Una Cacería Humana En África

Horacio Quiroga


Cuento, Drama, Novela


Estamos en África, en plena África ecuatorial. La selva virgen, profunda, negra, inextricable, reina en el paisaje. Como una inmensa cinta de plata, el río Congo corre hacia el océano, arrastrando en su corriente enormes troncos, búfalos muertos, monstruosamente hinchados y ya en descomposición, islas flotantes de juncos y pajas, y a veces piraguas tumbadas, en que alguna docena de negros naufragó.

Son las cinco de la tarde, y ya la lánguida luz del cielo anuncia la proximidad de la noche. Con la primera frescura del crepúsculo pueden observarse innumerables puntos negros que desde el río avanzan hacia la orilla. Adelantan en parejas simétricas, muy juntos uno de otro, dos, cuatro, veinte, cien. Se los hubiera tomado por palillos de resaca, o más bien por diminutas cimas de islotes. Prosiguen avanzando, y de pronto el agua se enturbia súbitamente, se remueve en toda su hondura, y dos, diez, cincuenta monstruos asoman la cabeza.

Son cocodrilos, que se aprestan a la cacería nocturna. Pesadamente tendidos, con solo la mitad del cuerpo fuera del agua, esperan con profunda paciencia el menor rumor que desde la selva anuncie la llegada de un antílope que baje a beber.

Entretanto el crepúsculo ha invadido todo el sombrío paisaje africano. Reina calma absoluta. El cielo, al oeste, despliega hacia el cenit su inmenso abanico amarillo. El río se viste también de fúnebre azufre. Y se diría que el paisaje entero, calmo, profundamente silencioso, se apronta a una fúnebre muerte. Solo los cocodrilos velan, y pronto sin duda aplacarán la terrible hambre de fiera en acecho que les roe las entrañas.

He aquí que de pronto los monstruosos cuerpos inmóviles se mueven, y lentamente, retroceden todos sin el menor ruido. Ya únicamente la cabeza queda visible, y un instante después solo los dos puntitos negros de la nariz aparecen sobre el agua. Es que un rumor, apenas perceptible, ha llegado hasta ellos desde la profunda selva. Gacela, antílope, búfalo, león, sea cual fuere el animal sediento, hallará el campo libre para apagar su sed. ¿Qué suponen algunos puntitos diminutos sobre el agua, escollos, palitos, burbujas?

El rumor crece; es ahora un ruido claro de ramas quebradas que aumenta por momentos, que baja ya a la orilla. Y de golpe surge, en plena luz amarilla del crepúsculo, un rostro pálido de hombre.

Con una rápida ojeada a la playa, se cerciora de su soledad, y surge entonces el cuerpo entero del recién llegado.

Es un hombre alto, de ojos celestes y barba rubia que le llega casi hasta el pecho. Viste kaki y sombrero de paja, tipo bóer, que en este momento lleva echado atrás, dejando al descubierto una amplia frente de resolución y voluntad. De su hombro izquierdo pende —sujeta por la correa a la presilla de la blusa— una escopeta Greener, de gatillo oculto, cuya cinceladura y empavonado indican claramente su calidad. Arma maravillosa que a doscientos metros clava una bala con la precisión de un winchester. Del cinturón pende el machete ineludible. A la derecha, celosamente oculto en la funda impermeable, un revólver Colt de cinco tiros. 

¿Qué busca el aventurero personaje? Ni su actitud, ni la negligencia aquella de llevar prendida a la presilla la correa de su escopeta, indican intenciones de cacería. Por lo demás, no se caza de ese modo en el África ecuatorial. 

Entre tanto se ha acercado a la orilla, y su vista escudriña la lejanía del río hacia el sudoeste. Su ceño contraído expresa, si no contrariedad, profunda atención. Si algo espera ver, difícil es que lo logre en la naciente sombra que invade ya el paisaje. 

—Sin embargo —murmura el desconocido— hoy debe pasar. A menos que haya sucedido algo... 

Lo que debe pasar y que el hombre espera con visible ansia es el «Metheor», de la compañía fluvial del Congo inferior, vapor de doscientas toneladas, que remonta el río cuatro veces por mes. Transporta mercaderías y pasajeros, sobre todo lo primero. De aquí que su horario sea bastante variable, dependiendo éste de la mayor o menor carga que conduzca. 

El desconocido se decide por fin a oír el buque, ya que no lo puede ver. Su intención es echarse de pecho en la orilla del río, y aplicar el oído a flor de agua. Se puede así sentir desde varias leguas el sordo golpe de las palas en el agua, y sobre todo cuando, como en el caso del «Metheor», lleva rueda trasera.

Pero cuando el hombre se vuelve para ejecutar la prueba, ve, perfectamente alineados en la orilla, con todo el cuerpo fuera ya del agua, diez enormes cocodrilos que avanzan sigilosamente hacia él. 

El cocodrilo, como las serpientes y más aún que éstas, es un simple detalle de la vida de peligros que rodean al hombre en la zona ecuatorial. Muchísimo más serio son un par de horas de fiebre. Para las serpientes, el hombre aprovecha su instintiva precaución cuando camina, pues lo cierto es que en la marcha podía pasar inadvertida cualquier cosa de volumen que se halle en el sendero, pero una víbora, jamás. Es peculiar la penetración de la mirada del hombre en lo que respecta a una viborilla que trata de ocultarse en el pasto. En el trópico esta perspicacia de vista es, desde luego, mucho más notable, y a ello se debe que en la India, por ejemplo, donde 300 millones andan casi en su totalidad descalzos, solo sucumban veinte mil de mordeduras de víboras. Es mucho sin duda, pero preciso es haber vivido en las inmediaciones de un gran río tropical en la época de las inundaciones, para apreciar lo insignificante de aquella cifra. En el Alto Ubanghi, por ejemplo, afluente del Congo, la choza de un negro fue visitada en un solo día por treinta y siete serpientes de las más venenosas, cobras escupidoras, asi llamadas porque gozan de la facultad de proyectar su veneno a corta distancia. 

En lo que respecta al cocodrilo, la preocupación del hombre es mucho menor. Atacan muy pesadamente en tierra, y se comprende que no se comete fácilmente la imprudencia de bañarse en los ríos ecuatoriales. 

El desconocido, pues, ha visto al volverse, las monstruosas bestias que lo acechan. Pero sin que su paso varíe en lo más mínimo, avanza hacia la orilla, mientras los cocodrilos, reculando, se internan de nuevo en su elemento. Eso sí, a cuatro metros de la orilla vigilan inmóviles los puntitos negros.

El hombre arroja su sombrero en la playa, y echándose de pecho, pega su oreja al agua. Escucha un instante sin éxito. Mas al fin cree oír algo sumamente lejano, como un batir sordo y profundo. Levanta ligeramente la cabeza para buscar mejor postura y se tiende otra vez, pero no sin haber tenido tiempo de observar que dos puntitos negros han cambiado visiblemente de lugar, pues ahora se hallan a solo un metro de él. Así que, mientras se mantiene con el oído a flor de agua, empuña el revólver, pronto a atravesar los sesos del atrevido que llegue a turbar su atención.

¡Sí! Efectivamente es el «Metheor»! ¡Siente claramente el batir de sus palas! ¡Antes de dos horas...!

Y extendiendo súbitamente el brazo, hace fuego. El estampido resuena en el profundo silencio, y el agua, furiosamente removida, salta con borbollones de fango y espuma. Los otros monstruos han desaparecido, pero el más audaz permanece allí, con los sesos agujereados por la bala. En su agonía, su cola de tres metros golpea furiosamente el agua a uno y otro lado. 

¡Magnífico, sí, a fe! El proyectil ha tocado la durísima coraza de la frente en plena perpendicular, lo que ha impedido el rebote, yendo a alojarse en el fondo de la cabeza del monstruo. El tiro en el ojo es infinitamente más seguro, pero menos lucido en proporción. El desconocido parece profesar, a la par que fuerte desprecio por los temibles saurios, una singular confianza en su puntería.

Se levanta por fin, pues durante la agonía de la fiera ha permanecido de rodillas, observando. Deberá esperar tranquilamente que el «Metheor» llegue. Vuelve a la selva, y después de un minuto reaparece con una gruesa rama, casi un tronco, que le servirá de asiento. Dos horas de una noche de África ecuatorial, a orillas del río Congo, no pasan tan fácilmente si no se tiene algunas de las condiciones que no parecen faltar al desconocido. 

La caída de la tarde es en efecto la hora habitual en que los antílopes bajan a abrevarse, y los leones y panteras tienen también por costumbre ponerse al acecho a la vera misma de la selva, esperando la llegada de los rumiantes, que son su plato forzoso. De este modo, en dos horas de estación a la orilla del río Congo, en una noche oscura, pueden pasar infinidad de cosas, la más mínima de las cuales puede ser sorprendido por un león. 

El desconocido, en consecuencia, se sentó en el raigón, de espaldas al río, pues los cocodrilos no eran ya de temer con la sorpresa de un momento antes. Repuso la cápsula vacía de su revólver y colocó la escopeta entre sus piernas. El cañón izquierdo estaba cargado con munición fina, y el derecho con bala Lisa. Reemplazó ésta por otra explosiva, el cartucho del cañón izquierdo por bala lisa, y seguro ya de no ser sorprendido, esperó. Pasaron veinte minutos. De la lejana profundidad de la selva, llegaban hasta él cortos, aunque apagados aún por la hora temprana, balidos, maullidos, gritos de toda especie. En la playa reinaba el más hondo silencio. A los cuarenta minutos comenzó a sentirse el batir de las ruedas del «Metheor», y el desconocido, con un suspiro de desahogo, encendió un cigarrillo. Por simple precaución o tal vez por curiosidad únicamente, arrojó el fósforo lejos sobre el agua. El agua se iluminó súbitamente en un corto radio, pero con luz bastante viva para que el hombre pudiera conocer, por la tremulación especial del agua, que infinidad de puntitos negros, en paciente acecho, acababan de ocultarse bajo el río ante el inesperado surco de fuego que caía sobre ellos. 

Un cuarto de hora después, en la profundidad de la noche, surgieron súbitamente tras un recodo del bosque, las luces rojas y verdes del «Metheor». El viajero, con un nuevo suspiro de satisfacción, se internó otra vez en el monte, regresando con un haz de ramas y hojas secas, que amontonó en pirámide en la playa. Aproximó un fósforo a la improvisada hoguera, y un instante después una llama viva y chisporroteante iluminaba vivamente la playa y al viajero, que aprovechando su raigón, ya inútil para él, lo colocó, prolijamente sobre el fuego encendido. Entre tanto el «Metheor» avanzaba. Se distinguía ya claramente las ventanillas iluminadas del salón; y con el chapoteo, potente ahora, de sus palas traseras en el agua, los maullidos próximos cesaron. Los cocodrilos que inmóviles en el mismo lugar habían parecido fuertemente intrigados con la hoguera de la playa, se hundieron esta vez ante el golpear enloquecido y rudo de la rueda del vapor.

