Un Beso Que Llevó dos Vidas al Vértigo, y que, Sin Embargo, Fue Robado. —No es éste el título de cinta alguna; pero el bello poema ha pasado ante la pantalla.
Un hombre joven aún, hombre de mundo que ha dedicado su vida entera al amor, tiene en su casa una vitrina plena de trofeos galantes: cintas, flores, abanicos, cada uno de los cuales recuerda un rostro, un flirt, una caída. Sobre todo caídas, pues en punto a seducción, nuestro hombre es verdaderamente temible.
He aquí que un muchacho de su amistad acude acongojado a pedirle lecciones de vida, pues su novia, con quien acaba de comprometerse, no quiere dejarse besar, por pertenecer a un club femenino donde se considera al beso "acto anticuado, inmoral y poco limpio" sobre todo. ¿Qué hacer? El inexperto novio pide por el cielo a su amigo que le enseñe el camino a seguir. Y aquí sucede un breve diálogo:
—¿Tú la amas?
—¡Inmensamente!
—¿Y ella a ti?
—También.
—¿Y a ti te gustaría besarla?
—¡Si yo pudiera!...
—¿Y ella no quiere?
—No…
Llega el momento capital, conforme al pacto celebrado entre ambos hombres: el conquistador entra en el salón donde la novia espera al inexperto doncel; al entrar apaga la luz, y antes que la deliciosa criatura (pues es deliciosa de veras) haya vuelto de su sorpresa ante la súbita oscuridad, se siente cogida en brazos y besada. ¿Por quién? ¿Quién puede ser sino su desleal novio, que rompe así el juramento que le ha hecho de no besarla nunca? Se indigna, retira el rostro, su boca huye... Pero de súbito ella misma se siente levantada en puntas de pie, arrebatada, suspendida de ese beso traidor, robado, delicioso, que no concluye nunca…
La escena se desarrolla en la oscuridad cinematográfica, contra una vidriera en que se recortan las siluetas.
Prosigue el idilio. El maestro huye, y la joven, oscilando aún de emoción, enciende la luz: nadie; no hay nadie con ella. Y del paraíso gustado hace un instante, no conserva sino en la mano todavía crispada, las hojas de una flor…
Pero el novio, el verdadero e incauto novio, entra radioso a buscar el edén cuyas difícil puerta acaba de abrirle el sutil conquistador. "Ella creerá que era yo quien la besaba en la oscuridad, y no tengo más que continuar"... Mas he aquí que al inclinarse el novio sobre ella, la joven ve la flor que él tiene en el ojal: está intacta, fresca, con todos sus pétalos inmaculados... Y con un gesto de horror rechaza a su novio, pues la dicha, la suprema dicha y el vértigo en que su tierna juventud tiembla aún toda, no se lo dieron sus labios, sino los de otro…
¿Quién? Huye, corre; guardando siempre en su mano cerrada los pétalos de fuego; con suprema angustia y suprema esperanza mira, una por una, la boutonnière de los convidados. ¡Oh amargura! Todas, todas tienen la rosa intacta... Y bruscamente ve ante sí un pecho; y en el pecho, una flor deshojada... No una flor: un gajito, un cáliz verde —y acaso una arruga en la solapa— lo único que queda de un instante de inesperada y sollozante felicidad... ¡Él! ¡El calavera empedernido! ¡El hombre cuya senda está empapada en lágrimas de mujeres! Pero no importa; ella no lo sabe más, no quiere saberlo. Sabe únicamente que acaba de reencontrar el edén, el árbol del mal, la serpiente —¡cualquier cosa!; pero sabe por fin que nunca, nunca amará a nadie más que a ese hombre, hacia quien tiende los labios, todavía y nuevamente trémulos…
Y él, el iniciador escéptico que desde la escena del salón oscuro no puede olvidar a la deliciosa criatura, se dobla sobre aquella adorable vida que él acaba de despertar, y que con los ojos cerrados y el rostro tendido, está esperando…
¡Fatalidad! La única mujer que desea con el alma, su única verdadera conquista, no le pertenece, ni puede pertenecerle... Se arranca a ese nuevo vértigo, balbucea, huye como un tímido principiante.
Complicación: El novio ha sorprendido la nueva escena, se da cuenta de la situación, y empuñando más tarde un revólver, corre a casa de su amigo a matarlo. Mas la joven lo ha visto, y corre a su vez a salvar al hombre que adora. Nuevo tete-a-tete, nuevo vértigo, nueva atroz lucha del seductor con su conciencia. La conciencia —esa mísera cosa que él cree muerta en el ataúd de sus mil amores también muertos, surge ante él, se interpone entre sus labios y los de la deliciosa criatura enloquecida de amor, y el calavera sin fe ni honor, echa su cabeza atrás y se detiene ante el abismo. Pero ella, desfallecida, pesada del amor absorbido hasta el cáliz en ese beso, cuya sobrehumana dicha la tiende de nuevo hacia él, le pregunta:
—"¿Es muy difícil para un hombre como usted amarme un poco?"
Y él, deteniéndola, siente cómo desde el fondo de su conciencia viril y compasiva sube esta respuesta a sus labios:
—"Una joven como usted no debe amar a un hombre como yo"…
Ya está; ha tirado sobre el tapete su última carta de jugador. No le queda nada ya. Tarde, al final de su juventud, se le ofrece, se le tiende, se le entrega con los brazos abiertos un delicioso amor que él ha despertado. ¿Engañar aún? ¿Robar? No, basta ya. La joven es una criatura aún, y olvidará. Volverá a hallar en su inexperto novio lo que dejó de ver un instante: juventud, lealtad, y, sobre todo, muy por encima de esto, frescura de alma: bien inestimable, cuya presencia no se siente sino cuando ya huyó.
Pero él, a él mismo: ¿qué le queda? Nada, si no es un tardío y doloroso amor de otoño; y en el fondo de su alma, una llamita débil y oscilante, pero que le impedirá para siempre el total desprecio de sí mismo: la conciencia de haberse sacrificado, una sola vez siquiera, ante el puro corazón de una muchacha.
Tal es el motivo de la cinta titulada Generoso conquistador, que corresponde al tema, y que los salones han estrenado bajo el título de El hombre de los mil amores, que niega virtualmente su carácter. En efecto, por la sucinta exposición que de ella hemos hecho, se adivina muy bien que el asunto beso domina desde el principio al fin el ambiente de la comedia. Hay en toda ella una tonificante ansiedad de amor, que culmina en el cuadro del beso robado. El director de escena, hombre sutil, ha proyectado las siluetas, nada más, con lo cual la escenita adquiere una fuerza de sugestión por encima de todo elogio.
Pero con su título original, la obra ponía de relieve el acto de generosidad del calavera, al no poner la mano sobre una conquista profundamente adorable, por un resto de hombría de bien. Y con el título español —El hombre de los mil amores— parecería más bien que los traductores han buscado un nuevo motivo de sugestión, al ya muy fuerte de la obra en sí.
No es halagador para nosotros este recurso con que se trata de despertar nuestra curiosidad. Si el público norteamericano ha comprendido perfectamente el noble título de Generoso conquistador, no vemos por qué nosotros hemos de necesitar el chabacano de El hombre de los mil amores, que no es sino un polvillo de pimienta, cuyo objeto es llamar cursimente la atención, pero cuyo resultado desvirtúa el carácter de una cinta, muy sugestiva, pero encauzada dentro del título original.
