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Este texto forma parte del libro «Los Estrenos Cinematográficos».

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La escena se desarrolla en la oscuridad cinematográfica, contra una vidriera en que se recortan las siluetas.
Prosigue el idilio. El maestro huye, y la joven, oscilando aún de emoción, enciende la luz: nadie; no hay nadie con ella. Y del paraíso gustado hace un instante, no conserva sino en la mano todavía crispada, las hojas de una flor…
Pero el novio, el verdadero e incauto novio, entra radioso a buscar el edén cuyas difícil puerta acaba de abrirle el sutil conquistador. "Ella creerá que era yo quien la besaba en la oscuridad, y no tengo más que continuar"... Mas he aquí que al inclinarse el novio sobre ella, la joven ve la flor que él tiene en el ojal: está intacta, fresca, con todos sus pétalos inmaculados... Y con un gesto de horror rechaza a su novio, pues la dicha, la suprema dicha y el vértigo en que su tierna juventud tiembla aún toda, no se lo dieron sus labios, sino los de otro…
¿Quién? Huye, corre; guardando siempre en su mano cerrada los pétalos de fuego; con suprema angustia y suprema esperanza mira, una por una, la boutonnière de los convidados. ¡Oh amargura! Todas, todas tienen la rosa intacta... Y bruscamente ve ante sí un pecho; y en el pecho, una flor deshojada... No una flor: un gajito, un cáliz verde —y acaso una arruga en la solapa— lo único que queda de un instante de inesperada y sollozante felicidad... ¡Él! ¡El calavera empedernido! ¡El hombre cuya senda está empapada en lágrimas de mujeres! Pero no importa; ella no lo sabe más, no quiere saberlo. Sabe únicamente que acaba de reencontrar el edén, el árbol del mal, la serpiente —¡cualquier cosa!; pero sabe por fin que nunca, nunca amará a nadie más que a ese hombre, hacia quien tiende los labios, todavía y nuevamente trémulos…
3 págs. / 6 minutos.
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Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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