertas las flaquísimas patas. Lo único fuerte en ellos —estigma de la raza— era la cola, verticalmente aplastada y ya con dientes de serrucho. 

Los llevé a casa, decidido a transformar aquellas infinitamente débiles criaturas en sombríos guardianes de mi jardín. 

¿Cuándo? ¿Al cabo de diez, veinte, treinta años? 

Nada sé sobre el desarrollo de los cocodrilos. Debe de ser lento, muy lento. Pero la fe realiza milagros, y yo tenía la mía puesta en mis dos gajitos de rosal, débiles en suma como sus futuros defensores. 

Ahora bien: sobrepasa el quehacer de una familia ya bastante ocupada en reorganizar su casa y su vida, la tarea de cuidar, alimentar, vigilar y educar dos recién nacidos de crianza incógnita. Se les construyó jaulas, enrejados y piscinas para exponerlos al sol, preservarlos del frío —estábamos en otoño— y muy particularmente de las gallinas. Se les reservó de noche un sitio sobre la chimenea para asegurarles el goce de un agua constantemente tibia dentro de una piscina forrada con triple envoltura de arpillera. Se hizo cuanto es posible para que se alimentaran. En vano. 

Nada conseguimos. Nunca se les vio comer ni hacer movimiento alguno que demostrara interés por ello. Pero tampoco dejaron nunca de abrir cuán grande era su boca para morder —y mordían— cada vez que nos acercábamos. El cambio de agua por otra más cálida les arrancaba también un ligero croar de rana, de timbre perfectamente lacustre. 

Más no progresaban. Yo tenía alguna experiencia sobre la eternidad de tiempo que puede pasar una culebra sin alimentarse. Pensé que por un espacio de tiempo nuestros pupilos debían hallar en el ambiente acuático los elementos necesarios para su nutrición, y no nos esforzamos más, cansados como estábamos de luchar. 

En cuatro meses, día tras día, perdieron paulatinamente la escasa carne original, y al final del invierno tenían el mismo tamaño que al nacer, y el menor movimiento de una pata arrastraba consigo la piel en pliegues sucesivos. 

No habían perdido las fuerzas, sin embargo, ni dejaban de abrir la boca ante nuestra presencia. 

* * * * * * *

En esa época uno de ellos sufrió un lamentable accidente. El extremo de su solárium portátil fue alcanzado por la rueda de un coche, y al ceder de nuevo cayó sobre la nuca de la criatura. Lo creímos muerto por un día entero. Sobrevivió sin embargo dos meses a su lesión medular, aunque con la cabeza doblada sobre un flanco, e inmóvil como piedra. Cuando se lo tocaba, aún con el extremo de una paja, se sacudía violentamente en botes desordenados, para caer otra vez en su letargo, hecho un arco. 

Nos quedó un solo pupilo. Ya muy avanzada la primavera comenzaron las lluvias, escasísimas ese invierno, y con ellas renacieron nuestras esperanzas. El manantial del fondo del antiguo bananal se transformó en laguna con las grandes aguas, y allí llevamos entre todos como en un rito sagrado, la piel y los huesos del yacarecito, que en verdad era cuanto quedaba de él. 

Como he dicho, pese a la atroz dieta, sus fuerzas no parecían disminuidas. En la laguna y su plancton ardido de sol debía ofrecerle, resucitándolo, los momentos natales que no había hallado en nuestra crianza artificial. Había allí rincones de agua umbría y estancada, arena quemante en la orilla y piedras a flor de agua: musgos, algas, libélulas, infusorios y cuanto es posible desear para la convalecencia de un pobre ser. 

Depositado sobre el agua, como un ataúd, allí quedó nuestro yacaré, inmóvil como siempre y con las patas laciamente abiertas, gozando, fuera de toda duda, de una sutil y somnolienta fruición que venía del fondo de la especie lacustre. 

Al día siguiente fuimos otra vez todos a dar los buenos días al feliz liberado. Pero no era feliz: había muerto. 

Flotaba muerto, como antes vivo, en la misma postura e igual asombro en los ojos; pero definitivamente muerto. 

¿A qué atribuir este inesperado desenlace? El examen prolijo del cadáver no nos dio ninguna luz. Ni herida, ni vientre abultado. Devuelto a su hábitat nativo, sostenido, acariciado, alentado por todos los elementos protectores de su vida infantil, el yacarecito ha muerto. 

Pues bien: por risueño que resulte, nuestra impresión es que ha muerto ahogado. Seis meses de hambre, de vida torturada, sin más horizonte que el vidrio de una piscina forrada de arpillera, han roto como finísimo alambre la brújula vital de sus mayores. La laguna primordial ha sido excesiva para su existir ya desviado. Bruscamente falto del ambiente pervertidor, la libertad radiante ha pesado como plomo sobre él y se ha ahogado. 

Quedan en casa su piscina y los dos gajitos del rosedal. Pero no tendremos más guardianes.

Tempestad En El Vacío


El hombre ha llegado a la frontera tropical sin afán de lucro, lo que es muy raro, y se instala a guisa de huésped en un campamento de yerba mate. No ofrece la vida allí grandes comodidades. Mayordomo, capataces, y peones gustan de la misma pobre comida. El lecho es duro, la cama angosta, el mosquitero corto. Nuestro hombre pasa por todo, como se pasa una eterna Semana Santa en la soledad de la metrópoli. En realidad, una semana es también el plazo que el visitante ha fijado a su vacación agreste. Finalizada ésta, regresará a su hogar rico de impresiones. 

Ni rico ni pobre, ciertamente en sólo siete días de selva. ¿Qué puede ver con mirada virgen en tan breve lapso? 

¿Cómo lavar sus ojos del paño que la vida urbana ha sedimentado en ellos durante décadas? A lo más, adquirirá de la selva el conocimiento que pudo haber tenido sin moverse de la ciudad, asistiendo durante siete noches consecutivas a la exhibición de cintas naturales. La naturaleza al vivo llaga los ojos; y sólo después de largo tiempo se los recupera. 

En fin, aprenderá leyendas selváticas de primera agua. 

Tampoco esto le será acordado. Las leyendas de monte —en Misiones, por lo menos— son desconocidas en el país. Las que corren como tales no se sabe de dónde provienen: tal vez de los libros. La tradición nativa no las ha conservado, y en vano se pretenderá escucharlas de labios guaraníes. Estos mismos labios son capaces, sin embargo —hay casos— de repetir todavía el padrenuestro en latín, postrera y única herencia de la educación jesuítica; pero de leyendas nada saben. 

