Una Serpiente De Cascabel

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento



Cuando no ha mucho el ilustre naturalista Ángel Cabrera hacía notar en un artículo local la escasa probidad con que los literatos observan en general a los animales que prestan asunto para sus fantasías, he pensado en aquella ocasión en la parte que a mí podría tocarme de tal culpa. Yo me he ocupado con interés, lo confieso, y no una sola vez, de pájaros, perros, hormigas y hasta de un dinosaurio guayrense. Salvo en lo que concierne a este ser u otros similares, creo de buena fe haber aportado a la observación de los demás animales toda la probidad de que soy capaz. Si una larga convivencia con aquéllos en su ambiente resta méritos a dicha probidad, no es menos cierto que he debido con frecuencia resistir a la tentación de decorar artificialmente mi fauna. He hablado de lo que he visto. Mas si así y todo mi nombre figura en las listas improbas del doctor Cabrera con más puntos negros de los que creo merecer, doy entonces un paso atrás y cedo mi lugar a un colega cien veces más ilustre en la escala literaria.

Es éste M. de Chateaubriand. No depongo sin excusas sobre los hombros del gran escritor el peso de esa carga, para él leve y abrumadora para mí. Un brillante cuadro de aquél sobre la serpiente de cascabel, por una parte, y mis propias impresiones sobre dicho animalito, por la otra, han decidido de la elección. M. de Chateaubriand pinta en su cuadro, no una fantástica serpiente, como con tanto brillo pudiera haberlo logrado con su imaginación, sino una determinada víbora de cascabel que "ha visto". Como yo también he visto, me hallo en situación de juzgar, desde este vulgar y estricto punto de vista, del cuadro de M. de Chateaubriand.

Helo aquí el cuadro:


"En el mes de julio de 1791 viajábamos por el Alto Canadá con algunas familias indígenas de los onontagués. Un día que estábamos detenidos en una gran llanura al borde del río Genesie, entró en nuestro campamento una serpiente de cascabel. Había entre nosotros un canadiense que tocaba la flauta; quiso divertirnos y avanzó contra la serpiente con su arma de nueva especie. A la aproximación de su enemigo, el reptil se arrolla en espiral, aplana su cabeza, infla las mejillas, descubre sus dientes ponzoñosos y sus fauces sangrientas; yergue su doble lengua como dos llamas; sus ojos son dos carbones ardientes; su cuerpo, hinchado de rabia, se baja y eleva como el fuelle de una fragua; su piel dilatada se torna opaca y escamosa, y su cola, de la que surge un ruido siniestro, oscila con tanta rapidez que semeja un ligero vapor. El canadiense comienza entonces a tocar la flauta; la serpiente hace un movimiento de sorpresa y retira atrás la cabeza. A medida que es víctima del mágico efecto sus ojos pierden su dureza, las vibraciones de su cola disminuyen y el ruido que deja oír languidece y poco a poco muere. Menos perpendiculares sobre su línea espiral, las ondas del cuerpo de la serpiente encantada se ensanchan y van una a una a posarse en tierra en círculos concéntricos. Los matices azul, verde, blanco y oro recobran su brillo sobre la piel estremecida; y volviendo ligeramente la cabeza permanece inmóvil en la actitud de la atención y del placer. En este momento el canadiense da algunos pasos sacando de su flauta dulces y monótonos sones; el reptil baja su cuello coloreado, entreabre con la cabeza las finas hierbas y se pone a marchar tras el músico que la arrastra, deteniéndose cuando aquél se detiene y recomenzando la marcha cuando aquél la reemprende. Fue así conducida fuera de nuestro campamento en medio de infinidad de espectadores, tanto salvajes como europeos, que apenas daban crédito a sus ojos."


Este es el cuadro de M. de Chateaubriand, visto, oído, sentido y palpado en el transcurso de su célebre viaje a Norte América. Nada en él que desdiga del arte incomparable de su autor. Es el torpe animalito motivo de ese cuadro lo que me interesa.

M. de Chateaubriand lo ha descrito con lujo de detalles, tan finos algunos de éstos, que acusan la tensión con que fueron observados. Vio, pues, el autor, lo que cuenta.

Pero como yo también he visto y observado con holgura de tiempo algunas víboras de cascabel, voy a anotar, con la esperanza de aligerar en mi beneficio las negras listas del doctor Cabrera, mi impresión sobre la serpiente de M. de Chateaubriand.

Cúmpleme advertir, ante todo, que yo no conozco la especie de crótalo a que se refiere el autor. El nombre genérico comprende cuatro o cinco especies, particulares casi todas del hemisferio norte de América, y una sola del hemisferio sur. Este huésped nuestro es el que conozco. A él, por lo tanto, se reduce el campo de mis observaciones. Pero si alguna especie norteamericana puede tener caracteres diferenciales muy vivos (acaso los cambiantes azul, verde, blanco y oro de la piel de una serpiente de cascabel sorprendida más allá del paralelo 55), existen también caracteres netamente genéricos, de los que nuestro crótalo da cabal idea.

Nuestra serpiente de cascabel, por ejemplo, no hincha jamás las mejillas ni entreabre los labios. Posee un par de ojos amarillentos de mirada poco agradable a causa de hallarse encapotados. Tranquila o enfurecida, la expresión de sus ojos no cambia un ápice. Jamás enrojecen éstos de ira al punto de parecer carbones ardientes. La piel de la serpiente de cascabel es siempre fuertemente escamosa, ya descanse en paz o se lance contra un onantagués flautista. De los segmentos córneos de su cola surge un ruido bastante agradable y fino, algo muy semejante, aunque ampliado, al escape de cuerda de un reloj de bolsillo. Lo de siniestro va por cuenta del hombre.

Un detalle particularísimo de esta serpiente —y espero que de todas— no podía de haber dejado de llamar la atención de M. de Chateaubriand. Me refiero a la coloración de sus fauces. El autor las vió sangrientas. Tales aparecen, en efecto —o punto menos— las fauces del león, del tigre y de unos cuantos animalitos de sangre caliente. Pero la serpiente de cascabel tiene las fauces de una blancura inmaculada. De lirio o nácar, podría decir con toda corrección un literato. Esta albura inesperada constituye el detalle más sorprendente de las víboras cuando se logra observarlo. M. de Chateaubriand tuvo esa suerte con su crótalo del Alto Canadá. Mas su valor ha llegado hasta nosotros muy cambiado por la literatura.

Nada me queda ya que anotar sobre la "mboé-chiní" de los guaraníes. Si las norteamericanas se inmovilizan alguna vez en actitud de placer, o danzan al son de una caña, o siguen por entre la fina hierba a un piel roja, podemos asegurar que las nuestras no se han recogido nunca en éxtasis musical ante hombre alguno. La India se halla aún muy lejos de nosotros para ello.


Publicado el 12 de agosto de 2026 por Brian.
Leído 4 veces.