Un Poeta Del Alma Infantil

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Una caricatura reciente nos muestra a un niño doblado con gran preocupación sobre un aparato de radio, que se esfuerza en sintonizar.

—Vamos al circo, ya es hora —le dice su abuelita, entrando en la pieza. A lo que la criatura responde, encogiéndose de hombros:

—Anda tú, abuelita, si eso te divierte...

La caricatura, al servicio de un fino espíritu, tiene felices aciertos. En la que nos ocupa, se halla expresado con sutil eficacia el singular estado de alma de nuestra infancia actual.

No es nueva la utilización del niño precoz para sintetizar con un rasgo de su psicología determinado estado social. Pero pocas veces como en ésta el niño ha prestado tema para la caricatura de su presente descomposición vital.

Una criatura que ha perdido la imaginación para soñar con imposibles, el ansia de ver nuevas y lejanas tierras, y el fuego para anhelar otros ambientes, otros océanos, otras tempestades que no se sabe adónde conducen; cuando una criatura —imaginación, ansia y fuego— se encuentra vaciada de todo esto, e inmóvil y envejecida pone al servicio de un complicado mecanismo un esfuerzo mental no menos caduco por infantil, puede creerse que la humanidad que engendra y fomenta tal infancia, se halla amenazada de decrepitud en sus más tiernas fuentes.

Los niños no deben absorberse en el estudio de los sutiles aparatos que el progreso pone a su alcance. No deben conocer todas las marcas de autos ni perder el color doblado sobre un circuito de radio. Ellos llevan en sí, y en germen, la dedicación a tales estudios, y a su edad madura perderán el color, la fortuna y el el alma tras aquello que hayan erigido en ideal.

Pero, entretanto, una criatura sólo debe soñar con lo que no está a su alcance: tierras, misterios y dichas aún inaccesibles para ella. Debe ansiar mucho más de lo que conoce y ve, pues apenas si más tarde la realidad le permitirá ejercitar sus fuerzas ya maduras en el uno por ciento de sus lejanos sueños.

Es lamentable cosa ver a los niños alejados de su propia infancia; verlos aburrirse en el circo y ensimismarse en la complicación de misteriosos mecanismos. Durante un tiempo hemos creído que a las peculiaridades de la gran vida urbana debía inculparse esta atrofia o desviación del alma infantil, y que en los pueblos podía aún hallarse incólume al niño que hemos conocido.

Nuevo error, a lo que parece. También en las ciudades pequeñas las criaturas han dejado de ser tales para convertirse en pequeños hombres, con los mismos cortos anhelos de los grandes, y sin más ideal que llegar a tener la fortuna de ellos para adquirir a su vez una radio de ocho lámparas y un auto de carrocería Suprema Alteza o Antílope Azul...

Es sólo treinta años, ¿es posible que el alma infantil haya dejado de ser lo que era para ser otra cosa? ¿Hemos pasado ya por crisis semejantes que el tiempo transcurrido y las ignorancias nos impiden conocer? ¿Está a punto de perderse aquella curiosidad ansiosa, aquella exaltación del ensueño a que dimos el nombre de poesía del alma infantil?

De un agitador de esta alma, acaba de festejarse el centenario, y los niños de hoy, inconscientes de lo que su nombre significa para las generaciones que los precedieron, han visto con indiferencia a hombres de tez curtida por los años recordar tiernamente los libros de Julio Verne.

Agitador de la poesía infantil: tal creo que fue el destino y la gloria de este hombre.

A despecho de sus recursos de pequeña retórica y de su no siempre fiel erudición, Julio Verne poseyó como el mejor de los novelistas el arte de contar. El primer ciclo de sus novelas, particularmente, alcanza un desiderátum de emoción narrativa que bien quisiéramos para nosotros muchos de los que nos empeñamos en este arte. Pero es esto muy poco: la sola sugestión de sus epopeyas al esfuerzo, a la potencia moral, al tesón físico, al desenvolvimiento de todas las energías del individuo ante el desamparo y la desolación, sólo ello bastaría para concederle, como poeta, lo que sus debilidades literarias le restan.

Tenemos la convicción de que no se ha concedido aún a Julio Verne el puesto que le corresponde entre los escritores de gran influencia dinámica. A su amparo soñaron con el heroísmo generaciones de criaturas y adolescentes. Y muchos, sin haber llegado a héroes, le deben sin duda el sacudón inicial de una fecunda vida, por ser muy fuerte el destino que en un temperamento de pioneer ejercen siempre los poetas épicos de la acción.

Caillé, probablemente el explorador más enérgico con que cuenta la humanidad, debió su vocación a una influencia semejante. Y todos sabemos que Conrad se sintió a los ocho años marino, a la conclusión de un relato cualquiera desarrollado en las islas polinesias.

Hoy los chicos no sueñan porque han erigido en ideal las diversiones de los hombres, que no pueden obtenerse sino con dinero. No debe así atribuirse la exclusión de Julio Verne de la biblioteca de los jóvenes a la vejez de su nombre como autor, ni tampoco a un mayor refinamiento del gusto infantil. El amor a la aventura, a las lejanías, a las grandes glorias —incluso la de un gran bandido— constituyó en todas las edades la característica del niño. Hoy, extraviada por los deleites urbanos que ve a cuantos le rodean anhelar y perseguir, el alma del niño no alcanza ya a traspasar en su ensueño los límites de su calle, y ni siquiera los de su misma cuadra: en ella, y sin penuria alguna, hallará todo lo que ansía.

Un amigo mío, criado en el campo, construyó con grandes esfuerzos una choza no más alta que él, a la sazón de diez años. La obra fue llevada al cabo con gran sigilo. Nadie, ni en su casa ni en el pueblo, conocía la existencia de aquel refugio, levantado en un salvaje páramo. Para nada servía la choza por su minúsculo tamaño, ni su propietario pretendía tampoco vivir en ella, Pero cuando el tiempo amenazaba tormenta, el chico corría a su choza. Y allí, acurrucado, con las piernas forzosamente en el pecho, se mantenía por varias horas inmóvil, bajo la lluvia que azotaba el país.

A la misma edad, yo gustaba de ir hasta un estrechísimo y sombrío barranco, muy distante de nuestra quinta, donde, por efecto de la humedad, conservada en su fondo, crecían grandes helechos y plantas de extrañas formas, que con la caída del crepúsculo cobraban lóbrego aspecto.

Muchas veces, en las grandes horas de sol, habíamos alcanzado hasta allí a cazar lagartos. Pero al entrar la noche, y en la soledad y el silencio del lugar, bien podían asomar entre las piedras, para un chico de diez años, otros animales.

Una tarde, la caída del sol me sorprendió en la garganta, ex profeso.

Abrí un cortaplumas, y fijando los ojos en los peñascos del precipicio, sin perder de reojo la fosca vegetación a mi derecha, me mantuve durante una hora inmóvil como mi amigo; él, ante su tempestad de Robinson; yo, ante los peligros de mi selva en miniatura.

Ni mi amigo ni yo hemos tenido ocasión de probar nuestras fuerzas en las vicisitudes de los grandes viajes.

Pocos, contados son sin duda los hombres criados desde el setenta al novecientos que han logrado ver y sentir lo que anhelaron en su tierna juventud.

Pero todos ellos, hombres hoy maduros, guardan fresquísima la emoción verniana de aquellas aventuras, de aquellos esfuerzos que realizaron de verdad cuando su alma infantil era bastante pura para conformarse con la sola y rica poesía del soñar.


Publicado el 26 de julio de 2026 por Brian.
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