El que esto escribe cruzaba una vez el Alto Paraná en guabiroba en compañía de un viejo indígena que conservaba purísimo su guaraní racial. Esto pasaba mucho más allá de la boca del Iguazú. Efectuábamos la travesía bajo una siesta caliginosa, que hacía danzar el basalto y el bosque negro en vibraciones de fuego. El horizonte de agua, muy próximo, sin embargo, reverberaba a tal punto que hacía daño deslizar la vista por él. 

—Cuando el sol no es fuerte —me dijo mi acompañante en lengua franca de frontera—, se ve aparecer una canoa tripulada por nueve marineros vestidos de blanco. 

—¿De dónde salen? —pregunté. 

—No se sabe —me respondió—. A la hora de la siesta, cuando el sol no es tan fuerte, salen de atrás de esa restinga negra. Es una falúa de un buque de guerra… 

Éstas no son sus palabras exactas; pero sí la expresión «falúa». 

Ahora bien, nadie en aquella latitud es capaz de inventar tal absurdo. Acaso en la época de la conquista o más tarde, una cañonera inglesa remontó el Paraná. Tal vez naufragó en aquellas aguas, pereciendo toda la tripulación. La impresión provocada por la catástrofe ha creado en la mente indígena la leyenda correspondiente que hasta hoy se conserva en la memoria racial transmitida de generación en generación con las mismas expresiones: «falúa», «fantasma»… 

* * * * * * *

Nuestro huésped adquiere a su vez su pequeño grano de leyenda oscura. 

En la alta noche se oye distintamente el estrépito fragoroso de la caída de un grueso árbol. Estos árboles, caducos o enfermos, pierden pie a menudo. Pero éste ha caído tan cerca que nuestro huésped cree su deber llamar la atención del capataz que duerme a su lado. 

—Mala tarea mañana para ustedes —advierte. 

—¿Qué cosa? —responde el capataz. 

—Ese árbol que acaba de caer. 

—No ha caído ningún árbol —niega el capataz. 

—¡Cómo! Usted estaría durmiendo. 

—No dormía. No ha caído ningún árbol. Usted mismo lo verá mañana. 

Nuestro huésped queda como quien ve visiones. Apenas rompe el día mira desde la carpa y recorre el campamento en todas direcciones. No hay ningún árbol en tierra. Y todos han oído el retumbo de su caída. 

—No, no ha caído árbol alguno —le dice más tarde el mayordomo—. Todos conocen en el Alto Paraná este fenómeno, y ya nadie se inquieta. 

—¡Pero, en alguna parte ha caído! —observa el huésped—. ¿Cuestión de eco, entonces? 

—Tampoco. No ha caído… ahora. 

—¿Cómo, ahora? 

—No ha caído en el instante en que lo oyó. Cayó antes, hace un año, ¡qué sé yo! Tal vez hace siglos. Se trata de un fenómeno ya conocido, y cuya explicación parece haber sido hallada últimamente. Las primeras observaciones, a lo que entiendo, se hicieron en los cañones del Colorado. Oíase patente allí el desplome de secuoyas que no existían más, y gritos y aullidos lejanos traídos por el viento, tal cual en los asaltos de las caravanas de antaño por los pieles rojas. Otras cosas más se han oído, pero sin comprensión perceptible hasta hoy. 

»A estos fenómenos singulares pertenece, sin duda alguna, el fragor del árbol caído que usted oyó anoche, y que cayó. 

»¿Explicación científica, dice usted? Yo no la sé, ni creo que nadie pueda dársela todavía. La teoría más aceptada por los que especulan con estas pseudoalucinaciones auditivas, es la siguiente. 

»Todo fenómeno físico se verifica con el concurso de una serie de circunstancias concomitantes: temperatura, estado higrométrico, tensión eléctrica, vibraciones telúricas, ¡qué sé yo! En un ambiente tal, y de tales características, se produce, pues, el fenómeno. Agregue a aquél si usted quiere, el estado de la atmósfera solar, de los rayos cósmicos, de los iones siderales; en fin, de todos y cuantos determinantes influyen en la eclosión de un fenómeno. 

»Pues bien; dichos determinantes no vuelven a hallarse en conjunción sino en pos de un tiempo breve o largo, pero absolutamente impreciso. Pueden pasar semanas o siglos. Pero llega un día, un momento, en que la atmósfera, el grado de humedad, la tensión eléctrica, etc., etc., tornan a hallarse en las mismas circunstancias de conjunción que la que produjo el fenómeno extinguido y, como a través de una radio, los sonidos tornan a reproducirse exactos: caída de un árbol, aullidos de asalto, y lo demás. 

»¿Qué admite usted que puede caber en este demás? La voz de oradores convertidos en polvo hace miles de años. El proceso entero de Cristo, y la voz misma del Sinaí. Más atrás todavía: el paleteo de los plesiosaurios en los mares calientes, y el hondo retumbo de los cataclismos primarios. Podríamos ir más atrás todavía, aventurándonos… 

»Las vibraciones no se pierden —dice la teoría—. Descentradas en muertas espirales en pos del fenómeno que las produjo, vagan por allí, no se sabe dónde, desmenuzadas en la eternidad. Pero basta que las determinantes causales se hallen en conjunción, para que esas vibraciones se concentren con la velocidad del rayo, y tornen a revivir. 

»La radio del porvenir captará —¿por qué no?— esas ondas dispersas que guardan la historia sonora de la humanidad y del planeta aún virgen. Y ella cantará a nuestros oídos lo que Dios mismo tal vez no guarda en la memoria. 

»¿No lo cree usted enteramente? Yo tampoco. Pero busque usted entretanto el árbol cuya caída hemos oído todos: no lo encontrará.

La Lata De Nafta


Las rutas de la selva y las de la pampa ostentan dos características, paraíso en la una e infierno en la otra: falta o exceso de vegetación. 

No hay camino en la estepa digno de tal nombre mientras no se logre encauzarlo entre doble fila de árboles. No hay picada en el bosque que pueda resistir a la lujuria floral, si día tras día no se va extirpando la selva ambiente que pugna por cubrir la honda cicatriz abierta. Es, pues, obvio que el amigo del árbol a ciegas sufra trastornos conceptuales cuando trasplantada su existencia a una zona boscosa deba, para conservar aquélla, talar, rozar, aniquilar y quemar constantemente la selva ante el altar de sus pampeanos dioses. 

Nunca como en el bosque el caballo de Atila pudo ser útil. 

