Quiero dejar constancia en estas líneas de los agravios que tengo contra el Banco de la Nación Argentina.
Yo era hasta muy poco tiempo un hombre feliz, cuanto se puede serlo con un buen apetito y una mujer sin mayores caprichos. Hoy tengo un géiser en vez de estómago, y ella, mi mujer, tiene una idea fija. Además, está encinta. No creo que se necesite más.
Véase ahora la obra torturadora, maquiavélica del Banco de la Nación Argentina. Un buen día me dijeron:
─¿No le convendría un buen empleo en el Banco de la Nación? No le vendría mal, yo creo... Fuera de que los empleados de banco son muy bien vistos.
Que me viniera bien, está fuera de duda. Pero lo de ser empleado bien visto, me fue particularmente agradable. Y parece que así es, en efecto.
Acepté el empleo. Hace de esto dos años. Recuerdo muy bien la mirada de ternura con que me acogieron mis compañeros el primer día.
─¿Usted es huérfano de padre y madre, señor? ─me preguntó uno de ellos.
─Sí... más o menos... ─le respondí, no sabiendo adónde iba el muchacho.
─¡Oh, no es nada! ─agregó con una plácida sonrisa─. El banco es nuestro padre.
─Sí ─apoyaron tiernos los demás─. Él es nuestro padre.
En efecto, a los pocos días me daba cuenta de cuán hondo y estrecho es este lazo de familia. Éramos entonces 1.050 o 1.100 empleados. Ahora apenas alcanzamos a 1.000. Y el banco es el padre de todos nosotros.
Véase: cuando un muchacho ha cumplido los veintidós años, y comete una absurda tontería con una muchacha de también veintidós años, no se cree obligado sino a dos cosas: a dar cuenta del fenómeno a la propia conciencia, o al padre de la muchacha. Nada más, y esto es ya bastante trabajo.
Pero aquí está el error. Puede muy bien pensar así un muchacho libre o huérfano de padres; pero jamás un empleado del Banco de la Nación. Porque el presidente del banco nos llama entonces y nos dice:
─O pone usted en forma sus relaciones con esa persona, o pierde usted a su padre.
Como no entendemos bien, el presidente se levanta y da por terminada la conferencia:
─O se casa usted con esa señorita, o presenta usted su renuncia.
Esto es por lo menos claro. Y es que la dicha de ser empleado bien visto no se compra gratis. Cuesta a veces una que otra renuncia, y alguna docena de malos casamientos. No importa; hay muchos que no tenemos padre ni madre, y nos resignamos.
Esto en cuanto al amor. Respecto de los deportes, el reglamento paternal nos enseña: «Los empleados del Banco de la Nación Argentina no pueden ir a las carreras. El que lo haga, perderá su empleo inmediatamente».
Cuando yo me enteré de él, me eché a reír. Jamás había ido a las carreras, a no ser en los grandes premios. No era esa paternal vigilia de nuestra moralidad lo que me iba a enojar, por cierto.
Sin embargo me informé bien.
─¡Ni por broma! ─me respondieron─. Si quiere hacer la prueba un día, ponga los pies en el hipódromo.
─¡Gracias! ─les dije─. ¿Pero ni el jefe del Control? ¿Ni el gerente? ─insistí.
─¡Nadie! Ningún empleado.
─¿Y el presidente?
─Ese puede ser... Algún gran premio... ¿No quiere hacer la prueba usted?
─¡Otro día! Pero ─agregué─ supongo que antes se jugaría aquí como un demonio... De aquí la reglamentación...
─Sí... ─contestaron los muchachos─. Antes jugábamos un poco...
Luego, pues, el amor poco serio y el juego no son practicados por los mil y pico de empleados del Banco de la Nación Argentina. Y aquí está la clave de por qué son tan bien vistos los muchachos de ese banco. Vicios, ninguno, pues fuera de los apuntados no los hay casi. Y los que como yo perdimos muy temprano a nuestro padre, apreciamos bien todo esto.
Los muchachos, sin embargo, me hicieron algunas confidencias. Por ejemplo, parece que los ventiladores de los bancos se descomponen con facilidad. Los muchachos tratan de arreglarlos, y los ponen en marcha, los detienen, vuelven a hacerlos andas, y así por largo rato, estudiando la cosa. Como se aburren, ponen un número a cada paleta del ventilador, y hacen una raya en el sostén. Cuando el ventilador se detiene, hay fatalmente una palea que se aproxima más que las otras a la raya. A esto le llamar ganar y cambian de sueldo mutuamente.
Parece que los bancos no ignoran la cosa, y han aceptado filosóficamente que todos sus ventiladores funcionen ─y funcionen siempre mal─ verano e invierno.
Sé hoy cosas más divertidas que éstas. Y sé también las torturas de esta patria potestad. El caso es éste: soy casado, como dije al principio, y mi señora está en cinta.
Nadie más que ella ignora cuán hermética es la entrada del hipódromo para mis pies profanos. Nunca, en el más remoto de los jamases, se le hubiera ocurrido ir a las carreras. Lo que perdíamos con eso, ni mencionarlo siquiera. Fuera de que cuando se tiene un marido bien visto, se piensa antes.
Ella pensaba. Pero he aquí que sobreviene aquel acontecimiento, y un buen día me dice, los ojos inmensos de ansiedad:
─¡Duilio! ¡Quiero ir a las carreras!
Exactamente esto. Y los labios le temblaban de ansia.
Es este un modo como otro cualquiera de hacer una proposición que nos cuesta la vida, o poco menos. Ella lo sabía muy bien, y quiero creer que había luchado como una loca consigo misma, antes de decírmelo. Pero al fin la cosa había llegado a ser sencilla: que-rí-a ir a las carreras.
