Un Novio Difícil

Horacio Quiroga


Cuento


Hay dogmas terribles. Por ejemplo, defender a los amigos y defender a la mujer amada, sin entrar por el momento en mayores detalles. Quien los contraviene, tórnase presto animal inmundo, y por inclinarse a ello Larraechea perdió a su novia.

Cómo, lo supe una noche de baile en que aquél y yo estábamos parados, estorbando bastante. Las aleatorias parejas pasaban rozándome, y, al calor de cuatro vueltas, sabíamos de memoria todos los rostros.

No todos: en cierto momento noté que Larraechea no me respondía, atento a una pareja que llegaba. La joven, que escuchaba a su compañero mirándose la punta de uno y otro zapato, levantó la cabeza en el preciso instante de cruzar delante nuestro, y saludó con seria extrañeza a Larraechea. Era indudable que lo había visto de lejos. La seguimos con los ojos.

─Mona, la chica ─dice─. ¿La conoces mucho?

─Bastante; ha sido novia mía.

─Es lástima que ya no lo sea más ─creí agregar, colocándome vagamente en su lugar.

─¡Sí, lástima! Yo no era seguramente el hombre soñado... si los muchachos que hacían dogmas supieran por qué hemos roto... Si le interesa, se lo cuento.

»Supongo ─comentó─ que no tendrá mucho interés en saber cómo y dónde la conocí. Hacía ya tres meses que éramos novios, cuando una noche, aquí mismo, un individuo ─ése justamente que está con ella y parece reemplazarme con toda felicidad─ se puso a mi lado; yo estaba parado por ahí, contra una cortina. Ella paseaba con no sé qué amigo de su barrio. El sujeto comentó la ocurrencia, el éxito del baile, las caras bellas, etc. Apenas me conocía, lo cual no obstaba para que me hiciera confidencias con inconsciente indiscreción de buen diablo. Así me dijo:

»─Hace un rato tenía usted una espléndida compañera.

»─¿Cree? ─le respondí por decir algo.

»─¡Ya lo creo! Es muy linda ─repuso─. No se habrá aburrido, ¿verdad? ─agregó con malicia. Indudablemente, no sabía que era novia mía.

»─No mucho ─me sonreí, sin saber adónde iba.

»─Es muy mona ─reafirmó─. Lástima que haya dado que hablar.

»Supondrá el efecto que me hizo esto.

»─¿De veras? ─dije.

»─¡No sé tanto! ─me respondió riendo─. Dicen que es muy expresiva con alguno. Y así otras cosas.

»Ahora, le confieso que apenas lo oí, mi primera sacudida fue hacerme el ofendido y provocar al que la insultaba. Pero al mismo tiempo tuve también la conciencia plena de que yo no sentía verdaderamente eso, sino mque lo había aprendido. Mi impulso real, que salía de lo más profundo, era únicamente contra ella, sí; contra él no sentía nada. ¿Qué era él en esa súbita llamarada de celos que borraba todo, no dejándonos más que a ella y a mí? ¿Por qué me iba a insultar, el pobre diablo, si ignoraba completamente que ella era mi novia?

»Éste se fue, y, al volverme, la vi pasar detrás de mí. Por la dirección que llevaba, comprendí que acababa de levantarse, y las sillas vacías estaban a dos metros. Temí que hubiera oído. En el resto de la noche no la sentí franca.

»Dos días después, al entrar en la sala, la madre me recibió. Hablamos un momento y pregunté por ella.

»─Ya viene ─me respondió, pasando en seguida a otra cosa.

»Pero no venía e insistí.

»─Ya viene ─repitió evasivamente.

»─¿Tiene algo conmigo? ─le pregunté, mirándola.

»─No, nada ─repuso, esquivando la vista. Se calló.

»─Creo que está resentida con usted ─agregó al rato.

»Entonces no tuve duda de que había oído. Un momento después ella entró y la madre nos dejó solos. Resistióse a decirme qué tenía, negando rotundamente largo rato que sintiera nada. La ayudé y se abrió por fin diciéndome que yo había permitido que hablaran así ─porque efectivamente había oído─, que cuando un hombre permite eso, no quiere; que si no se creía en ella...; que ella entendía de muy diverso modo el amor, etc., etc.

»Concilié con toda la persuasión que pude.

»─Dime ─le dije al fin─. ¿Tú crees que yo te quiero?

»No me respondió. Insistí, con igual resultado.

»─¿Hubieras creído que te quiero más?

»─No sé si usted me hubiera querido más, pero un hombre que hace eso, no quiere.

»Y no hubo más. Fue tan imposible que saliera de ahí como del respaldo del piano. A los cinco minutos había concluido todo, y ahí la tiene, dejándose enamorar, en un conveniente olvido por el hombre que la insultó. ¡Feliz memoria!

Sin embargo, sé por experiencia que es apacible evocar, mirándolo, un amor que perdimos porque quisimos y que ya no está en nosotros revivir. Así vi que Larraechea, mudo, la seguía atentamente con los ojos. Yo también la miraba.

Sin embargo, había en la historia ese algo turbio, y no pude menos que decírselo a Larraechea: sus celos, lo que había oído. Que no se ofendiera con él, perfectamente; pero con ella...

─No ─me respondió, sin volver la cabeza.

Vi después que se refería a mí.


Publicado el 17 de enero de 2026 por Edu Robsy.
Leído 1 vez.