La lucha más heroica que pueda exigirse a un hombre es aquella en que debe combatir contando por únicas fuerzas con su sola voluntad —que no existe.
Es más fácil arrancar una chispa de genio de un imbécil, que un acto insignificante a una voluntad diluida en el marasmo glacial de los estupefacientes.
Nada en el mundo desvía, retuerce, atrofia y liquida la voluntad de un ser humano como el goce espectral de los paraísos artificiales. No hay inteligencia, dignidad ni vergüenza capaces de obtener del hombre lo que su voluntad totalmente abolida no puede prestarle ya.
Conocido es el caso del médico morfinómano que, desesperado de una lucha contra el alcaloide que duraba ya años, se internó él mismo en un sanatorio, entregado de pies y manos a sus colegas para su completa curación. Disimulada en las ropas, sin embargo, aquel enfermo de buena fe llevaba oculta una jeringuilla…
Tomás De Quincey, cuando contaba 24 años, sufrió una fuerte neuralgia dental para cuyo alivio un amigo hallado por casualidad en la calle le recomendó el láudano.
De aquí data su primer conocimiento con el opio. Cuatro años más tarde, en 1813, recuerda dicho calmante al sentir dolores persistentes en el estómago, y recurre por segunda vez al láudano.
Desde este instante, y por el espacio de "diecisiete años", Quincey no deja más el opio, llegando a constituir él y su hipnótico —por la elevación intelectual del uno, y las dosis cien veces mortales del otro— el caso de supervivencia más tremendo que registran los anales de la opiomanía.
Durante esos 17 años, Tomás De Quincey sufrió los tormentos morales más crueles en el uso de su droga, y las torturas físicas más horrendas cada vez que trató de arrancarse a las garras del monstruo negro.
Llegó a tomar ocho mil gotas de láudano por día, dosis más que suficiente para matar a ochenta individuos de sólida constitución. Como él mismo lo ha dicho, el láudano ingerido en aquellos 17 años llenaría varias bañaderas.
Llegó —y estos fueron los momentos casi felices de los primeros años— a asomarse a una ventana al caer la noche, y no hallar fuerzas para alejarse de allí hasta el mediodía siguiente.
Vióse constantemente atormentado por el espectro de un malayo que, habiendo llegado una noche hasta su puerta, se retiró al rato sin haber respondido a lengua alguna conocida.
Vivió durante esos 17 años bajo la impresión de terror de quien se siente arrastrado por irresistibles fuerzas, sin saber cuándo volverá. Y cuenta este hombre, presa día y noche de las alucinaciones más horribles, que hubo semanas enteras en que la ansiada llegada de sus hijos hasta su cama le arrancaba gritos de terror, pues las criaturas se transformaban a sus ojos en bestias feroces que se acercaban a masticarlo.
Como un hombre, un mísero ser mortal puede hallar la voluntad necesaria para libertarse del opio después de 17 años de atroz aniquilamiento moral, es un secreto que solo el destino que vela por las actitudes heroicas puede explicar.
Piénsese en la entrega total que de sus fuerzas, de sus potencias espirituales y de su vergüenza ha hecho un hombre que rinde a las drogas el degradante tributo de 320 gramos de láudano por día, para apreciar las reservas de energía de dicho hombre. Por etapas, bruscamente a veces, cayendo en un abismo más hondo aún, incorporándose, cayendo de nuevo, el ilustre escritor se libró por fin del opio.
Y no deja de ser halagüeño para las gentes de arte, que esa enorme dosis de fría voluntad haya elegido para guarecerse una cálida alma de artista.