Se supondrá si me defendí, si rogué, si supliqué, me arrodille: nada obtuve. La hallaba mirando al cielo, al volver a casa, y apenas la besaba se le caían las lágrimas. En la mesa golpeaba el tenedor en el borde del plato, una hora seguida, porque sí. Y el hombre no ha sido hecho para oír una hora seguida el golpeteo de un tenedor contra no importa qué cosa. De noche me despertaba con el vaivén de la cama, porque mi mujer estaba llorando, de espaldas a mí.
Fui a ver a un médico, y me dijo una porción de pavadas. Lo hice ir a casa, y me repitió lo mismo.
Yo había tenido hasta entonces un sueño bastante feliz, y lo perdí. Había tenido un buen estómago, y lo perdí también. No me quedaba sino hablarle de mi mujer al jefe del Control. Fui a verlo y le dije:
─Mi señora está encinta, y desea ir a las carreras. Y quiere que yo la acompañe.
El jefe me respondió que los reglamentos se oponían. Le hice ver claro de lo que se trataba, a lo que objetó que ese caso no estaba previsto. Que en todo caso fuera a ver al presidente.
Cualquiera de nosotros se da cuenta de lo que es ir a ver al presidente por una cuestión de carreras. Volví a casa, y el primer domingo fuimos a ver las carreras desde el punte.
«Acaso esto ─me dije─ la satisfaga.»
Cualquier día. Mi mujer siguió con loca ansiedad las carreras, sobre todo excitada con el clamor al entrar los animales en la recta. Pero el encanto se rompía a la llegada, pues no podíamos apreciarla bien desde el punte. Y cuando el clamor cesaba, y yo la creía tranquila ya, sentía su cabeza, muerta de desengaño, recostada en mi hombro. Y me preguntaba llorando:
─Duilio... ¿qué caballo ganó?
─Relámpago, querida... Aquel caballo que iba en el medio cuando pasaron por aquí...
Entonces lloraba más aún.
Esto lo hizo durante un mes. Al final, comenzaba a llorar ya desde la noche del sábado.
Fui entonces a ver al presidente, y le dije:
─Mi señora está en cinta y sufre mucho. Desea ir a las carreras, y no quiere ir sin mí.
El presidente me respondió que el reglamento era inexorable, y que no se podía saltar por encima por cualquier pretexto.
─¿Cómo pretexto? ─abrí los ojos─. Si quiere ver a mi señora.
─He dicho pretexto como podría decir cualquier cosa ─se corrigió─. ¿Qué clase de enfermedad tiene su señora? ─insistió, como si no hubiera comprendido. Yo lo miré un momento:
─Nada... está encinta...
─¡Ah, ah! ─murmuró. Y me miró en seguida con lo que podríamos llamar simpatía─. ¿Un antojo? ─observó.
─Sí, señor ─le respondí, pensando al mismo tiempo que presidente y todo del Banco de la Nación Argentina, no estaba exento de que su señora pudiera estar encinta y tener antojos a su vez.
Agregó, así, más dulcificado;
─Sí, sí, entiendo... Pero esto no lo puede prever nadie, señor... ¿Quién nos dice que a las 150 o 200 señoras de nuestros empleados no se les ocurra un antojo semejante?
Quedamos mirándonos, y me fui como un idiota.
Vi otra vez al médico. Esta vez me dijo:
─Su señora no se va a morir por esto; pero si quiere usted que su hijo no nazca con ictericia o cualquier otro asunto de mala nutrición, lleve a su señora a las carreras.
─Sí, y al Tonkín ─le respondí. Y fui otra vez a ver al presidente.
─El médico me ha dicho que mi hijo puede nacer con ictericia, o cualquier otra cosa por mala alimentación de la madre. Le pido que me conceda ir un día a las carreras.
Y estaba bien tranquilo y decidido a todo. Pero el presidente estaba también tan tranquilo como yo, porque me dijo con una sonrisita:
─Bueno, veremos... tenemos que concluir de una vez con esto... ¿Pero sabe usted, señor Joung, lo que hubiera hecho yo en su lugar, desde hace mucho tiempo?
─Lo sé, señor De León ─repuse─. Y eso es lo que haré otra vez, si mi mujer se muere y me vuelvo a casar con la viuda de un hombre que se muera también.
─Sí, es un buen remedio... ─sonrió otra vez el hombre jugando con su cortapapel. Pero nada más.
─Yo no puedo tener gratuitamente un hijo con ictericia ─me permití recordarle.
─Bueno, bueno. Mañana arreglaremos esto... Venga a las tres.
Y se acabó.
Tal es mi situación actual. Son las 2.45, y estoy de codos en mi oficina, muy tranquilo. Anoche ha habido un botón mayúsculo, y hoy, 26 de octubre, tendremos punteo para rato.
Todo esto me es completamente igual. Como en un sueño, oigo a los muchachos divirtiéndose con aquella pantomima de juego de que hablé al principio. Solamente que en vez de números, las paletas del ventilador significan ahora, una sí y una no, alternadas: lo dejarán ir... no lo dejarán...
Esto es más sencillo. Además, se ajusta a los reglamentos del banco. Se trata en este caso de una simple pregunta, que nada tiene de viciosa.
Pero todo esto me es indiferente. Dentro de un cuarto de hora subo a ver al presidente, y puede ser que mañana mismo haya recobrado la paz de mi hogar, o que prenda fuego al banco. Cualquier cosa me es lo mismo.
