Un Hecho Desnudo

Horacio Quiroga


Cuento


La ansiedad de emociones desmesuradas —observó el pasajero— es el aspecto romántico de las gentes que no lo son. Entre esas emociones, gozan de particular privilegio las que otorgan una empresa o un país extremo: días de sed insaciada, hambres crueles, tempestades de un mes, paisajes enormes, sin contar los tiros imprevistos.

Hasta dónde esta gente sensata es capaz de llevar adelante su ensueño, no es fácil averiguarlo. Sobre cien casos, con noventa y nueve los ardientes soñadores viven y mueren en su oficina, o bien escriben poemas delirantes ú la vida del bosque y la montaña, siempre encerrados en su cuartito, claro está. Algunos, muy pocos, se resignan y dejan la pluma con los Rosny, “llorando inmensos bosques vírgenes que no visitarán jamás ".

Tal cosa proviene de que el romántico real en estos aspectos, va; y el falso romántico —el romántico literario, por mucho que el oficinista prosaico niegue la exactitud de este calificativo— no va nunca.

Pues bien; yo conocí a un hombre que fue a un país donde no hay diarios que inserten crónicas policiales. El hombre fue a pasar tres meses y estuvo quince días. Y el motivo fueron dos sobresaltos, dos pequeños choques en que vió a pleno día, sin túnica alguna, un hecho desnudo y lo que derivó de él.

La cosa acaeció en Misiones, y tuvo por teatro el rancho de un polaco, a la vera del monte y sobre el camino que conduce del pueblo interior al puerto. Yo vivo allá hace años, como no ignoran, y precisamente a 500 metros del rancho del polaco en cuestión. Pero de casa no se lo ve. Desde casa no se ve más que monte, el negro monte hasta el infinito de las hondonadas y de las sierras; y al oeste, allá abajo, cortado en el bosque, el Paraná sombrio como un lago escocés. A ciertos efectos yo me hallo, pues, tan en libertad como una Bagheera de Kipling que ha logrado romper el dogal que la asfixiaba. Esta circunstancia decidió a un amigo mío a ir a pasar conmigo tres meses, porque estaba harto de la vida de ciudad, y llevó con él a su hijo de siete años. Los primeros días todo fué a pedir de boca. Hacíamos monte de mañana, río de tarde y de noche descansábamos la cintura bajo las palmeras negras como tinta e inmóviles, mientras los chicos corrían cazando cucuyos, gritándoles de pasada: —¡Taca! ¡Taca! ¡Taca!

Yo no tengo hijos; pero mi cocinera tiene tres que corren descalzos sobre cascos de botella.

A veces salíamos de noche, a pie o a caballo. El chico de mi amigo, entre algunas malas mañas que su padre viudo no ha podido evitar, tiene una excelente: no teme a la obscuridad ni a la soledad, y se duerme en paz en presencia o ausencia de su padre. Esta es una cosa muy útil.

Adonde íbamos todas las tardes era a casa de mi vecino el polaco a buscar fósforos o papel de fumar, pues el hombre tenía diez o quince pobres artículos —a excepción de la caña, abundantísima ésta— que constituían su almacén. El boliche ocupaba la primera pieza del rancho, pequeña y obscurísima, donde todas las caras resultaban pálidas y parecían mirar con demasiada fijeza. Había algo como mostrador, y en la pared estaban los artículos de primera necesidad en un país lejano; y sobre el suelo, grandes latas de galletitas. Es increíble cómo las galletitas ocupan un lugar de primer orden en los extremos del país.

Por su situación entre el pueblo y el río, el boliche era muy frecuentado por los pobladores de la costa y por tipos de paso, casi siempre de mal aspecto, que cruzaban de noche el río o bajaban en canoas. Tales parroquianos solían tener la bebida larga, y permanecían largas horas silenciosas junto al mostrador, mirando uno a uno a los que entraban.

El país aquel es muy tranquilo, y pasan años sin que acaezca un hecho realmente de sangre. El almacenero, con todo, no obraba cuerdamente alimentando hasta las diez de la noche el sombrío alcohol de sus clientes, tanto más cuanto que a la hora que se golpeara a la puerta, el polaco aparecía en calzoncillos y despachaba cinco centavos de pimienta o doce copas consecutivas de caña. Se encogía de hombros ante las observaciones, dando entender así que no tenía el menor temor al respecto.