Ya se sentían voces en el «Metheor»: el desconocido oyó perfectamente la campana del timonel que advertía atención a la máquina. 

Pasaron cinco minutos más, y a tiempo que el vapor ya al habla se ponía a media máquina, una voz llegó de a bordo: 

—¡Ohé de la playa! 

—¡Ohé del «Metheor»! —respondió el viajero.— ¡Ruy Díaz! ¿Hay carga para mí?

—¿Quién, dice? — preguntaron,

—¡Ruy Díaz!

Algunas voces, más bien bajas, sonaron a bordo.

—Ruy Díaz. ¿Hay carga para él?

—No sé...

En tierra sonó entonces la voz potente del desconocido.

—¡Ohé del vapor! ¡Llamen al contramaestre! ¡Me está haciendo perder tiempo inútilmente!

El contramaestre llegaba en ese instante, y los marineros callaron.

—¡El que hace perder tiempo es usted, más bien que nosotros! ¡Ohé de la playa! —replicó irritado.

Pero cambiando de tono, agregó:

—Si, hay un cajón! ¡Va lancha!

Y alzando la cabeza a proa:

—¡Para máquina! ¡A ver, lancha a tierra, ligero!

Ocho negros saltaron a la chalana, el cajón en cuestión fue bajado, y tras un vigoroso empuje contra el casco del vapor, los marineros de pie y con sendas palas, dirigían velozmente la chalana a tierra, yendo a montar la arena de la costa hasta quedar casi en seco; y el cajón voló en un instante de brazo en brazo hasta la playa. 

—¿El recibo? — preguntó Ruy Díaz.

—Aquí está — repuso un marinero, entregándolo. — Pero no tengo lápiz... — agregó, palpándose los bolsillos. 

—No importa; tengo yo.

Y firmando el papel, lo devolvió al negro.

—¿Nada más? —preguntó éste.

—No, nada.

—Bueno, ¡hasta la vista! ¡A ver, muchachos, rápido!

Y con igual rapidez de movimientos la chalana fue vertiginosamente arrancada de la arena y lanzada al río, tan bien que debieron correr con el agua a la rodilla para trepar a ella. El «Metheor» se había mantenido a altura, descendiendo el río y dando unas cuantas paladas adelante alternativamente. Cuando la chalana lo abordó: 

—¡Listo! —gritó el contramaestre; y volviéndose a tierra:

—¡Hasta la vista! —gritó. 

—¡Buen viaje! — contestó Ruy Díaz, y durante un largo rato, inmóvil, con un pie apoyado sobre el cajón, su vista siguió las luces rojas y verdes del «Metheor» que se perdía hacia el sudeste, en la noche oscura. Quedaba otra vez solo, desierto, en pleno país salvaje, con el inmenso río ecuatorial a su frente, y detrás la tenebrosa selva que debía atravesar de nuevo. Con una última mirada a su ansiado cajón, se alejó de la playa, internándose en la selva que comenzaba otra vez a agitarse, llena de crujidos, maullidos y balidos desesperados. Había avanzado mil metros cuando un grito humano de suprema angustia sonó en pleno bosque a corta distancia de él: 

* * * * * * *

Como si de un golpe todo su ser se hubiera transformado en un bloque vibrante de atención, Ruy Díaz se detuvo. En un segundo la escopeta pasó del hombro a sus manos, y mientras su mirada penetrante se fijaba en la espesura, esperó. Un segundo grito más largo y desesperado que la primera vez llegó de nuevo a sus oídos. Ruy Díaz se estremeció violentamente. 

—¡Pero si no es un grito de hombre! ¡Esa es la voz de una criatura! — murmuró mientras un escalofrío le corría de la médula a los pies. 

¡Una criatura sola, de noche, en la selva virgen! ¿Por qué puede lanzar ese alarido de terror si no es por…?

Un rugido ronco, ahogado y tan cerca ya, que Ruy Díaz tuvo una sacudida, respondió a su pensamiento. 

—¡Una pantera! —murmuró de nuevo.— ¡Y la infeliz criatura!... ¡Valor! ¡Yo estoy aquí! — gritó de pronto Ruy Díaz con voz tonante que repercutió en la selva. Y se lanzó vertiginosamente hacia la fiera. 

A su voz, un nuevo rugido respondió, y en seguida otro grito de la criatura. Pero ahora, en medio del temor que quebraba ese pobre lamento de criatura enloquecida de angustia, Ruy Díaz había creído notar una salvaje nota de esperanza. 

—Bien —se dijo Ruy Díaz mientras corría— la pantera no ha caído aún sobre él... Si me diera tiempo...

Y con un nuevo ¡Valor, pequeño! precipitó su avance.

No tuvo tiempo de correr mucho. De repente, al desembocar en un pequeño claro del bosque, vio, o más bien dicho, alcanzó a distinguir en la penumbra, que una sombra se precipitaba sobre él. Antes de que hubiera tenido tiempo de examinarse, sintió que dos brazos desnudos se estrechaban frenéticos a sus piernas. 

—¡Ay, socorro! ¡La pantera! ¡Sálvame, padrecito! —aulló aún el mismo negrito enloquecido de espanto. 

Pero Ruy Díaz tenía por delante un asunto mucho más grave. Al otro extremo del claro, a quince metros apenas, acababan de surgir dos luces fosforescentes. 

Rápidamente, sin apartar los ojos de las temibles luces, Ruy Díaz arrancó al negrito de sus piernas y lo echó hacia atrás. Montó la escopeta, y seguro ya de sí, esperó. 

Los ojos fosforescentes que en el primer momento estaban a medio metro del suelo, se colocaron de pronto a ras de la hojarasca y Ruy Díaz vio que en una terrible fijeza avanzaban hacia él. 

Entonces, lentamente, se echó el arma al hombro, y con igual lentitud apuntó al centro de las luces verdosas. 

—En cuanto esté a cinco metros, disparo —se dijo Ruy Díaz.— Es difícil...

—¡Quieto, o te dejo comer por la pantera! —gritó de pronto el cazador,

El negrito, cada vez más loco de espanto, acababa de prenderse de nuevo a las piernas de su salvador, comunicando a éste el delirante temblor que le sacudía de miedo.

—¡Quieto, te digo, maldito! —clamó Ruy Díaz otra vez, con un juramento.

Pero el pobre ser, perdida ya toda razón, no soltaba.

Entretanto, la pantera había seguido arrastrándose sobre el vientre hasta cuatro metros del cazador. Este pretendió desprenderse de la criatura con una violenta sacudida, pero no lo consiguió. Comprendió instantáneamente por el súbito fulgor de los ojos que el animal iba a saltar; y soltando el tiro casi a ciegas, dio un salto al costado, arrastrando tras de sí al negrito, y sacó velozmente el revólver. 

¡Ya era tiempo! La pantera lanzada hacia él como otra bala, por la súbita extensión de sus formidables músculos, pasó por encima, arrancándole el sombrero con las garras traseras, y en un segundo estuvo otra vez replegada. 

Pero Ruy Díaz estaba pronto esta vez. La pantera lanzó un maullido débil, tembloroso, temible en las fieras porque indica que creen ya segura la presa, y súbita como un relámpago, se lanzó de nuevo. 

Pero Ruy Díaz había apretado el gatillo, y a la brusca detonación el negrito había lanzado un grito. La pantera, detenida en mitad de su salto, cayó pesadamente con la frente agujereada. 

Ruy Díaz dejó caer lentamente el revólver y extendió todos sus músculos en descanso. Pero algo caía sobre su rostro nublándole la mirada. Llevó la mano a la frente y la halló empapada en sangre. Las garras de la fiera, en su primer ataque, habían tocado la cabeza. Gruesos hilos de sangre rodaban por su rostro, empapaban su gran barba rubia, y caían a sus pies sobre el revólver. 

Entretanto, el negrito, de rodillas a sus pies, sollozaba: 

—¡Perdón, padrecito, yo tengo culpa!

—¡Vamos, levántate! — le dijo Ruy Díaz. —No es nada.

Pero la criatura se desesperaba, y su desolación llegó al colmo al sentir sobre sí mismo la sangre de su salvador.

—¡Perdóname, yo tuve culpa, padrecito! ¡Tenía miedo!

El cazador le dio una afectuosa palmada en la cabeza y la levantó de un brazo:

—¡Está bien, tenías miedo, no necesitas probármelo! Pero ya se acabó todo. ¿Quieres hacerme un favor? Con eso me pagarás lo que he hecho por ti. 

—¡Oh, padrecito!

—Bueno. Átame este pañuelo a la cabeza. Ustedes tienen una singular habilidad para estas cosas.

—Vuelvo —exclamó de pronto el negrito alejándose a todo correr. 

Ruy Díaz quedó mudo de asombro: encogióse luego de hombros, y decidió vendarse él mismo. Hubiera deseado lavarse la herida, pues las garras de las fieras están, por lo general, terriblemente infectadas. Aplazó la cura para dos horas más tarde, cuando hubiera llegado a su choza. 

Apenas había concluido de plegar el pañuelo, cuando un ruido de ramas le indicó la presencia de su nuevo amigo. En efecto, el negrito volvía, pero sin correr, porque en la vaina de una palmera —especie de cucurucho hermético que los negros usan para recoger miel— traía un buen litro de agua. Al aparecer con el precioso líquido, los ojos de la criatura brillaban de orgullosa alegría. 

—¡Ah! ¡muy bien! —se sonrió Ruy Díaz encantado.— Eres un gran sabio... ¿Cómo te llamas?

—Tuké.

—Bueno; eres un gran sabio, Tuké. ¿Dónde has aprendido a lavar las heridas? Porque tus compatriotas no te lo habrán enseñado, de seguro.

—No; chuakas odian agua en herida. Cazador rubio, como padrecito, curó herida delante Tuké. ¡Yo, Tuké! —concluyó con orgullosa afirmación. 

Y mientras seguía la cura, entre Ruy Díaz, sentado a la turca, y el negrito detrás, prosiguió el diálogo. 

—¿Hace tiempo que estuvo ese cazador rubio entre ustedes?

—¡Mucho! Yo chiquito.

—¿Y te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. Dio pájaro a Tuké —añadió en voz baja.

—¡Ah!

—¡Sí, pájaro.... aire! ¡que vuela! —dijo aún, creyendo que la exclamación de su amigo expresaba gran sorpresa y admiración.

La cura había concluido; Ruy Díaz, que había cuidado de distraer a la criatura para que olvidara las terribles emociones pasadas, pensó que ya estaba suficientemente tranquilo para responderle.

Se levantó, y poniéndole la mano en la cabeza al negrito, le dijo con voz grave:

—Ahora debemos separarnos, Tuké. Yo seguiré mi camino, y tú te irás a casa de tus padres; ¿es eso?

El chico abrió inmensos ojos.

—Yo, a casa, padrecito. ¿Por qué?

