Tierra Elegida

Horacio Quiroga


Cuento


Llegó otra vez otro individuo ardiendo de fiebre agrícola. Ya desde su primer paso en la zona mostró su vena bajándose a recoger una mota roja.

─Excelente tierra ─dijo─. Todo el hierro necesario para el tabaco y el café. En Cuba y San Pablo la tenemos igual.

─¿Es usted español? ─le preguntamos.

─¿Yo? Ni por asomo ─repuso─. Y menos brasileño. Digo «tenemos» en representación de la especie a la que pertenezco. Soy plantador, hijo de la tierra, y nada más. A ella volvemos a la postre, con semillas o con los huesos. ¿Hace mucho que se cultiva yerba aquí?

─Bastante ─respondimos─. Treinta años más o menos.

─Es lo que me han dicho. El Ministerio de Agricultura no escatima incienso a su cultivo. Y hace bien. Yo soy de los que han sentido germinar la semilla del entusiasmo. Devolveré semilla por semilla plantando yerba mate, y quedaremos en paz. Toma y daca.

Dicho lo cual, el plantador desapareció de nuestra vista y del lugar mismo.

Bastante tiempo después supimos de su suerte. En aquel lapso había buscado, examinado y escudriñado como con lupa, las mejores tierras de la región. Sondeó el suelo no sé hasta qué profundidad, huyó como de la peste de los subsuelos de meláfiro demasiado próximos a la superficie, y con mucha mayor razón de los de arenisca. Se cercioró, brújula en mano, de la orientación de las laderas, se informó a conciencia de las bajas extremas de temperatura, y no de la zona general sino de las parcelas elegidas, y esto con todas las razones del mundo, pues nadie ignora que el clima de este país está, respecto a heladas, más cargado de sorpresas que de tormentas.

Calculó la proporción de mirtáceas que a despecho de cualquier otra esencia poblaban tales tierras. Convirtió finalmente en criba, a fuerza de sondajes, dos buenas hectáreas de monte donde debían levantarse sus viveros. Llevó sus escrúpulos hasta agujerear un poco la tierra lindante de alguna plantación cercana, donde era fama que las aguas infiltradas de las grandes lluvias habían puesto a flote, como nenúfares, las plantitas de una hectárea de vivero.

Y hecho todo lo cual, en vez de descansar, trotó cuanto pudo por las picadas abruptas para venir a darnos cuenta del triunfo final de sus preparativos.

─Como yo lo había dicho ─exclamó─. Tierra apta para tabaco y café, como pocas. Pero con climatología difícil de prever. Descartado el cultivo del café, quedan el tabaco y la yerba. Me quedo con esta última, y en paz, amigos.

─Comienza, pues, su plantación ─dijimkos.

─Sin duda. Siete meses de estudio, de bruces sobre la tierra madre. Esto no lo hace cualquier advenedizo. Hay que ser hijo de la tierra, como lo dije un día. Y sentirla en la boca y en la almohada, y en todo el pasado del hombre, y en su fatal retorno a ella. Eso es la tierra. Voy, pues, a cantar mi aleluya al ministerio propiciante, y a comenzar en seguida mi plantación. Quedaremos con ello en paz. Semilla por semilla. Toma y daca.


Desapareció otra vez en el monte. Nuestra propia vida proseguía su curso, con un oído atento a las voces de la tierra, y el otro a las de la radio, de la que aguardábamos siempre milagros para la crisis.

Llegonos en efecto uno de aquéllos, a propósito del problema yerbatero, siempre vital para nosotros. Habríase hallado en esos días su solución, que consistía en limitar el cultivo de la yerba mate, por mil y una razones superiores a nuestro entendimiento. Los más beneficiados seríamos, al parecer, nosotros mismos, los pequeños plantadores.

Naturalmente, la noticia cayó como una bomba. Y también naturalmente pensamos en seguida en nuestro entusiasta amigo.

─Un día u otro cae por acá ─dijimos─, y cualquiera se atreve a enterarlo de la fausta nueva.

Como enviado por el Señor, llegó al día siguiente, envueltos él, su mula y su amor a la tierra en la misma transpiración.

─Aquí estamos ─saludó apeándose─. Tierra como ésta no la van a hallar en parte alguna. Ya lo dije desde el principio. ¿Novedades?

─Algunas ─insinuamos.

─¿Y bien? ─prosiguió─. ¿La guerra europea por fin?

─No. Más bien atañen a la cuestión económica.

─¿Más tarifas, entonces? ¿Aún más naciones favorecidas?

─Tampoco. Creo que se trata de reservas generales para no aumentar el exceso de producción...