Esta disyuntiva: ahogar a la selva o ser devorado por ella se impone como un rito en las picadas y senderos del bosque. En sólo seis meses de abandono, la selva ha rastreado y se ha entrelazado sobre la roja llaga, al punto de tornarse más fácil la apertura de una nueva senda que el reabrir la trocha inextricable. 

Por esto el buen hombre de monte —hay buenos hombres de monte como hay buenos gauchos— va constantemente salpicando de machetazos su avance con la picada. Hoy aquí, mañana allá, el paso del hombre contiene y extirpa las guías ansiosas de la selva, que se lanzan oblicuas hacia el hilo central de luz. 

* * * * * * *

Cuando el noventa por ciento de los pobladores de Misiones eran brasileños, las picadas llevaban su hilo rojo a través del gran bosque con una nitidez hoy perdida. A pie, a caballo, el machete del brasileño iba incesantemente recortando el retoño montés a uno y otro lado de su hombro. Tras cada tormenta la labor aumentaba. Era preciso recurrir al hacha para despejar la huella de los árboles tumbados. Si éstos eran muy voluminosos, se abría un desvío. Pero sólo en este caso se recurría a tal arbitrio. 

Esta solicitud del brasileño hacia su senda nativa halla su raíz en las condiciones de vida impuestas por la gran selva que constituye gran parte su país. Descendiente de exploradores de bosque, nieto de bandeirantes, bandeirante él mismo, ha heredado la vigilancia perpetua de su camino. En todas las naciones limítrofes con el Brasil, donde la selva impera, el brasileño ha avanzado con su machete hasta la línea de la estepa. Allí ha concluido su acción de bandeirante. Más allá de ese límite comienza el reino de la pampa ganadera. 

El gaucho —venezolano o argentino— no se halla en la selva. Sufre con el trasplante, arraiga con dificultad, y de aquí la incomprensión de su nueva vida, manifiesta en el abandono en que mantiene sus caminos que hora tras hora se van cerrando tras su inerte paso. 

Hoy, en las grandes rutas de internación, el hombre montaraz ha desaparecido, desalojado por el camión. Instrumento de progreso urgente, que no aprecia su labor sino por el tiempo mínimo empleado en realizarla. 

La frase «No tenemos tiempo», propia de este instante, osténtase como patente en el radiador del camión. Él tampoco tiene tiempo para cuidar el camino. Y ya se halle al servicio de una empresa nacional o extranjera, el camión, pese a su nacionalidad de origen, a la de sus dueños o de sus conductores, se ha convertido a su vez en criollo hasta la médula, él, sus hábitos y su chofer. 

Un poblador recién llegado al territorio se ve en el caso de utilizar a menudo uno de estos camiones del tráfico montés. La picada es encantadora; la huella, no tanto. A ambos lados de ella, y en un ancho de treinta metros, el bosque fue talado, a fin de que el sol secara debidamente la picada. Con el tiempo la vegetación ha renacido, al punto de que hoy apenas queda libre, en el fondo de aquel mar sombrío, la huella roja. Y asimismo ésta se complica de vez en cuando en los piques de desvío ocasionados por la caída de un árbol —insignificante a veces— pero que «no hay tiempo» de retirar. 

Uno de estos desvíos efectúase en un mal paraje, con fuerte pendiente, en piedra viva. Ha llamado allí la atención del viajero la circunstancia de no distinguir obstáculo alguno de importancia que haya dado lugar a tan peligroso desvío. Nada percibe a través de la maraña que ha vuelto a cubrir la vieja trocha. 

—Debe de haber un gran obstáculo allí —comunica su impresión al chofer. 

—No sé —responde éste, conduciendo a tumbos su camión—. Cuando vine a acarrear aquí, ya estaba este desvío. 

Pero el viajero obtiene un día del chofer que se detenga un instante. ¿Quién sabe? Tal vez una grieta del suelo, un fenómeno cualquiera digno de observación. 

Desciende y examina el lugar. No halla nada: ni grieta, ni fenómeno, ni obstáculo alguno. Nada, fuera de una lata vacía de nafta. 

Nada más. Ése era el obstáculo. 

Antes, quién sabe cuándo, un chofer vertió la nafta en el tanque de su camión y tiró al camino la lata vacía. De regreso de su viaje, desvió la dirección al llegar a la lata, pues no tenía tiempo para retirarla de la huella. Viaje tras viaje, el desvío se fue ensanchando, hasta convertirse en picada maestra, cuando nuevos conductores, que ignoraban su origen, lo hollaron a conciencia. Pero en el fondo de todo este trastorno de arribadas y frenadas peligrosas, no había sino una lata vacía. 

Nadie, pues, tuvo tiempo para apartarla del camino. Nadie vigiló sus intereses: ni los conductores se cuidaron de las posibles multas por elásticos rotos, ni los patrones tuvieron consideración por su vehículo, aunque las cubiertas fueran dejando día tras día, en las aristas de piedra, tiras de su corazón.

El Llamado Nocturno


Nuestra casa se levanta al borde de una amplia meseta que domina por todos lados el paisaje y que declina fuertemente hacia el oeste en una a modo de ancha garganta. En el fondo, el profundo valle así formado limitado por la abrupta costa paraguaya y por dos altos cerros en tierra argentina que cierran el anfiteatro, yace estático el Paraná, convertido en lago escocés por obra del ambiente. El valle, la cordillera, cuanto abarca la vista se halla cubierto por el bosque. En esa mancha uniformemente sombría sólo las aguas del río pincelan de color el paisaje; cinc en las primeras horas de la mañana; plata cuando el sol ya ha ascendido, y oro y sangre a la muerte de la tarde. 

La pequeña meseta cuyo centro ocupa nuestra casa se halla bordeada de palmeras. Esta circunstancia, añadida a la disimulación del terreno inmediato, que aleja por todas partes el horizonte, da al palmar un aspecto de atoll o isla polinésica, impresión esta que se torna muy viva en las noches de gran luna, cuando, a favor de la brisa nocturna, se difunde en el ámbito el frufrú marino característico de las palmeras. 

Naturalmente no se hallan sólo palmeras en casa. Hacia el este, un macizo de bambúes malayos —hoy un bosque— ha desbordado ya de la meseta. Dos amplias avenidas lo cruzan, y su gran bóveda y la verde penumbra ambiente constituyen el paraíso de los pájaros, sus dueños natales. 

Las aves de vida exclusivamente forestal defienden satisfactoriamente su existencia de la garra de los gavilanes y águilas, en razón del obstáculo que la fronda tupida ofrece al vuelo de aquéllos. 

