Un Próximo estreno: La Ley de Herencia. —Cuando nos llega el anuncio del estreno de una cinta que interpreta una de las grandes estrellas del cine, no podemos menos de suponer que entre los mil y un asuntos que llegan a la empresa, los directores han escogido la flor de aquéllos, como digno teatro para el desarrollo de las grandes facultades de dichas estrellas. ¿Qué menos se puede esperar? Pero he aquí que nuestras esperanzas quedan casi siempre defraudadas. El drama en que actúa un gran actor no vale por lo común más que los folletines de cargazón que se encomiendan a un actorcillo cualquiera; y en el caso presente, pues nos referimos a Elsie Ferguson, si se exceptúan Ojos del alma y algunas escenas de La Rosa blanca, los demás films que ha interpretado esta señora no pasan de diluidos melodramas. El resultado de esta falta de tino ya se conoce: El desprestigio del actor, en el aspecto más sensible; y la injusticia perfectamente excusable de aquel público que llevado a un salón por el renombre de la estrella, tropieza con uno de dichos malos films a los cuales no hay as de cine capaz de salvar.
Este estado de fatiga creciente, de disgusto progresivo por la decadencia del drama cinematográfico, tiene como única causa la superproducción, la que a su vez es motivada por el inmenso sueldo de que gozan los actores de nota. En efecto, no es con una o dos cintas, por extraordinarias que sean, que la empresa se va a resarcir de los 400 o 500 mil dólares anuales exigidos por una estrella —y no de las más encumbradas. Se torna así indispensable aprovechar a ese valiosísimo diamante en 6 u 8 films, los que haya a mano en la dirección. Y como al parecer los asuntos buenos escasean en Norte América tanto como en Zululandia, nos encontramos al fin de año con un buen drama de los señores Hart, Pickford o Ferguson, y con 7 u 8 piezas inferiores.
La moraleja que se desprende de este conflicto de necesidades comerciales y aspiraciones artísticas es una sola: no ser injustos. Bien; comprendemos perfectamente la injusticia de pretender una obra de genio en el primer cartel de reclame. Pero hay algo con más derecho que todo esto a nuestra consideración, y es la defensa de nuestro estado de ánimo y nuestros sentimientos de arte, ante el cansancio y la desesperanza que van acumulando día a día sobre nosotros las empresas de cine con sus justos intereses y las estrellas con sus 400 o 500 mil pesos de pretensiones.
La señora Ferguson ha hecho en Ley de Herencia cuanto estaba de su parte para realzar la cinta, y desempeña en ella un doble papel, muy felizmente realizado. Lo único de lamentar es que no son estos trucos de psicología el elemento de triunfo de la rubia Elsie. En situaciones de alma normal, plácida o dolorosa sin recargo —no es posible olvidarse de Ojos del alma— Elsie Ferguson es y será siempre una de las tres o cuatro estrellas de verdad del cine.
Ley de Herencia: Elena (E. Ferguson) ex alumna en un convento, soporta en su sangre una muy cargada herencia: el juego. Los padres han pagado fuerte tributo a la fatal pasión. Tras una vida azarosa por los más fastuosos y sórdidos garitos de las capitales europeas, el padre de Elena paga con la vida su pasión del juego. La madre (la misma Elsie Ferguson) concentra en su tierna hija la desolación de su amarga vida, y decidida a librarla de la sed de ruleta que ha devorado su alma, encierra a la pequeña Elena en un convento de España, a fin de que jamás conozca a su madre. Le da por tutor a un viejo y honorable amigo suyo, y desaparece del mundo.
Por lo menos del Viejo Mundo, pues diez años después la volvemos a hallar en Nueva York, casada con un señor Delano, jugador de profesión que regentea una alta casa de juego. Pero Elena ha huido del convento, suspira por el mundo. Escribe a su tutor, llega a Nueva York, donde aquél le halla un hogar en el seno de una distinguida familia. Elena se halla muy a gusto, conquista a todos, y especialmente al hijo de la casa, novelista huraño y retirado de la sociedad.
Tras una lánguida luna de miel entre libracos y manuscritos de su esposo, que no cae en cuenta de que su joven mujercita no es novelista como él, Elena es solicitada por sus amigos mundanos a probar las emociones del juego, con el éxito que se supondrá. Y mientras su esposo hace una cura de salud en la montaña, Elena pasa las noches sobre el tapete verde, enfrente de su propia madre que la observa melancólicamente, y que ya una vez ha tratado de detener a la incauta joven en la pendiente que la perdió a ella misma.
Tan fuerte es la pasión, que Elena se encuentra de pronto con siete mil pesos en vales firmados, cuyo pago exige el croupier esa misma noche. Y esa misma noche llega el marido ausente. Aterrada, Elena pide a su esposo dicha cantidad, inventa pretextos, se turba, miente, vuelve desesperada a pedir una tregua al jugador. Y luchando por el aparato telefónico, el jugador pierde pie y se desploma por sobre la baranda —muere.
Pero la madre de Elena acaba de saber la verdad: corre a salvar a su hija, y sólo tiene tiempo de hacerla huir, entregándose ella a la justicia. Se suicida para concluir de libertar a Elena. Y la pequeña y aterrorizada jugadora halla por fin en brazos de su esposo la paz que no había querido conocer.
La Resurrección de Dorothy Phillips. —En pos de El corazón de la Humanidad, que esta estrella de la "Universal" nos dió a conocer hace ya largos meses, habíamos perdido todo rastro de ella. Salvo un breve dato sobre dificultades con su empresa, nada nos llegaba de sus tareas cinematográficas. Una casa local anuncia ahora su próxima reaparición con La bestia negra, acompañada de Priscilla Dean. Buena promesa, como se ve.
La circunstancia de ser Dorothy Phillips esposa del que escribe estas líneas, puede crear al cronista una situación embarazosa. Pero tratará de salvarla lo más humanamente posible, conforme a la imparcialidad que, a despecho de todo lazo familiar, se debe el cronista, de esta sección.