—Porque es tu casa. ¿Dónde quieres ir?

—¡Contigo, padrecito! — exclamó a punto de llorar. Y como le pareciera notar dura la mirada del cazador, agregó llorando ya:

—¡No hice a propósito! ¡No hice a propósito!

Aún con el corazón no fácilmente sensible en su vida de aventura, Ruy Díaz sintió un ligero nudo en la garganta al oír aquella adorable ingenuidad. 

—¡Pero bicharraco africano! —se echó a reír restregándole la cabeza. —¿Qué vas a hacer conmigo? Te vas a aburrir a los dos días.

—¡No; Tuké con padrecito!

—¡Perfectamente; Tuké con padrecito, convenido! Y en el camino me contarás por qué estabas a estas horas en el bosque... con la pantera.

La criatura se estremeció tan violentamente que Ruy Díaz se inclinó hacia él, mirándolo en los ojos. 

—¿Qué hacías en el bosque?

Una segunda conmoción sacudió a la criatura, y en sus ojos se pintó el más vivo espanto. Ruy Díaz, compadecido, no insistió.

—Bueno, no es nada, —dijo incorporándose.— Lo importante es que vienes a vivir conmigo, ¿no es así? 

—¡Sí... feliz Tuké!

—Vamos, entonces.

Y recogiendo la escopeta, que yacía aún en el suelo, el cazador emprendió la marcha a su choza, acompañado de su nuevo compañero de vida. 

De pronto Ruy Díaz sintió que el negrito, caminando a su lado, le cogía la mano suavemente. Y oyó su voz baja y conmovida: 

—Tuké contar a padrecito todo... todo!

* * * * * * *

La historia no era complicada por cierto. Esa misma tarde dos oficiales habían estado en casa del padre de Tuké —choza circular de paja, que con veinte o treinta semejantes, forma uno de los característicos villorrios del África Central. Desde un mes atrás se había notado en los alrededores la presencia de un león, un viejo macho de melena negra que devastaba la comarca. Varios búfalos domésticos y algunas vacas habían ya desaparecido, y una de éstas del mismo corral en que de noche se la encerraba. El corral, de palo de pique, tenía dos metros de altura. Y esto no obstante, el viejo león había hallado en su feroz hambre fuerza bastante para tornar a saltar la empalizada con su presa en la boca. El hecho, aunque enormemente asombroso, no es raro cuando se trata de una fiera en toda su potencia muscular, y el naturalista Brehm, veraz entre todos, asegura que en la India un tigre ha realizado la proeza de fuerza que contamos; solamente que la víctima de éste era un búfalo, y la empalizada tenía cuatro metros de altura en vez de dos. 

Se comprenderá que con esta vecindad, los pobres negros vivían en la más grande tribulación. La noticia, llegada hasta el destacamento militar más próximo, arrancó un grito de entusiasmo a dos oficiales que se distinguían por su amor a la gran caza, y en consecuencia, una semana después, llegaban los cazadores al villorrio indígena. 

Nuestros dos oficiales obtuvieron cuantos datos les era preciso para edificarse respecto al león. Pero contra su esperanza, no hallaron en los pobladores ni un solo negro que quisiera ejercer de batidor. El viejo león no en balde se había dedicado en su vejez a merodear alrededor del hombre. Esto probaba que su ferocidad era tan grande como su astucia. En efecto, solo los individuos de una pasta especial de coraje y viveza se arriesgan a entablar lucha con el hombre, asaltándole en pleno poblado. Luego lo habían visto trabajar, diríamos, y aún una vez varios negros más audaces habían tratado de forzarlo en el bosque, con el resultado de haber vuelto once de la cacería, cuando habían salido quince.

—Nosotros contentos de que padres maten león… pero león mata negros —había agregado el informante.

—¡Es que ustedes no tenían palo de fuego! ¡Nosotros, sí! —objetó uno de los oficiales, dando palmadas a su fusil,

—Palo de fuego es gran palo... ¡pum! Padres blancos valientes... pero león mata negros batidores —concluyó.

Los oficiales habían agotado sus argumentos. El informante entonces les dijo:

—Vean Karú; negro valiente. Mató leones.

Los cazadores fueron a Karú, padre de Tuké. Karú confirmó los datos ya obtenidos e hizo entender a los oficiales que era imposible batir al viejo león en el bosque. Únicamente al acecho podrían llegar hasta él; y asimismo…

Los cazadores se consultaron. ¿Qué otro medio? Lo cazarían pues al acecho. Pero otra dificultad sobrevino y ésta al parecer insalvable. Para cazar al acecho, se necesita un animal que sirva de cebo: ternero, corderito, oveja, cabrita, cualquier ser vivo de tierna edad que, atado en medio del bosque, atraerá a la fiera con sus gritos. Los cazadores, instalados desde el atardecer en una alta ramada a diez metros, harán el resto.

Esto es fácil; pero Karú, a quien primero se dirigieron, no quiso deshacerse de un ternerito que tenía, de apenas un mes.

—¡Pero te lo pagaremos! —le dijeron.

—¡No, Karú no quiere muerte de ternero chiquito! —sacudió la cabeza el negro.

—Te lo pagaremos ahora mismo, y lo que nunca soñaste! ¡Mira! —agregaron haciendo brillar ante los ojos del pobre negro un puñado de monedas.

—No. Karú no vende.

—¡Bien, dinos entonces quién nos venderá una estúpida bestia cualquiera!

—Nadie… ninguno vende terneritos.

—¡O cabrito, con mil diablos! ¡Poco nos importa! —exclamaron los oficiales irritados.

El negro los miró rápidamente, y tornó a sacudir la cabeza.

—Nadie vende…

—¡Pero maldito mono de este inmundo país! —gritaron los oficiales, encendidos de cólera.— ¿No ves que ataremos todas las bestias de ustedes, todas juntas, entiendes? Y después los colgaremos a todos ustedes de los palos del corral para que sirvan de cebo a otros leones, ¿oyes, mono viejo? ¿Quieres vender el ternerito, sí o no? 

Karú echó a los oficiales una rápida ojeada, y sacudiendo de nuevo la cabeza:

—Padres, valientes.... negros, gusanos.... pueden colgar negros... Pero no hago morir ternerito.

Ahora bien, Tuké, parado a dos metros, sobre sus dos piernitas bien separadas, miraba con sus grandes ojos interrogantes.

Un oficial, en el colmo ya de la ira, echó el fusil atrás para asentar un culatazo en la cabeza del miserable. Pero en el mismo instante su compañero, que acababa de dejar caer los ojos sobre Tuké, lo contuvo señalándole el negrito. Cambiaron algunas palabras, mientras una diabólica sonrisa surgía de sus labios.

Instantáneamente ambos se serenaron.

—¡Está bien, Karú! — dijeron con voz tranquila. —¡Perdónanos si hemos estado un poco vivos contigo! No hablemos más de tu corderito, cabrito, ternerito, no sé ya más que es eso. ¿Es hijo tuyo ese hombrecito que está ahí?

—Sí...

—¿Quieres dejarlo venir con nosotros al fuerte un mes? Te lo devolveremos con un palo de fuego y cincuenta cartuchos,

Karú lanzó una segunda fugitiva ojeada a los oficiales, pero esta vez se estremeció.

—¿Para qué Tuké ir al fuerte? — murmuró.

—Para que nos haga muchas cosas: limpiar palos de fuego, cocer maiz... Tiene cara inteligente. ¿Quieres? 

Karú miró esta vez de frente y fijamente a su interlocutor.

—¿Hablas seriamente?

—¡Es claro!

Entonces el pobre viejo se levantó y mientras su tez adquiría ese singular tinte verdoso que debe equivaler a la palidez de un blanco: 

—¡Karú no da hijo... ternerito mio! —murmuró.— Padres valientes harán lo que quieran.

Los oficiales afectaban no darse cuenta de la terrible y dolorosa impotencia que significaban esas palabras.

—¡Bueno, bueno! —concluyeron sonriendo.— Al entrar el sol pasaremos de nuevo por aquí, y llevaremos a Tuké. ¿Entendido?

El padre bajó la cabeza, y los cazadores salieron. Bajo aquella cabeza caída, dos lágrimas rodaron de los ojos ante la catástrofe que lo aniquilaba.

Karú había visto la sonrisa de los dos oficiales, y su vieja experiencia en los traficantes blancos no lo engañaba respecto de su significado, sucediendo súbitamente, como había pasado, a una explosión de cólera.

Aquella mansedumbre ocultaba cualquier vil venganza, con que los oficiales harían pagar a la criatura la resistencia del padre.

Levantándose llamó a Tuké, y juntos avanzaron hacia la selva. Cuando estuvieron en la linde, el padre apoyó las manos en los hombros de la criatura y le dijo: 

—¡Tuké, hijo mío! Has oído lo que decían los oficiales blancos, pero tu edad no te permite comprender aún su recóndito significado. Entra en la selva y haz lo que quieras. ¿Deberé llorarte despedazado por una fiera dentro de pocas horas? ¡Marcha, hijo mío! ¡Aléjate! 

Y el padre, a cuyo corazón, el supremo dolor había dado una inflexibilidad de acero, volvió con firme paso a su choza. Tuké, deshecho en lágrimas, había obedecido, y tres horas más tarde, justamente cuando Ruy Díaz veía perderse en el río las luces rojas y verdes del «Metheor», la criatura, marchando al azar, se había sentido rastreada por una pantera.

* * * * * * *

Cuando Tuké concluyó su relato, que Ruy Díaz había interpretado y ampliado para sí, tornó a restregar con su mano afectuosa la cabeza del negrito que con tal candor e ingenuidad se entregaba a él.

—¿Y conmigo no tendrás miedo? —preguntó.— Yo soy muy malo.

Los dientes blanquísimos del negrito brillaron en la penumbra,

—¡Padrecito, bueno! ¡Buen hombre! —repuso con el rostro abierto de alegría.— ¡Malo con pantera! ¡Malo, malo! —concluyó con profundo énfasis. 

De este modo quedó ligada y sellada la sociedad Ruy Díaz-Tuké, y jamás pensó el aventurero que ella llegaría a tener una influencia tan grande en su destino. 

Ruy Díaz, cuyo físico hemos bosquejado ligeramente, era, en su parte moral, uno de esos hombres nacidos para triunfar, solos, donde cien semejantes naufragaron, Ancha inteligencia; claridad extraordinaria de espíritu; carácter inquebrantable una vez que se había decidido sencillamente por algo; capaz de sostener con la vida la menor de sus convicciones; hombre de entregar su único pedazo de pan a una criatura con hambre, y perfectamente resuelto a dar su propia vida ante una injusticia, y sobre todo cuando se trataba de un pobre ser oprimido. Agréguese a esto un valor a toda prueba, una serenidad maravillosa y un gran corazón bajo su imponente figura, y se tendrá al raro amigo del ciudadano Tuké. 