No así los pájaros de habitar menos restringido, para quienes el espacio libre constituye un perpetuo peligro. Los bosquecillos aislados e inmediatos al hombre ofrécenles un refugio seguro y un campo de nutrición abundante, que se apresuran a adoptar, y de aquí la riqueza en pájaros de nuestra meseta, que los ampara maravillosamente. 

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En un principio, como en el mundo bíblico, en nuestra árida meseta era la nada. Cuando los primeros samuhús y eucaliptos hubieron alcanzado algunos metros, un casal de chingolos se atrevió a explorar la meseta; estudió concienzudamente las seguridades que ésta podía ofrecerle, fue y vino por varios días, hasta que pernoctó por fin allí. 

Éstos fueron los primeros huéspedes. Más tarde, y hoy mismo, como si una voz de aliento prosiguiera su llamado por la selva, nuevas especies se apresuran a poblar el paraíso. 

A los chingolos sucedieron los gargantillas. Tras éstos, las tijeretas, los pirinchos, los mixtos dorados, los annós, las tacuaritas, los pecho-amarillo, los benteveos, los mirlos, los tordos (de vientre oro viejo, los unos, y de rojo sangre, los otros), las tórtolas, los zorzales, los celestes, los tirititís, y tal vez algunos otros. 

Estas especies viven con nosotros, nos conocen, y buscan, como pollitos, protección a nuestro lado ante el peligro. 

En los últimos meses se ha visto un casal de horneros observando atentamente la meseta y lo que pasa en ella. Estos pájaros eran sumamente raros en el país hace veinte años. En su ascensión hacia el norte desde Corrientes, los postes del telégrafo han ido prestando apoyo a su nido, y en su carrera a lo largo de la línea telegráfica, que les sirve de meridiano, han llegado, poste tras poste, hasta el río Yacanguazú. 

De tarde en tarde tenemos también la visita de un pajarillo flameante, todo él una brasa viva, que se posa, inmóvil, a respetable distancia, donde hace tremendo impacto sobre el verde lóbrego del bosque. Tras largas horas de inspección, alza el vuelo y desaparece. Como con los horneros, abrigamos la esperanza de que concluyan por rendirse a la seguridad y las delicias del bambuzal. 

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Pero el huésped más extraño de nuestra meseta es, sin duda alguna, un ave misteriosa, cuya existencia sólo se delata en circunstancias dramáticas. 

Surge, en efecto, en las noches de tempestad, no se sabe de dónde, a golpear desesperadamente con sus alas las vidrieras del hall. Su presencia en casa marca para nosotros una época: aquella en que construimos el gran living, indispensable a nuestra casita de piedra, cuyas piezas no ofrecen la amplitud necesaria al destino de aquél. Alcanzamos asimismo con el living el ideal que alentó constantemente nuestras esperanzas: grandes y bajos ventanales. Tantos, que podemos leer tras ellos de día aún, cuando afuera comienza a helar; y el último rayo de sol que incendia el Paraná enciende también de luz las orquídeas del living. En suma: confort para nosotros en la estación cruda, e invernáculo para nuestras plantas. 

Tal fue el plan a que se ajustaron las grandes vidrieras del hall. 

Concluyose éste a principios de invierno. Y desde ese instante esperamos impacientes la primera noche de temporal para disfrutarla al amor de la gran chimenea, mientras el agua restallaba en los cristales. 

Gran luz, gran chimenea, ambiente tibio, de un lado: del otro, tras las vidrieras, la selva desgajada y chorreante por la tempestad. Preciso es amar la naturaleza, sus luchas y dificultades, para apreciar la calma e intensidad de tal goce. 

En una de esas noches hizo su primera aparición el pájaro extraño. Sobre el convulsivo crepitar de la lluvia oímos el choque de su aleteo desesperado contra los cristales. 

Era un pájaro pequeño, de lomo verde y pecho ceniciento, en cuanto pudimos apreciar dados los reflejos del agua. No habitaba nuestra casa; más aún: jamás lo habíamos visto. 

¿De dónde salía? No podía vivir en casa, oculto constantemente a nuestros ojos. Uno por uno conocíamos a nuestros huéspedes. 

¿Había llegado del bosque, barrido por el huracán? Tampoco era esto admisible, puesto que aquél podía y debía ofrecerle refugios de ancestral seguridad. 

Sacudiose aún largo tiempo contra los vidrios y desapareció. Un mes más tarde repetíase el drama. Y cada noche de tempestad invernal estamos indefectiblemente seguros de su visita, sin que entretanto, sean cuales fueren las circunstancias, logremos verlo de día. 

Es una avecilla desgraciada que vive quién sabe en qué tenebroso rincón del bosque que abandona a los primeros embates de la tempestad para ir a buscar protección en las grandes vidrieras iluminadas. Cada vez que hemos abierto una ventana, inundando con ello el mosaico, para concederle abrigo, ha desaparecido. 

Constituye un elemento esencial de nuestras veladas en el living, cuando la lluvia restalla en los cristales. Surge entonces como el fantasma de un gran desamparo en busca de protección, que rehúsa, sin embargo, para hundirse quién sabe dónde y por qué en el seno de la tempestad.

Su Olor A Dinosaurio


El hombre abandona la ciudad y se instala en el desierto, a vivir por fin. Esta vida, esta soledad, esta elevación sobre sí mismo, que no comprende ninguno de sus amigos, constituye para él el verdadero existir. 

Este hombre no lleva consigo la suprema sabiduría de Purun Bhagat, ni flaquean sus fuerzas en la lucha occidental. No. Ha luchado como todos, tal vez en una línea más recta que sus semejantes. Regresa hoy a la naturaleza de que se siente átomo vital, desencantado de muchas cosas, más puro siempre, como un niño ante las ilusiones que el paisaje, la selva y su rocío destilan para él. 

Silencio, soledad… Este doble ámbito en que tambaleó el paso del primer hombre recién erguido, constituyó el terror de la especie humana cuando se arrastraba todavía a medias en la bestialidad natal. ¿No ha logrado aún el hombre liberarse de este estigma ancestral, que todavía hoy persiste y explora en cobardía ante la soledad y el silencio? 

Y aún si así no fuera: ¿qué compensación ofrece el rebaño a la pérdida de la libertad congénita? ¿La cultura? Pero la cultura no es planta de maceta. Si prospera en tiestos, es a fuerza de agotantes abonos. 

Nuestro hombre, cuya vida ha dado flores en maceta, desarraiga todo: existencia, cultura, familia, presente y porvenir, y lo confía a la franca tierra. No le queda ahora sino aguardar la próxima primavera para observar los retoños. 

