William S. Stowell

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


A consecuencia de un desastre ferroviario, en el centro de África, ha fallecido este as cinematográfico, cuya larga y brillante actuación al lado de Dorothy Phillips, concluye con este acontecimiento.

Se conocen aún pocos detalles del siniestro; sólo se sabe en concreto que el tren chocó con un carro cruzado en la vía, y que Stowell permaneció veinticuatro horas en el lugar, sin asistencia alguna. Cuando fue recogido vivía aún; pero ya era tarde para salvarlo.

Así, pues, de trágica manera, en pleno corazón de África, como en un film cualquiera de espectáculo, se acaba realmente la vida de un actor que la ha expuesto cien veces y la ha perdido en una ocasión, en la pantalla.

Ciertamente, durante las interminables veinticuatro horas en que él ha sentido morirse poco a poco, no es fácil que Stowell haya recordado una tan nimia cosa como el final de una cinta suya en que él pierde la vida. Pero a nosotros, que del actor no conocíamos sino su actuación dramática, su agonía, su cierre final de ojos de verdad, nos traen vivamente a la memoria La gran pasión (su mejor film), en que ya lo hemos visto morir. Ya hemos visto su facies atónita y desencajada por el shock; su boca entreabierta, y su vida escapándose de entre los brazos de Dorothy Phillips. Y la impresión revive ante el fúnebre episodio de ahora, saboreado de antemano.

Otra vez, hace años, sentimos semejante emoción ante la figura de Scott, en un film antártico. Scott había muerto ya, y allí estaba sin embargo ante nuestros ojos, en la pantalla, lleno de vida. Estas alucinaciones fotográficas, estos espectros científicos tocan cuerdas muy hondas; y si la personalidad del héroe que fue Scott explica nuestra angustia al verlo resurgir de la tumba, no es menos cierto que un gran intérprete, al poner a nuestro alcance su total vida dramática, queda unido con nosotros por situaciones, gestos y detalles difíciles de olvidar. Tal el caso de este actor, cuya agonía hemos visto, seguido y pregustado dos años antes de desarrollarse punto por punto y a orillas de un gran río africano, en el film decisivo y final de la vida de William S. Stowell. 

Su Majestad la Juventud. Madge Kennedy y Tom Moore. —Aunque de reciente estreno, suponemos que este film lleva algunos años de hecho, por el estilo de la obra, muy en boga en 1917. Se trata de una comedia ligera, construida para el lucimiento de los actores centrales, lo que se realiza sin dificultad y sin mayor interés.

Entre Bambalinas. Anita Stewart. —La señorita Stewart lleva ya muchos años de cine, y por casualidad resiste a la depreciación tan común en los artistas del film. Las estrellas cinematográficas son extraordinariamente fugaces. Puédense contar con los dedos las que en pos de cinco años de pantalla brillan aún con luz propia. ¿Por qué? ¿Por inverosímil decaimiento en tan breve plazo, o por inconstancia del público? No; sencillamente por falta de adaptación a nuevos conceptos del arte cinematográfico. Lo que hace tan sólo tres años deslumbraba, hoy nos resulta frío; la gesticulación teatral de los comienzos, sólo sería hoy soportada por espectadores muy noveles; lo artificioso que el teatro y sus artistas vistos a la distancia nos legaran, ha concluido por despertar una hambre insaciable de naturalidad, que los viejos actores de comprensión limitada no se hallan en estado de calmar. Las señoras Theda Bara y Valeska Surrat son ejemplo flagrante.

Por dicha para Anita Stewart, ella tuvo desde un principio la sencillez de recursos requerida en un arte donde toda mímica exagerada golpea literalmente los ojos, y por esto la judaica personita, tras un largo eclipse en la pantalla, ha vuelto a centellear últimamente en Romance de media noche, un excelente film. No podríamos decir lo mismo del que encabeza estas líneas.

El Caso Luisa Huff. —Esta estrella ha estrenado en los días anteriores una cinta titulada Nieve y Fuego, que sin ser un film extraordinario, merece recordarse. Hay en él un tipo de viejo brutal, maravillosamente caracterizado por Teodoro Roberts, actor bueno entre los buenos. Refuerza el éxito de la cinta la actuación de diversos actores en papeles secundarios, todos en justo tono. La única figura débil, débil hasta el desvanecimiento, es la central, que interpreta la estrella Luisa Huff. Confesamos haber meditado, más de lo que acaso merezca el punto, sobre las virtudes artísticas de la señorita Huff. Hemos seguido a su persona y su juego en diversos films, punto por punto, sin otro resultado que la confesión primera: ¿qué circunstancias de un arte que no vemos, o de una combinación que vemos menos aún, han hecho una estrella de la señorita Huff? Es este uno de los innumerables problemas del cine cuya solución —pues nos declaramos incapaces de ella— dejamos al lector.


Publicado el 22 de septiembre de 2026 por Brian.
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