Y tenía razón en esto. El polaco —aunque era austriaco, todos le llamaban

polaco— medía 1.90, y era terriblemente fuerte a pesar de sus años, pues pasaba de los setenta. Tenía una vejez de hierro, que le permitía tender solo un doble hilo de púa de 500 metros a través del monte. Esto lo he visto yo.

No era trigo limpio, a lo que entiendo. Por lo menos, miraba cara a cara. sonriendo con sus ojillos grises a sus clientes nocturnos que se deslizaban de noche desde el río, por más que tuviera un machete y las pesas de la balanza a su alcance.

Tal era el polaco con quien charlabamos un rato al atardecer, y que daba una sola galletita de yapa al chico de mi amigo. Era casado, y su mujer, muy fuerte también, lo ayudaba a trocear leña sobre el camino. La polaca llevaba siempre la pollera muy corta, a media pierna, y usaba botines de hombre sin medias.

Todo esto es el preámbulo. El hecho es éste:

Volvíamos una noche a caballo del Yabebirí mi amigo y yo. Eran cerca de las diez y volvíamos al galope. Al ascender la última loma que nos ponía a la vista del rancho del polaco, notamos luz en el boliche, la que se apagó cuando estuvimos a cien metros.

—El polaco cabeza dura —observó mi amigo.— Todavía sigue despachando.

Pero era aquél su último cliente, porque al cruzar frente al boliche no oímos el menor ruido aunque la puerta continuaba abierta.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, estábamos tomando café cuando llegó un agente de policía a invitarme de parte del comisario a servir de testigo en casa del polaco. Sospeché otro asunto de contrabando de caña, a que nos tenía acostumbrados mi vecino, y fui.

Había en la puerta cinco o seis peones que me vieron llegar y entrar como si yo fuera un objeto de curiosidad.

—Vea —me dijo el comisario, señalándome con un movimiento de cabeza la segunda pieza del rancho.— Miré, y vi efectivamente lo que él quería que viera. Vi a la polaca tendida en el suelo con las piernas separadas y con el brazo izquierdo levantado sobre el rostro como para parar un golpe. Pero estabas muerta, y bien muerta, porque tenía ese brazo rebanado desde la muñeca al codo, y tras el brazo que había parado el primer golpe, tenía un machetazo desde la sien a la mandíbula —todo lo hondo y de bordes abiertos que quieran figurarse.

Esto en cuanto a la mujer.

—Vea estotro —repitió el comisario, con igual gesto.

Volví atrás, y lo vi entonces a él, al polaco, apoyado contra las latas de galletitas y la cabeza oculta, como si buscara nidos de gallina. Parecía que le hubiera venido un vahído estando de pie, y que había buscado apoyo en las latas, hasta quedar en aquella postura rara, Pero no se había desmayado, sino que había recibido en el brazo el mismo terrible machetazo que su mujer (tenía el hueso roto), y tras el otro machetazo en el cuello. Sobre lo que parecía el cuello del polaco, tienen de sobra con figurárselo.

Entonces vi que entraba mi amigo con su café recién tomado, y vió aquello.

—Salgamos a la puerta —me dijo.— Estaba amarillo y tenía la frente y los labios mojados en sudor.

El sol bañaba la puerta, era una hermosísima mañana de verano, y las cosas y la vida tenían su aspecto de siempre, con su gente alegre y sencilla. Lo cual no obstaba para que allí adentro estuvieran los dos polacos perfectamente asesinados.

Lo que inquietaba a mi amigo, y tenía razón, era la sencillez del asunto por dentro, la tremenda falta de noción y aprecio de una vida humana que suponía la cosa. Nada de teatro criminal ni complicaciones psicológicas. Ensañamiento, crueldad, etc., nada tenían que ver en el caso.

—El tipo los ha macheteado como se machetea a un árbol-se decía.— Los ha echado abajo: zas y zas.

