Una nueva Estrella: Mauricio Flynn. —Con el estreno de La idea de un hombre, hicimos ya mención de este nuevo actor que torna a presentársenos en El triunfo de la sonrisa, cinta de nombre peregrino, puesto que en ella apenas se sonríe.
Pero la personalidad del nuevo actor es más viva que estas pequeñas cosas. Mauricio Flynn representa la Fuerza, con mayúscula, del mismo modo que Hart encarna la energía. Mucho más joven que Hart, y como este de fisonomía asimétrica, Flynn trae insistentemente a la memoria la figura de El pensador de Rodin. La misma solidez de estructura (bien que Flynn no sea grueso); la misma contracción de facciones; idéntica cabeza, y sobre todo igual frente, baja, aplastada, dando la sensación de que, por su pequeñez, al esfuerzo de pensar contribuye toda la basta robustez del cuerpo.
Es esta impresión de fuerza primitiva y tenaz sirviendo de respaldo a una mirada civilizada lo que constituye la personalidad de Flynn. Si la nueva estrella acaba de salir del teatro, cabe sorprenderse de la rapidez intuitiva con que ha comprendido el cine. Si ha debutado en el film, nadie lo supondría, vistos su aplomo y el dominio de los trucs de expresión.
Su primer filme fue muy superior al actual, sin que este merezca desdeñarse. Uno y otro son obra manifiesta de un mismo autor, si se juzga por la similitud de ambiente y procedimiento. No sabemos quién será este autor; pero se destaca del montón anónimo por cierta gallardía para aprovechar familiarmente elementos diarios y triviales de la vida de acción, en que solo los escritores suelen ver manantiales de arte.
Mauricio Flynn nos aporta esta cosa inapreciable en el cine, en el libro y en la vida: un nuevo individuo. Podría no diferenciarse mucho de Hart, Mac Kim y el Roberts de los buenos filmes, que el nuevo actor sería siempre otra personalidad, con matices particulares suyos.
Es demasiado cierto que ya estamos un poco cansados de las estrellas conocidas, cuya actuación en cada nuevo filme podríamos de antemano delinear fielmente escena por escena. Un fresco género de sonrisa en una bañista de ayer; un distinto modo de apretar los labios en los enérgicos del filme, son pequeñas novedades muy de desear.
Evocaciones y Reconstrucciones de grueso Efecto. La Biblia. —Nada menos. Esta vez es la tumultuosa historia del pueblo de Israel la que el cine nos ofrece en catorce actos —y editada en Europa, a lo que entendemos.
Ya vimos una vez evocaciones históricas de gran aparato —Pompeya, Quo Vadis, Salambó—, donde privaba el elemento decorativo. El cine italiano, en particular, gustó de estas grandes fantasías, cuasi operetas por la teatralidad de la decoración, de las escenas, de las muchedumbres. La caracterización de los personajes evocaba también singularmente a los reyes, esclavos y faraones de ópera que, como nadie ignora, atraviesan el escenario con ojos de crimen y vastos ademanes trágicos.
Bien, en suma, cuando los personajes evocados eran, como en aquel caso, de mejor cuantía, tales César, Petronio y alguna virgen pompeyana. Por simpáticas que nos sean tales figuras, no les hemos concedido nunca una respetuosa solemnidad.
Pero otros son los personajes que La Biblia nos muestra: Adán, Eva, Noé, Moisés, y hasta el Señor mismo.
Ahora bien, sabida es la dificultad de representar con el pincel o el cincel ciertas figuras de archisecular prestigio en nuestra mente, sin que hallemos extraña o ridicula tal representación. Poco o mucho, todos alimentamos o hemos heredado desde el comienzo de las generaciones una idea de extrahumanidad acerca de los grandes patriarcas de la historia. Poco da que se crea o no en la religión de Israel; pero ha sido el mundo demasiado sacudido por la leyenda bíblica para que nos detengamos con indiferencia ante un retrato del hombre del Sinaí.
Si tal exigencia se apodera de nosotros ante una obra de arte, con qué curiosos ojos veremos en la pantalla a un pobre hombre desnudo y flaco, de cara poco inteligente y un poco asustado de su desnudez, que camina dándonos la espalda, mientras la leyenda nos anuncia que ese pobre hombre es nuestro padre Adán.
