Un Próximo...: "Su Majestad…"

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Un Próximo Agradable estreno: Su Majestad la Opinión Pública. —Cuando el cronista un poco desilusionado por el hundimiento de sus héroes, los ve resurgir, siente un vivo placer; y mucho más cuando, como en el caso presente, se trata de una joven, interesantísima y bella personita.

Miss Billie Burke había tenido en los últimos tiempos la desgracia de no hallar director que la comprendiera. A una monísima criatura como es ella, toda dulzura de expresión y mimos, se la privaba de la única ocasión de lucirlos: el rostro en aumento. El director de tino que ha dirigido Su Majestad la Opinión Pública, nos ofrece con este film una Billie Burke adorable, siempre en primer término en la pantalla, tal como nos la ofreció Peggy, de encantadora memoria.

Pero no es esto sólo: La cinta en cuestión no ha sido confeccionada para lucir exclusivamente a su protagonista. Con cualquier actriz, la cinta agradaría, porque es buena en sí. Se trata de una airosa comedia, como se verá:

Como Juan Manning (David Powell), muchacho buen mozo y de mundo, estaba ya un poco harto de mujeres —se le llamaba Don Juan— se comprometió sin mayor pasión con una agradable muchacha, amiga íntima de Filis Ashbrook (Billie Burke). Filis Ashbrook estaba a su vez comprometida (también sin mayor entusiasmo) con Roger Mason, abogado de carácter frío. Como era un hombre frío, se entendía apenas con su novia Filis, que desbordaba de alegría. Y todo esto, veraneando en el Lago Plácido.

Así las cosas, las dos parejas verifican una ascensión a la montaña, donde por contingencias fortuitas Filis y Manning se extravían, viéndose forzados a pasar una noche de tempestad en una cabaña solitaria. La aventura es terrible, pues ninguna chica decente puede presentarse ante el mundo, después de pasar una noche junto con un Don Juan de la reputación de Manning.

Tal sucede a su vuelta al hotel mundano. La honestidad de Filis queda tan comprometida, que sólo se halla solución en su casamiento. Manning y Filis se casan, aunque nominalmente, pues después de una aparente luna de miel deben divorciarse, para casarse en seguida cada uno con su novio real. Esta situación de dos recién casados que conservan sus respectivos novios a crédito, es el eje picaresco de la comedia.

En la luna de miel sobrevienen aventuras variadas, que se encaminan todas a un mismo fin: el reconocimiento mal confesado de ambos esposos, de que, desde la virginal aventura de la choza, no son uno para el otro tan indiferentes como deberían serlo. Los esposos rompen con sus ex novios, los cuales se casan entre sí, Y Filis y Manning no tienen otro trabajo de dar un carácter de adorable intimidad a una luna de miel de mentirillas.

Buena cinta, en suma, en la cual se distingue por su sencillez David Powell, ya que un papel de Don Juan no es fácil de interpretar sin menoscabo de la varonil discreción.

Las Cintas de Ultratumba. —Cuando un hombre del mundo normal muere, su imagen permanece en el corazón de sus deudos y en algunas fotografías, tan muertas como él. Pero para el resto de la humanidad, la figura del difunto desaparece para siempre jamás.

El cine salva a sus intérpretes de esta oscuridad saludable. Nada importa que Bill, Douglas o Mary descansen un día de sus farsas artísticas a algunos metros bajo tierra. Ellos nos quedan, vivos y tangibles en la pantalla. En los últimos días nos ha sido dado rever El indultado. Sus dos protagonistas, Lockwood y Stonehouse (Stonell), están hoy muertos. Si la muerte alcanza en breve tiempo a May Allison, protagonista femenina, tendremos un film totalmente espectral. La impresión que produce esta supervivencia a través del sudario, es ya bastante fuerte para los indiferentes. Para aquellas personas cuyo corazón estuvo fuertemente unido a Lockwood o Stonehouse [Stonell], la impresión cobra aspecto de alucinación torturante. Lockwood dejó una joven esposa y dos o tres criaturas. Debe de ser para ellos un bien pobre calmante tender los brazos al espectro helado que simula espantosa vida —de un esposo y padre adorados.

El Ramo de Flores de Lew Cody. —Por motivos que no nos han llegado, Dorothy Dalton se divorció de su esposo Lew Cody. Esta es historia antigua. Es en cambio de fresca data el homenaje que el ex esposo rindió a Miss Dalton. A propósito de una fiesta —creemos que un cumpleaños o un estreno— la concurrencia notó entre las joyas y flores con que los infinitos admiradores de la actriz la obsequiaban en su día, un magnífico ramo de blancas camelias que llevaba pendiente una sola tarjeta: Lew Cody.

¿De quién era el obsequio? ¿Del ex esposo? ¿Del compañero de oficio? Esta es la incógnita, que presentamos a nuestra vez, después de haber intrigado a las damas apasionadas por el cine. Y no se crea que dichas damas —jóvenes, casadas y respetables ancianas— pertenezcan exclusivamente a los círculos cinematográficos de Nueva York o Los Ángeles. En Buenos Aires mismo, a nuestro rededor, la incógnita ha sido formulada con inmensa curiosidad. ¿Se amarán aún en el fondo? ¿El célebre burlador de mujeres se rinde por segunda y definitiva vez, con ese ramo de inmaculadas camelias, ante los hoyuelos de su incomparable ex esposa?

La intriga tiene por factor a dos personas que no conocemos ni conoceremos jamás, y que viven a mil quinientas leguas de nosotros. Mas no importa; las gentes del cine gozan de este privilegio de universalidad, y en el suntuoso comedor de una avenida del norte como en la modesta mesa de un barrio de extramuros, padres, hermanos y niñeras están a la hora presente preguntándose por qué Lew Cody, si ya no ama más a Dorothy Dalton, le envía un gran ramo de camelias blancas. Y lo que es más informal aún, a nosotros mismos (¡celos de espectador!) nos interesa la cosa.

Una Nueva Víctima: Milton Sills. Este joven actor, que además de estrella de cine es o era catedrático en una Universidad del Estado de Michigán, interpretó con brío extraordinario Almas que rogan, en compañía de Ethel Clayton, y poco después Sistema de Honor, de muy agradable recuerdo. Pero aquí se detiene la carrera triunfal del profesor. Ha sido desviado —¡uno más!— de su ruta. Sills era un artista muy parco, casi sombrío, que descollaba en papeles de hombres muy enérgicos. Gesticulaba muy poco, pero hacía pensar bastante. En los últimos tiempos ha reaparecido después de un largo eclipse, interpretando papeles de gentes movedizas, jóvenes galantes y dicharacheros. Ejemplo: El voto sagrado. No lo hace mal, el ex profesor; pero hay en el cine ocho o diez jóvenes que lo hacen mejor que él, cuando en su carácter de hombre unilateral, aunque de temple, era un personaje. Uno más, pues, que cambia de amores.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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