No era así difícil reconstruir la escena. El cliente nocturno, frente al mostrador, y el polaco, del otro lado, habían disentido tal vez el pago del momento o una cuenta vieja. Ante la actitud amenazadora de uno u otro, el visitante había tomado la delantera, y de un machetazo de derecha había roto el brazo levantado del polaco, y con el solo tiempo de tomar vuelo; del mismo revés le había abierto el cuello en su total extensión. Machete Collina, por lo menos, y brazo número uno —esto desde luego.— Al ruido había aparecido la polaca, y el hombre no había tenido sino que repetir su juego, de derecha y revés, justamente cuando llegaba a sus oídos nuestro galope de la noche anterior. Entonces había aplastado de un machetazo la lámpara contra el mostrador y había quedado en la obscuridad, mientras nosotros notamos de paso la puerta abierta, aun cuando ya no había luz.

No dejaba de ser una suerte que no se nos hubiera ocurrido entrar y comprar fósforos.

Adentro, comenzaban a sacar de su escondite al polaco. Las puertas del segundo cuarto se habían abierto, y entraba el sol, Y mi amigo vió un tropel de gallinas arremolinadas alrededor de la cabeza de la polaca, picoteando con gran gusto algo obscuro que cedía en largos hilos coagulados. Y una voz de mujer dijo:

—Cierren las puertas, porque si no van a venir los perros…

—¡Vamos! —me dijo mi amigo, sintiendo que el café con leche no resistía más.

Ahora, el derivado de este hecho.

Esa noche salimos de nuevo y tornamos a pasar frente a la puerta del polaco, que ahora estaba cerrada. No es cuestión de miedo, ¿verdad? Pero cuando un caballo galopa en la noche, no es difícil tener alucinaciones de otro galope detrás, o de una puerta de la propia casa que se cierra lentamente al llegar nosotros.

Entramos en casa, y, naturalmente, mi amigo fue a ver a su hijo. Pero la cama estaba vacía. Y se había acostado porque las ropas estaban revueltas. Yo lo noté cuando mi amigo me estaba mirando, y entonces nos miramos los dos un momento. Si todo lo horrible sobre lo absurdo y la fatalidad trepó por nuestra espalda, es bien comprensible. Fué más absurdo aún: revisamos los rincones tras las camas donde sólo podía caber una "cosa" sin forma, y el canasto de la ropa usada, aún allí… Pero yo fuí quien abrió la tapa.

Esto duró apenas un minuto. Al fin se nos ocurrió ir a ver a la cocinera, y allí estaba el sujeto, apelotonado contra la mujer y sus dos hijos menores, pues después de salir nosotros se había despertado a alaridos, soñando con una historia de polacos. Pero el minuto aquél, no se lo deseo a nadie, padre o amigo.

Esta es la historia. Durante cinco días el ambiente estuvo profundamente alterado por el doble crimen, Las gentes no hablaban sino de eso cuando se encontraban, y cuando estaban solos al anochecer miraban atrás y a los costados. El filo del arma y la cruda decisión de matar del visitante del polaco, turbaba los espíritus.

Nosotros, claro está, continuábamos durmiendo con puertas y ventanas abiertas, porque si hay una cosa remotamente improbable, es que un episodio así se repita en breve plazo. Nunca más seguridad en un tren que en pos de una catástrofe.

Así es; pero los nervios no entienden mucho de esto, y se presta un oído demasiado alerta, aun durmiendo; y desde el río subían siempre sin hacer ruido los peones nocturnos, y los perros del polaco aullaban siempre como la noche del crimen y como todas las noches anteriores. El país entero estaba infestado de recelo; ustedes, habitantes de la ciudad, no tienen idea de lo que es en el desierto un ambiente trágico que empapa a los animales y a los mismos postes de los alambrados.

Claro es, mi amigo sufrió a su vez el efecto, y se fué. Pero antes de irse me recomendó que consiguiera un vecino lo más pronto posible, recordando una broma mía, a raíz del asesinato de otro almacenero en la costa del Paraná, tres años atrás. Como el bolichero y el cajón de su mostrador son las víctimas propicias en tales aventuras, yo me había considerado en salvo mientras tuve al polaco en mi proximidad. Y no era cosa de que con su muerte yo perdiera en adelante mi pararrayo.

—Hace bien —me dijo mi amigo despidiéndose.— Su país está ahora podrido de miedo y huele a machete. Insinúe a un pobre diablo cualquiera la utilidad de instalarse con almacén en el rancho del polaco, y cuando esté pronto su nuevo pararrayo volveré. Hasta entonces.


Publicado el 6 de julio de 2026 por Brian.
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