Hace año y medio nos llegó a casa desde Colombia un libro del cual tenía yo alguna vaga noticia por las notas bibliográficas pellizcadas aquí y allá sobre el tomo en cuestión. Acompañaba a la novela —pues de ello se trataba— una carta muy cariñosa, que contesté en igual tono, dado el evidente desinterés, la lealtad y la recta estimación que campeaban en aquella.
Cambié con el autor algunas cartas más. La simpatía del escritor no alcanzaba exclusivamente al colega distante. En casa se recibieron folletos del Museo de Historia Natural de los Estados Unidos (el autor se hallaba entonces en aquel país), suscripción por no sé cuántos años a magazines de viajes y aventuras y últimamente una primicia literaria, El Puente De San Luis Rey, que constituía en esos momentos un éxito de librería.
El nombre de este escritor era tan familiar en nuestra casa que la perspectiva de conocerlo un día, en un siempre retardado viaje al trópico, formaba parte de nuestro sentimiento de familia.
Esto era ayer. Hoy, tras un brusco telegrama de la prensa que anunciaba su repentina enfermedad, un despacho de Nueva York nos informa de la muerte de José Eustasio Rivera, autor de La Vorágine.
De él se trataba, en efecto. No es comprensible una amistad como la nuestra, creada por breves cartas, con tanta agua y tierra de por medio, sin un lazo, sin un foco bastante cálido y poderoso para unirnos en un solo afecto a través de la tierra y el agua que nos separaban. Este foco alimentabanlo: en él, una leal estimación confirmada desde la primera línea de su carta inicial; en mí, una admiración sin límites por el extraordinario poeta de La Vorágine.
Anoto ex profeso la expresión poeta, tratándose de un novelista, pues La Vorágine es eso, por encima de sus grandes calidades: un inmenso poema épico, donde la selva tropical, con su ambiente, su clima, sus tinieblas, sus ríos, sus industrias y sus miserias, vibra con un pulso épico no alcanzado jamás en la literatura americana.
Por una rara virtud —no tan rara, si bien se mira— tal vez no fue la evocación de la selva el punto de mira esencial del novelista al planear su libro. Si bien Rivera conocía tal ambiente por sus largas temporadas de vida en el monte, le era extraña la gran selva ecuatorial. Como miembro de la delegación de Colombia partida a delimitar las zonas que desde los tiempos de la conquista disputan Ecuador, Perú, Brasil, Venezuela y Colombia, el novelista conoció, con una dureza de vida que las miserias de sus personajes transparentan, lo que es la selva al desnudo, viva y palpitante, sin afeites retóricos.
Pero conoció también, en su misma entraña tenebrosa, la explotación del caucho, no bastante execrada, a lo que parece, en las denuncias que hace años se conocieron y se siguen conociendo todavía con el nombre de “Los horrores del Putumayo”.
Donde dice Putumayo léase también Vichada, Isana, Vaupés, Inírida, Amazonas, Guainía, y se tendrá el campo de acción de los caucheros sólo para Colombia.
Un toque de rebato sobre aquellas denuncias de lo que pasaba en el Putumayo fue, sin duda, el objetivo que tuvo Rivera por delante al escribir su novela. Se necesita para sentir esos horrores, que ni rozaban siquiera su traje de hombre de fortuna, uno de esos corazones que se van haciendo raros en los hombres de letras. Y necesitaba también, por su misma condición de hombre altamente vinculado al mundo y la política, de un valor singular para atacar la banca cauchera, que en desquite podía sofocarlo sin el menor esfuerzo.
Pero si el hombre de temple se detuvo entre el Isana y el Guainía, junto al Guaracú, jugando su nombre y su vida a la redención de unos cuantos miserables, su temple de artista abarcó el trópico entero, para lanzar, por decirlo así, a los ojos mismos del lector el panorama inmenso, torrentoso, mefítico y nefasto de la hoya amazónica.
No hay pasión en sus personajes que la selva no haya azuzado hasta el delirio, como una vasta terciana. No hay en la novela agonía de mortal alguno que la selva no haya sufrido con dolor dual desde que el hombre penetró en ella a desangrarla.
¿Cómo logra el novelista mantener en constante palpitación de vida una zona que abarca desde el Cauca al Casiquiare y desde el Atabapo al Marañón?
No son muchos los personajes de La Vorágine. Pero es tal el movimiento de su acción que en un instante dado de la novela, en cualquier momento, mientras tales personajes descienden al Curicuriarí en jangadas, otros, a quinientos kilómetros de los primeros e íntimamente ligados a ellos por el mismo drama, fuerzan a la sirga los raudales del Inírida, en tanto que más lejos otros personajes remontan en piraguas las fuentes del Vichada, y más allá aún otros cruzan el desborde del Vaupés echados de pechos sobre un tronco que impulsan con las manos entre la espuma, a falta de remos.
La pasión de los personajes, la pasión de la selva y de la acción misma laten con tal cruda vida que no es indispensable haber aspirado nunca el vaho de la selva para sentirla remontar hasta las mismas narices. Se respira selva: tal es el soplo épico de su evocador, y tal la energía de su expresión.
Entre los caracteres delineados al buril de La Vorágine, uno de ellos resulta con extraordinario relieve: el de Arturo Cova, su protagonista. Para conseguir dicho relieve su creador ha recurrido al mismo resorte con que animó la selva: la verdad sin trabas, la realidad aguda y punzante hasta la alucinación a veces. Ni un solo velo sobre el carácter de Cova: impulsivo, sentimental, voluntarioso, retórico, honrado, borracho, generoso. Todos sus defectos y virtudes se resumen en la primera frase del libro con que el protagonista inicia el relato:
“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.”
Violencia, en efecto; violencia en el corazón y en el carácter, en el ambiente, en la expresión, tal es el metal viril con que se ha forjado La Vorágine, y que moldeó también sus flaquezas de escritor.
Entre sus críticos más de uno ha emitido la probabilidad de que la ficción del protagonista no fuera tal ficción.
“Desde que he leído su libro —decía yo a Rivera en mi primera carta— no logro arrancarme a Arturo Cova de la cabeza.” Y no por razones de simpatía al personaje, puede creerse, sino por la tremenda cantidad de vida que supo infundirle su animador.
Evocador de ambiente, creador de caracteres: nada, ni siquiera la varonil belleza faltó al gran escritor. Su aliento épico no lo poseyó novelista alguno en América. Y pasarán muchos años antes que nuestro continente dé a luz un poeta de tal valer.
En los instantes en que escribo estas líneas el correo trae a casa una nueva revista remitida desde Nueva York por Rivera. Triste cosa es esta póstuma y viviente ofrenda de amistad, cuando ya comentamos su nombre como una gloria del pasado.
En su última carta Rivera me hablaba de la probabilidad de hacer aquí una edición de La Vorágine. Según sus deseos, yo debía prologar el libro. Ahora lo hago, grande y pobre amigo. Pero no como tú lo esperabas.