Hemos omitido, sin embargo, un curioso aspecto de su personalidad: Ruy Díaz poseía profundos conocimientos de química biológica. Exalumno de la Facultad de Medicina de Oxford, aunque español de nacimiento, había cortado su carrera por un irresistible amor a la vida, no salvaje, pero sí en países salvajes. Permaneció dos años en el Instituto de seroterapia de Pondicherry, y sus observaciones sobre venenos de serpientes no fueron las menos tenidas en cuenta por el célebre Instituto. En la Guayana Inglesa estudió el curare, el terrible veneno con que los indios del país emponzoñaban las flechas, agregando nuevas notas sobre aquél, a las ya famosas obtenidas por Claudio Bernard. 

De las Guayanas saltó al Congo, esta vez con el exclusivo objeto de cazar rinocerontes y leones; pero los venenos lo atraían sin duda. El tsetsé, la mortífera mosca africana, atrajo su atención, y colgando de nuevo el fusil de caza por el laboratorio, se instaló en el Congo en una mala choza, a estudiar el terrible flagelo africano. 

La carencia de recursos, sin embargo, entorpecía un poco sus estudios, pues fácil es comprender que en un país desierto no se sustituyen fácilmente retortas y tubos rotos, ni se reponen los reactivos agotados. Justamente en la época que nos encontramos con él, un antílope extraviado había sido perseguido por los negros del villorrio cercano hasta su choza, y el pobre animal, enloquecido de espanto, había emprendido una tarea de saltos y cabriolas por encima de las mesas del laboratorio, a resultas de lo cual no había quedado casi matraz con cuello ni tubo con curvas. 

Era aquella una pérdida terrible que hubiera sacado de sí a cualquier otro. Ruy Díaz se contentó con tomar al antílope bajo su protección, el cual, dado el afecto que le profesaba, parecía haber comprendido el temple de corazón de su amo. Pero Ruy Díaz se vio obligado a encargar a Londres gran parte de su material destrozado, y después de cuatro meses lo vemos llegar en el «Metheor» dentro del cajón que Ruy Díaz, impaciente, había ido a esperar a la playa del río Congo. 

Ardía en verdadera fiebre de recomenzar sus observaciones. Así es que en los primeros momentos que sucedieron a su marcha nocturna con Tuké, se sintió un tanto embarazado sobre el destino que daría a su nuevo compañero de vida. ¿No sería un obstáculo el negrito para sus trabajos? Los chicos revuelven mucho más de lo que ordenan. Pero al fin se dijo que dada la buena voluntad que parecía mostrarle Tuké no sería difícil hacer de él un sólido ayudante. Y aunque Ruy Díaz no había tenido el trabajo de pensarlo, la causa principal de la protección que deparaba al negrillo era únicamente que el negrito necesitaba de su protección, 

No se le escapaba a Ruy Díaz que con tal acción su propia vida quedaba fuertemente comprometida. Los oficiales de un destacamento avanzado colonia, son reyes y señores del lugar que rigen, y no hay en esas regiones más ley, deber y derecho que el buen o mal humor del oficial con quien nos toca en suerte hablar ese día. 

Los negros no han sido nunca personas muy gratas a los conquistadores, y de aquí agravios, rencores ocultos y violencias a la luz del día, que de una y otra parte han ido poco a poco definiendo los sentimientos del soldado europeo y el indígena, hasta llegar a la convicción serena de que para el oficial del destacamento los negros son simples bestias abyectas, y los blancos son odiosos y terriblemente fuertes para el negro, Por esto el padre de Tuké había comprendido que toda resistencia a entregar a su hijo era absurda, y de aquí la extrema determinación que había tomado. 

A media noche llegaron Ruy Díaz y Tuké a la choza. Aunque rendido de cansancio y emociones, el negrito tuvo tiempo de huronear un poco entre las maravillosas vidrieras y tubos de su padrecito. Ejecutó de alegría algunas cabriolas en pleno laboratorio, que recordaron al aventurero las del antílope infractor. 

Al fin se durmió. Pero a la mañana siguiente recomenzó su alegre examen, y su felicidad subió de punto cuando vio entrar al antílope, que iba en busca de su amo. El animalito tenía entrada franca a todas partes, y no se apartaba un instante de Ruy Díaz a menos que éste se lo ordenara: se alejaba entonces y permanecía inmóvil, siguiendo con sus grandes y hermosos ojos todos los movimientos de su amo. 

—¿Cómo se llama? —había preguntado a éste Tuké.

—No tiene nombre aún —respondió Ruy Díaz.

—Bien, se llamará Menné. 

En pocas horas, el negrito y el antílope fueron grandes amigos, cosa no difícil, pues los animales, y en especial los tímidos, tienen maravilloso instinto para conocer la buena o mala intención de las personas. Después de varias pruebas de saltitos, palmadas, carreras y tal vez un poco de azúcar, Menné pareció convencerse de la real amistad del negrito, y se entregó entonces, sellando el tratado con una loca disparada para que Tuké lo siguiera. Una hora después jugaban francamente a la mancha. Ruy Díaz tenía a su servicio un negro viejo que era quien se ocupaba del arreglo de la casa, la comida, etc. Profesaba un verdadero culto de idolatría por su amo y a esto se debió los celos que en un principio manifestó acerca del intruso. Pero como a su vez Ruy Díaz era un dios para el negrito, la común devoción a su amo los ligó en seguida en gran amistad. Quedó resuelto que el viejo servidor continuaría con el gobierno de la comida, y en general la intendencia de la casa; pero a Tuké correspondería el arreglo del laboratorio. Esto era exclusivamente suyo y así lo entendía él con los aires de profunda sorpresa que tomaba cuando el intendente entraba por casualidad en el cuarto sagrado.

En la misma tarde que sucedió a la llegada de Tuké, Ruy Díaz y éste fueron a buscar el precioso cajón de instrumentos. Ruy Díaz obtuvo sin dificultad un búfalo manso que Tuké se encargó de montar y dirigir como es hábito en toda África tropical. Dos grandes cestos de bambú fueron aderezados a guisa de cangalla, y como la carga era unilateral, por decirlo así, se debió poner en el cesto opuesto una gran piedra de contrapeso al cajón. Así recogieron y trasladaron el ansiado cajón desde la orilla del Congo hasta la choza de Ruy Díaz, éste delante, ensanchando con el machete la picada donde era necesario, y detrás Tuké, a horcajadas en su búfalo. Cuando llegaron, Ruy Díaz aplazó hasta la noche la apertura del cajón y fue a ver al padre de Tuké, cuya choza distaba una legua escasa de la suya. 

* * * * * * *

La tarde anterior, al anochecer, estaba Karú sentado a la puerta de su choza cuando llegaron los oficiales. 

—¡Y bien! — le dijeron. —Venimos en busca de tu hijo, como hemos convenido. ¿Dónde está?

—No está — repuso el padre sin levantar los ojos.

—¡Cómo no está!

—Digo que no está; eso digo. 

Los oficiales se miraron entonces. Un rayo de ardiente cólera pasó por sus ojos, y Asentándose uno de ellos frente a frente de Karú, le levantó la cara con la mano, sosteniéndosela. 

—Es decir — le dijo con terrible lentitud y mirándole en los ojos — ¡es decir que nos has engañado!

—¡Karú no engañó, no! — repuso con firme voz el negro.

—¡Es decir —continuó el otro como si no hubiese oído— que te has dado el lujo de faltar a tu palabra dada a dos oficiales europeos! ¿Tú sabes lo que te cuesta esto?

—Sí, matar Karú…

—¡Has acertado perfectamente! —Y con igual resplandor de ira en los ojos, tanto más terrible por estar contenidas, el oficial, sosteniendo siempre en alto la cabeza del negro, con la mano derecha le colocó su revólver en la frente. 

Karú se estremeció y cerró los ojos. Pero en el instante en que una imperceptible contracción de la boca del oficial anunció que el tiro iba a partir, su compañero adelantó vivamente el brazo y apartó el arma. 

—¿Qué haces? —le dijo bruscamente.— ¿Quieres otro fastidio más por uno de estos malditos negros? Nos han visto entrar aquí, y el chisme correría hasta la costa. ¡No hagas locuras! Además se me ocurre una idea... 

Y en voz baja y rápida deslizó algunas palabras en el oído de su compañero. Como cuatro horas antes, una doble y cruel sonrisa cruzó por sus labios. 

—¡Oye! —dijeron a Karú.— Eres un valiente, pues has resistido una prueba bien dura por cierto. No hay muchos hombres de tu color que se hubieran portado como tú ante la broma. ¡Eres todo un hombre! Dinos, sí, una cosa: ¿Qué has hecho de tu hijo? Sería inútil que mintieras, pues a cien metros de aquí nos informarían... ¿Qué has hecho de él? 

El padre, con un leve gesto de desesperada amargura, señaló la selva a sus espaldas. 

—Allí... —murmuró. Y volvió a dejar caer la cabeza sobre el pecho. 

Los oficiales comprendieron y no agregaron una palabra más. Un instante después resonaban afuera sus voces duras, en rápida conversación, y cuando Karú tornó a levantar la cabeza, delante de él estaba Ruy Díaz. Habían pasado veinticuatro horas de inerte desesperación sobre la cabeza del padre, sin que éste hubiera hecho un solo movimiento. 

Ruy Díaz no tuvo necesidad de preguntar lo que había pasado; el profundo aniquilamiento del pobre ser lo dejaba comprender. Con todo, puso su mano firme y afectuosa en la cabeza de Karú. 

—Estuvieron los oficiales, ¿no? —le preguntó. 

Al contacto de aquella mano, tan diferente del contacto odioso de la tarde anterior; al sonido de aquella voz conocida, Karú sintió que dos lágrimas corrían de sus ojos, y su boca buscó instintivamente la mano varonil para besarla. Pero Ruy Díaz, como si no hubiese comprendido, esquivó naturalmente aquello. 

—¡Sí! — murmuró — estuvieron.

—¡No te aflijas, pobre Karú! —agregó Ruy Díaz profundamente compadecido de aquel dolor.— ¿Sabes qué se ha hecho de Tuké?

—¿Cómo lo podría saber?...

—Está conmigo.

El cuerpo entero de Karú se sacudió como al contacto de una corriente eléctrica, mientras por sus ojos desmesuradamente abiertos, cruzaba un relámpago de inmensa alegría. 

—¡Ah, salvado, salvado! Tú eres mi padre, el padre de Tuké, de todos! —Y de nuevo intentó besar aquella mano generosa. 

—¡Guárdalo contigo, padrecito! —agregó con súbito espanto, temblando al recuerdo.— ¡Tenlo contigo, siempre, siempre! 

El pobre padre se olvidaba del terrible peligro que echaba encima de Ruy Díaz. Éste quiso probar el temple de Karú.

—¿Y si los oficiales vienen a pedirmelo? —le dijo fríamente, mirándolo en los ojos.

Karú comprendió. 