Más a la par de su vida, el hombre ha confiado a la tierra simientes y plantas que constituirán su jardín. Bella cosa es ver surgir a nuestro lado, ante la lujuria sombría y monótona del bosque ambiente, pequeños soles de luz —todo el iris— que cantan, más que cosa alguna, la adaptación triunfal de la familia. 

Ésta ha inaugurado el jardín con una estaca de poinsetia, con tanta suerte, que a los dos meses escasos irrumpe en su extremidad una inmensa estrella roja de esplendor sin igual. Como un alto macizo de bambú de Java se alza al sur de la casa, la gran flor se proyecta sobre él. Y es preciso ver al crepúsculo, desde cierta distancia, aquella estrella de color de sangre sobre el follaje sombrío del bambú. 

Nótese bien que en todo el verde ambiente no había allí hace dos meses una sola nota cálida. Y, de pronto, surge, estrellada sobre el bambú mismo, la extraordinaria flor de sangre. 

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Por disciplina mental, en su soledad, la familia menciona a las plantas por su nombre técnico. Y no es sin risueña sorpresa que se puede oír a la pequeña de seis años denominar gravemente: Poinsettia pulcherrima…, Bougainvillea rubra…, Amaryllis vittata hybrida… 

Estas Amaryllis son el orgullo del jardín, e indígenas algunas de ellas. Con bastantes quebrantos se las halló en lo alto de los cantiles que allí bordean el Paraná. Heroicas para resistir toda sequía, su único punto flaco es la terquedad de las distintas variedades para florecer tras un trasplante. La felicidad de la familia se vería colmada si una de las Amaryllis, ejemplar único hallado a la vera del bosque inmediato, tornara a abrir sus grandes campanas blancas puntilladas de color café. 

Pero no florece. Hace año y medio que ha sido trasplantada, y permanece muda a todos los estimulantes con que se la solicita. En la región, a pesar de ser conocidas las demás variedades de Amaryllis locales, nadie ha visto nunca la que se dejó sorprender por nosotros tras un fuerte incendio que calcinó la vera del bosque. El día en que la veamos incluida en los catálogos seremos bien dichosos. 

En los últimos tiempos el parque se ha enriquecido con algunas especies de fuerte sugestión exótica. 

Un alcanforero japonés, por ejemplo (Cinnamomum camphora…, dice la nena con perfecta claridad), ha sufrido el trasplante con una indiferencia —diríamos alegría— no vista en planta alguna. Acaba de sufrir, sin una gota de agua, una sequía de tres largos meses. Hoy, como ayer, sus curvadas hojas ostentan el mismo lustre del primer día. 

Una monstera deliciosa, original de México, muy semejante al filodendro nativo, y cuya fruta, al decir de los que la conocen, supera en perfume y sabor a la chirimoya. ¿Fructificará en nuestra latitud? Es el problema que tenemos por delante. Procede de los bosques más cálidos de México, y se nos ha prevenido que difícilmente resistirá nuestras fuertes heladas. Quien nos ha hecho este regio don cree que nuestra monstera debe ser de las contadísimas que existen en la Argentina. 

Un árbol de alfalfa, variedad lograda en Estados Unidos, que mantenemos aún en maceta por dificultades con el tiempo. Nuestra tierra, además, está lejos de ofrecer la profundidad necesaria para la vida de aquélla. No esperamos mucho ver en su pleno desarrollo tal árbol de alfalfa. 

Un calistemo, de estambres rojos erizados en grueso cilindro, que comienza a secarse, y se secará indefectiblemente. Llegó a casa medianamente envuelto en su pan de tierra. Aun así, nos aseguran que no se conoce ejemplo de calistemo que haya sufrido trasplante. Y se halla al lado del alcanforero… 

Una poinciana regia, orgullo de las nuevas avenidas de Asunción, y cuyo nombre vulgar ignoramos, se nos asegura que no resistirá las heladas. ¿Quién sabe? En casa hemos confeccionado ya magníficos resguardos para la poinciana. 

Éstas son las plantas —si no todas— en que la familia ha cifrado su amor. Ya se ve: va en esto mucho de la solicitud entrañable que un viejo matrimonio pone en una criatura adoptada, de delicada salud. Las plantas del trópico y sus flores sin igual exigen los cuidados de una perpetua infancia. Ni mucho sol, ni mucha sombra, ni mucha agua, como es el caso con las euforbiáceas. Y por encima de todo la preocupación constante del frío a venir, el temor desolante a las heladas, que concluye por infiltrarse en el corazón de sus dueños. 

Pero ¿qué hacer? Cuando se adopta a una criatura, preciso es sufrir por su frágil vida. 

¡Cuán lejano aún el invierno, sin embargo! Toda nueva yema surgida al calor estival es observada tres veces por día. Y en la contemplación de cada hojuela espesa, arqueada, brillante, la familia reunida sonríe, como si entrara una nueva dulzura en su corazón. Pues tal es la condición de quienes ya han tenido un hijo, han plantado un árbol y han escrito un libro… 

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Ésta es la familia. Pero el jefe reserva para sí su goce particular que provoca una nueva planta llegada a su jardín. Esta planta proviene de la China, única región del globo terráqueo donde crece indígena. Esa planta —esa especie — es el único representante de un género extinguido. ¡Y qué digo género! La misma familia a que pertenece, el mismo orden que la incluye, la misma clase que la comprende, todo esto ha desaparecido de la Tierra. 

Es el ginkgo biloba. Ya en el periodo carbonífero se pierde el rastro de todos sus parientes. Desde hace ochenta millones de años (en el más modesto de los cálculos), esta planta sobrevive, única y solitaria en un mundo caduco. No tiene parientes en la flora actual. Ningún lazo de familia la une al mundo vegetal existente. Es el único ejemplar de una clase ya extinguida en la infancia del planeta. 

Podemos apreciar la inmensidad de este aislamiento admitiendo por un instante que el hombre hubiera perdido todos los representantes de su género, familia, orden y clase. Sus parientes más cercanos en el mundo animal hallaríanse entre los tiburones o las lagartijas. Tal la huérfana supervivencia del ginkgo biloba. 

Sus grandes hojas extrañas huelen a dinosaurio. Netamente lo percibe el hombre que alguna vez soñó con los monstruos secundarios. Las sensaciones que sufre ante esta planta fantasma no son nuevas para él. También él vivió antes que las grandes lluvias depositaran el espeso limo diluviano. El país en que vive actualmente, la gran selva sombría y cálida que devuelve en solfataras de vapores el exceso de agua, excitan esta sobrevida ancestral. 