─¡Ah, muy bien! Limitación de los cultivos, ¿no es eso? Ya lo preveíamos cuando llegué acá. Jehová, en efecto, que cuando descarga la mano sabe lo que hace, ha elegido esta vez como blanco de sus iras a los plantadores de trigo. ¡Pobres hermanos! Nunca, en lo que se lleva la humanidad de vida, se ha atrevido nadie a profetizar una maldición de este volumen: «Llegará un día en que el pan y los hombres que lo produjeren serán malditos sobre la tierra». Se trata del trigo, ¿no es verdad?

─Sí, desde luego... Pero hay algo más que nos concierne directamente... Siempre que el Congreso ponga su visto bueno, claro está. El caso es que tampoco podremos nosotros cultivar...

─¿Trigo, también aquí? Ya lo preveía.

─No, yerba.

Tableau. El plantador fijó su mirada por largo rato en el que hablaba, como si él solo y no todos y cada uno de nosotros, pudiéramos apreciar la profundidad de la sima que se abría ante su pasado, presente y porvenir, como él decía.

─¿Yerba, entonces? ─articuló al fin─. Perfecto. Yo había elegido mi tierra, sembrado mis semillas en almácigo, acostándolas, a guisa de cama caliente, sobre mi experiencia de agricultor y la de todos mis antepasados. Había pensado... En fin, como dicen ustedes muy bien, prohibición absoluta de plantar hierba. Perfecto. Tierra riquísima ésta para el cultivo del tabaco y la yerba. Ni por asomo existe otra semejante en el país. Lo dijo también el Ministerio: «Materia prima para la nación». Yo oí su canto que, ahora lo veo bien, era de sirena. ¿Cuándo ha llegado la noticia?

─En estos días. Pero el Congreso debe aún...

─Lo mismo da. Yo soy agricultor y no negociante de yerba. Doy por concluida mi misión en esta tierra. A menos ─agregó tras una larga pausa─ que el gobierno me conceda las tierras fiscales que voy a pedir. Esta misma noche haré la solicitud del caso.

─Es por donde debía haber empezado ─argüimos.


Al parecer no perdió nuestro amigo el tiempo, pues horas más tarde llegaba a nuestro centro con su solicitud ya lista, que nos leyó con voz clara, sin acentuar una palabra más que otra.

Estaba así concebida:

«A su excelencia el señor ministro de Agricultura.

»Señor ministro:

»Tengo el honor de elevar hasta V.E. la solicitud adjunta, saltando sobre el trámite habitual por razones que considero de peso y que estoy seguro V.E. apreciará en su debido valor. Las tierras que solicito, señor ministro, fincan en este Territorio, tierras todas ellas riquísimas y aptas como pocas para el cultivo del tabaco y la yerba mate. Ya lo he repetido muchas veces. V.E. misma ha considerado constantemente esta zona como un emporio de incalculables riquezas para el país. De acuerdo con mi amor a la tierra, soy hijo de ella, señor ministro, y debería haber solicitado una fracción de primera calidad, honda de tierra, rica en humus, a fin de lograr los altos rendimientos que honran a la nación productora. No he procedido así, sin embargo. He buscado, meses tras meses, lluvias tras lluvias, recorriendo sin tregua ni descanso buena parte de esta paradisíaca zona, alentado por la certidumbre de que allí o allá, más cerca o más lejos, concluiría por hallar lo que anhelaba. Y no omito, señor ministro, el placer con que puedo comunicar a V.E. mi hallazgo. He encontrado, en efecto, una fracción admirable. Es toda ella, en total de una aridez absoluta, unánime y deletérea, si puedo expresarme así. No es posible que brote allí una brizna de hierba. Nunca, ni en las galaxias de tiempos venideros, podrá cultivarse allí nada. Nadie podrá enorgullecerse jamás de obtener, no digo una planta de yerba, sino una sombra de liquen, ni hombre alguno dejará de ver marchitarse, agotarse y morir, en lo que va de un día a una noche, su gran amor a la tierra. Por todas estas consideraciones, señor ministro, solicito se me dé en posesión la fracción de tierra que especifico, entendiendo con ello interpretar la cultura agrícola del momento actual».

Tal era la nota. Ni una palabra más, ni una menos. En el final de su lectura quedamos todos mudos y pensativos. Alguno de nosotros rompió por fin el silencio.

─No puedo ─dijo─ entrar en consideraciones sobre su nota, pero observo la falta de una expresión de trámite.

─¿cuál? ─preguntó el solicitante.

─«Es justicia.» Su uso es de estilo.

─¿Tiene algún valor?

─Ninguno. Pero para nosotros es justo.


Publicado el 13 de febrero de 2026 por Edu Robsy.
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