—¡Perdona, padrecito! —murmuró incorporándose.— Voy a buscar a Tuké…

Ruy Díaz colocó por segunda vez la mano sobre la cabeza de Karú, obligándole esta vez a sentarse de nuevo. 

—¡Niño grande! —le dijo riéndose, aunque hondamente conmovido por aquella singular nobleza de alma. ¡Pierde cuidado! Tuké está tan seguro en mi casa como yo mismo. ¡No lo entregaré a los oficiales, pierde cuidado! 

Y sustrayéndose de nuevo a las manifestaciones de adoración de Karú, Ruy Díaz volvió a su choza. No quiso al principio enterar a Tuké de la presencia de los oficiales en casa de su padre la tarde anterior, a fin de hacerle perder del todo los bruscos sobresaltos que de vez en cuando le cogían al recuerdo de sus angustias pasadas; pero luego cambió de parecer, para que no quedara a Tuké el menor deseo de alejarse de su choza. 

Los oficiales europeos, en función colonial, tienen por lo común pocos escrúpulos por la vida de uno que otro negro. El alejamiento de la patria, el fastidio y los vientos tropicales influyen en el malhumor de los expatriados, llevando a veces este estado de irritación a extremos terriblemente monstruosos. Ruy Díaz lo sabía, y de aquí su preocupación por Tuké. Los dos oficiales aquellos no eran hombres de abandonar su presa fuera cual fuese su designio, y por lo que sigue se verá pronto que Ruy Díaz tenía perfecta razón para temblar hasta lo más hondo por la suerte de Tuké. 

Pasaron sin embargo dos días de completa tranquilidad. En el laboratorio reinstalado, Ruy Díaz había reanudado sus observaciones sobre el veneno del tsétsé. Un caballo y dos cebras —kilé-kilé, según fresco bautismo de Tuké,— un espléndido ejemplar de tres años, habían llegado ya a admitir dosis enormes de veneno de tsétsé desecado. Y Ruy Díaz confiaba en llegar a obtener antes de la estación de las lluvias, un suero perfectamente curativo y preventivo contra la terrible plaga africana. Un específico semejante puede reportar millones de millones a su feliz inventor, pues sabido es la importancia extraordinaria que para el África tropical tiene la fúnebre mosca que cada año diezma literalmente los ganados. Recuérdese solamente que en la construcción del ferrocarril de Mombasa al Victoria Nianza, costó al gobierno inglés millones la renovación constante de la tropa de búfalos diezmada día a día por el tsétsé. 

Pero Ruy Díaz pensaba muy poco en el lado especulativo de su descubrimiento. 3

Los días plácidos de estudio y felicidad llevaban miras de prolongarse así hasta la estación de las lluvias, cuando el primer temblor de la catástrofe sacudió a la tranquila choza. 

Una mañana, ya cerca de mediodía, volvía Ruy Díaz a casa. Con el gran sombrero bien echado atrás, según costumbre, apresuraba el paso bajo el terrible sol africano que calcinaba la arena y enceguecía. Cuando le faltaban quinientos metros para llegar, sintió por detrás un ruido de galope a rienda suelta, y volviéndose, vio a dos jinetes que desembocaban en ese momento de un recodo del sendero. 

Ruy Díaz prosiguió su marcha; la rápida ojeada le había permitido distinguir a dos oficiales europeos que corrían precipitadamente en su dirección, y al mismo tiempo tuvo la intuición plena de que para el drama de Tuké, a cuyo prólogo había asistido en el bosque, comenzaba el formidable primer acto. 

No se equivocaba. Antes de que hubiera dado cincuenta pasos, la tierra tembló bajo los cascos de los caballos detenidos en seco, y una voz dura y ronca sonó sobre la espalda de Ruy Díaz. 

—¡Eh, sen aquelle!

En todo el Bajo y Medio Congo, hasta las cataratas de Stanley, la lengua usual es el portugués. Es la única lengua en que los indígenas se expresan en su comercio con los conquistadores, y es la que forzosamente llegan a conocer los europeos, de cualquier nación que sean.

Al sentirse interpelar de ese modo despreciativo, y en este caso insultante, según era la voz del oficial, Ruy Díaz se detuvo y miró con fría extrañeza a los dos millares.

—He oído llamar —dijo— pero no sé si es a mí.

—¡Sí, a usted mismo! —contestó un oficial burlonamente. —¿Usted es español?— agregó con visible impertinencia…

—En efecto —repuso Ruy Díaz— lo soy. —En cambio, confieso no tener el menor interés en saber de qué nacionalidad son ustedes. 

—¡Bueno, bueno! —intervino el otro oficial.— ¡No se trata de intercambio de galanterías! El señor es español, y basta. Nosotros somos... ya lo reconocerá usted por el uniforme. El asunto es este, señor.... 

—Ruy Díaz. 

—Muy bien; el asunto es este, señor Ruy Díaz, estamos muy preocupados por la suerte de un negrito que debíamos haber llevado con nosotros al destacamento. Se llama Tuké. Y nos informan que está en su poder.

—En mi poder, justamente, no. Vive a mi lado, lo cual es muy distinto.

—¡Perfectamente! En este caso no tendría usted inconveniente en entregárnoslo.

—Desde que no está en mi poder, mal podría entregarlo. Pero me parece —agregó después de una pausa— que no tendrá mucho gusto en ir con ustedes. 

—¡Poco nos importa! ¡Queremos a Tuké, y vendrá con nosotros! 

—Si él lo desea, no tengo el menor inconveniente.

—¡Aunque no lo desee, señor Luz y Día!

—Ruy Díaz. Para esto, sería menester que ustedes sacaran a la fuerza a Tuké de mi casa... y eso será incorrecto. 

—¡Nos importa muy poco!

Ruy Díaz, entonces, que hasta ese instante parecía haberse divertido con aquel cambio de palabras, se puso súbitamente pálido, y por su frente descubierta pasó una sombra. 

—¡Es que no me han entendido! ¡Les prohibo terminantemente a uno y a otro, no que entren, sino que ni siquiera pongan los pies en el dintel de mi casa! ¡Supongo que han ustedes comprendido ahora!

Los oficiales lanzaron a dúo un juramento, y uno de ellos lanzó casi su caballo sobre el pecho de Ruy Díaz.

—¿Usted sabe con quiénes está hablando? —rugió rojo de cólera. 

—¡Sí, tanto como ustedes saben con quién hablan!... ¡Quieto! —exclamó conteniendo al caballo del oficial con una violenta palmada en el hocico.— ¡Si ese animal da un paso más adelante, no respondo de él y de lo que lleva encima! —añadió con voz tonante al ver que las espuelas del oficial se acercaban a los ijares del caballo. 

Durante un momento el oficial, a punto de lanzar su caballo adelante, y Ruy Díaz, inmóvil con las manos cruzadas atrás, se midieron con la mirada. La del oficial centelleaba de rabia; la de Ruy Díaz, clara como siempre, tenía en cambio una dureza de acero.

Al fin la prudencia pudo más, y el oficial, con un brutal espolazo, lanzó su cabalgadura a la derecha.

—¡Bueno, dejemos esto! —exclamó volviéndose a Ruy Díaz, y agregó con la voz trémula de odio:

—¡Lo que le prevengo es que trate de no ponerse en mi camino! 

—¡En cambio —repuso Ruy Díaz con voz fría pero terriblemente combativa — puede usted ponerse tantas veces quiera en el mío!... Pero Tuké quedará en casa.

El oficial lanzó aún un juramento y una sombría mirada a Ruy Díaz:

—¡Allá veremos! —y con su compañero se lanzó al galope.

* * * * * * *

Ruy Díaz llegó a su choza muy preocupado. Era evidente que las cosas no quedarían ahí. El torrente de bilis que los oficiales habían derramado en honor suyo, pedía el río de su propia sangre para contenerlo: esto lo comprendía perfectamente Ruy Díaz. Luego, la terrible hambre de Tuké que tenían. ¿Qué causa, qué motivo había para ese ensañamiento feroz con la pobre criatura? Y de estos dos deseos ardientes: la posesión de Tuké y el desquite del freno que el aventurero les había forzado a morder, Ruy Díaz debía defenderse.

En consecuencia, recomendó al viejo sirviente la más extrema vigilancia del menor ruido insólito que sintiera, para avisarle en seguida. En cuanto a Tuké, prohibióle formalmente que pusiera los pies fuera del kraal, donde podía, si lo tenía a bien, corretear cuanto quisiera con Menné. Echó luego un vistazo al laboratorio, y al pensar que de un momento a otro todos aquellos tubos y retortas que eran el premio de sus fatigas y de su inteligencia, podían quedar para siempre inertes e infructuosos, mientras él yacía por ahí con la frente agujereada de un balazo, Ruy Díaz tuvo un instante de real pesadumbre. Tocó uno por uno sus frascos con verdadero cariño, y al fin, olvidado de todo, tiró el sombrero lejos, y se puso a trabajar. 

Cuando al caer la tarde Tuké entró a encender la luz, Ruy Díaz se levantó sonriendo, y cogiendo la cabeza del negrito entre las manos, lo detuvo delante de la mesa donde, sobre una plancha de vidrio, brillaba un polvillo verdoso en diminutas escamas. 

—¡Mira bien, Tuké! ¿Sabes lo que es eso?

El negrito abrió inmensos ojos y miró.

—¿Polvito? —dijo al fin.

Ruy Díaz se echó a reír, 

—Sí, polvito... Con un grano de este polvo, sabio Tuké, el más chico de todos, se podría matar a Menné... Y con todo el polvito brillante, se mataría cosa de mil o dos mil bueyes. ¿Sabés cuántos son dos mil bueyes? 

Igual profundo trabajo intelectual de Tuké que en la vez anterior. 

Al fin, levantando los ojos:

—¿Muchos?

—Sí, muchos... Ahora este frasco... ¿ves? Tiene agua, nada más. Y con esta agua se salvarían Menné y todos los bueyes picados... Este polvito verde es el veneno del tsetsé. 

Esta vez Tuké comprendió en seguida.

—Tsetsé... ¡pica!

—Pica... Y esta agua es el contraveneno. Óyeme bien: es el suero contra las toxinas del tsetsé, ¿comprendes? —agregó con impasible gravedad.

El ayudante lo miró fijamente, pestañeando con rapidez. Al fin murmuró:

—No sé... tsetsé... ¡pica! —repitió con cara expresiva. 

—¡Bueno, Tuké! después comprenderás, y sabrás lo que ha hecho tu amigo Rüía... Esta noche no me toques nada de aquí... ¿oyes? Espérate, vamos a guardar esto y pondremos rótulos. Todo frasco con rótulo no se toca... Y diciendo y haciendo, Ruy Díaz guardó un polvillo verdoso, concluido por fin de fijar definitivamente esa misma tarde a las 4.30, y lo rotuló con gruesos caracteres... Toxina del tsetsé.