El hombre soñó, pero la planta vive y grita aún el contacto con las escamas del monstruo en la niebla espesísima. Hace de esto sin duda millones de siglos. Pero hace también millones de años que todo pasó, trilobitas, amonitas, dinosaurios, sepultando consigo toda una clase de vegetales con sus órdenes, familias, géneros y especies, con excepción de una sola, y de un solo testigo: el ginkgo biloba, que sobrevive y persiste vibrante de savia renovada, al suave rocío de un crepúsculo contemporáneo.

Frangipane


Hay palabras mágicas. Para mi infancia, ninguna lo fue con la poesía de la que presta su título a este croquis. 

Yo he leído desde muy pequeño. Tendido sobre la alfombra de la sala, durante las largas siestas en que nuestra madre dormía, la biblioteca de casa ha pasado tomo tras tomo bajo mis ojos inocentes, que más lloraban que leían los idilios de Feuillet, Theuriet, Onhet, venero sentimental de mi familia y de la época. 

Yo tenía 8 años. La impresión que producían en mi tierna imaginación algunas expresiones y palabras leídas, reforzábase considerablemente al verlas lanzadas al aire, como cosas vivas, en la conversación de mi madre con mis hermanas mayores. 

Tal la palabra «frangipane». Designábase con ella un perfume, un extracto de moda en la época. Un delicioso, profundo y turbador aliento de frangipane era la atmósfera en que aguardaban, desesperaban y morían de amor las heroínas de mis novelas. La penumbra de la sala, sobre cuya alfombra y tendido de pecho, yo leía, comía pan y lloraba todo en uno, hallábase infiltrada hasta detrás del piano, de la sutil esencia. Se comprenderá así, sin esfuerzo, mi emoción cuando oía una tarde hablar como de una cosa no novelesca sino real, existente, al alcance de ellas mismas, del perfume en que yo vivía espiritualmente: frangipane. 

Nuevos años pasaron. A la alfombra sucedieron las gradas de piedra del jardín, al pan un cigarrillo, y las lecturas ascendieron en categoría. Pero ni el perfume ni su mágica sugestión se habían borrado de mi memoria. Varias veces había interrogado a mi madre y hermanas sobre el origen de aquél, sin que ni una ni otras pudieran informarme al respecto. 

Ya adolescente, recurrí a los tratados de química y a alguno elemental de perfumería, también en vano. Alguien me dijo en aquella época que el perfume en cuestión procedía de una flor o un ámbar de la China. 

¿Cómo llevar más lejos las investigaciones en mi pueblo natal? 

Nuevos años transcurren, esta vez largos y tormentosos como los de usted y los míos, según la expresión inglesa; impresiones de todo género, algunas enormes, pesan considerablemente sobre el plasma infantil de mi memoria, y los primeros recuerdos yacen como muertos en el sustrato mental. Pero basta una sacudida ligerísima en apariencia provocada por una nota, un color, un crepúsculo, un ¡ay!, para que su honda repercusión agite tumultuosamente los profundos sedimentos de la memoria y surjan redivivas y sangrando avasalladoras y salpicantes, las impresiones de la primera infancia. 

* * * * * * *

Mi posición es la de un hombre que ante la naturaleza se pregunta si ha plantado lo que debe, cuando ya escribió lo que pudo. El amor a los árboles, congénito en mí (a los 6 años era ya propietario de un castaño logrado de semilla), se exalta hoy al punto de soñar con una planta deseada con el mismo poético candor que hace mil años confié a un ensueño infantil. 

En el pequeño mundo de especies tropicales a que dedico hoy mis mejores horas, faltábame hasta hace un año una planta cuyo recuerdo, ya muy lejano, subía de vez en cuando a mi memoria. 

Trátase de un arbusto visto hace veinticinco años aquí mismo, en San Ignacio, al que su dueño llamaba «jazmín magno». Procedía de un gajo recibido por encomienda del Brasil, y en aquel momento hallábase bien desarrollado. Florecía, al decir de su dueño, en grandes flores carnosas a modo de pequeñas magnolias, y su perfume no tenía parangón con el de flor alguna. 

Un solo defecto poseía tan estimable planta: su sensibilidad al frío. Sufría ya mucho con las más ligeras heladas y al fuego de algunas muy fuertes —extraordinariamente fuertes en Misiones— podía quemarse hasta el pie. 

Tal acaeció a aquel jazmín. Un año después de conocerlo, desaparecía de este mundo, sin haberlo yo visto florecer. Pero en pos de la catástrofe, no me quedaban dudas sobre su origen ecuatorial. En cuanto a su familia, el aspecto general de la planta, su corteza, sus grandes hojas carnosas y brillantes, el látex que manaba al menor rasguño, hacían sospechar a una euforbiácea. 

Y esto fue todo en aquel momento. Hoy, con más tiempo y más amor, he recordado aquella esencia y sus flores de perfume sin igual. Hace un año se me dijo que en Posadas había algunos ejemplares, sin podérseme precisar dónde. Felizmente, en esos días tuve en mis manos un catálogo de la Escuela de Agricultura de Posadas, donde vi con inefable placer que se ofrecían en venta estacas de jazmín magno. Acto continuo adquirí una. 

Más ¡cuán pobre cosa aquel ejemplar, especie de huso a modo de cigarro, no más alto ni grueso que un habano! ¿Podría yo algún día contemplar metamorfoseado en lujuriosa planta tropical aquel huso plomizo? 

Tal vez. Pero durante seis meses de maceta no creció un milímetro ni dio señal alguna de vida. Púsela en tierra al comienzo de la primavera del año antepasado y al punto surgieron de su ápice hojuelas lustrosísimas, mientras la estaca ascendía desmesuradamente engrosada, con brillo tumefacto. Al cabo de seis meses adquiría un metro de altura; y grandes hojas alternas, densas de agua, rodean hoy el naciente tronco. 

¿Pero cómo se llama esa planta? ¿Cuál es su verdadero nombre? 

Bien que mi ciencia botánica sea muy parca, me gusta siempre conocer la denominación científica de mis plantas; tener, por lo menos, conocimientos de su familia, del mismo modo que nos conformamos con saber que tal individuo pertenece a la familia de los Dillingher, a los Lincoln, sin interesarnos por lo demás. 

