Llegó un momento en mi vida en que me sentí harto de la civilización, tal como la gozamos en las ciudades. Por contrapeso a un ejercicio intelectual más o menos intenso, mis brazos no sabían ya apartar un obstáculo del camino, porque todos me eran allanados, merced a ese mismo concepto de civilización. Para engañarme, se me mostró el camino de un gimnasio, donde en un patio herméticamente cerrado y con luz artificial a las dos de la tarde, hice fuerza de abajo para arriba y de frente al costado, con una bola de hierro en cada mano, manteniéndome inmóvil y rígido en el mismo sitio. Esto —se me decía— es muy útil.
¿Útil? ¿Para qué? ¿En qué consiste la utilidad de un ejercicio espantosamente estéril? ¿Útil porque trataba de simular con una vergonzosa pantomima el verdadero esfuerzo, que consiste en vencer la dificultad "natural"? De igual modo se podría llamar útil a la bolsa de oxígeno que prolonga la agonía de un moribundo: necesaria, por sutilezas de biología moral, acaso; pero "útil", jamás.
Y esta perversión de términos proviene de la misma concomitante perversión de vida que nos encierra, debilita y asfixia en la lóbrega cueva que es una ciudad. Como se me daba todo hecho, yo no sabía ya hacer nada. Y cuanto menos sabía hacer, tanto más civilizado me consideraba, bajo el mismo concepto en que se juzga en una escala más alta al canario, incapaz ya por un largo cautiverio de buscarse la comida al aire libre, que al chingolo, que defiende enérgicamente su vida, donde no hay dos centigramos de comida. ¡Y a la vergonzosa inutilidad del canario —como a la nuestra— se le llama "civilización"!
¿Pero por qué cobarde error se ha corrompido así un término de nobleza cosmogónica, como aquél, para aplicarlo a los seres individualmente más inútiles, que ya no saben hacer nada porque todo se lo hacen, y que si al primer disloque de la gran majada en que viven se vieran aislados de ella, perecerían miserablemente, como el canario escapado de la jaula?
¿Qué visión enfermiza nos lleva a considerar como un ideal ascendente de la Humanidad a ese acumulamiento sórdido de ovejas alimentadas con tortas químicas, cada vez más incapaces de pastar en una franca pradera, cada vez más débiles, cada vez más enfermas, cada vez más mortales?
¿Qué entendimiento suprasereno de otro planeta juzgaría en un más elevado plan al borrego aplastado de pesadez y lana, ya sin vista, sin oído y sin olfato, sin voluntad ni vida propia, pero asfixiándose de grasa —llamémosla "intelectualidad"— que al león, todo fuerza e inteligencia "vital", demostrando palpable, hasta hacer sangre, su razón de existir?
Yo era, pues, un ser civilizado; y como no sabía nadar, inventé un salvavidas, creyéndome así superior al perro, que no precisa salvavidas, porque sabe nadar. Ciertamente, yo era más inteligente que él. ¿Pero más civilizado?...
No. Yo debía aprender a nadar como el perro, conservando mi superioridad intelectual para cosas "irreemplazables"; entonces podría considerarme un ser "civilizado".
* * * * * * *
Todo esto, expresado en el presente balbuceo, hizo que, apartándome del rebaño, me fuera a vivir al monte. Pasé el primer mes en un obraje de madera, y al cuarto día de llegado, me estrellé contra un suceso capaz de poner en revolución un millón de ideas como las anteriormente apuntadas.
He aquí lo que pasó:
Para alimentar a la vasta peonada, la administración del obraje plantaba maíz, mandioca, batata, en fuerte escala. Pero los loros, venados, tatetos y tatus causaban grandes estragos en el rozado, y se dispuso una estrecha vigilancia de la plantación.
Una mañana el dueño del obraje vino a decirme, muy contento:
—¿Quiere cazar lindos bichos? Esta noche vamos a dar una batida. ¿Quiere venir?... Va a ver lindos bichos.
La proposición me halagó extraordinariamente.