Hizo lo mismo con el suero, pero en vez de guardarlo en la vidriera del laboratorio, metió distraídamente el frasco en el bolsillo. De noche, al acostarse, lo sintió allí, pero como estaba vencido por el sueño, aplazó para el día siguiente la restitución del precioso líquido donde debía estar. Luego veremos qué importancia tuvo ese mero olvido. 

Al día siguiente acababa de levantarse Ruy Díaz cuando vio llegar corriendo por la orilla del bosque a un negro conocido suyo y su vecino más próximo El pobre diablo estaba muerto de angustia: dos horas antes el león había asaltado su kraal llevándose la vaca, un hermoso animal cuya leche había gustado muchas veces Ruy Díaz. 

Estaba loco de desesperación y espanto. Le quedaba aún felizmente el ternero, pero el león se lo llevaría como a la vaca. Su kraal era bajo, y los palos además estaban podridos. ¿Qué hacer? Por eso venía a pedir al padre Rüía, al gran amigo que había hecho a su pobre vaca el honor de tomar de su leche, venía a pedirle que le permitiera poner en su kraal al ternero. 

—¡Pero, claro! —exclamó Ruy Díaz compadecido. —Si me hubieras dicho antes el estado de tu corral... Vamos a traerlo en seguida.

Y en compañía del negro salió. Su choza de éste distaba una legua escasa; pero el bosque y los accidentes tornaban infinitamente más larga la distancia. Ruy Díaz pudo a su vez apreciar la audacia y fuerza del viejo ladrón, aún y todo que el corral estuviera desvencijado.

La conducción de la ternerita —se supondrá si su dueño la había amansado con cariño— no parecía ofrecer dificultades. Y de ese modo, cuando los dos hombres se ponían en marcha en dirección a la choza de Ruy Díaz, este tuvo por fin la curiosidad de preguntarle si había sentido al león. El viejo repuso que no, y que tal vez hubiera pasado toda la mañana sin ir al kraal, porque debía machetear el bananal en el rozado, si dos hombres, pasando a caballo, no le hubieran advertido lo que pasaba.

Ruy Díaz, que desde quince días atrás no recordaba sino de vez en cuando el sombrío asunto Tuké, se estremeció entonces violentamente:

—¿A caballo? ¿dos hombres? —preguntó frunciendo el ceño. —¿Los viste bien?

—Sí; oficiales…

El corazón de Ruy Díaz tuvo una segunda sacudida. ¡Luego eran ellos! Su presentimiento no lo había engañado. Y acaso a esa hora…

—¡Respóndeme en seguida! ¿Qué dirección llevaban?

—Allá …

Y el negro señaló al oeste, hacia la choza de Ruy Díaz.

La catástrofe se precipitaba ya. Ruy Díaz, con breves palabras de excusa, dejó a su compañero y solo, a un paso que era casi carrera y con el alma angustiada por los más sombríos presentimientos, se lanzó hacia su choza. 

Al rato vio la hora; eran las 7. Redobló más la velocidad de su paso, deplorando inmensamente no tener en esa ocasión un caballo. Con los nervios tensos hasta romperse, devoraba con la vista el camino esperando a cada momento ver…

¡Sí, alguien venía! Surgiendo de pronto de un recodo del camino, un negro corría desesperadamente hacia Ruy Díaz. Apenas vio a éste, el negro lanzó un largo grito mezcla de esperanza y espanto, al que Ruy Díaz respondió con otro. Demudado, los ojos fuera de las órbitas, el negro estuvo en un segundo al lado de Ruy Díaz y se lanzó a sus pies. 

—¡Rüía! ¡padre del negro! ¡Oficiales llevaron Tuké! ¡Yo vi, yo vi!

Ruy Díaz se puso pálido y una llama de coraje encendió sus ojos.

—¡Maldición! —rugió— ¡ya lo temía! ¿Y Barek? —preguntó acordándose al fin de su fiel sirviente.

El negro lanzó un profundo gemido y se hundió más en tierra sin responder.

—¡Habla, por todos los diablos! —gritó Ruy

Díaz sacudiéndolo sin atreverse a interpretar el temible silencio del negro. 

—¡Barek!... ¡pobre Barek! ¡murió! —sollozó el mensajero.

Los dos kilómetros que faltaban aún para llegar a su casa, Ruy Díaz los devoró en una precipitada carrera, empapado en sudor y polvo, la boca llena de tierra y con la frente nublada de dolor.

No necesitó llegar a su choza. A cien metros de ella, en el extremo del kraal, Barek yacía de espaldas con la frente agujereada por una bala; y al lado de él, tocándose casi en un solo montón, dos caballos con las patas estiradas y estremeciéndose aún concluían de morir en un mar de sangre que corría de su pecho abierto. Uno y otro tenían la misma herida, una puñalada honda y ancha en pleno corazón. 

—¡Sus caballos! —murmuró Ruy Díaz profundamente turbado por aquella escena.— ¿Qué significa esto? 

Y dejando para más tarde la solución de ese enigma, se lanzó a su choza. 

No se notaba el menor desorden ni en el cuarto de Ruy Díaz ni en el de Barek ni en la cocina. Pero de lo que había sido laboratorio, no quedaba sino un piso repleto de vidrios rotos y empapado de agua y ácidos. Nada más. 

Al ver aquella irreparable ruina, que hundía con ella todo un pasado de heroico trabajo y un porvenir de gloria, Ruy Díaz no dejó traslucir la menor emoción, Pero su rostro ya blanco fue empalideciendo cada vez más hasta llegar al lívido. Fue lo único que se hubiera podido notar. Visiblemente su pulso era el mismo y su respiración tenía la misma profunda lentitud de siempre. Permaneció mirando aquel desastre de su vida intelectual, de la vida misma de su viejo amigo y con toda seguridad de la de Tuké.

Salió por fin afuera, y sin apresurarse cavó en pleno sol una honda fosa al lado de Barek. 

Cuando estuvo concluida cogió el cadáver de su sirviente como se carga el cuerpo de un niño, y lo depositó en el fondo. Pero antes de echar la primera palada, se sentó sobre el montón de tierra, un poco cansado, sin duda. Sí, sin duda había un poco de fatiga; pero mientras descansaba mirando inmóvil a lo lejos, con las dos manos cruzadas por sobre las rodillas, su vista se empaño ligeramente, y al levantarse con una ligera sacudida de hombros, dos lágrimas, dos hondas y pesadas lágrimas cayeron de sus ojos. Fue la única oración cristiana o pagana que se rezó por Barek; pero seguramente el alma del pobre negro no hubiera deseado mayor dicha para su desaparición de este mundo, que aquellas dos lágrimas que sobre su cadáver vertía su patrón Ruy Díaz.

* * * * * * *

Por la ancha picada del bosque, ya ensombrecida de crepúsculo, en silencio y con el oído atento, marchaban en dos nuevos caballos tomados a sus asistentes, los dos oficiales. Tras uno de ellos yacía cruzado de espaldas sobre la grupa, con los puños y tobillos sólidamente atados a la montura, un cuerpito humano: era Tuké. La tarde avanzaba rápidamente, y los oficiales apresuraron el paso de su cabalgadura; pero muy poco después, con esa casi instantaneidad de la región ecuatorial, la noche cayó. En la profunda tiniebla de la selva, solo una angosta faja de cielo y una fantástica penumbra bajo ella, marcaba el trayecto de la ruta. El grupo marchó un cuarto de hora aún, siempre en el mismo sombrío silencio, hasta que de pronto los caballos, deteniéndose, lanzaron un resoplido de espanto. Ambos temblaban, y escalofríos les corrían sobre la piel como relámpagos. 

Los oficiales instintivamente empuñaron el revólver. 

—Han olfateado algo — murmuró uno de ellos después de largo rato de atención. 

—Sí, —respondió el otro— algún leopardo… Y lo peor es que ya es de noche. Apenas tendremos tiempo de llegar.

—¡Quién sabe! El león, según me contó un maldito mono de esos, sale tarde de su guarida. Si dejáramos aquí los caballos?

—Creo lo mismo. En cuanto a este...

—¡Oh, con ese me entiendo yo!

Y el oficial que concluía de hablar, cortando de una cuchillada las ligaduras que sujetaban a Tuké, cogió a este del cuello y lo puso en tierra. En seguida, colocándole el cañón del revólver en medio de la frente:

—¡Oye, joven gorila! —le dijo.— Al primer movimiento que hagas para escapar, ¿oyes bien?, ¡te hago saltar esa cáscara de coco! ¿Estás enterado? 

La criatura no respondió, y el oficial entonces le golpeó ligeramente la frente con la boca del cañón. 

—¿Has oído, vil engendro? —repitió con rabia el oficial exasperado; pero su compañero intervino. 

—¡Vamos, vamos! ¡Estás perdiendo miserablemente el tiempo con ese muchacho! ¿Qué te importa que no te responda? Ha oído bien, y entretanto el tiempo corre. Después podrás hacerlo hablar cuanto quieras. 

Ese hablar, fuertemente recalcado, tuvo el don de calmar instantáneamente al oficial, y como ya había sucedido en dos ocasiones, una doble y cruel sonrisa torció los labios de los cazadores. 

Atados los caballos, atemorizados aún, se deslizaron entonces bajo plena selva, a través de un imperceptible sendero por el cual únicamente podían guiarse cazadores de profesión. La criatura caminaba entre los dos oficiales, y su instinto del bosque natal, le advertía, casi sin ver, una rama cruzada y un zanjón atravesado. La selva, desierta y muda hasta media hora antes, cambiaba bruscamente de aspecto con la caída de la noche. En todas partes, aquí, allá, a la derecha, detrás, sonaban chillidos, silbidos, gruñidos, entremezclados con ruidos de ramas rotas. Delante de los hombres la maleza se agitaba bruscamente y súbito resoplido indicaba la fuga de un animal cogido de sorpresa. 

Pero para los cazadores habituados a emociones más fuertes, aquella agitación nocturna de la selva tenía poca importancia, y el alma de la criatura estaba demasiado empapada en estupor y angustia para temer a todo aquello. 

La marcha se prolongó así media hora, bajo el túnel del bosque tropical, hasta que la mayor abundancia de maleza indicó la proximidad de un desmonte, y en efecto, minutos después los hombres desembocaban en un claro de bosque donde algunas ramas secas denunciaban una vieja plantación de mandioca.

Los cazadores se detuvieron y cambiaron algunas palabras en su lengua natal.

—¿Y el mocito? Lo podríamos atar ya.

—¡Esperemos un momento aún! Aunque los datos del negro deben de ser seguros, exploremos un poco esto.

Y encendiendo entonces un farol de acetileno, observó el suelo en diversos lugares.

A orillas de un minúsculo manantial que se abría allí, su vista se detuvo el mayor tiempo.

—¡Che! ¡Aquí hay algo! —exclamó.

—¿La persona en cuestión? —preguntó su compañero.

—¡Sí!; ven a todo evento con el gorila.