Entre las contadas personas cuya amistad me es aquí inestimable, figuran en primera línea dos naturalistas de la Estación Experimental de Loreto: Ogloblin, entomólogo, y Grüner, botánico. Una noche, luego de comer, los he llevado al pie de mi incógnita planta, que han examinado atentamente a favor de la linterna eléctrica. No han podido determinarla, claro está; pero ambos han convenido de buen grado en que muestra indicios vehementes de ser una euforbiácea. 

¿Género y especie? Ya lo veremos más adelante. 

Pero mi preocupación sobre el jazmín magno aumenta en proporción de sus grandes hojas. Voy a Posadas, a la Escuela de Agricultura, de donde procede mi ejemplar. Veo perfectamente la planta madre; más en ausencia del director, no hallo quien la determine con exactitud. 

¿Qué hacer? Torno en casa a releer los tratados que puedan sugerirme alguna luz. La denominación «jazmín magno» me es inútil como base; nombre circunstancial o puramente local, como es el caso con la estrella federal, a través de cuya designación rosista no se entrevé por cierto a la Poinsettia pulcherrima… 

Grüner y Ogloblin ríen de mi obsesión. 

—¿Qué puede ser su planta? —dice el primero—. Ya lo sabremos cuando florezca. Y cabe anotar de paso —agrega— que tiene usted otras esencias cuya determinación no le preocupa hasta este punto. 

—Puede ser —concedo—. Lo cierto es que yo mismo no sé a qué atribuir mi ansiosa obsesión por esta planta. Es algo más fuerte que yo. 

Y tan fuerte, en realidad, que hubiera llegado a soñar con aquélla si la Providencia no viene en mi ayuda en forma de diario o revista ilustrada en cuyas páginas se elogian los árboles de la ciudad de Paraná. Y leo allí, con la sobreexcitación que es de suponerse: 

«Espléndido jazmín magno o manga (plumeria rubra)…» 

¡Por fin! ¡Podía ya dormir tranquilo por el resto de mis días! Corro a mi enciclopedia y el nombre técnico me da la clave de cuanto deseo saber. 

Trátase, en efecto, de una especie del género plumeria, familia de las Apocináceas (hoy creo que ésta se halla incluida en las solenáceas), al cual pertenece la especie plumeria rubra, mi jazmín magno. Procede de las Antillas, donde fue descubierta por el botánico Plumier, cuyo nombre lleva. Sus flores en corimbo son de una belleza y perfume extraordinarios. 

Tenía, pues, razón mi vecino de antaño. Vuelo enseguida en automóvil a la Estación Experimental de Loreto, donde a falta de Grüner, hoy al frente de los viveros de Nahuel Huapi, hallo a Ogloblin. 

—¡Eureka! —le gritó—. ¡Plumeria rubra! 

Ogloblin ríe; ha comprendido perfectamente de lo que se trata. 

—También me alegro yo —apoya—. ¿Está ya tranquilo? 

—¡Ni por asomo! —respondo—. Ogloblin: ¿tiene usted la gran enciclopedia brasileña de Grüner? 

—No; la llevó consigo. Pero tenemos en la Estación una enciclopedia inglesa bastante buena. 

—Perfecto. Dígnese leerme cuanto halle sobre mi planta. 

Y Ogloblin lee: 

—«Plumeria, plumiera o plumiria… género de la familia de los Apocináceas… etcétera». 

—Pero ¿mi especie? —pregunto—. ¡Léame, por favor! 

—Aquí está; la primera de todas: «Plumeria rubra, llamada también Frangipane…» 

¡Ah! ¡Instantáneamente comprendí los oscuros motivos que me habían llevado a ciegas, como se lleva a un ser inconsciente de la mano, a agitar mis horas tras el nombre de una planta ecuatorial! 

¡Frangipane! Desde el fondo de cuarenta o cincuenta años, una criatura surgía, llorosa y feliz a la magia de ese nombre. Volví lentamente a casa, cuando comenzaba el crepúsculo. La tarde agonizaba en altísima y celeste claridad. Lentamente, por la carretera que ascendía las lomas, entraba en el bosque, proseguía sobre el puente del Yabebirí, el coche llevaba consigo, más como pasajero que como conductor, a un hombre de sienes ya plateadas, dulcemente embriagado por los recuerdos de su lejana infancia.

La Tragedia De Los Ananás


Cuando Glieb Grüner, botánico de la Estación Experimental de Loreto, en Misiones, abandonó el instituto, me puso ante un lote de quince o veinte plantitas, cada cual en su respectiva maceta. 

—Le confío estas esencias —me dijo—, pues nadie las va a cuidar como usted. Todas son tropicales, o poco les falta. Usted tiene en su meseta dos grados más que nosotros, y con un poco de atención en las noches de helada, va a lograr lo que aquí nunca hubiéramos conseguido. Lástima —añadió sacudiendo la cabeza ante un par de matitas espinosas— que va a perder estos ananás de Pernambuco, que eran mi esperanza. 

—¿Por qué se van a perder? —objeté—. ¿Por el frío? No se van a helar. 

—Sí, se helarán —repitió. 

—No se van a helar —insistí yo. 

Grüner sonrió, sacudiendo de nuevo la cabeza. 

—Usted sabe tan bien como yo —dijo— que éste es un país casi tropical, que estamos bajo el paralelo 27 y tantos, y que apenas deberíamos sufrir de heladas. Pero tampoco ignora que las bajas invernales de esta Estación no tienen nada que envidiar a las del sur de la provincia de Buenos Aires, y con seguridad me quedo corto. Ustedes están mejor defendidos en San Ignacio. Pero aquí o allá, mis ananás se helarán a pesar de sus cuidados. ¿Los quiere? 

—¡Claro que sí! Y en comprobación de lo que he dicho, le mandaré los primeros frutos. 

—No valdrán nada esas primeras piñas —rió Grüner—. ¡Quién sabe! —añadió tendiéndome la mano—. El mundo es chico, y de Nahuel Huapi aquí no hay gran distancia. Tal vez nos veamos pronto. 

—¡Ojalá! —asentí, estrechando su mano con la amistad y vigor debidos. 

Y acondicionando en forma las 18 macetas en el coche, retorné a casa. 

La pérdida de Glieb Grüner era muy valiosa para mí. No creo que vuelva a conocer un naturalista de entusiasmo más ardiente que el suyo. En su honor, en el de Ogloblin y en el mío propio, debía yo velar por el inapreciable legado. 

* * * * * * *

El destino de algunas de estas plantas fue totalmente miserable. Otras arrastraron meses y meses una vida precaria, soportando no sé cómo los sufrimientos impuestos por un diametral cambio de tierra, y otras —los calistemos, sobre todo— hallaron en la árida arena de mi meseta los elementos natales para una fulgente prosperidad que hoy día constituye el orgullo mío y del país. 

