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Tomás De Quincey, cuando contaba 24 años, sufrió una fuerte neuralgia dental para cuyo alivio un amigo hallado por casualidad en la calle le recomendó el láudano.
De aquí data su primer conocimiento con el opio. Cuatro años más tarde, en 1813, recuerda dicho calmante al sentir dolores persistentes en el estómago, y recurre por segunda vez al láudano.
Desde este instante, y por el espacio de "diecisiete años", Quincey no deja más el opio, llegando a constituir él y su hipnótico —por la elevación intelectual del uno, y las dosis cien veces mortales del otro— el caso de supervivencia más tremendo que registran los anales de la opiomanía.
Durante esos 17 años, Tomás De Quincey sufrió los tormentos morales más crueles en el uso de su droga, y las torturas físicas más horrendas cada vez que trató de arrancarse a las garras del monstruo negro.
Llegó a tomar ocho mil gotas de láudano por día, dosis más que suficiente para matar a ochenta individuos de sólida constitución. Como él mismo lo ha dicho, el láudano ingerido en aquellos 17 años llenaría varias bañaderas.
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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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