Un instante después el grupo se reintegraba. Un oficial invitó a Tuké a que se fijara bien en una huella perceptible en el terreno húmedo del manantial. Los tres hombres se arrodillaron sobre el suelo rodeando el brillante manchón de luz, y un segundo después la criatura se estremecía violentamente. 

—¡Ah! ¡Parece que conoces eso! —se rió el oficial.— ¿Qué animal ha dejado ese rastro, señor protegido de negreros? 

—¡León! —murmuró el negrillo. 

—León, ¡perfectamente! ¡Es todo lo que queríamos saber! ¡Ahora, manos a la obra! 

Entonces los dos hombres, llegados a la meta de su deseo, arrastraron a la criatura contra un árbol seco que se mantenía en pie en medio del desmonte, y lo ataron sólidamente al tronco a dos metros de altura.

El negrillo, aunque con un terrible miedo, no hizo la menor resistencia ni desplegó los labios. Había en sus ojos, en su actitud entera, una heroica voluntad de afrontar aquello monstruoso que se preparaba con un valor extraordinario en su infantil corazón. Sus dientes castañeteaban y su pobre carnecilla preparada para el más diabólico de los sacrificios creíbles, se rebelaba en incesantes escalofríos, pero ni un gemido salió de sus labios, ni en la mirada que tenía clavada en los oficiales había el más leve resto de súplica. Antes bien, los oficiales sintieron crecer sorda irritación.

—¡Maldito mono! —gritó uno.— ¿Por qué nos miras así? ¡Se diría que nos están desafiando!

—¡Si, y se muere de miedo! —agregó su compañero con un dejo de sorpresa. —Tienes miedo?— se dirigió a la criatura.

De lo alto del palo, aquel pequeño Cristo respondió con un hondo estremecimiento:

—Si...

—¿Y por qué miras así, entonces? Quieres tener valor, no es eso? —exclamó sarcásticamente el oficial.

Tuké no respondió, pero era evidente que eso era a lo que aspiraba heroicamente la desvalida y lamentable criatura.

Pero entretanto la noche avanzaba, y era preciso aprestarse a la cacería. Así es que un oficial, cogiendo una larga rama, golpeó con ella en la cabeza a Tuké.

—Óyeme, engendro! Cuando nosotros hayamos subido a ese árbol que ves ahí, te pondrás a gritar, ¿entiendes? No es cuestión de que grites constantemente; ¡de rato en rato basta! ¿Vas a gritar?

Espero en vano respuesta.

—¡Gritara! —rugió su compañero exasperado.— Si no... ¡Oyeme a mi, bestezuela! —se dirigió a su vez a Tuké. Si no gritas como es debido, tengo una cosa aquí... ¡pero mejor es que lo veas! ¡así comprenderás del todo!

Y atando en el extremo de la rama un pequeño objeto brillante, lo colocó delante de los ojos del crucificado.

Un grito súbitamente contenido se escapó de los labios de la criatura, mientras su cuerpo sufría una profunda conmoción...

Una doble carcajada sonó a sus pies.

—¡Ah! ¿has comprendido? ¡Me alegro infinito! De modo que ya sabes lo que tienes que hacer. Si no gritas por tu propia cuenta, entonces... ¡Bueno, hasta mañana, joven gorila!

Todos los preparativos ya prestos, los dos cazadores treparon al árbol, y luego de instalarse cómodamente en las bifurcaciones del tronco, a cuatro metros de altura, revisaron prolijamente sus armas y apagaron el farol.

En los primeros momentos la oscuridad fue completa; pero frente a ellos, tras la víctima atada, el ramaje superior del bosque aclaraba, y un instante después la luna inmensa y rojiza aún, iluminaba la escena. Con ella habían contado los cazadores, y en efecto, el claro del bosque, surgía blanco de luz. Ningún animal hubiera podido internarse dos metros en él, sin ser visto, y mucho más tratándose de un león. En el medio, destacándose en su claridad de palo blanqueado por las lluvias, se elevaba el árbol seco y tronchado como un poste de sacrificio. Y en él, rudamente atado a lo largo, a dos metros de altura, una lamentable y aterrorizada formilla humana; era el cebo que con sus gritos debía atraer a la fiera hambrienta.

Este era el sencillo plan concebido por los dos oficiales en pos de la negativa de Karú de entregar un ternerito al sacrificio, y para la realización del mismo plan, y entonces exacerbados por la venganza habían matado de un tiro al sirviente de Ruy Díaz, y destrozado su laboratorio. La destrucción, sin embargo, no había sido total, como pronto se verá. La escena aquella con Ruy Díaz en pleno camino, a las doce del día, revivía siempre en el recuerdo de los oficiales, y sus almas se empapaban de sombrío gozo al haber aniquilado el trabajo de toda su vida. La venganza tocaba ya su fin, y los oficiales inmóviles en su guarida, esperaron un rato oír la voz de Tuké. 

Pasaron cinco minutos y nada rompió el silencio. 

—¡Eh, mono del infierno! —clamó de pronto una voz desde la sombra del árbol. —¿Vas a gritar o no? 

Igual silencio. 

—¡Cuidado, cachorro de chacal, porque voy a bajar con el frasco! —se oyó otra vez. 

Un vago estremecimiento se notó en el miserable cebo humano, pero no se oyó un ruido. 

—¿Si le rompiéramos desde aquí un tobillo de un balazo?... —murmuró fríamente un oficial empuñando el arma. 

—¡No digas locuras! En otra ocasión la cosa tendría gracia; pero ahora se trata del viejo león. Esperemos aún... 

Pasaron otros cinco minutos. La luna ascendía pura e inmaculada sobre aquel episodio de un infierno humano. 

—¿Vas a gritar? —rugió de nuevo una voz. 

Pero la lamentable criatura, empapada en sudor de agonía, hallaba no obstante en su angustia fuerza para resistir. 

Los oficiales con un nuevo juramento, se lanzaron entonces a tierra, y llenando velozmente una jeringa de Pravaz con el contenido de un frasco que decía Toxina del tsetsé, se aproximaron al árbol de Tuké y trepando uno en los hombros del otro, inyectaron al desgraciado una jeringuilla entera bajo la piel del vientre.

—¡Bien, mocito! ¡Ahora, si quieres, puedes o no gritar! ¡Haz lo que te parezca! —le lanzaron en una carcajada los dos oficiales. Y trepando de nuevo a su apostadero en la sombra del árbol, esperaron de nuevo. Lo que pasó por la tierna alma de la criatura, ante el increíble tormento que le imponen dos hombres a quienes nada había hecho, no es fácilmente comprensible.

Pero por primera vez, desde catorce horas, sus labios se abrieron espontáneamente, y en un profundo sollozo exhaló cuanto había en su alma de amor, esperanza y protesta contra esa terrible injusticia de la vida.

—¡Padrecito!... ¡Rüía!...

—¡Ah, por fin! —exclamaron burlonamente los cazadores.— ¡El miedo te hace acordar de tu amigo Ruy Díaz, eh! ¡Llamalo, llamalo, llorón, que si viene te hará en breve compañía en el palo!

Y una doble carcajada sonó en la sombra del árbol ante la bella perspectiva.

Pasó un momento. Los dos hombres habían creído ya sentir vagos gemidos que partían del claro, cuando de pronto un grito, un alarido de terrible dolor rompió la noche.

—¡Bueno! ¡Esto empieza bien! ¡Adelante, chacal, que si sigues llamando así a tu compatriota el león, poco nos queda por hacer!

Un segundo alarido, sacudió el aire sereno, y desde ese momento, para suprema dicha de los cazadores, los terribles dolores del envenenamiento del cuerpo entero, arrancaron sin cesar gritos de desesperación a la infeliz criatura. El desgraciado se retorcía, cuanto le permitían las ligaduras, sus ojos desmesuradamente abiertos y despavoridos de dolor, parecían preguntar el por qué de esa nefanda injusticia, y mientras tanto, sólidamente instalados en las horquetas del árbol, los dos cazadores, inmóviles, con el oído atento, observaban hasta romperse los ojos de atención, el claro blanco de luna.

Fue a las 10 de la noche, media hora después de comenzar el inaudito tormento, cuando los cazadores inmóviles se tocaron la mano: la selva, que a pesar de los alaridos humanos proseguía su pululante vida nocturna con chasquidos de ranas, chillidos y fugas entre la maleza, había callado de pronto.

—¡El león! —murmuró el oficial dirigiéndose a su compañero.

—¡Sí! —repuso el otro. —Ya le han sentido los animales.

Y de pronto, un bramido, cercano ya, estremeció la noche. La fiera, atraída por los gritos, se dirigía en línea recta a la víctima humana que le ofrecían. 

Los bramidos aumentaban velozmente en intensidad, probando que el león, con las entrañas roídas por el hambre, ansiaba llegar de una vez. Y era sin duda terrible aquel dúo entre los alaridos cada vez más desgarradores de una pobre criatura desesperada por el dolor, y los rugidos de una formidable fiera que corría a devorarlo. 

Sin embargo, cuando el león desembocó en el claro se detuvo, y el redoble de sus rugidos sindicó esta vez que temía una acechanza. Paso a paso, quebrando el espinazo hasta tocar tierra, fue avanzando hacia la presa; y cuando estuvo a diez metros de la criatura crucificada, se detuvo con un ahogado y triste rugido: la fiera se disponía a atacar. 

Allá, en las tinieblas del árbol, dos fusiles, perfectamente inmóviles, estaban dirigidos a la paletilla del león, prontos a lanzar dos balas apenas la fiera se hubiera colocado en posición. Y entre fiera y cazadores, en lo alto de su cruz de martirio, Tuké, en medio de las horribles torturas que sufría, conoció también que su hora llegaba. Su pequeño heroico corazón se fundió por segunda y última vez en un supremo llamado de socorro a su gran amigo. ¿Qué podía esperar la desdichada criatura de su clamor? Pero su pobre frágil vida atormentada, y a punto de apagarse para siempre, pidió no obstante auxilio al único ser que podía llevárselo. 

—¡Rüía!... ¡Rüía!...

Fue algo mágico y súbito lo que pasó. Al desgarrador llamado de la criatura, una voz potente y varonil respondió a espaldas suyas:

—¡Sí, Tuké! ¡Yo soy! ¡Valor!

Y la alta silueta de Ruy Díaz, rompiendo el monte, surgió plenamente iluminada por la luna. El león, con un atronador rugido, se había alzado también; pero apuntando velozmente, el aventurero tendió a la bestia, aullando, con las patas en el aire.

Rápido como el relámpago, Ruy Díaz volvió su escopeta hacia el árbol de acecho, donde a la luz de la luna había visto brillar un cañón de fusil, y dos detonaciones se cruzaron. Ruy Díaz osciló un momento sobre sí mismo, y en el árbol se oía un grito, y un instante después sonaba el golpe sordo de un cuerpo que caía a tierra. 

Otro tiro partió del árbol, que Ruy Díaz sintió vibrar en sus oídos; pero en ese momento quedaba oculto a los fuegos del oficial por el palo en que Tuké permanecía mudo. 

