Una tarde en que Moisés apacentaba sus cabras
vió grande llama de fuego sobre una zarza encendida.
Se acercó, y en el silencio de aquella región perdida
oyó una voz que le hablaba, y eran de Dios las palabras.
—Moisés, Moisés, cobra aliento que ya la hora es llegada.
Mi pueblo mira a lo lejos de la arena inalterable.
Dormirá en sosiego el hombre cuya hacienda es deseada,
y el señor será contigo en una nieta inefable.
Tu espíritu será fuerte como una cuerda de lino;
dormirás sobre la tierra, distante de las mujeres,
y haciendo un omiso caso de todos los pareceres,
repartirás con justicia el pan así como el vino.
Ve a tus hermanos y diles que el señor es quien te envía;
y a Faraón, que mi pueblo desea salir de Egipto.
Haz acopio de vestidos que ya la estación es fría,
no te fijes en quien deseares ser inscripto.
El fuego ardía en la zarza como una ciudad antigua
y la voz seguía hablando con un acento sincero.
Lejos sonaban los gritos de un bronceado camellero
que entreveía el disgusto por una jornada exigua.
Y Moisés a quien le hablaba: —Señor, mi torpeza es cierta.
Soy tartamudo de lengua, y aún me callo muchas veces.
Jetró retarda mi paga por cada parida muerta,
y si es un chivo el que muere, me descuenta cuatro meses.
En verdad, mi hermano es hábil y sus vestidos decentes.
Yo he visto sus manos viejas en infantiles quehaceres,
y sé que en una ocasión, mostrando todos los dientes,
engañó tranquilamente a no pocos mercaderes.
Su instrucción, aunque no grande, le basta para ser justo.
Los sacerdotes le escuchan como a un hermano apacible
que ha vivido en la montaña; y mira de un modo adusto
a las griegas deshonestas en una forma sensible.
El crepúsculo caía sobre el desierto tranquilo.
Los pastores se aprestaban para un moderado viaje,
y por el cielo pasaba el negro y tardo plumaje
de los pájaros que duermen en las orillas del Nilo.
Y Moisés vió que en las vacas la leche hinchaba las ubres
y sintió de su alma huraña borrarse la antipatía,
y vió aclararse a lo lejos los pantanos insalubres,
Y Moisés notó de pronto que ya la zarza no ardía.
Como el pueblo de Israel hubiera creído en todo,
la alegría fue espontánea sobre las tierras salinas.
Los pequeñuelos contentos hicieron vasos con lodo,
y las mujeres pidieron alhajas a sus vecinas.
Aarón puso en la tierra la serpiente del camino
que aún conserva el paraíso fijo en sus pupilas claras;
y hubieron muchas serpientes de un aspecto campesino,
mas la vara de Aarón devoró a las otras varas.
Hubo en seguida una peste en el río en que bebían.
Todos los peces murieron y el agua se puso roja.
Y las mujeres que iban con el cántaro volvían
a su hogar atribulado, llenas de grave congoja.
Largos vientos orientales soplaron desde la costa
del Mar Rojo, que es de Arabia feliz y pétrea la llave;
al cabo de dicho tiempo trajo el viento la langosta
sobre la tierra de Egipto, siendo en gran manera grave.