Adán, en efecto, el primer hombre que Dios creó. Hemos visto reír al público ante tal peregrino hombre flacucho, asustado y desnudo, y el público tenía razón de reír. La exhibición de un hombre desnudo en la pantalla es un problema difícil de resolver, mucho más que el de una mujer en idéntico grado de visibilidad. La gracia del cuerpo masculino está encerrada en su fuerza, y esta impresión de fuerza la proporciona total el torso. Considérese ahora qué riente espectáculo puede ofrecernos del trascendental Adán del Paraíso ese hombre flacucho y tímido, que camina furtivamente de vergüenza, pues en verdad se siente perseguido por la risa de los mirones, desde el mismo instante en que filmó.
Más tarde vemos entre la zarza ardiendo al mismo Dios, a Jehová, cuya cara nadie puede mirar sin morir. Como no obstante el rostro del Señor nos es familiar por estampas y calcomanías, no pedimos gran cosa de suprema serenidad a las figuritas que nos lo representan. Pero muy distinto es ver al Supremo Hacedor vivo en una cinta de cine, moviéndose con lentos ademanes que huelen furiosamente a bambalinas, y como el Adán que ya vimos, cortado ante la pantalla, pues en razón de su corto papel, es un pobre actor sin porvenir y ya habituado a las humillaciones del oficio, quien encarna al terrible Jehová.
En fin, el tema es más risueño que otra cosa. No hubiéramos insistido en él, si las evocaciones, reconstrucciones y demás operetas cinematográficas no se nos ofrecieran como obras de arte. El folletín cinematográfico merece los mismos respetos que el literario. Siempre, sin embargo, que se nos advierta la especie con un grueso subtítulo al siguiente tenor: "La suprema creación de los Mundos, de la Belleza y de la Verdad. Folletín". Entonces iríamos o no a verlo; pero encantados de antemano.
Un Convencionalismo agradable: El Beso. —Por ley fundamental de idilio, toda historia de cine donde un hombre y una mujer han sufrido amándose concluye con un beso. No ha habido a veces angustia preliminar, y los amantes corren felizmente su amor con la cinta. Pero en este caso mismo se ha convenido, como un deber hacia los personajes-intérpretes y los jóvenes espectadores, que el abrazo de amor y el beso a él adherido sean el desenlace natural, forzoso y apreciado de las historias del cine.
No habría por qué comentar la dulzura sui géneris de este convencionalismo, si la impresión del público tierno y del respetable público fuera unánime. No median, como tal vez pudiera creerse, motivos de moralidad o pruderie excesivas: jóvenes y viejos, jovencitas y niñas maduras, todos gustan, admiran y propician este feliz hallazgo del arte de la sombra, este íntimo, estrecho, infinito e indefinible beso final, a que la sala entera suele responder con un hondo suspiro.
La diversidad de opiniones tiene su origen en una cuestión —¿cómo diremos?— de procedimiento. Aparentemente, en efecto, podríase estar seguro de que todo hombre y toda mujer ante la pantalla o tras ella poseen una cierta habilidad innata para besar.
Esto parece a primera vista; pero el público —personaje mudo y sabio, aunque muy joven a veces—, opina de otro modo.
Veamos un ejemplo. Dícese con insistencia que las hermanas Talmadge son las únicas chicas del cine que saben besar. Aún más: los actores sometidos a entrevistas, confiesan públicamente que el beso de Norma o Constancia Talmadge no se soporta con pies sólidos —ni aun con el fotógrafo a la vista.
¿Qué hay de verdad en esto? Lo ignoramos. Ciertamente, nos ha parecido notar que las hermanas Talmadge cumplen este sencillo acto de besar con una honradez acrisolada; pero no vemos sin embargo que ello alcance a hacernos abjurar de otros labios de la pantalla.
Es posible que Constancia y Norma, artistas de verdad, pongan, como quien dice, toda el alma en lo que hacen. Tal debe de ser la impresión de Rawlinson y Meighan, dos de los actores aludidos. Y también de las tiernas espectadoras, todo ojos y corazón, que son quienes discuten con más pasión estas minucias sutiles, casi siempre en razón inversa de su edad.