Todo esto, sin embargo, fue una leve tarea en comparación con la lucha que debí entablar para sostener, acariciar y exaltar al fin la débil existencia de mis ananás. 

En verdad, aunque apenas dotadas de dos o tres hojuelas violáceas, las plantitas parecían fuertes. ¡Más tantas y tantas eran las ilusiones de Grüner, y tal mi ventura ante una dicha lograda por fin! 

Toda mi vida he soñado con poseer ananás tropicales, sin núcleo fibroso ni acidez excesiva. Los frutos de la región, aunque muy perfumados, distan mucho de ostentar las calidades requeridas. Nunca, hasta entonces, había logrado poseer una sola plantita de abacaxi. Y he aquí que de golpe me veía poseedor de dos ananás de Pernambuco, fruta juzgada maravillosa por el viajero de Sergipe que había conservado sus retoños como oro en hojas, hoy en mi poder. 

Ya la elección de la tierra para su plantación definitiva me llevó algún tiempo. Opté por fin por colocarlos a la linde del bananal, al comienzo de una línea de pozos preparados de antemano con suma prolijidad. Un plantador no debe nunca ser cogido de sorpresa. Hallábanse en verdad un poco expuestos al viento Sur. Pero ya salvaría yo el inconveniente. 

No fue tan fácil salvarlos, sin embargo. En apariencia bastaba con cubrir las plantas con paja, lienzos, cualquier aislador semejante, al comienzo de las heladas. Más mis ananás requerían otro tratamiento. Como organismos débiles debían recibir las caricias del sol sin perder un solo rayo. Pocas plantas, en efecto, exigen un promedio más alto de calor para su perfecta fructificación. 

Medité largos días, perdí el sueño alguna vez, buscando entre los recursos de mi imaginación y mi taller el aislante necesario. 

Hallelo por fin. Consistía aquél en varios aros de hierro armados con trozos de bambú. Los forré con anchas tiras de papel de diario encolado y pasado por bleck hirviente, con lo que conseguí dos gruesos y negros cilindros asentados en tierra, que recordaban extrañamente a morteros de batalla. 

Estos morteros, perfectamente adheridos a la tierra muelle, podían cerrarse herméticamente con discos del mismo material al bleck. 

Se comprende muy bien su utilidad. Día y noche, mientras la temperatura no pasara un límite peligroso, mis ananás estarían expuestos al ambiente natural; pero al menor anuncio de heladas, los discos caerían, prestando inmediatamente a las plantitas su hermética protección. 

Tal aconteció. Durante mayo y junio enteros, los negros morteros permanecieron descubiertos. Creíamonos ya todos libres de heladas, cuando el 18 de julio el tiempo tormentoso aclaró bruscamente al atardecer en calma glacial. A las ocho de la noche el termómetro registró cinco grados a un metro del suelo. Mis observaciones de seis años consecutivos establecían una diferencia casi matemática de seis grados entre la temperatura ambiente a las veinte de la noche y las seis del día siguiente. Debíamos, pues, tener un grado bajo cero a esta hora. Vale decir, una ligera helada. 

No fue así, sin embargo. Contra la experiencia mía, la del país, la del barómetro, la temperatura bajó a cuatro grados bajo cero; digamos seis o siete sobre la tierra. 

Es esto demasiado para una zona subtropical. Perdí las poinsetias, la monstera, las papayas, la poinciana, los mangos, la palta, y no quiero recordar más. Los bananos se helaron hasta el pie. 

Pero allá, en la linde del bananal aniquilado, mis abacaxis habían dormido dulcemente al abrigo de los negros morteros. Todo, en aquel contraste climatérico, me había engañado, como he dicho, menos el instinto de cobijar mis dos plantas desde los comienzos del temporal. Y allí estaban, húmedas y brillantes por el riego nocturno, sobrevivientes únicos de aquel desastre tropical. 

Yo debía haber enviado a Grüner un telegrama sin comentarios: «Ananás salvados». No lo hice. En cambio, los comentarios los tuve de Ogloblin el día que atravesamos el bambuzal a contemplar mis dos pupilos. 

—Muy bien —sonrió satisfecho—. Veo que nuestro amigo tenía razón en confiar en usted. Por lo demás, creo que este año deben de florecer. 

—¡Ojalá! —exclamé más encendido de esperanzas que el mismo sol de agosto que enardecía el renacer pujante de mis abacaxis. 

¡Frutas ese mismo año! Hice mil votos para que Ogloblin no se equivocara, como así aconteció. 

A fines de septiembre las dos ya robustas plantas florecieron en magníficos rosetones crema que día tras día, mes tras mes, prosiguieron bajo el ardiente sol de estío su proceso frutal. 

Son de imaginarse los cuidados —paternales, maternales, todo en uno—que prodigué a mis plantas a lo largo de esa estación. Ogloblin lo sabe. Nadie como él conoce mi estado de ánimo cuando una esencia, una sola perdida semilla llega a ocupar el norte magnético de mi entusiasmo forestal. 

Todo llega. Mayo llegó por fin. Las frutas doradas comenzaban ya a exhalar vago perfume. Procedí a cortar ambas piñas y las deposité cuidadosamente como regias coronas —lo eran— en un lecho de espartillo bien seco y mullido. 

* * * * * * *

Aquí comienza la tragedia. La nena trajo de la escuela a casa la gripe reinante. Cayó enferma su madre. Caí yo. Una y otra se repusieron rápidamente; yo demoré más. Perdí el olfato por largos días. Y lo que es peor, perdí totalmente el gusto. Cuanto llevaba a la boca tenía la misma profunda y sosa insipidez. La reacción de las papilas era la misma ante cualquier sustancia: una repugnancia bucal en que iba a morir con igual sinsabor nauseoso la sensación del aceite, del vinagre, de la leche, del agua… 

En vano cantaban mi mujer y mi hija loas al perfume y sabor de los gloriosos abacaxis. Yo, con la mirada fija en el plato, permanecía sombrío y mudo. 

* * * * * * *

Aquí concluye la tragedia. Quien no ama la naturaleza y sus luchas hallará excesiva aquella expresión. Pero para el hombre que durante doce meses de tensa labor ha confiado sus esperanzas a la obtención de un solo brote, una fruta, una flor, este hombre sabe que con el aniquilamiento de un año de ilusiones tendidas al pie de una pobre plantita, acaba de cumplirse una verdadera tragedia. 


Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.
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