—¡Baje en seguida! —gritó Ruy Díaz con voz seca.

—¿Y si no bajo? —respondió el oficial,

—¡Lo bajo en seguida de un tiro! —contestó Ruy Díaz.— ¡Ya sabe que no yerro!

Durante un instante no se oyó en el árbol el más leve rumor. 

—¡Rápido! —gritó por última vez la voz imperiosa del aventurero.

El oficial se lanzó entonces a tierra y avanzó. Ruy Díaz, de pie, con el arma apoyada en la boca del cañón, esperó. Cuando el oficial estuvo a diez metros, lo detuvo con un ademán.

—Entiendo que a pesar de la vileza de su alma, no es usted precisamente un cobarde, ¿no es eso?

El oficial, comprendiendo, se encogió de hombros, tiró a un lado su fusil, y prosiguió avanzando.

—Lo primero de todo —le dijo brevemente Ruy Díaz cuando estuvo a dos metros de él— es que merecería usted que lo matara aquí mismo como a un perro: esto en cuanto a lo primero; pero como tengo algo más que hacer en este momento, le ordenó que se alejara de aquí inmediatamente. Ya nos encontraremos mañana, ¿no es cierto? Si me falta valor para ultimar aquí a un miserable como usted, me sobra para arreglar cuentas de día y donde usted quiera... a menos que prefiera acecharme tras un árbol de la picada y asesinarme luego a traición. ¡Pronto! —concluyó mostrándole con la cabeza el camino.

—¿Eso es todo? —repuso fríamente el oficial:

—Sí, y sobra.

—¡El que sobra eres tú, maldito negrero ladrón! —gritó con furia el oficial descargando su revólver a boca de jarro sobre Ruy Díaz, que cayó pesadamente adelante.

El oficial le movió la cabeza con el pie y lo retiró empapado en sangre. 

Aquello estaba concluido. Echó una ojeada a su alrededor, y durante un segundo estuvo tentado de concluir de un tiro a Tuké, que podía ser luego un testigo comprometedor de su infamia. Pero era evidente que el miserable negrillo no tenía vida para media hora más; de modo que encogiéndose por segunda vez de hombros, se alejó del teatro de sus proezas, dejando tras él, sin un último adiós, a su compañero muerto. 

* * * * * * *

Diez minutos pasaron, y Ruy Díaz levantó la frente. Llevándose la mano a la cabeza, constató que la bala solo había rozado el hueso, abriéndole en la piel un sangriento surco por el que su sangre se escapaba en abundancia. No tenía la herida ninguna importancia, pero el choque había sido lo bastante rudo para tenderlo desmayado, y de aquí el engaño del oficial. La otra herida, en cambio...

Con la terrible energía que le conocemos, Ruy Díaz, sobreponiéndose a su creciente debilidad, cortó las ligaduras que sujetaban a Tuké y recibió en sus brazos el cuerpecillo inerte de la criatura. Al ver su semblante, al pulsarlo, al auscultarlo, frunció el ceño, y notando el aspecto de la picadura monstruosamente inflamada, se puso blanco, mientras una sospecha terrible cruzaba por su mente.

—O le han hecho morder por una víbora o… —y a pesar de desecharla por increíble, formuló en voz baja la otra suposición...— o le han inoculado: toxina de tsetsé... 

En ese momento Tuké abrió los ojos y un destello de insensata alegría animó sus ojos, al ver inclinado sobre él a Ruy Díaz.

—Padrecito... —murmuró en voz apenas sensible— Tuké llamó y vino... Tuké muere.

—¡No digas locuras! —exclamó Ruy Díaz profundamente emocionado.— Dime, sí, qué te han hecho. ¿Qué te han dado a tomar?

—Aquí... —murmuró Tuké señalándose apenas el vientre— polvito de tsetsé. ¡Duele mucho, padrecito! —sollozó el desgraciado al recuerdo de sus tormentos.

—¡Ah, miserables! —exclamó Ruy Díaz— ¡ya me parecía que era eso! Si tuviera aún el laboratorio y no hubieran roto... ¡Pero, sí! —exclamó con el rostro alborozado— ¡ahora recuerdo que no llevé el suero al laboratorio! Debe de estar aún aquí...

Y llevo febrilmente la mano a su bolsillo, retirándola con un grito de triunfo: en su mano brillaba a la luz de la luna, el frasco con el precioso líquido. Llenando en un segundo su jeringuilla, inyectó por dos veces a Tuké diez centigramos del suero que debía destruir en media hora los venenos del tsetsé.

Ruy Díaz consideraba un verdadero milagro haber podido llegar cuando lo hizo. El estado de Tuké; su depresión y falta de dolor indicaban ya un estado de suma gravedad. De modo que constataba con inmensa satisfacción los signos de vida que retornaban en el pobre Tuké. En diez minutos la curación se acentuaba maravillosa, y minutos después Tuké se sentaba, el cuerpo muy dolorido, si, pero ya fuera de peligro.

Pero entonces a Tuké le tocó notar que Ruy Díaz oscilaba otra vez sobre sí mismo, y estaba a punto de caer, y recién entonces notó la sangre que empapaba su ropa.

—¡Padrecito!... ¡Rüía! —clamó el negrito desesperado.— ¡Herido! 

Ruy Díaz, ya recobrado, repuso con voz un poco apagada.

—No es nada, un rasguño de las balas de esos señores: vamos a ver el que queda allá.

Y seguido de Tuké, que temía siempre que su salvador estuviera más herido de lo que aparentaba, llegaron junto al oficial: estaba total y definitivamente muerto, con el cuello agujereado. Tuké contempló el cadáver con horror.

—¿Muerto? —preguntó por fin.

—Sí; vámonos.

—¡Padrecito! quiero ver hombre malo —murmuró la criatura bajando la voz.

Y agachándose sobre el herido, registró su ropa, halló el frasquito de polvo verdoso, y vertiendo todo su contenido en el cuello abierto del oficial, se unió a Ruy Díaz, que con el rostro serio había dejado que el pequeño africano se desahogara.

—¡Hombre malo! — había sentenciado Tuké.

—¡Ven! sentémonos, descansa, y después volveremos a casa. 

Y mientras Tuké recuperaba momento a momento sus fuerzas, Ruy Díaz, en el claro silencioso y blanco de luz pacífica, recorrió con el pensamiento las angustias de ese terrible día: la corrida a su casa de mañana, el cadáver de Barek junto a los caballos apuñalados por él para entorpecer la fuga de los oficiales, sacrificando su vida; la destrucción total de su laboratorio —su vida entera de trabajo— a excepción de la toxina del tsetsé que los miserables habían guardado ya se sabe con qué diabólico fin; la persecución tenaz, desenfrenada, de todo ese día tras el grupo, hasta su llegada en el momento preciso. Luego la bala que había llegado hasta el... Ahora que Tuké estaba en salvo...

Un largo escalofrío corrió por sus venas, y Ruy Díaz conoció que las fuerzas comenzaban a faltarle.

—De modo —dijo lentamente, pasando la mano por la cabeza de Tuké— que estás contento de que tu amigo haya llegado a tiempo para salvarte?

—¡Oh, padrecito! —murmuró la criatura a punto de llorar de dicha.

—He hecho cuanto he podido —agregó Ruy Díaz después de una larga pausa, y con la voz aún más lenta y apagada. —Y si algún día…

Tuké levantó la cabeza, y lanzó un grito desgarrador.

—¡Rüía! ¡padre! —clamó al ver que éste cerraba los ojos y se recostaba en un tronco.

—¡No grites! —murmuró Ruy Díaz— estas cosas pasan... cuando menos se esperan. Ayúdame a acostarme... así, y estaré mejor. De todos modos, vas a ser un hombre de ley y te acordarás alguna vez de tu amigo Ruy Díaz...

—¡Padre! ¡Rüía!... ¡Socorro! —clamaba Tuké abrazando desesperado la mano fría de su amigo— ¡no mueras, padrecito, no quiero!

Ruy Díaz tuvo fuerza para sonreírse aún:

—¡Imbécil! —murmuró— si tuvieras como yo una bala en el vientre... Bueno, tu amigo Ruy Díaz se muere, Tuké.

—¡Rüía!... ¡no, no!

—Cuando vayas a hacer una cosa que no debes, acuérdate de lo feliz que fuiste en casa... y piensa… en tu... amigo...

Tuké, al ver que Ruy Díaz quedaba mudo, lanzó un supremo grito de desolación, y echándose sobre el pecho de su gran amigo lloró su inmensa desesperación.

Habían pasado dos horas. La luna ascendía siempre, y a su blanca luz, la frente helada de Ruy Díaz brillaba como la de un héroe. A su costado, en un pequeño bulto negro, la criatura sollozaba siempre, insensible a todo, sordo a todo, oyendo con mortal indiferencia un aullido que se aproximaba sin cesar, sintiendo que su vida entera no alcanzaría a llorar al hombre que acababa de morir por el pobre negrito que se había llamado, y seguiría llamándose hasta que los aullidos llegaran hasta él: Tuké.

* * * * * * *

Una caravana de negros que pasó una hora después por alli, llegó a tiempo para salvar de los chacales a un negrillo que yacía inerte con los labios pegados a la mano de un hombre gravemente herido, a quien se creyó muerto en el primer momento.

* * * * * * *

Seis meses después de estos sucesos, perfectamente verídicos, se veía en una capital europea la causa de un oficial destacado en Africa, acusado de haber torturado horriblemente a un negrito de la región, con el fin de que sus gritos atrajeran a un león que debían cazar. Faltaban testimonios de fe para la condena, y acaso el oficial hubiera salido bastante bien librado, si en la prueba de testigos, una voz no hubiera sonado de pronto:

—Pido al honorable jurado que me permita deponer en esta causa.

Todos los rostros se volvieron a quien así hablaba: era un hombre alto, de gran barba rubia y varonil belleza. El acusado, al oír aquella voz, se estremeció violentamente, mientras su rostro se demacraba.

—¿Cómo testigo? —se preguntó vivamente al desconocido.

—Cómo testigo. ¡El acusado conoce perfectamente mi nombre!

Como movido por irresistible fuerza, el oficial volvió el rostro ya pálido, que se volvió lívido al contemplar aquella gran frente despejada.

—¡Ruy Díaz! —murmuró aterrado.

La prueba estaba hecha. La deposición del testigo fue breve y clara. El oficial, convicto y confeso, fue condenado a la degradación y a cinco años de presidio, solamente. Ruy Díaz, que no había querido dejar impune el crimen cometido con su amigo Tuké, guardó silencio en todo lo que a él respectaba.

Cuatro días después, un negrillo que recorría ansiosamente todos los días el puerto de Libreville, en el Congo, saltó de gozo al recibir esta lacónica carta:

Llegaré a esa el mes próximo; llevo un laboratorio completo. —RUY DÍAZ.


Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.
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