Tres Impresiones Sobre El Cultivo De La Yerba Mate

Horacio Quiroga


Artículo


El que estas líneas escribe conserva vivísima la impresión sufrida al ver por primera vez una joven plantación de yerba.

En pleno bosque subtropical y en el vasto espacio de dos hectáreas, el monte había sido totalmente echado abajo. No había regido la más remota previsión en el desmonte: los árboles yacían tumbados, aplastados a ras de tierra o montados sobre los troncos vecinos, en formidable desorden; pues no hay nada que dé más idea de un cataclismo que el desplome de un monte entero, como si de golpe el suelo hubiera faltado.

Aun para un ojo profano en riquezas forestales había allí tendida una fortuna en madera: lapachos sombríos de un metro de diámetro; peteribís de tronco cilíndrico y erecto hasta gran altura; guajaibíes de blancura cenicienta y horquetas abiertas; cedros de grandes hojas; anchicos rojizos y ornados de curvas cáscaras; sotacaballos bifurcados en tres o cuatro troncos divergentes; ivivarós de corteza profundamente resquebrajada en rombos; laureles taladrados por los gusanos y goteando su savia fermentada; inciensos finamente punteados como rallador; anelas lisas y lustradas; cuanto pueden ofrecer veinte mil metros cuadrados de bosque virgen yacía allí derrumbado, rajado, inutilizado.

¿Qué objeto podía tener aquella destrucción sistemática, fría y estéril?

Cuando la vista podía descansar un poco en aquel caos, notaba aquí y allí, por entre los enormes troncos, asomar delgadas plantitas verdes con diez o doce hojas muy espaciadas. Se veía asomar el endeble tallo en los lugares más inesperados, al pie mismo de un monstruoso raigón o rasando el cruce de dos troncos.

En verdad, se veían muy pocas plantitas; las demás —que se suponían existir en las líneas orientadas— yacían rotas hasta dos centímetros bajo la raíz, o hundidas a lo largo en tierra bajo el desplome del monte.

Aquello era una plantación de yerba.

En los países de bosque subtropical o ecuatorial, desde Misiones hasta Yucatán, la presencia del árbol es un simple estorbo para el cultivo. El machete y el hacha desempeñan las funciones del arado, de donde el rozado total de un bosque de miles de toneladas de peso no tiene otro fin que quemar la madera para desembarazarse de ella y poder sembrar en la mullida capa de humus y ceniza.

Pero el caso es distinto en una plantación de yerba.

Como las tiernas plantitas requieren sombra en el primer año de asiento definitivo en el bosque, es práctica en Misiones efectuar la plantación «bajo monte», para lo cual se tronchan anticipadamente los arbustos y árboles de diámetro inferior a cuatro pulgadas.

Bajo la protectora sombra del monte así raleado, se trasplantan las tiernas plantitas, tan tiernas aún que su tallo alcanza apenas al grueso de un lápiz. A los dos, tres o más años, cuando se considera que aquéllas han adquirido el vigor suficiente para resistir el pleno sol, que activará su existencia, se procede a eliminar el monte.

Se han puesto en práctica varios procedimientos para el caso, pues, como se supone, no es la yerba la única planta que exige estas preliminares condiciones para su vida. Pero en Misiones ha resultado más económico precipitar el monte entero sobre las débiles plantas, con el resultado que hemos visto. Esta razón de economía inculta y sórdida ha regido hasta el presente la técnica forestal de las grandes empresas de yerbales cultivados.

Los almácigos de yerba se establecen en tablones rectangulares de tierra —humus y palo podrido—, que se cubren con bajísimas carpas de dos aguas, las que a su vez están protegidas por una extensa ramada de una manzana entera, muy baja también, en cuya penumbra las pequeñas carpitas de lona blanca hacen un bello efecto.

Asistimos una vez con viva curiosidad a un cambio de ideas efectuado entre un director de una empresa plantadora de yerba mate y un simple naturalista de paso por allí. Este hombre discreto, considerando la perenne humedad de los almácigos donde se hacinaban millones y millones de plantitas de dos centímetros de altura, observó al director que no estaría de más estudiar desde ese momento los medios de evitar una posible epidemia, dadas las condiciones eminentemente favorables que diez mil metros de tupidos almácigos ofrecían al desarrollo de toda clase de criptógamas y microbios.

El director teórico, que era un distinguido joven de negocios, se echó a reír largo rato, diciendo que no iba a gastar dinero de su empresa en paparruchas científicas y que, a su tiempo, cuando se presentara la epidemia, se preocuparía de emplear el capital en cosas prácticas.

Breve tiempo después se presentaba la epidemia —y en todos los almácigos de la región— con tal intensidad que de la hectárea completa en cuestión sólo se salvaban algunos ralos tablones.

Es justo anotar que el joven y brillante director técnico tuvo su pequeña parte en el desastre, gracias al arbitrio de volcar bolsas enteras de «cal viva» sobre las tiernísimas plantitas...

Tal es la base científica sobre que está asentado —salvo alguna rara excepción— el cultivo de la yerba mate en el extremo nordeste.

