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Cuento, Drama, Novela.
45 págs. / 1 hora, 18 minutos / 116 KB.
1 de septiembre de 2026.
La caída de la tarde es en efecto la hora habitual en que los antílopes bajan a abrevarse, y los leones y panteras tienen también por costumbre ponerse al acecho a la vera misma de la selva, esperando la llegada de los rumiantes, que son su plato forzoso. De este modo, en dos horas de estación a la orilla del río Congo, en una noche oscura, pueden pasar infinidad de cosas, la más mínima de las cuales puede ser sorprendido por un león.
El desconocido, en consecuencia, se sentó en el raigón, de espaldas al río, pues los cocodrilos no eran ya de temer con la sorpresa de un momento antes. Repuso la cápsula vacía de su revólver y colocó la escopeta entre sus piernas. El cañón izquierdo estaba cargado con munición fina, y el derecho con bala Lisa. Reemplazó ésta por otra explosiva, el cartucho del cañón izquierdo por bala lisa, y seguro ya de no ser sorprendido, esperó. Pasaron veinte minutos. De la lejana profundidad de la selva, llegaban hasta él cortos, aunque apagados aún por la hora temprana, balidos, maullidos, gritos de toda especie. En la playa reinaba el más hondo silencio. A los cuarenta minutos comenzó a sentirse el batir de las ruedas del «Metheor», y el desconocido, con un suspiro de desahogo, encendió un cigarrillo. Por simple precaución o tal vez por curiosidad únicamente, arrojó el fósforo lejos sobre el agua. El agua se iluminó súbitamente en un corto radio, pero con luz bastante viva para que el hombre pudiera conocer, por la tremulación especial del agua, que infinidad de puntitos negros, en paciente acecho, acababan de ocultarse bajo el río ante el inesperado surco de fuego que caía sobre ellos.