Yo profeso la teoría de que un hombre que está en la línea de fuego tiene bastante que hacer con su tarea para distraerla examinando con ojo crítico la de los demás.
No quiere esto decir que halle mal el que otros lo hagan. Por mi parte, y en mi carácter de soldado raso en el frente desde hace 27 años, no puedo recrearme en tal análisis, cuando para el aprendizaje de mi tarea no alcanza toda la dura atención que vengo poniendo en ella.
Una acción, sin embargo, es a veces de tal magnitud, se yergue a nuestro lado con tal irresistible empuje, que nuestra tarea queda de lado: todo se vuelve ojos para admirar la actitud del heroico compañero.
En tiempos no lejanos yo sufrí una de estas detenciones ante Los Caranchos De La Florida, de Benito Lynch. Hoy tengo una impresión semejante; y como en otras ocasiones tornaría mudo y lleno de optimismo a mi labor, si las singulares circunstancias de contraste entre mi admiración y el silencio ambiente no me decidieran a anotarlas en breves líneas.
Yo tuve siempre simpatía muy marcada por la persona de Rosa García Costa. Más que su poesía, solicitaban aquélla el silencioso trabajar, la modestia extrema, la falta absoluta de bienestar en que la invisible escritora desenvuelve su vida.
Pero cuando apareció su último libro los motivos de fraternal compañerismo cedieron lugar a una admiración muy viva por el poeta. Había en aquel libro suyo cuatro o cinco composiciones de purísima agua. Nadie ignora cuán difícil es hallar poesía en los versos y qué impresión de total fecundación poética nos dan los sólo tres o cuatro poemas de un libro que hayan absorbido, concentrado y hecho rutilar el alma entera de un hombre o una mujer.
Quedé así muy admirado de la exaltación de ternura de la señorita García Costa, cosa que me interesaba muy poco, pero que ella había logrado infiltrar hasta en lo invisible mismo de sus versos, lo que me interesaba ya enormemente. Y como transcurría el año para los premios municipales de 1926, he aquí, me dije, un libro predestinado. Podrá haber disensiones sobre la calidad del premio a recibir, pero no sobre los méritos de la obra.
Y con esta certeza esperé tranquilo por la autora el fallo del jurado.
Hace pocos días el jurado de literatura ha discernido los premios correspondientes a la producción de 1926; el libro de la señorita García Costa no ha alcanzado a ninguno.
Bien, me he dicho. El entusiasmo me ha cegado, fuera de duda, haciéndome olvidar que otros altos valores poéticos entraban en concurso. Los premios han sido juiciosamente otorgados.
Pero he aquí que a continuación de la lista de los libros premiados, el jurado llama la atención sobre otras diez obras en verso del mismo concurso, y no vuelvo de mi sorpresa al comprobar que entre los diez libros recomendados, y de valer naturalmente decreciente, no figura el de Rosa García Costa.
¿Qué es esto?, torno a decir. ¿Puedo equivocarme de este modo sobre la calidad de un autor? ¿Soy tan insensible a la poesía? ¿He perdido el gusto literario hasta el extremo de errar trece veces seguidas, entusiasmándome con un libro que no llamó la atención del Jurado, ni siquiera en el grado décimotercero de mediocridad?
Inquieto, como es de suponerse en un hombre que a la par de escribir ha creído tener siempre un sentimiento muy vivo de la poesía, veo apresuradamente a algunos compañeros del oficio, poetas los más de ellos.
—¿Qué opinión tiene usted de la poetisa García Costa? —pregunté al primero.
—Excelente —me responde.
—¿Conoce usted los versos de Rosa García Costa? —inquiero del segundo, prosista esta vez.
—No mucho —elude éste.— pero los tres o cuatro lieder que he leído de ella, me parecen muy buenos.
—¿Y usted? —pregunto al tercero, poeta de alto renombre.— ¿Estima mucho a la García Costa?
—Muchísimo.
—¿Y de qué proviene, prosigo, que nunca haya leído artículo crítico alguno sobre la excelencia de su poesía?
—Lo ignoro —me responde.
Quedo, pues, mudo, confuso y desorientado. ¿Pueden la cultura y el gusto artístico de un escritor atrofiarse, anularse al punto de poner su admiración en un libro que un jurado no mencione ni en remoto lugar?
No. Si una nube de confusión se cierne sobre el gusto literario, no es sobre el mío. Desde la misma línea de fuego en que me hallo, y con la misma fe que alienta en mí ante el trabajo noble y su rendimiento, estoy seguro de no equivocarme.
Yo no tengo amistad con Rosa García Costa. La he visto dos veces y he cambiado con ella cuatro palabras. Pero esa mujer tiene en su poesía una capacidad de ternura tan honda, es tan pura y absolutamente femenina en su modo de sentir el amor y al hombre, que difícilmente se vuelve a ver por muchos años un caso de sensibilidad semejante.
Yo hubiera tenido un placer muy grande de leer un juicio analítico de sus poemas. Ello es función de los críticos. Yo no puedo hacerlo; pero sé lo que es una voz de simpatía lejana que nos llega desde otro campo de batalla; y por esto he anotado esta impresión, a fin de que llegue hasta la compañera.