Las operaciones para aprovechar las hojas y gajos de yerba mate —la industrialización del producto— continúan siendo las mismas de los tiempos primitivos. La primera de todas es la llamada «sapecación», que consiste en pasar las hojas durante breves segundos sobre una llama viva —cuatrocientos grados por lo menos son necesarios— hasta que crepiten. Se entiende que el efecto de esta brusca elevación de temperatura es coagular o fijar las albúminas, lo que impide la fermentación anormal. En efecto, sin este requisito la hoja, al secar, ennegrece y adquiere mal gusto.

La operación subsiguiente al sapecado es el secamiento de hojas y gajos, que se efectúa en «barbacúas», aparato primitivísimo y bastante conocido para que nos detengamos en él. Los elaboradores de yerba opinan, sin embargo, que la acción principal del barbacuá es la impregnación de gratos aceites esenciales que sufre la hoja al estar sometida horas y horas al humo de ciertas familias vegetales, como las mirtáceas. De aquí que sea un dogma en la región la necesidad del barbacuá, a los efectos de un rico producto.

Pudiera ser. Pero este dogma, aparentemente heredado tal cual de la práctica «forzosa» en los yerbales naturales, donde no se contaba con secadoras especiales, corre el peligro de ser tal, desde que un plantador tuvo la ocurrencia de idear y construir un curiosísimo aparato.

Contra las verdades dogmáticas iba a luchar el aparatito. Primero, la hoja de yerba no debe sufrir el contacto del hierro. Segundo, el desecado de las hojas y gajos requiere ocho horas por lo menos de calor suave.

Nuestro plantador, que antes había sido «cowboy» en Tejas, minero en el Transvaal, y quién sabe qué cosas más en su accidentada vida, construyó él mismo un aparato que cortaba las hojas con hierro, las sapecaba y las secaba en «tres minutos». Ni ocho ni diez horas: sólo tres minutos.

La suerte nos deparó el ver funcionar la máquina ante las miradas inquisitoriales de dos o tres directores de empresas yerbateras que se habían trasladado allí con aquel objeto.

En verdad, no se veía más que un cerrado cajón de mampostería, con un pequeño hogar en un costado, vulgar picadora de pasto en un extremo de la plataforma superior.

El antiguo «cowboy» enseñaba sonriendo su máquina por todo lo exterior, pero no por lo interior. De lo que pasaba allí adentro no se veía nada; apenas si, por un ventanillo microscópico abierto en la pared opuesta al hogar, se podía ver en la tiniebla interna, aplicando bien el ojo, un brusco resplandor delante del cual pasaba algo así como las negras palas de un agitador.

Toda la operación de elaborar la yerba, que en los yerbales silvestres y cultivados es una costosa y complicada obra de días, se transformaba en lo siguiente en el horno del minero: por la plataforma superior corría una cinta, sobre la cual los carros descargaban los gajos y hojas de la yerba recién cortada. La cinta arrastraba todo hacia la picadora de pasto en un extremo, donde las hojas, cortadas por el disco de acero, caían en el interior.

En la planta baja, un muchacho sin prisa echaba de rato en rato el combustible en el hogar, el cual combustible consistía en los gruesos gajos de la yerba recién podada. El hogarcito no devoraba más que esto.

Ahora bien, una de las grandes preocupaciones del cultivo de la yerba es el enorme gasto de combustible que requiere el barbacuá, y que se estima en «siete» kilos de leña por kilo de hoja seca. Y el aparato del hombre sólo usaba de las gruesas ramas inútiles, que constituyen normalmente un desperdicio.

Esto en cuanto al combustible. La yerba, cortada tres minutos antes por la picadora de pasto, salía por un canal inclinado en la parte baja, por el cual la yerba y los gajos tronchados se vertían a pulsaciones rítmicas en un mortero de madera, donde eran molidos por un pilón excéntrico, para caer por fin en una canasta, perfecta, cabal y totalmente elaborada.

Había aún más: por una vertedera adyacente a la descripta caían los gruesos gajos en pequeños cilindros bien secos, que, después de molidos, debían ser incorporados al primer producto. Pues otra de las curiosidades que había comprobado el «cowboy» es que la espuma de un buen mate se debe a los mucílagos contenidos en el leño y, particularmente, en la corteza de los gajos.

Tal era la maquinaria que los directores técnicos examinaban a cortos pasos por todo su exterior. Pero adentro, ¿qué había?, ¿qué pasaba? ¿Era acaso posible tomar aquella yerba sapecada y secada brutalmente en tres minutos a una temperatura infernal?

Examinaron largo rato su color, su sequedad; probaron su aroma, su sabor, su resistencia; luego, en copiosos mates. Nada había que observar, a no ser su escasez de aroma, bien explicable en una yerba que no tenía aún diez minutos de elaborada.

Mas sobre esto mismo, el que escribe estas líneas tuvo, un año después, el honor de recibir las confidencias al respecto de uno de los visitantes, el cual se había llevado a su casa una bolsita de yerba recién salida del infernal horno.

—Acabo de examinar la yerba de X. Es perfectamente una yerba estacionada a la que nada se puede objetar, con todo el aroma de los mejores de nuestros barbacuás.

Cabe advertir, felizmente, que quien así hablaba constituye la excepción a que nos hemos referido entre los directores técnicos de yerbales, que trataban tiernísimas plantitas de diez días con cal viva...


Publicado el 22 de agosto de 2026 por Brian.
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