Un Buen Film "El Hombre De Río Perdido"

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Cuando, en la vieja Triangle, Tomás H. Ince producía en silencio una buena cinta por semana, sin que se poseyera entonces la supervisión telescópica y a menudo miope de ahora, House Peters interpretó bajo su dirección y en compañía de Hart, el excelente film Un hombre. 

Peters encarnaba en él un quídam antipático, con la fuerza que suelen aportar los buenos actores al desempeño de esos papeles. Hace un año reapareció Peters con igual energía en Isabel, bien que esta vez interpretara a un noble individuo, y con una sobriedad masculina que no es común encontrar en las cintas de largo y alabado metraje. Ahora reaparece en El hombre de Río Perdido, en un papel mixto, digamos, de carácter casi antipático por la energía al aire libre, y de ternura casi fosca por lo recóndita. 

Como Peters ha actuado sin eficacia en muchas más cintas que las nombradas, viene esto a comprobar una vez más que no hay buen actor con una mala cinta. Habrá miradas, actitudes, lujos de técnica mímica y demás elementos de arte escénico, hueros y fríos cuando se expresan porque sí. Pero no hay en todas esas muecas gratuitas calor de vida, que es su legitimación artística. 

Un hombre, Isabel y El hombre de Río Perdido son tres excelentes filmes, en particular el segundo nombrado. Hay en ellos caracteres bien trazados, consecuentes con su modalidad, que es lo menos que exige un tipo en el libro, en la escena o en la pantalla. Naturalmente, también, House Peters ha sentido esos tipos bien definidos, que ofrecían sólida base a sus condiciones de intérprete de talento. 

El argumento de la obra... No suele el asunto de una obra ser cosa de monta en arte. Un mismo argumento, entregado a diez escritores para que lo desarrollen, dará lugar a diez obras distintas, buenas o malas, según sea este desarrollo. Posiblemente se verá una obra buena, tres pasables y seis anodinas —bien que las diez tengan el mismo argumento. 

Conocida es la predilección de los muy jóvenes artistas —escritores, pintores, escultores, músicos— por las obras de gran argumento. No hay problema magnífico y tremendo de psicología o estética que les alcance. Por contraste, las fuertes obras de los artistas ya dueños de sí suelen ser de argumento muy llano: uno de los tantos asuntos que pisamos día a día sin verlos, y cuya deslumbrante eficacia luego en la obra se debe a su elemental, sobrio y super-artístico desarrollo. 

Véase si no: En Un hombre se trata de un minero a quien un financista en viaje ayuda accidentalmente con una suma de dinero. Pasado el tiempo, el financista se ve forzado a recurrir a su deudor, el cual pone en orden las finanzas de aquel, libra a su hija de un pillastre, y se casa al final con ella. 

Isabel se refiere al caso de un policía canadiense que en diez años de destierro en los hielos no ha visto una mujer blanca. Al verla por fin, se enamora de ella, la protege noblemente sacrificando su propio corazón, aunque también aquí, como es de esperarse, en los últimos momentos conquista la felicidad. 

En El hombre de Río Perdido la acción gira alrededor de un enérgico varón de sentimientos reconcentrados hasta asustar a una chica, y un pobre muchacho de ternura fácil y conquistadora, quien se lleva a la muchacha en cuestión. Luego la abandona, y vuelve después al saber que se ha descubierto petróleo en el terreno de su esposa. Apenas llegado, la mujercita enferma de un mal contagioso. El marido pretende escapar de nuevo, pero el hombre de Río Perdido obliga al mozalbete a cuidar a la enferma, mientras él mismo monta la guardia. Uno y otro pasan cincuenta y seis horas sin dormir. Pero el sueño es cosa más fuerte que el mismo carácter, y el hombre cae vencido, atravesado a la puerta misma. El marido aterrorizado pasa sobre él y huye. Pero muere a poco. Y también en las últimas escenas, como es de esperar, el hombre enérgico y la chica asustada encuentran la felicidad. 

Nada, pues, de extraordinario en estos tres argumentos; son los mismos, con ligeras variantes, que el cine nos viene ofreciendo por resmas desde 1912. ¿Qué diferencias caben entonces entre diez obras con argumento casi calcado el uno del otro, al punto de ser unas insípidas, cuanto sabrosísimas las otras? Su desarrollo —vale decir su talla. Como los diamantes, iguales todos desde el punto de vista mineral, las obras literarias valen por los chispazos de arte que pone a luz su tallado. 

Carlitos . —Con Un día de pago, cinta episódica meditada, dirigida e interpretada por él mismo, acaba el señor Chaplin de presentarse una vez más en la pantalla. Como lo advertimos, el filme en cuestión es un simple episodio cómico; pero bastan sus dos actos para que la risa se desencadene desde la platea a los palcos con uniforme sonoridad. 

Cabe considerar un instante los elementos de comicidad que este joven bufo pone en juego para tan estruendosos triunfos. 

Lo primero que en sus film salta a la vista —o al oído, dijéramos— es el incontestable éxito de las situaciones. Un golpe recibido sin querer; un calentador dejado por descuido en un banco; un perro que se apodera de las viandas —todas y cada una de las situaciones cómicas explotadas en el cine desde los primeros tiempos de la Keystone, son los invariables fulminantes que hacen explotar de risa. 

Mientras actúa solo, el joven Chaplin no aburre ciertamente. Se sigue gozoso su juego riendo de antemano con ojos y dientes; pero todo ello a la espera del quid pro-quo, del absurdo, de la coincidencia hilarante que se espera y prevé, y que hace al fin abrir en carcajadas el alma feliz. 

Ahora bien, no hay situación cómica en las cintas de Carlitos (si se exceptúan algunas como Vida de perro, que son casi comedias), que la Keystone ya citada no haya explotado con igual éxito. Entonces como ahora se reía estruendosamente ante lo inesperado o picante de los enredos cómicos. El nombre de los bufos quedaba entonces en la sombra o poco menos, puesto que el éxito del sainete entero se debía a las combinaciones escénicas, muy superiores siempre a la eficacia de tal o cual actor. 

Los caprichos de la suerte, sin embargo, y otros factores de resonancia adyacentes a aquella, han personificado en un solo bufo los méritos del género. 

No se nos escapan los prestigios del señor Chaplin, tan grandes como no los ha tenido actor alguno en el mundo. Genial, es lo menos que suele oírse a su respecto. Dícese con igual brío que es un profundo psicólogo, un finísimo caricaturista... y que tiene bellos ojos. 

Tal vez. Psicólogo y caricaturista lo es sin duda, como sería un buen actor en cualquier género. Pero lo sería en una medida razonable, e incontestablemente inferior a muchos actores sin varita ni pies abiertos. 

Dentro de su mismo género, Larry Semon y Harold Lloyd poseen una comicidad muy fuerte, y a veces hallazgos felicísimos de expresión. Pero no es posible manifestarlo en público sin conminación inmediata, por aquello del "profundo psicólogo y filósofo" que hay en Chaplin. 

Place a veces el riesgo, sin embargo. Carlitos, como la Gioconda en otro orden más feliz, divide al mundo en dos mitades antagónicas: los que ríen apenas aparece, y los que no lo entienden. Los que no lo entienden gustan bien de la intención de sus miradas y la gracia de sus movimientos ridiculizantes. 

Pero no se pasman de hilaridad ante su sola presencia, ni dejan a la vez de reír con sus padres, hermanas o hijos con algunas escenas cuyo éxito de risa se debe exclusivamente a las situaciones de alta comicidad, obra de autores, directores y tramoyistas, y no a Semon, Chaplin o Lloyd alguno.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
Leído 0 veces.