—¿Qué caza? —le respondí.— ¿Caza grande? ¿Llevo el winchester?
—¡Claro! Winchester, winchester! Y además su parabellum, si quiere.... Yo llevo también esto…
Y palmeó su revólver 44.
—¡Lindos bichos, compañero! —y se alejó riendo.
No se me quiso decir en todo el día de qué caza se trataba; pero el apronte era serio, y yo no pedía más.
Fuimos de noche a un pequeño rozado de una hectárea, pues la plantación, por razones de tierra y ubicación de campamentos, estaba diseminada. Mi huésped sólo me decía: ¡lindos bichos! y se frotaba las manos, riendo.
Tomamos posición alrededor del maizal, diseminados y en cuclillas, con recomendación del más grande silencio. Fumar, ni soñarlo. Al dejarme en mi puesto, el dueño del obraje me dijo entonces, cerrando el puño:
—¡Caza macanuda! Usted nunca ha visto otra igual... Vamos a cazar guayaquíes, compañero!
—¿Eh? ¿Qué? —le dije.
—¡No hable alto!... ¡Indios, indios ladrones!... ¡Va a ver cómo gritan! No son hombres, le aseguro... Y ya sabe: después de la primera descarga, corra al sendero, por donde entramos... ¡Va a ver cómo gritan!
Entonces me di cuenta. Los indios guayaquíes, considerados en el país como extremadamente salvajes, llegan hasta las plantaciones a robar maíz, y suyos eran los rastros notados el día anterior. Se trataba de salvar el maíz cazándolos en forma. Es a lo que mi huésped llamaba “lindos bichos”.
Quedaron, pues, en acecho. Pasó una hora, dos, tres. Había una hermosa luna y un gran silencio. De repente, un súbito grito del dueño del obraje rompiendo la noche, seguido de una descarga, me indicó que la caza comenzaba. Vi remolinear violentamente las matas de maíz, y acordándome de la recomendación, corrí al sendero indicado.
Los tiros se sucedían uno tras otro, con un grito de triunfo en cada disparo. Llegué allá, y he aquí lo que VÍ: a ambos lados del sendero en el bosque que desembocaba el rozado, los cazadores estaban apostados, con el arma echada a la cara. Los indios surgían bruscamente del maizal, a toda carrera, Si el primer cazador erraba el tiro, lo recibía el otro. Si éste erraba a su vez, lo fusilaba el último a boca de jarro.
Entre la manada enloquecida de guayaquíes había mujeres y chicos. Todos corrían y caían en silencio, pues su espantado terror había concentrado en la carrera toda su posibilidad de salvación.
Al final, los cazadores se habían atropellado a la entrada del maizal, y tiraban en descarga. Cuando ya creía todo concluido, surgió un rezagado, como una exhalación, y estuvo a punto de escaparse. Pero fué detenido al vuelo y arrojado al suelo, y a pesar de sus desesperadas sacudidas de cabeza, y de sus “gritos horribles”, fue degollado.
Al oírlo, comprendí la insistencia de mi huésped en hacerme notar cómo gritaban: “No son hombres... gritar como chanchos.”
Me explicaron luego que los guayaquíes son exactamente como las bestias del monte, y como los tapires, sobre todo: cuando se acostumbran a entrar en una plantación por un sendero determinado, ya no conocen otro modo de salir que aquél. Al sentir el peligro, se precipitan, ciegos como bestias, al sendero de entrada, aunque sean ultimados uno a uno. No se les ocurre huir por otro lado, y es ésta la razón por la cual los cazadores, después de una descarga en el circuito del maizal, para aterrorizarlos, corrían todos a esperarlos allá.
Conservo de aquello dos impresiones imborrables: el mudo terror de escape con que corrían los indios cazados en la trampa, y los gritos, por fin, los alaridos agudos, seguidos y bestiales del indio que se iba a degollar.
Y esto no pasó en un país lejano, sin embargo. Esto pasó el 25 de noviembre de 1911, a media hora de la línea del ferrocarril internacional que corre de Buenos Aires a la Asunción.
